BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 62
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Capítulo 62: Los Devotos del Placer
En las profundidades del subsuelo, la catedral vibraba con una frenética actividad mientras el clérigo se desplazaba hacia Querétaro. La penumbra del lugar era densa, cargada de una atmósfera de expectación y fanatismo que impregnaba cada rincón. Los pasos resonaban en el frío suelo de piedra, un eco ominoso que prometía la llegada de la justicia divina.
Su primer destino era la Sierra Gorda, un terreno agreste y montañoso que parecía estar en sintonía con la oscuridad que buscaban erradicar. Allí, un grupo de cultistas llevaba a cabo un ritual en honor a la señora demonio Lilith, una deidad retorcida que atraía a sus seguidores con promesas de poder y liberación a través de la corrupción. Los murmullos de conjuros llenaban el aire, entrelazándose con susurros de placer y desesperación.
Al adentrarse en la cueva, la atmósfera se tornó aún más opresiva. Las paredes de roca brillaban con un resplandor húmedo, como si la misma piedra estuviera viva con la esencia de los sacrificios. La luz de las antorchas se reflejaba en los charcos oscuros, creando sombras que parecían moverse por sí solas, danzando al ritmo de los lamentos de almas atrapadas.
Las orgías llevadas a cabo en el corazón de la cueva eran grotescas, un espectáculo de cuerpos entrelazados en una danza de lujuria y sacrificio. Los cultistas, envueltos en túnicas oscuras y decorados con símbolos profanos, ofrecían a sus víctimas al altar de su deidad, buscando purificar el sacrificio con actos de vileza que provocaban escalofríos. La risa maníaca y los gemidos de placer se mezclaban en una cacofonía que reverberaba en las paredes, creando un eco que hablaba del horror y la decadencia.
Los clérigos, armados y decididos, se detuvieron en la entrada de la cueva. La luz de sus antorchas proyectaba sombras danzantes en las rocosas paredes. Lucius lideraba el grupo, su mirada intensa y calculadora observando la escena con la fría determinación de un cazador.
—Este es el nido de la corrupción —murmuró, su voz grave como el retumbar de un trueno—. Debemos purificar este lugar. La sangre de los inocentes no debe ser derramada en vano.
Naqam, a su lado, sentía el ardor de la venganza en su interior. El espectáculo grotesco ante sus ojos avivaba su deseo de justicia. La idea de que estos cultistas se deleitaran en el dolor de los sacrificios la llenaba de un fervor oscuro.
—¿Nos infiltramos o atacamos directamente? —preguntó, una sonrisa retorcida asomándose en sus labios, revelando la locura que se escondía en su alma.
—Primero debemos observar —respondió Lucius, su voz fría y calculadora—. Necesitamos conocer el número de cultistas y la naturaleza de sus rituales. Cada paso debe ser calculado, cada movimiento, estratégico.
Ezequiel, un puente moral en medio de la locura que los rodeaba, frunció el ceño, su preocupación marcando su rostro.
—No podemos permitir que el odio guíe nuestras acciones. Debemos recordar que somos los portadores de la Luz, no verdugos sin rumbo —dijo, aunque sabía que sus advertencias caían en oídos ansiosos por el derramamiento de sangre.
La mirada de Lucius se endureció, un destello de oscuridad cruzando sus ojos.
—La Luz a menudo exige sacrificios, Ezequiel. La purificación requiere fuego y sangre.
Mientras los clérigos se preparaban para actuar, la atmósfera se tornó más pesada, como si la misma cueva respirara con el susurro de demonios. Cada uno de ellos sintió el llamado de la oscuridad, el deseo de perderse en la vorágine de venganza y justicia.
—Canon, será tu momento de actuar —dijo Lucius, su mirada fija en la capitana, que ya estaba ansiosa por entrar en acción—. Lleva a tu escuadrón a determinar cuántos cultistas hay dentro de la cueva y cuál es su número.
La sonrisa de Canon se amplió, iluminada por una emoción oscura. Había algo en ella que se alimentaba de la tensión y la expectativa de la inminente violencia.
—Déjamelo a mí —respondió, su voz suave y seductora como un susurro en la penumbra—. No se escaparán de mis ojos.
Sin más, se giró y reunió a su escuadrón. Con movimientos silenciosos, se deslizaron entre las sombras, cada uno sintiendo el frío del lugar calar en sus huesos. Canon lideraba, su instinto despierto, sabiendo que el verdadero horror de la misión comenzaba ahora.
Mientras tanto, en la entrada de la cueva, Lucius dirigió a los demás clérigos.
—Todos, muévanse y armen la base —declaró, su voz resonando con autoridad—. Debemos preparar el ataque. La oscuridad no se erradicará sola.
Los clérigos comenzaron a moverse con rapidez, estableciendo una línea defensiva en la entrada de la cueva, sus rostros marcados por la determinación y una pizca de locura. Ezequiel dirigía a los médicos, asegurándose de que tuvieran todo lo necesario para sanar a sus compañeros, pero también listos para infligir dolor cuando fuera necesario.
—Recuerden, esto es por la justicia —les dijo, aunque en su interior la batalla entre la moralidad y la fanaticada ardía intensamente—. No debemos perder el rumbo.
Mientras tanto, en el interior de la cueva, Canon y su escuadrón se movían como sombras, avanzando sigilosamente entre los cultistas que se entregaban a sus rituales obscenos. El aire estaba impregnado con un aroma dulzón que recordaba a sangre y sacrificio, y el eco de risas y gemidos resonaba en sus oídos, un lamentable canto que los llamaba a la locura.
Canon se detuvo en la penumbra, observando a los cultistas con ojos brillantes, su mente maquinando. Contó los cuerpos, sintiendo una mezcla de emoción y hambre de violencia.
—Cien en la sala principal —susurró a su escuadrón—. No parecen darse cuenta de nuestra presencia. Debemos ser rápidos.
Mientras su escuadrón se preparaba para reportar a Lucius, el fervor de Canon crecía, el deseo de causar caos palpitando bajo su piel. En su mente, la idea de desatar el horror sobre aquellos que se entregaban a la oscuridad se volvió casi embriagadora.
Afuera, Lucius continuaba organizando a sus hombres, la tensión palpable en el aire mientras se preparaba para la inminente tormenta.
—Canon y su escuadrón tendrán nuestra señal —declaró—. Cuando estén listos, comenzaremos el ataque. La purificación de este lugar será implacable.
El eco del bosque resonó con el fervor de sus palabras, y en el aire flotaba una promesa de sangre y justicia, una mezcla de locura y fe que pronto estallaría en una sinfonía de caos.
Canon regresó de su exploración, su rostro iluminado por una mezcla de emoción y frialdad. Se acercó a Lucius con un paso decidido, el eco de sus pasos resonando en el bosque como en una catedral vacía. La atmósfera estaba cargada de tensión, y cada clérigo esperaba ansioso su informe.
—Lucius —comenzó Canon, su voz firme pero cargada de un retorcido entusiasmo—. He contado aproximadamente cien cultistas en total. Seis de ellos están en el altar, realizando el ritual. Los demás esperan en una sala interna, ansiosos por el desenlace.
Lucius se detuvo, su mirada fija en ella, mientras la oscuridad detrás de sus ojos parecía cobrar vida.
—¿Cómo es el ambiente en la sala interna? —preguntó, su voz resonando con una mezcla de autoridad y curiosidad.
—El aire está impregnado de un hedor a sudor y desesperación —respondió Canon, sintiendo una oleada de placer al recordar las escenas que había presenciado—. Los cultistas parecen atrapados en un frenesí de lujuria, expectantes, como bestias al acecho. La energía que emana de ellos es palpable, casi eléctrica.
Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Ezequiel, que escuchaba atentamente.
—¿Están armados? —inquirió, su voz intentando mantenerse firme. Sabía que el enfrentamiento no solo involucraría fuerza, sino también una estrategia cuidadosa.
Canon sonrió, una expresión inquietante que dejó entrever su naturaleza psicopática.
—Están armados con cuchillos de sacrificio y rituales cargados de poder. Están listos para ofrecerse a Lilith, y la lujuria los ha dejado ciegos a nuestra presencia. Si atacamos con astucia, podremos desbaratar su ritual y capturarlos.
Lucius asintió, satisfecho con la información. La oscuridad de la cueva parecía palpitante, respondiendo a su determinación.
—Bien, entonces —dijo, su voz resonando con un fervor casi religioso—. Prepararemos la emboscada. Cada escuadrón debe estar listo para actuar en el momento que lo ordene. Los cultistas creen que tienen el control, pero les demostraremos lo contrario.
Los clérigos intercambiaron miradas, sintiendo el peso de la misión que tenían por delante. Una sed de sangre y redención comenzaba a burbujear en ellos, mientras se preparaban para desatar la tormenta sobre aquellos que habían caído en la corrupción.
—Naqam, asegúrate de coordinar a tu grupo —ordenó Lucius—. Necesitamos que mantengan la línea y corten cualquier intento de fuga.
—Sí, los tendremos atrapados como ratas —respondió Naqam, sintiendo el ardor de la venganza en su interior.
—Ezequiel, tú manejarás la sanación de los heridos y la tortura de los prisioneros —dijo Lucius, su tono grave—. El sufrimiento de nuestros enemigos servirá a un propósito mayor.
Ezequiel asintió, sintiendo que su moralidad se desvanecía en medio de la locura que los rodeaba.
—Y recordemos —concluyó Lucius, levantando su espada—. La purificación es nuestra misión. Que la oscuridad de esta cueva no opaque nuestra determinación. ¡Avancemos!
Con el eco de su orden reverberando en sus corazones, los clérigos comenzaron a moverse, listos para desatar el caos sobre los cultistas que se entregaban a la oscuridad. La batalla por las almas había comenzado, y la sangre de los impuros mancharía la cueva como un tributo a la Luz que buscaban restaurar.
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