BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 63
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Capítulo 63: Cueva de Sangre y Fervor
—Es hora de entrar a la cueva —declaró Lucius, su voz resonando con fervor y autoridad, encendiendo la llama de fanaticismo en el corazón de sus hombres. Sus ojos, intensos y brillantes, destilaban la convicción de un predicador en su templo.
—¡Cada escuadrón, avancen! —comandó, gesticulando con confianza. La determinación en el aire era palpable, como una electricidad antes de la tormenta, mientras los clérigos se alistaban para desatar el caos.
Canon, a su lado, sonreía con una inquietante emoción, sus ojos destellando locura y anticipación. —¡Por fin podré hacer lo que siempre he soñado! —exclamó, riendo de manera casi maníaca mientras jugaba con sus cuchillos, haciendo girar las hojas brillantes entre sus dedos. Era una danza macabra, una celebración de la violencia que se avecinaba.
—Recuerden, mis hermanos —continuó Lucius, elevando aún más el fervor de su discurso—. La oscuridad no se erradicará sola. Debemos ser los instrumentos de la Luz, purificando a aquellos que se han desviado. Cada gota de sangre derramada será un paso hacia la redención de nuestras almas.
Su retórica electrizaba a los clérigos; el fanatismo surgía en sus corazones. Lucius, con su carisma indiscutible, era un líder que podía inspirar a sus hombres a seguirlo al abismo, convencidos de que estaban en una misión sagrada.
Canon, reflejando la locura de Lucius, se alimentaba del caos que se avecinaba. La idea de torturar a los líderes del culto la llenaba de un oscuro entusiasmo; el sufrimiento ajeno era su verdadera pasión.
—Dejaremos vivos a los líderes del culto —anunció Lucius, su voz grave y decidida—. Su tortura marcará el inicio de la casa de demonios que necesitamos establecer. Obtendremos información sobre sus rituales y vínculos. Ellos serán solo el primero de muchos sacrificios.
La sonrisa de Canon se amplió, como si la mención del sufrimiento la revitalizara. —No se preocuparán por el dolor… —murmuró, curvando sus labios en una inquietante mueca—. Haremos que lo deseen.
Listos para desatar el caos, los clérigos se adentraron en la oscura cueva; cada paso los acercaba a la verdad que buscaban. Con fervor y locura, se preparaban para enfrentar la oscuridad.
Naqam mostró una sonrisa retorcida, un destello de fervor y venganza iluminando su rostro. Este día marcaba el inicio del camino que Dios le había trazado, uno que finalmente lo llevaría a Belial y le brindaría la oportunidad de borrar el dolor que dejó el asesinato de su padre. Cada latido resonaba con la promesa de justicia, alimentando su sed de venganza.
Ezequiel, en un torbellino de dudas, observaba a sus compañeros avanzar con fervor. Se cuestionaba si realmente este era el camino designado por Dios. La lucha entre su fe y el miedo a las consecuencias de expresar sus pensamientos lo mantenía inquieto. Sabía que un simple susurro de oposición podría desatar la ira de sus compatriotas.
Al entrar en la sala del ritual, la escena era un caos absoluto. Un grupo de sectarios, sorprendidos por la intromisión, comenzó a atacar a los clérigos con ferocidad. El aire se llenó de gritos y el sonido de cuchillos chocando con armas de metal. La tenue luz de las antorchas proyectaba sombras danzantes en las paredes, mientras los cultistas luchaban por organizarse en medio del pánico.
Los líderes de la secta, al ver a los clérigos invadiendo su santuario, comenzaron a correr despavoridos, el terror reflejado en sus rostros. El caos palpable convertía la promesa de venganza de Naqam en una frenética danza de combate. La adrenalina corría por sus venas mientras se lanzaba al frente, decidido a no dejar escapar a quienes habían causado tanto dolor.
Ezequiel, sintiendo la presión del momento, se aferró a su fe como un salvavidas. A pesar de sus dudas, sabía que debía apoyar a sus compañeros. Con un profundo suspiro, se unió a la batalla, rezando en silencio para que la Luz los guiara.
La cueva resonaba con el eco de conjuros retorcidos, mientras los sectarios, agrupados alrededor de un altar de piedra, invocaban a su demoníaca deidad. La atmósfera impregnada de humo y sangre se entrelazaba con los cánticos de los cultistas, creando una macabra sinfonía de desesperación y poder oscuro.
De repente, las paredes comenzaron a vibrar, como si la tierra misma respondiera a los llamados de los sectarios. El aura del ritual se intensificó, y un resplandor rojo emergió del altar, iluminando los rostros de los seguidores que danzaban en un frenesí de locura.
En las sombras, los clérigos se preparaban, armados con escudos resplandecientes y armas de fuego sagrado. Lucius, en el centro de su escuadrón, levantó su espada en alto, resonando con poder. —¡Por la Luz, avancemos!
Con un grito de guerra, los clérigos irrumpieron en la sala del ritual, la luz de sus armas brillando como estrellas en la penumbra. Los sectarios, atrapados entre la sorpresa y el terror, reaccionaron como serpientes acorraladas. Las armas brillaron en sus manos, y el sonido del acero chocando resonó como un trueno.
Ezequiel, con su escudo en mano, se lanzó al frente, cubriendo a sus compañeros mientras disparaba con su arma sagrada. Los proyectiles de luz cortaban el aire, impactando contra los cultistas e iluminando la oscuridad de la cueva con destellos de gloria. Los gritos de los sectarios se mezclaban con los de los clérigos, creando un verdadero coro de caos y sangre.
Naqam, conduciendo su escuadrón, se lanzó hacia los sectarios con ferocidad. Su risa retorcida resonaba entre el estruendo de la batalla, mientras blandía su lanza con destreza, atravesando cuerpos y dejando un rastro de desolación. Cada caída era un eco de venganza por el dolor sufrido, y la sangre que manchaba sus manos alimentaba su ansia de justicia.
Canon, en el corazón de la lucha, se movía como un espectro, su sonrisa macabra iluminada por la brutalidad que lo rodeaba. Cazaba a los cultistas con precisión, utilizando sus cuchillos para desatar el caos en medio del frenesí. Cada movimiento dejaba caer la vida de sus enemigos, disfrutando del terror que sembraba.
Canon pasó la lengua por la hoja de su cuchillo, limpiando la sangre fresca. —Puaj… hasta su sangre es impura.
Los clérigos eran una fuerza imparable, su fe resonando con cada disparo y golpe. Con escudos elevados, se enfrentaban a los ataques de los sectarios, quienes, armados con dagas y espadas, luchaban con desesperación. La sangre salpicaba las paredes, creando un paisaje grotesco que reflejaba la desolación de un mundo en guerra.
A medida que la batalla se intensificaba, los sectarios, desesperados y acorralados, comenzaron a desatar sus rituales oscuros. Con un grito de locura, alzaron cuchillos ensangrentados al cielo, invocando la ira de Lilith. Un rayo de oscuridad descendió sobre ellos, creando una nube de sombras que amenazaba con envolver a los clérigos.
Un sectario se arrancó la túnica con un alarido desgarrador, revelando símbolos grabados a fuego en su piel, cicatrices que aún parecían arder con un brillo enfermizo. —¡Llévame, Madre Oscura! —rugió, con los ojos desorbitados por la locura.
Se lanzó hacia adelante como una bestia desencadenada, los músculos tensándose al límite. Con cada paso, las marcas en su cuerpo comenzaron a encenderse, primero como brasas, luego como un estallido de llamas demoníacas que lo envolvieron por completo.
El sectario colisionó con las lanzas de los clérigos y, en el instante del impacto, explotó en una llamarada infernal, liberando un estallido de fuego negro que iluminó la cueva con un resplandor antinatural.
Pero Lucius, alzando su lanza, se situó frente a su escuadrón, su voz resonando por encima del caos. —¡En el nombre de la Luz, no temáis! ¡El poder de la fe es más fuerte que cualquier oscuridad!
Con un gesto, los clérigos elevaron sus armas sagradas, y un torrente de luz desgarró la oscuridad, iluminando la cueva con un fulgor divino. El estallido de energía atravesó a los sectarios, desvaneciendo las sombras que amenazaban con devorarlos.
La batalla continuó, un baile de muerte y redención. Las espadas chocaban, los gritos de dolor y furia reverberaban en las paredes. Pero al final, el fervor y la determinación de los clérigos prevalecieron. Cada caída de un sectario era un triunfo de la Luz sobre la oscuridad, y cada grito de agonía un eco de la venganza buscada.
La cueva, ahora impregnada de sangre y gloria, sería recordada como el lugar donde la fe y el fanatismo se enfrentaron en una guerra épica. Y mientras la última chispa de resistencia se extinguía, los clérigos se alzaron victoriosos, listos para seguir adelante en su misión, dejando atrás un mar de sombras y desesperación.
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