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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - Capítulo 64: El dolor dentro de la victoria
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Capítulo 64: El dolor dentro de la victoria

La cueva retumbaba con el estruendo de la guerra, el aire cargado de electricidad y tensión. Los clérigos, impulsados por el fervor de la Luz, arremetieron contra los sectarios en un torbellino de acero y fe. Cada choque de armas chisporroteaba con energía divina, mientras los gritos y el clangor se entrelazaban con el olor a sangre y sudor, impregnando la penumbra de un caos vibrante.

Lucius, en el corazón del combate, se erguía como un titán inquebrantable. Su lanza barría a los enemigos con precisión letal, resonando cada golpe como un eco de redención. Sus ojos brillaban con determinación absoluta; esta lucha no era solo física, sino un juicio por las almas que juraba proteger.

En medio del fragor, Naqam se enfrentó a uno de los líderes sectarios. Su risa retorcida cortó el aire como un filo. Con movimientos felinos, esquivó un ataque y atravesó el pecho de su enemigo. La vida se desvaneció de los ojos del sectario, y un escalofrío recorrió a Naqam; satisfacción y venganza se entrelazaban en un instante puro. Cada caída lo acercaba más a su redención.

El clímax se intensificó cuando un sectario desquiciado, empuñando un cuchillo forjado en sombras, se lanzó sobre Lucius. Su grito desgarrador se perdió en el clamor de la batalla. Lucius levantó su lanza justo a tiempo; el impacto retumbó en sus huesos. Con un impulso feroz, atravesó el corazón de su atacante. El sectario cayó, los ojos desorbitados fijos en el vacío, mientras un grito ensordecedor resonaba en la cueva.

Los líderes sectarios, viendo cómo sus seguidores caían uno tras otro, comenzaron a invocar deidades oscuras con desesperación. Sus manos ensangrentadas se alzaron al cielo, y un poder maligno vibró en las paredes, como si la cueva misma respirara el caos. Una sombra se proyectó sobre el altar, y un resplandor rojo surgió del centro, girando en un vórtice de oscuridad. El suelo tembló, y una onda de energía recorrió la cueva, haciendo que los clérigos sintieran la presión de un poder maldito, opresivo y tangible que amenazaba con engullirlos.

—¡No dejaremos que esto suceda! —rugió Lucius, alzando su lanza—. ¡Por la Luz, enfrentemos esta oscuridad!

Con un grito unísono, los clérigos elevaron sus armas sagradas. La luz estalló como faros en la penumbra, cruzando el vórtice de sombras con furia divina. El choque fue cataclísmico. Un estallido cegador iluminó la cueva, y los cultistas fueron empujados hacia atrás por la fuerza de la Luz. Cada espada y proyectil de Ezequiel cortaba la oscuridad, disipando la amenaza y renovando la esperanza entre los combatientes.

Naqam avanzaba con su escuadrón, su risa resonando entre los gritos. Su lanza atravesaba cuerpos con precisión despiadada, dejando un rastro de muerte justiciera. Cada enemigo caído era un eco del dolor sufrido; cada gota de sangre, un paso más hacia su venganza.

Canon se movía como un espectro entre los cultistas, sus cuchillos brillando con la luz de su locura. Cada movimiento era calculado; cada caída, un deleite macabro. Pasó la lengua por la hoja, saboreando la sangre como si purificara su espíritu.

La batalla se transformó en un espectáculo épico: un enfrentamiento entre luz y sombra, donde cada clérigo luchaba no solo por su vida, sino por la salvación de todo lo que creían. El estruendo de espadas y gritos se entrelazaba con la energía que palpitaba en la cueva, mientras el destino del lugar pendía de un hilo.

Cuando el vórtice amenazó con devorarlos, Lucius y Ezequiel unieron fuerzas. Sus armas sagradas brillaron como soles gemelos, disipando las sombras y rompiendo el hechizo oscuro. La luz atravesó la cueva, iluminando cada rincón y obligando a los sectarios a retroceder.

La contienda alcanzó su clímax: un torrente de acero y luz, un grito de guerra y redención. Uno tras otro, los sectarios cayeron. La cueva, impregnada de sangre y fulgor, fue testigo de la victoria de la Luz sobre la corrupción y la oscuridad.

Cuando la última chispa de resistencia se extinguió, los clérigos se alzaron victoriosos. Exhaustos pero implacables, sabían que este triunfo no era el final, sino un paso más en la guerra por las almas. La cueva quedaba atrás como un recordatorio de la brutalidad y la devoción que la Luz exigía.

Lucius, con la lanza aún en mano, miró a sus compañeros, mezcla de orgullo y compasión en su mirada. —Mis hijos —comenzó, su voz resonando como un canto de esperanza—. Honremos a nuestros caídos. Lucharon con valentía, y su sacrificio no será olvidado.

Ezequiel avanzó hacia el centro del círculo, donde yacían los cuerpos de sus camaradas. Arrodillado, colocó su mano sobre el pecho de un joven clérigo y susurró una oración: —Que la Luz los reciba en su abrazo eterno. Sus almas son ahora parte del reino sagrado.

Naqam, con las manos manchadas de sangre, se unió a él. Su rostro reflejaba dolor y determinación. —No solo hemos perdido compañeros; hemos perdido amigos —susurró, inclinándose con respeto.

Los demás clérigos formaron un círculo alrededor de los cuerpos. Sus oraciones se entrelazaban en una sinfonía de fe, resonando en la cueva. Lucius elevó las manos al cielo, invocando protección sobre los que habían caído: —Que sus espíritus encuentren la paz que merecen —declaró—. Y que su valentía inspire a quienes seguimos aquí.

Una brisa suave surgió de la nada, como si la misma cueva respondiera. Las llamas de las antorchas danzaron, proyectando sombras que parecían acompañar las oraciones de los caídos. Los clérigos prepararon los cuerpos con reverencia, cubriéndolos con mantas blancas bordadas con símbolos sagrados. Ezequiel tomó un poco de tierra y la esparció sobre un cuerpo, un último gesto de amor.

—Nunca los olvidaremos —susurró, la voz quebrada por la emoción.

Al salir de la cueva, la luz del sol bañó el paisaje, tranquilo e indiferente ante la brutalidad que había ocurrido. Cavaron tumbas en un claro rodeado de árboles, depositando cuidadosamente los cuerpos, mientras el canto de los pájaros y el susurro del viento acompañaban su dolor. Lucius pronunció las palabras finales: —Que la Luz los guíe en su viaje hacia el más allá. Nunca olvidaremos su sacrificio.

Con el ritual completo, los clérigos permanecieron en silencio, unidos por la fe y la memoria de los caídos. Lucius rompió el momento: —Ahora, debemos interrogar a los sobrevivientes del culto. Que la Luz nos guíe y nos dé fuerza para lo que vendrá.

Los clérigos asintieron, sintiendo que la fe y el sacrificio de los caídos serían su guía para enfrentar los desafíos que aún les esperaban.

—Ahora síganme, líderes de escuadrón. Comenzaremos con el interrogatorio —anunció Lucius, su voz resonando con autoridad. Los clérigos lo siguieron, el dolor a flor de piel, cada paso marcado por la memoria de sus compañeros caídos.

Al entrar en la tienda, se encontraron con los tres líderes sectarios atados en el centro, sus expresiones desafiantes contrastando con el aire de desesperación que impregnaba la habitación. La tensión era palpable, y el dolor de la batalla reciente se transformó en una furia que ardía en el corazón de cada clérigo.

Lucius se detuvo frente a ellos, su mirada penetrando en la de los sectarios. —Han sido capturados, y no hay escapatoria. Esta es su oportunidad para hablar y quizás encontrar algo de clemencia en su destino —dijo con firmeza, aunque la rabia se ocultaba tras su calma.

Ezequiel, con las manos temblando de ira y dolor, dio un paso al frente. La imagen de sus hermanos caídos inundaba su mente, y la angustia se convertía en una llama ardiente en su pecho. —Voy a partir el interrogatorio —declaró, su voz resonando con determinación—. Dejen que la ira por la muerte de mis hermanos salga.

El líder sectario más robusto lo miró con desdén. —¿Qué puedes hacer? La muerte es lo que ustedes desatan. No hay poder que me haga hablar.

Ezequiel sintió cómo la furia burbujeaba en su interior. —La muerte que has sembrado ha dejado un vacío en nuestros corazones. Cada hermano que hemos perdido pesa sobre mí, y tú serás el que pague por ello. —Se acercó, el puño apretado a su lado—. ¡Dime qué has hecho con aquellos que han caído en tus rituales!

Los otros clérigos se posicionaron tras él, la rabia compartida iluminando sus rostros. La atmósfera se volvió opresiva, el aire cargado de la energía de una verdad que debía ser revelada. Lucius observó, consciente de que esta era una batalla no solo contra un enemigo, sino también contra el dolor que cada clérigo llevaba dentro.

El sectario mantuvo su actitud desafiante, pero el sudor comenzó a resbalar por su frente, delatando su creciente incomodidad. —No hay nada que decir. La oscuridad es nuestra aliada.

—¡La oscuridad no puede ocultar la verdad! —gritó Ezequiel, su voz resonando en la cueva—. ¡Tus rituales han condenado a hombres y mujeres por igual! Te exijo que hables.

El sectario sonrió, pero su desafío se desvanecía, y Ezequiel podía percibir el miedo escondido en su mirada. Sin embargo, el dolor y la rabia seguían consumiéndolo, y no podía permitirse debilitarse. —¿Dónde están los demás? —preguntó, su tono más grave y amenazante—. ¿Qué planes tienen para nosotros?

Con cada palabra, el fuego de la venganza ardía más brillante en su interior. El sectario, sintiendo la presión, comenzó a vacilar. Ezequiel sintió el impulso de avanzar, de apretar la verdad de sus manos, pero se detuvo. Sabía que debía mantener el control.

—Tus compañeros no podrán protegerte aquí. Dinos lo que sabemos, y quizás haya una oportunidad para ti —dijo Ezequiel, su voz cargada de fuerza. —No te equivoques, la Luz será implacable con quienes hayan hecho daño a nuestros hermanos.

La tensión era palpable, y los clérigos esperaban, listos para escuchar la verdad que debía salir a la luz. Las llamas de las antorchas parpadeaban, proyectando sombras que danzaban en las paredes, como si la misma cueva estuviera atenta al desenlace.

Con un suspiro profundo, el sectario comenzó a ceder. —Está bien, está bien… —dijo, su voz temblando—. Les diré lo que quieren saber.

Ezequiel sintió que la ira se transformaba en una determinación fría. El interrogatorio había comenzado, y la verdad pronto saldría a la luz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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