BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 65
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Capítulo 65: Forjando el miedo
La tensión en la sala era insoportable. El silencio era un animal hambriento, acechando en cada rincón de la cueva mientras Ezequiel se plantaba frente a los líderes sectarios atados. La rabia hervía en su interior como metal fundido. Las risas de sus hermanos caídos —esas voces que una vez trajeron luz al mundo— resonaban en su mente. Ahora estaban apagadas, y cada recuerdo se convertía en una espina de culpa hincada en su pecho.
—¿No hay nada que decir? —preguntó, su voz quebrada entre ira y dolor.
El líder sectario más robusto lo miró con un desdén helado, el desprecio que chisporroteaba en su mirada fue la gota que colmó el vaso.
Ezequiel ya no podía contener la tormenta que se desataba en su interior. Con un movimiento rápido, tomó un cuchillo de la mesa. La hoja brillaba con una luz temblorosa, reflejando su determinación rota. —Vas a hablar —susurró, aunque su tono cargaba un trueno oscuro.
El sectario más delgado soltó una risa burlona. —La muerte solo nos acerca a quienes realmente somos.
Sin pensarlo, Ezequiel se abalanzó sobre él y presionó la hoja contra su brazo, abriendo un surco rojo. El grito del sectario resonó en la cueva, un sonido áspero que brotó de su garganta.
—Hablarás —dijo Ezequiel, esta vez con voz tensa y fría—. ¿Dónde están los demás? ¿Qué están planeando?
El hombre tembló, pero antes de que pudiera responder, una voz tronó desde atrás.
—¡No! —Lucius avanzó con un paso firme—. Aún no.
Ezequiel se giró, irritado. —¿Qué estás haciendo? ¡Necesitamos saberlo ahora!
Lucius negó con la cabeza. —Todavía no están rotos. Aún creen que tienen control. Déjalos sentir que no lo tienen.
El sectario, mareado por el dolor, abrió la boca para hablar, pero Lucius levantó una mano. —Ni una palabra. No quiero respuestas… aún.
El silencio que siguió fue más cruel que cualquier golpe. Cada segundo se sentía como una eternidad; cada respiración era un recordatorio del poder que Lucius aún ejercía sobre ellos.
Jesús dio un paso adelante. —Ezequiel… respira. No dejes que tu dolor te consuma.
Pero Ezequiel no podía. La imagen de sus hermanos muertos lo perseguía sin tregua. Se volvió hacia el líder robusto y, con un solo movimiento, cortó la cuerda que lo sujetaba a la silla, empujándolo contra la pared.
El cuerpo del sectario golpeó la roca con un sonido hueco.
—Háblame de los rituales —exigió, acercando el cuchillo al cuello del hombre.
Lucius lo detuvo de nuevo. —No. Aún no es momento —dijo, su tono gélido, casi inhumano—. Para que hablen, primero deben desear dejar de existir.
Los ojos del sectario se abrieron con un pánico palpable. Lucius sonrió con serenidad. —Todavía no estás quebrado.
Jesús observaba con preocupación. —Yo puedo intentar—
—Lo harás —interrumpió Lucius—. Pero no para que confiese. Sino para que dude. Si destruyes su fe, el resto es fácil.
Jesús se acercó al sectario más delgado, el que se había burlado. —Todos hemos perdido —dijo suavemente—. Todos hemos sufrido. La luz puede perdonarte.
El sectario respiró hondo, temblando. —Yo… no puedo…
Lucius notó el quiebre y levantó la mano bruscamente. —No hables. No aún —dijo, inclinándose sobre él y levantándole la barbilla con dos dedos—. Quiero que desees hablar… antes de que te lo permita.
El sectario tragó saliva. El miedo comenzaba a vencer su desafío.
Ezequiel apretó los dientes, frustrado. —¡Esto es una pérdida de tiempo!
Lucius lo fulminó con la mirada. —¡No lo entiendes! —gruñó, su voz retumbando en la cueva—. Cada palabra que digan antes de que estén listos, cada confesión anticipada, no vale nada. ¡Quiero miedo, desesperación, arrepentimiento! Quiero que recuerden este momento hasta que su carne tiemble con solo pensar en él.
Ezequiel tragó saliva, humillado. Jesús bajó la cabeza, comprendiendo que no era momento de cuestionar la estrategia.
Lucius giró hacia los sectarios con frialdad. —Ahora lo entenderán —susurró con calma—. Todo lo que han creído seguro, todo lo que han sostenido… está a punto de romperse.
Sin previo aviso, golpeó brutalmente al líder robusto. El sonido seco del impacto resonó contra las paredes. El sectario cayó al suelo, aturdido.
—La única forma de evitar que regresen al mal —dijo Lucius con voz profunda— es romperlos de tal manera que ni siquiera lo consideren.
Miró a Canon.
Canon sonrió como un niño que recibe un regalo. —¡Mi turno!
El sectario delgado intentó retroceder. Canon se inclinó, acercando su rostro al suyo. —¿Sabes qué es lo peor de mí? —susurró—. Que disfruto cada segundo. No del dolor físico… sino del miedo. El miedo es un arte.
Tomó una antorcha, sosteniéndola cerca del rostro del sectario sin tocarlo. —El calor arde más cuando sabes que no puedes escapar, ¿verdad?
El sectario cerró los ojos, sudando. Canon movió la antorcha lentamente, oyendo su respiración volverse agitada. Cada chispa de luz parecía un cuchillo danzando sobre su piel.
Luego dejó la antorcha de lado y tomó el cuchillo. No cortó; presionó la punta contra su piel, apenas lo suficiente para dejar un punto blanco. —La mente siempre imagina algo peor de lo que realmente hago —susurró—. Ese es mi truco favorito.
El sectario comenzó a llorar en silencio. —¡Está bien…! ¡Lo diré…!
Lucius le puso una mano en la boca. —Shh… Su sonrisa era tan calmada que resultaba perturbadora. —Aún no te di permiso para hablar.
Ezequiel dio un paso adelante, temblando entre furia y desesperación. —¿Por qué los detienes? ¡Necesitamos información!
Lucius lo miró fijamente. —Y la tendremos. Pero quiero más que palabras. Quiero obediencia. Quiero arrepentimiento. Quiero que, cuando los dejes libres… nunca vuelvan a caminar sin sentir miedo de recordar este momento.
Ezequiel se quedó sin respuestas. Jesús tragó saliva. Canon parecía emocionado, disfrutando la anticipación de cada reacción de sus víctimas.
El sectario delgado temblaba, incapaz de respirar con normalidad. Cada fibra de su cuerpo estaba tensa, preparada para el siguiente ataque. La mente comenzaba a rendirse.
Lucius dio un paso hacia ellos, inclinándose con delicadeza. —Ahora sí… —susurró como quien acaricia a un animal herido—. Están listos.
Los sectarios lo miraron con ojos abiertos, rotos, sin desafío alguno.
Canon se colocó detrás de la silla del líder robusto, sus ojos brillando con una mezcla de locura y control. —Vamos a empezar de verdad —dijo, sus palabras suaves, casi un canto—. Y esta vez, van a entender el significado de miedo, de desesperación… y de obediencia.
Canon levantó una de las manos atadas del sectario y la tensó hasta que las articulaciones crujieron. Luego dejó caer un poco la cuerda, creando una tensión inestable, incómoda, que hacía que cada movimiento fuera doloroso.
—Escucha con atención —susurró Canon—. Cada segundo que pases sin obedecerme… cada pensamiento de rebelión… lo sentirás aquí —dijo, golpeando levemente con la palma sobre el antebrazo—. Y créeme, eso es solo el principio.
El sectario gimió, temblando, consciente de que su cuerpo y mente estaban atrapados en un juego que no podía ganar.
Canon sonrió. —Ahora sí. El verdadero trabajo comienza.
Y con eso, la tortura entró en una nueva fase, donde cada gesto, cada palabra, y cada segundo de silencio se convertiría en un arma contra la mente y el cuerpo de los sectarios, mientras Lucius observaba, satisfecho, y Ezequiel y Jesús permanecían un paso atrás, comprendiendo finalmente lo que significaba romperlos de verdad.
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