BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 66
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Capítulo 66: Expectación y Desesperación
Canon se acercó lentamente al sectario delgado, su sombra deformándose con la luz temblorosa de las antorchas. La sonrisa torcida que adornaba su rostro dejaba claro que no había enojo ni deber; solo un deleite palpable.
—¿Sabes qué es lo peor de mí? —murmuró, su voz helada y juguetona—. Que disfruto cada segundo. No del dolor… sino del miedo. El miedo es un arte.
Tomó un paño de la mesa, uno que a simple vista parecía común, pero en sus manos adquiría una delicadeza inquietante, como si se tratara de un instrumento sagrado.
—Esto será tu primera lección en desesperación.
Sin previo aviso, el paño cayó sobre el rostro del sectario. Canon lo presionó contra su boca y nariz con una fuerza absoluta. El hombre se sacudió al instante, las venas de su cuello tensándose mientras el aire comenzaba a abandonarlo. Sus ojos se abrieron con la desesperación de quien quiere escapar de su propio cráneo.
Canon inclinó la cabeza, disfrutando de los movimientos erráticos de su víctima.
—Siente cómo sube… cómo te envuelve… la ansiedad. Esa chispa en tu pecho que grita que vas a morir.
El sectario golpeó la mesa con las muñecas atadas, su respiración convirtiéndose en espasmos desesperados. Cuando estaba a punto de perder el conocimiento, Canon retiró el paño de golpe. El hombre aspiró aire con un gemido desgarrador, su rostro empapado en sudor, lágrimas y terror.
—¿Ves? —dijo con suavidad casi paternal—. La desesperación te abraza más rápido de lo que crees. Y yo apenas estoy tocando la superficie.
Canon tomó un cuenco de agua, tan fría que despedía una tenue neblina.
—El frío no es violencia. Es paciencia —susurró.
Vertió un hilo de agua sobre las manos del sectario. El hombre se estremeció. Otro hilo más. Luego, sobre su rostro. El agua caía como cuchillas heladas sobre su piel.
—Imagínalo entrando en tus huesos —dijo Canon mientras volvía a mojar el paño—. Imagina que cada gota se convierte en un dedo que te arrastra hacia la oscuridad.
El sectario tembló, su mandíbula golpeándose involuntariamente.
—Por favor… por favor no… —murmuró, con la voz quebrada.
Canon se inclinó, su aliento cálido contrastando de forma agonizante con el frío del agua.
—Aún no entiendes. Pero lo harás.
Tomó una pequeña bolsa de tela llena de granos y la agitó cerca del oído del sectario, dejando que el sonido granulado llenara el espacio entre ellos.
—¿Sabes qué es esto? Una simple herramienta. El tiempo, convertido en dolor.
Dejó caer los granos sobre las manos mojadas del sectario. Cada pequeño roce se convirtió en una punzada ardiente, multiplicada por la humedad, el frío y el terror.
El sectario sollozó.
—¡Haré lo que pidas! ¡Lo diré! ¡Por favor!
Canon levantó el mentón del hombre con dos dedos, observando sus lágrimas con genuino interés.
—Claro que vas a hablar. Pero lo harás cuando yo lo indique. No antes.
Y su sonrisa se ensanchó.
—Porque apenas estoy calentando.
Lucius, reclinado en su silla como un rey en su trono, observaba la escena con una sonrisa helada. Sus ojos recorrían a los líderes sectarios, temblando bajo la luz trémula de las antorchas. La cueva respiraba un silencio denso y cargado de anticipación. Con un gesto despreocupado, alzó una copa de vino, brindando por un espectáculo que sabía que no podría fallar.
—¿Sabéis lo verdaderamente divertido de la tortura? —preguntó, dejando que su risa suave y musical rebotara en las paredes húmedas—. No se trata de infligir dolor. Eso es vulgar, básico… infantil.
Levantó la copa un poco más, permitiendo que la luz se reflejara en el líquido rojo.
—El verdadero arte consiste en despojar a una persona de todo lo que cree ser.
Se puso de pie, avanzando con pasos calculados, como un depredador que saborea el miedo antes de atacar.
—Todos caminamos por el mundo con una idea de quiénes somos —continuó, casi con ternura—. Un centro, una esencia, una identidad. Mi labor aquí es simple: destruir ese centro… pieza por pieza… hasta que no quede nada.
Se detuvo frente a uno de los líderes sectarios, un hombre tembloroso que apenas podía sostener su mirada. Lucius le ofreció una sonrisa más amplia, más cruel.
—A veces basta el roce de una tela sobre la piel para que un corazón estalle de miedo. El sonido de un paso. El peso de un silencio.
Chasqueó la lengua suavemente.
—La tortura es… precisión. No fuerza.
Regresó a la mesa, llenó de nuevo su copa y aspiró el aroma con deleite.
—Una mirada puede hacerlos temblar. Un gesto puede quebrarlos. Incluso… —sonrió— …la quietud absoluta puede hacerlos suplicar antes de que los toques.
Se giró hacia los capitanes, su risa rompiendo el silencio como un cristal que se hace añicos.
—Pensáis que necesitamos brutalidad. Golpes. Gritos. Fuego. —Abrió los brazos, teatral—. Qué visión tan primitiva.
Caminó entre ellos, inspeccionándolos uno por uno.
—Lo que ellos necesitan —dijo con voz grave y cargada de encanto— es entender que ya no tienen nada. Que su humanidad es un lujo que acabo de arrebatarles. Que sus temores más profundos no son posibilidades… sino promesas.
Se volvió hacia los prisioneros, proyectando su sombra sobre ellos como un manto.
—¿Sabéis lo más exquisito? —preguntó, dejando de lado cualquier rastro de ligereza—. Cuando un hombre pierde todo lo que ama… se transforma en un juguete.
Levantó un dedo, lento.
—Sus lágrimas se vuelven música.
Otro dedo.
—Su silencio, un lienzo.
Su sonrisa se ensanchó.
—Y su sufrimiento… mi arte.
Los capitanes intercambiaron miradas tensas; fascinación y horror luchaban por dominar sus rostros. Lucius lo notó y disfrutó con ello, sin intervenir directamente. Sus ojos se posaron con claridad en Canon y Naqam, como quien protege sus piezas más valiosas: nadie se atrevería a tocar a sus elegidas.
—Cuando sus corazones estén rotos —dijo acercándose de nuevo al sectario—, cuando sus almas sean polvo… entonces la verdad fluirá. No como un grito… sino como un derrumbe inevitable.
Lucius se inclinó hasta quedar a centímetros del prisionero, observando cada temblor, cada lágrima contenida.
—Recordad esto —susurró, como un mandamiento prohibido—: la tortura es un arte de despojar. Y en cada acto minúsculo de desesperación… hay un universo dispuesto a romperse.
Se incorporó y dejó escapar una risa fría, afilada, que serpenteó por la cueva, un presagio de lo que estaba por comenzar.
Mientras Canon continuaba disfrutando de su juego, la atmósfera se volvió más espesa. La mujer sonreía con esa satisfacción cruel que solo ella conocía, observando cómo el sectario temblaba bajo su sombra. Sus ojos brillaban, su cuerpo relajado pero alerta, disfrutando del terror que había desatado.
Antes de que Canon pudiera continuar, una sombra emergió del rincón más oscuro. Naqam se materializó en silencio, su figura alta e imponente cargando un peso distinto, casi opresivo. Cada paso resonaba, como si el aire mismo retrocediera.
Con un solo gesto reclamó la atención de todos.
—Basta. —Su voz, profunda y afilada, cortó la risa de Canon como una cuchilla invisible.
Canon detuvo la mano en el aire, sus pupilas estrechándose con un toque de irritación.
—¿Qué haces, Naqam? —preguntó con desdén, su voz dulce y venenosa—. ¿Pretendes arruinar mi espectáculo?
Naqam se inclinó apenas, una sonrisa retorcida curvando sus labios.
—Ahora es mi turno.
Los capitanes se tensaron; ninguno se atrevió a intervenir. La tensión entre Canon y Naqam era palpable, como dos serpientes enroscándose antes de morder.
El sectario, al borde del colapso, sintió un escalofrío helado recorrer su espalda. La calma inquietante de Naqam anunciaba tormento aún mayor.
—Ya jugaste suficiente —dijo Naqam al hombre atado—. Lo que sigue no necesita… diversión.
Canon cruzó los brazos, su sonrisa ladeada mostrando fascinación y desafío.
—Estoy escuchando —dijo, su voz cargada de veneno—. Sorpréndeme.
Naqam tomó el paño que ella había usado, sosteniéndolo con desprecio evidente.
—La tortura es un arte —murmuró, inclinándose hacia el sectario—, pero no se trata de entretenerse. Se trata de arrancarle al ser humano la ilusión de control. De convertir el miedo en su única verdad.
El prisionero tragó saliva, incapaz de apartar la vista.
Naqam acercó sus labios a su oído, lo suficiente para que solo él pudiera escuchar.
—Voy a jugar contigo de una manera que no podrás anticipar… ni escapar. Temblarás no por lo que hago, sino porque no sabrás cuándo lo haré.
El hombre apretó los dientes, intentando contener el sollozo.
Naqam se enderezó y miró a Canon con una sonrisa burlona.
—Ahora, si me permites —dijo con cortesía venenosa—, voy a mostrarte cómo se hace de verdad.
Canon respondió con una carcajada suave, cruzando una pierna mientras observaba.
—Adelante —susurró—. No decepciones.
El aire en la cueva pareció contener el aliento. Ya no era solo miedo.
Era expectación pura, un preludio a un nivel de tormento que ni Canon había anticipado.
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