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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 67

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Capítulo 67: El Laberinto de la Mente

Naqam se acercó al sectario delgado, su mirada fija y penetrante. La cueva estaba impregnada de un silencio tenso, interrumpido solo por el goteo lejano de agua, un eco que parecía burlarse de la tormenta inminente.

—Hoy, querido amigo, aprenderás el verdadero significado de la desesperación —comenzó, su voz suave como un susurro pero cargada de oscura determinación. La humedad pegajosa de la cueva olía a tierra mojada y miedo, y cada gota resonaba como un latido en la oscuridad.

El sectario, aún tembloroso por el tormento sufrido con Canon, levantó la vista. Su rostro era pálido como la luna llena, y Naqam sonrió, disfrutando del terror que se reflejaba en sus ojos.

—¿Sabías que la mente humana es un laberinto delicado? —preguntó, moviendo un dedo en el aire como si trazara un mapa invisible—. Es un lugar donde cada miedo, cada duda y cada inseguridad puede convertirse en un monstruo.

Cada pensamiento oscuro se retorcía dentro de su ser como serpientes hambrientas, listas para devorarlo desde dentro.

Se detuvo y se inclinó hacia el sectario, lo suficientemente cerca para que pudiera sentir su aliento helado.

—Voy a jugar contigo en tu propio laberinto. Haré que cada rincón oscuro de tu psique clame por ayuda.

Naqam extrajo una pequeña caja de su bolsillo y la abrió con un chasquido. Dentro había varios objetos inquietantes: agujas finas, hilos oscuros y pequeñas piedras que parecían pulsar con una energía oscura.

—Estas son mis herramientas —dijo, el brillo en su mirada revelando su entusiasmo—. Pero no te preocupes, aún no las usaré. Quiero que sientas el terror de lo desconocido.

Con un movimiento fluido, se acercó al sectario y comenzó a hablarle de sus propios miedos. Describió vívidamente cómo sería el mundo si Belial, el líder de la secta, supiera que su alma estaba en peligro. Se imaginó atormentando a Belial, desmantelando su fortaleza y revelando la fragilidad de su autoridad.

—Imagina verlo caer —susurró, su voz un hilo de seducción—. Ver cómo se desmorona al darse cuenta de que no es más que un hombre, un ser vulnerable.

El sectario temblaba, su mente luchando por aferrarse a la realidad mientras Naqam tejía un tapiz de terror.

—Voy a hacer que cada uno de tus recuerdos más oscuros flote a la superficie —dijo, disfrutando del desasosiego que crecía en él—. Cada error, cada traición, cada pérdida. Y cuando estén todos ahí, cuando ya no puedas escapar, solo entonces empezaré a jugar.

—Y cuando sientas su presencia… no habrá escape. Cada sombra y cada latido… te apuñalarán desde dentro.

Con un movimiento sutil, acercó una aguja brillante al rostro del sectario, apenas tocando su piel. El hombre se estremeció, sintiendo que la anticipación se convertía en una tormenta en el horizonte.

—Esto es solo una muestra de lo que vendrá —murmuró, dejando que el terror se acumulara en el aire—. Pero primero, necesito que entiendas algo: el verdadero sufrimiento comienza en la mente.

El sectario cerró los ojos, intentando bloquear las imágenes, pero Naqam no le dio tregua. Con cada palabra, cada descripción, desnudaba su psique.

—¿Ves? —dijo, inclinándose hacia él—. La mente se convierte en tu peor enemigo cuando empieza a alimentarse del miedo, cuando sabe que no hay salida.

Naqam relató historias de sus propias experiencias, de las sombras que la perseguían. Habló de sus pérdidas, de los seres queridos que había visto caer y de cómo la desesperación había sido su compañera constante. Disfrutaba al ver cómo el sectario absorbía cada palabra, cómo su rostro se retorcía con cada revelación.

—Voy a dejarte con tu culpa —dijo, sonriendo mientras el sectario comenzaba a romperse—. Te haré revivir cada momento fallido, cada traición a tus propios ideales. Imagina, solo por un instante, cómo sería si todo lo que amas se desvaneciera.

El miedo estaba a punto de quebrarlo. Naqam se acercó aún más, su rostro a escasos centímetros del sectario.

—Y cuando estés al borde de tu ruptura, cuando sientas que no puedes soportar más… entonces, solo entonces, te mostraré la verdadera naturaleza del dolor.

Una risa suave y aterradora brotó de sus labios, y el sectario, en su abrumadora desesperación, no pudo evitar sollozar.

—¡Por favor! ¡Haré lo que pidas! ¡Lo diré! —gritó, el terror y la desesperación chocando en su voz.

Naqam se enderezó, observando la fragilidad de su víctima con una satisfacción casi sensual.

—Claro que vas a hablar. Pero lo harás cuando yo lo indique. No antes.

Su sonrisa se amplió, revelando la deliciosa anticipación del tormento que estaba por comenzar.

Naqam se inclinó un poco más, y el sectario sintió un escalofrío recorrer su columna. Cada palabra de ella se filtraba en su mente como agua helada: lenta, constante, implacable. Los hilos de su conciencia parecían tensarse, y su respiración se volvía entrecortada.

—Sientes cómo tu corazón se acelera —susurró, rozando apenas su mejilla con la punta de la aguja—. No hay dolor todavía, solo la certeza de que podría llegar en cualquier instante.

El sectario abrió los ojos y trató de apartar la mirada, pero su cuerpo no le obedecía. Cada pequeño movimiento de Naqam lo hacía estremecerse; el sonido de su respiración se volvió ensordecedor en el silencio de la cueva.

—Tus recuerdos… —continuó ella, dejando caer un hilo de voz como un viento gélido—, tus errores, tus traiciones… los sientes, ¿verdad? Cada uno como una pequeña daga clavándose en tu pecho.

El hombre gimió, y su espalda se arqueó de terror. Intentó hablar, pero la voz se le quebró, atrapada entre el miedo y la incredulidad de que alguien pudiera leerle la mente con tal precisión.

Naqam sonrió, una curva fina y cruel que absorbía la luz de las antorchas. Con un movimiento ágil, deslizó una de las piedras frías sobre su palma, dejándola descansar apenas sobre la piel del sectario. Aquel contacto era mínimo, casi insignificante, y aun así, el hombre sintió que la electricidad del miedo lo atravesaba.

El temblor recorrió sus extremidades como un hilo de fuego helado; cada músculo se tensó, y un escalofrío le subió por la columna.

—Esto es solo el inicio —murmuró—. Quiero que aprendas a conocer tu propia fragilidad. Que descubras lo fácil que es perderse en tu mente, donde cada sombra puede devorarte.

El sectario intentó contener un sollozo, pero no pudo evitarlo.

—Cuando creas que has soportado todo —continuó ella, dejándole ver la punta brillante de la aguja—, cuando tu cuerpo y tu mente estén al límite… solo entonces entenderás lo que significa el verdadero control.

El sectario tembló de pies a cabeza, su mundo reducido a los latidos de su propio corazón y al susurro de Naqam que lo atravesaba como un cuchillo invisible. La anticipación se volvía casi insoportable; cada segundo se alargaba, convirtiéndose en un tormento en sí mismo.

—No hay escape —dijo ella finalmente, su voz un hilo de seda y veneno—. No puedes correr, no puedes esconderte… y lo sabes. Cada pensamiento tuyo me pertenece ahora.

El hombre cayó de rodillas, temblando, incapaz de hablar. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y Naqam retrocedió solo un paso, dejándole sentir el vacío, la extensión infinita del terror que había comenzado.

—Muy pronto —susurró, girando ligeramente para que su sombra se proyectara sobre él como un manto oscuro—, comprenderás que el dolor físico es solo un regalo. La verdadera tortura… la que deja marcas indelebles… vive en la mente.

Los líderes del escuadrón permanecían inmóviles, cada músculo tenso, incapaces de apartar la mirada. Lo que presenciaban no era solo un acto de tortura; era un espectáculo de dominio absoluto sobre la mente, un arte oscuro que desafiaba todo lo que habían aprendido sobre el miedo y la obediencia.

Incluso los más veteranos, aquellos que habían sobrevivido a incontables batallas, sentían que algo en su interior se resquebrajaba. Cada segundo que pasaba aumentaba la sensación de impotencia, de que estaban a merced de algo que no podían medir ni controlar.

Canon, que había estado observando desde un costado, cruzó los brazos, inclinando la cabeza. Sus labios se curvaron en una sonrisa torcida, pero había algo más en sus ojos: un destello de envidia.

—¿Cómo es posible que logres algo así? —susurró, con voz cargada de fascinación y un rastro venenoso de celos—. Sin golpes, sin fuego… solo tú y su mente.

Aquel momento de revelación dejó claro que, incluso para Canon, maestra del terror y la tortura, la maestría de Naqam era inalcanzable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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