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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 75

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  4. Capítulo 75 - Capítulo 75: Donde el miedo aprende a ser abrazado
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Capítulo 75: Donde el miedo aprende a ser abrazado

Abyllie se detuvo en medio del paisaje quebrado, los recuerdos de la niña apareciendo como espejos rotos que se superponían unos sobre otros. Rostros inmóviles, sonrisas obedientes, cuerpos que no se iban… porque no podían.

Todos allí.

Todos quietos.

Todos suyos.

—No te abandonaré —dijo Abyllie al fin, su voz temblando, pero sin retroceder.

La niña la miró con desconfianza, como si la promesa que le ofrecía escondiera un veneno mortal.

—Entonces quédate —respondió, su tono grave—. Quédate aquí. Aquí nadie se va. Aquí nadie duele.

Abyllie dio un paso al frente, y el suelo crujió bajo sus pies.

—No —replicó con suavidad—. Eso no es quedarse. Es encerrar.

El ceño de la niña se frunció, sus ojos llenos de incertidumbre.

—¿Eso significa que me dejarás sola?

La palabra “sola” resonó como un golpe seco en el aire. El mundo pareció temblar levemente, como si compartiera el miedo de la niña.

—No —repitió Abyllie—. Significa que no voy a mentirte. No puedo controlar el mundo para que no nos haga daño.

La niña apretó los puños, la frustración surgiendo con fuerza.

—¡Yo sí puedo! —gritó—. Aquí nadie me abandona. Aquí todos se quedan conmigo.

—Aunque no quieran —susurró Abyllie, su voz un eco de tristeza.

La niña vaciló solo un instante, y luego afirmó:

—No importa. Es mejor así. Nadie llora. Nadie se va.

Abyllie sintió un nudo en la garganta. Detrás de esas palabras, vio el miedo evidente. No había crueldad, ni maldad; solo soledad.

—Tienes miedo —dijo—. Y es normal. Yo también lo tuve.

Los ojos de la niña se humedecieron, pero rápidamente se endurecieron.

—¡Mientes! —gritó—. Me dejaste atrás. Me escondiste. Me olvidaste.

Cada palabra atravesó a Abyllie como dagas de culpa antigua.

—Lo sé —respondió—. Y lo siento. Pero no voy a salvarte destruyendo todo lo demás.

El suelo comenzó a resquebrajarse bajo sus pies. La tensión era palpable.

—¡Tu mundo está mal! —chilló la niña—. ¡El mío es perfecto!

—No —dijo Abyllie, firme—. Es una jaula dorada.

Un silencio pesado se instaló entre ellas. La niña dio un paso atrás, luego otro. Su voz tembló, rota.

—No dejaré que me escondas de nuevo.

Abyllie mostró una mirada de comprensión y dolor, sintiendo el apremio de la situación.

Hasta que la niña desapareció, llorando y gritando.

—¡Tú eres el mal de mi mundo! ¡Todo sería perfecto si no fueras tú!

Abyllie vio cómo, entre recuerdos, la niña se alejaba. Cerró los ojos.

El silencio que quedó no era paz. Era ausencia.

El eco de los pasos de la niña aún vibraba en su mente, como si hubiera arrancado algo de su interior al huir. No era una figura externa la que se había ido… era una parte suya. Una que había sobrevivido sola durante demasiado tiempo.

No puede quedarse sola.

El pensamiento la atravesó con violencia. Abyllie sabía lo que pasaba cuando alguien se quedaba atrás. Cuando nadie volvía a buscarte. Cuando el mundo seguía avanzando y tú te quedabas congelada en el mismo punto, repitiendo el miedo hasta que se volvía tu identidad.

Abyllie apretó los puños.

Yo fui esa niña.

La que aprendió a callar para no molestar. La que confundió control con amor. La que pensó que, si mantenía a todos cerca, aunque fuera a la fuerza, nadie volvería a irse.

Su pecho ardía. Había huido de ese dolor durante años, encerrándolo, disfrazándolo de fuerza, de locura ajena, de algo que no le pertenecía. Pero ya no podía mentirse más.

No era solo la niña quien temía quedarse sola. Era ella.

Y ese miedo la hacía temblar.

Abyllie tragó saliva, sintiendo cómo el vacío le mordía por dentro.

Si no voy por ella… la abandono otra vez.

La idea la destrozó. Pero también sabía la verdad, esa que dolía más que el miedo: no podía esconderse junto a ella. No podía vivir en un mundo falso solo para no sentir.

El dolor no desaparece cuando se ignora. Se pudre.

—Tengo miedo —susurró al vacío, con una honestidad que nunca se había permitido—. Tengo miedo de volver a sentirlo todo.

Sus piernas flaquearon. Pero incluso así… incluso temblando… dio un paso adelante.

No para huir. No para controlar. Sino para buscar.

Porque amar a esa niña no significaba encerrarse con ella en la oscuridad. Significaba atravesarla, aunque doliera. Significaba regresar por ella… sin volver a perderse a sí misma.

Abyllie respiró hondo. No podía esconder ese miedo más tiempo. Y por primera vez, decidió enfrentarlo de frente.

Buscó a la niña a través de cada recuerdo, mezclado con aquellos momentos en que el amor se tornaba controlador, donde todo era retorcido para evitar la soledad.

Finalmente, recordó dónde se escondía cuando tenía miedo de algo que no sabía cómo confrontar.

Fue al recuerdo de su habitación, donde comenzó a escuchar un sollozo desgarrador.

—¿Por qué siempre me quedo sola? ¿Cómo puedo hacer para ser feliz? Yo quiero ser otra persona, no quiero ser la hija de un señor demonio.

Cada pregunta desgarradora resonaba en su corazón, recordándole el sufrimiento por su padre y la relación que tenían.

Se agachó lentamente, donde vio a la niña llorando en posición fetal.

Ella la miró y le dijo.

—Yo también me hice esas preguntas. Y dolían más de lo que recordaba.

Odiaba cada cosa relacionada con este mundo.

La niña, entre llantos, empezó a salir de debajo de la cama y miró a Abyllie con miedo. En un susurro casi inaudible.

—Entonces… ¿me dejarás?

Abyllie negó lentamente.

—No voy a desaparecer —dijo—. Pero tampoco voy a quedarme aquí.

La niña la miró con comprensión, y esa respuesta le devolvió la alegría perdida que nunca pensó volver a tener.

Se giró y declaró:

—¡Eres lo peor! —dijo, sentándose a su lado—. Pero… eres distinta.

La niña apoyó su cabeza en el hombro de Abyllie.

—Entonces, ¿el control es malo? —preguntó, su inocencia pura resonando en la habitación.

Abyllie respiró hondo, comprendiendo que aquella niña no era un enemigo, sino una herida. Una parte suya que aún sangraba, que temía quedarse atrás.

—Es mala porque cuando idealizas el cariño, el mundo se muere despacio —confesó—. Nadie se va… pero nadie te elige. Y al final, te quedas sola igual.

La niña no respondió, pero el hilo entre ambas seguía ahí. Tensado. Vivo.

Y entonces, Abyllie se giró hacia la niña y la abrazó.

—Tú y yo seremos una. Tus miedos e inseguridades ya no serán ignoradas, porque también son míos.

Mientras la niña lloraba en un grito ahogado, Abyllie supo que este era el primer paso hacia la sanación.

Si esta historia te hizo sentir algo, una colección ayuda más de lo que imaginas

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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