BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 77
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Capítulo 77: El autor
En otra ala del castillo fantasmal, Buer se encerró en su habitación. Las sombras se retorcían a su alrededor como prolongaciones torcidas de sus propios pensamientos. Los tapices desgastados y los recuerdos incrustados en las paredes parecían observarla en silencio, pero su mente ya no estaba allí.
La pregunta regresaba sin descanso, cada vez más precisa, más cruel.
¿Qué podía matarla?
La marioneta no era un ser completo, pero tampoco una simple ilusión. Estaba compuesta de recuerdos, de fragmentos arrancados de un cuerpo principal que Buer había conocido demasiado bien. Su esencia seguía siendo poderosa incluso en su deformación. Sabía que los materiales que la sostenían solo podían ser atravesados por un ángel, o por el avatar de uno. Ese conocimiento convertía cualquier enfrentamiento en una condena anticipada.
—Tengo que encontrar la forma de salir viva de esta batalla —murmuró, y su voz se perdió en el silencio opresivo del castillo.
La ansiedad se cerró sobre ella como una presión constante, casi tangible. No había respuestas claras, solo una posibilidad que la repelía y la atraía al mismo tiempo: la medicina. No como disciplina noble ni como acto de fe, sino como práctica límite. En sus manos, la medicina no ofrecía redención; abría una puerta directa hacia la obsesión, y quizá hacia la locura.
Con un gesto automático, desplazó un libro de la estantería. La pared cedió con un susurro seco y reveló una puerta secreta que conducía a su antiguo laboratorio.
El aire que escapó de allí era frío y rancio, impregnado del abandono de siglos. El laboratorio permanecía oculto en una sección olvidada del castillo, sellado por el tiempo y la desmemoria. Las paredes de piedra estaban cubiertas por capas de polvo, y gruesas telarañas colgaban en las esquinas como velos marchitos.
En el centro de la sala, una mesa de trabajo de madera oscura sostenía frascos rotos y utensilios oxidados. Algunos recipientes aún conservaban líquidos opalescentes, apagados por los años. Un cuaderno de notas yacía abierto, con páginas amarillentas cubiertas de fórmulas incompletas, manchas químicas y anotaciones que Buer no recordaba haber escrito.
Las estanterías, torcidas por el paso del tiempo, estaban repletas de grimorios y tratados olvidados. Los títulos apenas se distinguían, como si el conocimiento mismo hubiera decidido ocultarse de quien no estuviera dispuesto a pagar su precio.
El silencio era absoluto.
En una esquina, un caldero ennegrecido descansaba sobre cenizas frías. A su alrededor, hierbas secas y raíces desmoronadas daban testimonio de antiguos intentos por comprender la carne, su resistencia y sus límites.
Buer avanzó hasta la mesa. Los frascos parecían observarla. Cada uno contenía una parte de su historia, decisiones pasadas que ahora regresaban para exigir algo a cambio.
Tomó uno entre sus dedos temblorosos y observó el líquido oscuro en su interior. La visión regresó con una claridad insoportable: su propio cuerpo fallando, la muerte avanzando con precisión quirúrgica, sin margen para el error.
—No puedo permitir que me venza —se dijo en voz baja.
Sabía que cualquier paso en falso podía quebrarla. Pero también comprendía algo aún más aterrador: el miedo a perderse no podía ser mayor que el miedo a morir tal como ya había sido visto.
Abrió el cuaderno y comenzó a escribir.
Fórmulas. Combinaciones. Hipótesis incompletas. La tinta avanzaba con torpeza, como si dudara de cada trazo. No buscaba un arma perfecta, ni una solución definitiva. Buscaba resistir. Ganar tiempo. Si su cuerpo podía ser destruido, entonces también podía ser reforzado, alterado, preparado para no ceder donde la visión había señalado el final.
La medicina dejó de ser una idea.
Se convirtió en una necesidad.
Con cada línea escrita, la presión aumentaba. Buer era consciente de que estaba cruzando un umbral del que no habría retorno. No era solo conocimiento lo que estaba desenterrando, sino decisiones antiguas, errores que habían sido enterrados a propósito. Y, aun así, bajo el terror persistía una chispa obstinada, casi irracional.
—No me rendiré.
Se volvió hacia la estantería más antigua del laboratorio, aquella que no había tocado en años. Allí guardaba los archivos que su cuerpo principal había dejado atrás antes de la Cuarta Guerra Celestial. Antes de su muerte. Antes de que todo se fragmentara.
Revisó manuscritos sellados, pergaminos quebradizos, registros incompletos. Hasta que lo encontró.
Un cuaderno deteriorado, encuadernado con cuero reseco y manchas oscuras imposibles de identificar. En la portada, apenas legible.
No estaba segura de querer leerlo.
Pero ya no podía permitirse no hacerlo.
Uso de la sangre. Mezcla imperfecta.
Al abrirlo, el olor a tiempo y óxido la golpeó con fuerza. Reconoció la caligrafía de inmediato. Era suya.
Y, sin embargo, no la sentía propia.
Las primeras páginas estaban dañadas, como si la humedad y los años hubieran devorado partes enteras del texto.
Cada recuerdo de los experimentos antiguos me conduce al mismo resultado.
No utilizable.
Disrupción mental.
Fracaso.
La palabra siguiente estaba casi borrada, reducida a un rastro de tinta.
…anza
Esperanza.
En una nota anterior, correspondiente al experimento de sangre, aún se conservaban algunas frases legibles. El resto había sido erosionado, como si el cuaderno mismo hubiera intentado olvidar.
Uso de sangre de Arconte y Ángeles Caídos
Advertencia:
El uso de sangre de arcontes y ángeles caídos en seres vivos es altamente desaconsejado.
Los efectos secundarios no son progresivos. Son inmediatos.
Irreversibles.
No hay forma de
…trolar la reacción
Efectos secundarios observados:
– Muerte cerebral
– Ruptura del alma
– Cuerpo destruido
– Sangre hirviendo
(nota al margen, la tinta deshecha en varias letras)
No hier… como el fuego.
Hierve como si quisi… escapar.
Los sujetos de experimentación que presentaron estos síntomas mostraron indicadores previos:
– Desorientación extrema
– Pérdida total de conciencia
– Convulsiones incontrolables
– Alteraciones en la percepción del tiempo y el espacio
– Degeneración acelerada del cuerpo
– Tejidos descomponiéndose …tes de la muerte
No después
Antes
Más abajo, la página estaba rasgada, pero una nota personal sobrevivía entre manchas oscuras.
Se ha observado que Buer…
La frase se interrumpía bruscamente. Varias líneas después, retomada con una caligrafía más irregular:
…se está volviendo loca.
Buer sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No por error.
No por ignorancia.
Sino por insistencia.
Cada intento de utilizar la sangre ha producido resultados
…ceptables
…controlables
La línea entre la ciencia y la locura se vuelve cada vez más
…fusa
…levante
Por favor, ten cuidado.
No continúes con estos—
La frase se cortaba allí, como si la mano hubiera sido detenida a la fuerza.
Lo que hemos hecho no se puede deshacer.
El precio que pagamos por este poder—
La tinta se expandía en una mancha irregular.
—no es igual para todos.
Más abajo, casi borrado, apenas visible bajo la luz:
Si lees esto
detente
La última anotación estaba escrita con un trazo distinto. Más firme. Más frío.
Pero si mi muerte ya fue vista,
entonces no tengo el lujo de detenerme.
Buer cerró el cuaderno con lentitud.
El golpe seco del cuero resonó en la sala más de lo que debería.
Su pulso se había acelerado. No entendía cómo era posible. No había habido nadie más. Nadie que pudiera haber escrito esas advertencias, esas súplicas, ese miedo.
Ella había sido la única en el proyecto.
Y, aun así, al leer esas páginas, tuvo la certeza inquietante de que la Buer que las había escrito no era exactamente ella.
O quizá sí.
Quizá era la única que había entendido hasta dónde estaban dispuestas a llegar.
Cerró los ojos por un instante, esperando sentir rechazo, miedo, una señal clara de que aquello debía detenerse. No llegó nada.
En su lugar, algo más se deslizó en su mente.
Una idea persistente.
Una curiosidad que no pedía permiso.
Si esa Buer había fallado, no era porque el método fuera imposible.
Era porque había dudado.
Abrió el cuaderno de nuevo.
Sus dedos encontraron la pluma sin que lo pensara.
Esta vez, no para leer.
Sino para continuar.
Algunas decisiones no se continúan.
Se conservan.
Si este capítulo dejó rastro, guárdalo.
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