BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 79
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Capítulo 79: Ensayo clínico
Buer continuó con la investigación.
No hubo un momento claro en que decidiera hacerlo. Simplemente ocurrió. El laboratorio, antes desordenado y caótico, recuperó su estructura bajo sus manos. Los instrumentos regresaron a su lugar, y la rutina que antes se rompía una y otra vez avanzó con una extraña firmeza. Algo había cambiado.
No en los materiales.
No en las fórmulas.
En ella.
Cada vez que estaba a punto de cometer un error, la voz surgía.
No como un susurro.
No como una advertencia urgente.
Era directa.
—No ahí.
Buer se detenía de inmediato, como si un hilo invisible la guiara.
—Dos pasos atrás.
Retrocedía, incluso antes de comprender por qué. Volvía a medir, a calentar, a mezclar. En ocasiones, repetía un procedimiento completo solo para descubrir, al final, que el fallo estaba en un gesto mínimo. Un ángulo. Un tiempo mal contado. Una intención mal dirigida.
—Eso no sirve.
La voz no levantaba el tono. No mostraba impaciencia. Simplemente descartaba, como un maestro que sabe exactamente qué camino seguir. Cada corrección la obligaba a rehacer lo avanzado. Dos pasos atrás. Siempre dos. Nunca uno. Nunca tres. Y, aun así, el progreso era real. Más lento, más exigente, pero real.
Buer comenzó a notarlo con inquietud.
No estaba entendiendo más.
Estaba fallando menos.
Sus manos se movían con una precisión que no recordaba haber adquirido. Había momentos en que actuaba antes de pensar, y solo después se daba cuenta de que había hecho exactamente lo correcto. No por intuición. No por inspiración.
Por alineación.
La voz no explicaba nada. No compartía recuerdos ni razonamientos. Corregía como lo haría un maestro severo, uno que no necesita justificar su autoridad porque el resultado habla por sí solo.
—Eso es una pérdida de tiempo.
—No fuerces la mezcla.
—Estás repitiendo el mismo error.
Buer apretaba los dientes, pero obedecía.
No se sentía guiada.
Se sentía medida.
Y lo más inquietante no era la dureza, sino la frialdad. No había emoción en esas correcciones. Ningún rastro de la Buer que recordaba haber sido, el cuerpo principal. Ninguna nostalgia. Ningún conflicto.
Solo método.
En algún punto, mientras observaba cómo una reacción que antes siempre colapsaba ahora se mantenía estable por unos segundos más, Buer lo entendió.
La voz no estaba intentando enseñarle algo nuevo. Estaba intentando convertirla en alguien capaz de repetir exactamente lo que ella había hecho.
Ese pensamiento la estremeció.
Pero no se detuvo.
Porque, por primera vez desde la visión, el experimento no había fallado de inmediato.
Y eso significaba que el siguiente paso ya no era corregir.
Era producir.
Y esta vez, la prueba no sería otro cuerpo.
Sería el suyo.
Buer se inyectó la primera dosis sin ceremonias.
La aguja penetró la piel con facilidad, y el líquido oscuro desapareció en su cuerpo como si hubiera estado esperando ese momento. No hubo reacción inmediata. Ningún espasmo. Ningún rechazo.
Cronometró el tiempo.
Treinta minutos.
Al principio, solo fue una sensación térmica leve, un calor concentrado en el punto de inyección. Buer lo registró de forma automática mientras preparaba la siguiente dosis. Sus manos no temblaban. Su respiración era estable.
Diez minutos después, el calor se expandió.
No como fiebre.
Como presión.
Sintió náuseas, primero suaves, luego insistentes. Se apoyó en la mesa del laboratorio cuando el mareo la obligó a detenerse. El suelo pareció inclinarse apenas, lo suficiente para que su cuerpo reaccionara antes que su mente.
Vomitar fue inevitable.
El sabor metálico le quemó la garganta mientras se inclinaba sobre el recipiente preparado con antelación. No fue una sorpresa. Era una consecuencia prevista. Se limpió la boca con el dorso de la mano y volvió a incorporarse, respirando hondo.
—Sigue —dijo la voz.
No hubo reproche.
No hubo preocupación.
A los treinta minutos exactos, Buer se administró la segunda dosis.
El dolor apareció entonces.
No localizado.
Interno.
Como si algo se hubiera encendido bajo su piel y ahora recorriera sus venas con lentitud deliberada. Su sangre comenzó a hervir. No en un estallido violento, sino en una ebullición controlada, constante, imposible de ignorar.
Buer apretó los dientes.
Cada latido era un golpe seco contra sus costillas. Sentía el cuerpo resistir, adaptarse, ceder apenas lo justo para no romperse. El sudor empapó su espalda, y su visión se volvió borrosa en los bordes.
—Esto está mal —murmuró.
El dolor aumentaba con cada minuto. Su estómago se retorcía, sus músculos se contraían sin permiso, y por un instante dudó. Dudó de la proporción. Dudó del método. Dudó de sí misma.
—Si modifico la proporción… —pensó en voz alta— tal vez pueda mejorarla.
La respuesta llegó de inmediato.
—La proporción está bien.
Seca.
Inapelable.
Buer levantó la mirada, respirando con dificultad. Parte de ella quería discutir. Quería entender. Quería ajustar, corregir, intervenir antes de que el cuerpo decidiera rendirse como lo habían hecho todos los anteriores.
Pero la voz no retrocedió.
—El error no está ahí.
Treinta minutos.
La tercera dosis fue la más difícil.
Sus manos temblaban ahora, no por miedo, sino por el esfuerzo que su cuerpo hacía para mantenerse coherente. Al inyectarse, el dolor se intensificó de forma brutal. Un espasmo la obligó a apoyarse contra la pared, y un grito ahogado escapó de su garganta antes de que pudiera detenerlo.
La sangre ardía.
No como fuego.
Como algo que no quería permanecer contenida.
Buer sintió cómo su cuerpo evaluaba cada segundo. No desde la lógica, sino desde algo más profundo. Una pregunta muda que no necesitaba palabras.
¿Continuar o detenerse?
—No cambies nada —ordenó la voz—. Acepta.
Buer cerró los ojos.
No ajustó la fórmula.
No redujo la dosis.
No alteró el intervalo.
Dejó que su cuerpo entendiera exactamente lo que se le estaba pidiendo.
Y, por primera vez, no se quebró de inmediato.
El dolor no desapareció.
El vómito regresó.
La sangre siguió hirviendo.
Pero ella seguía consciente.
Seguía allí.
Treinta minutos después, cuando el cronómetro volvió a marcar el tiempo, Buer supo que había cruzado el punto sin retorno.
La medicina estaba funcionando.
Y ahora, el verdadero costo iba a revelarse.
El cuarto ciclo no llegó a completarse.
Buer apenas había preparado la siguiente dosis cuando el mundo se fragmentó.
No fue dolor.
No fue náusea.
Fueron voces.
No una.
Muchas.
Susurros primero, superpuestos, desordenados, como pensamientos que no le pertenecían, pero que usaban su voz. Algunas hablaban demasiado rápido, otras se detenían en palabras inconclusas, como si no recordaran cómo terminar una frase.
—Esto está mal.
—No deberías poder oírnos.
—Detente.
—Te estás rompiendo.
—No era así.
Buer soltó la jeringa. El vidrio golpeó el suelo y rodó hasta detenerse contra la pared. Se llevó una mano a la cabeza, respirando con dificultad.
Nunca había escuchado esto.
Nunca.
No eran recuerdos.
No eran ecos del ritual.
Eran ajenas.
Voces sin rostro, sin origen, sin historia compartida. Algunas parecían humanas. Otras no. Ninguna coincidía con la presencia que había respondido durante el ritual.
—Esto está mal —dijo en voz alta, como si decirlo pudiera ordenar el caos—. Debes detenerlo.
El laboratorio pareció cerrarse sobre ella. Las sombras se alargaron de forma antinatural, y por un instante tuvo la sensación de que el espacio se duplicaba, como si estuviera en dos lugares al mismo tiempo.
—Detente ahora.
—Si continúas, no volverás a estar sola.
—No puedes filtrar esto.
—No fuiste diseñada para sostener tantas voces.
Se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, la espalda contra la mesa de trabajo. Su pulso era errático. El dolor seguía ahí, pero había pasado a segundo plano. Su mente era el verdadero campo de batalla.
—Cállense… —susurró.
Las voces no obedecieron.
Se superpusieron. Discutieron entre sí. Algunas se burlaron. Otras suplicaron. Una rió, y el sonido la hizo estremecerse.
Entonces, entre todas, una se impuso.
No alzando el volumen.
Sino apagando a las demás.
—Eso no estaba contemplado.
La voz del cuerpo original.
Fría. Precisa. Inconfundible.
El ruido disminuyó. No desapareció, pero retrocedió, como si algo más dominante hubiera tomado control del espacio mental.
Buer levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué es esto? —preguntó—. Esto no estaba en los registros.
—Es un efecto secundario mayor —respondió la voz—. Fragmentación perceptiva inducida. Tu mente está abriendo canales que no sabe cerrar.
—¿Esquizofrenia? —dijo Buer, escupiendo la palabra como si pudiera dañarla.
—Una forma primitiva de llamarlo —corrigió—. No es una enfermedad. Es saturación.
Las voces regresaron, más débiles, pero persistentes.
—Detenlo.
—No escuches.
—Ella no sabe todo.
Buer apretó los puños.
—Esto está mal —repitió—. Debo detenerlo.
Hubo una pausa.
—No —respondió la voz principal—. Esto es exactamente lo que ocurre cuando el cuerpo comienza a comprender el costo.
Buer respiró hondo, luchando por mantener una línea de pensamiento estable.
—Entonces dime qué corregir.
La respuesta fue inmediata.
—Nada.
El silencio que siguió fue peor que las voces.
—Si detienes el proceso ahora —continuó—, estas fracturas permanecerán. Habrás abierto la puerta sin atravesarla.
Buer cerró los ojos.
Las voces murmuraban todavía, pero ahora sabía algo que antes no: no eran el error.
Eran la consecuencia.
—Si continúo… —dijo— ¿desaparecerán?
—No —respondió la voz—. Aprenderás a distinguirlas.
Buer abrió los ojos lentamente.
Su reflejo en el vidrio roto del suelo no parecía distinto.
Pero ella sabía que algo había cambiado de forma irreversible.
Tomó aire.
Se puso de pie.
—Entonces sigo.
Las voces reaccionaron de inmediato. Algunas gritaron. Otras rieron otra vez.
La jeringa seguía en el suelo.
Buer la recogió.
El camino hacia la medicina ya no era solo físico.
Ahora, también tendría que sobrevivir dentro de su propia mente.
El ensayo continúa. La colección es solo una forma de no perder el registro.
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