BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 80
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Capítulo 80: La funcionalidad no absuelve
No hubo dolor al perder la conciencia.
Tampoco alivio.
El laboratorio desapareció sin transición, como si nunca hubiera existido. No hubo caída ni oscuridad progresiva. Un instante estaba de pie, sosteniendo la jeringa; al siguiente, ya no había suelo, ni cuerpo, ni tiempo medible.
Solo un espacio inmóvil.
“Blanco” no era la palabra correcta. No había luz. No había sombra. Era una ausencia organizada, una quietud que no necesitaba explicarse. Buer intentó respirar y lo logró, pero no sintió aire entrar. El gesto existía sin función.
—Llegaste más lejos de lo esperado.
La voz no vino de un punto concreto. No resonó. No se expandió. Simplemente estaba ahí, como si siempre hubiera estado hablándole desde dentro y recién ahora hubiera decidido dejar de callar.
Buer reconoció la voz de inmediato, no porque sonara familiar, sino porque su cuerpo reaccionó antes que su mente.
—Así que este es tu límite —continuó la voz—. Una simulación mental inducida por tu propio fallo químico.
Buer miró a su alrededor. Frente a ella, la figura comenzó a definirse sin necesidad de moverse. No caminó hacia ella. No apareció. Simplemente ocupó el espacio que ya le pertenecía.
Era ella.
No la marioneta.
No la versión fragmentada.
El cuerpo principal.
Íntegra. Precisa. Sin adornos.
—No —dijo Buer, con dificultad—. Esto… esto es parte del proceso.
La otra Buer la observó como se observa un error ya detectado.
—Eso es lo que te dices para no aceptar que estás improvisando —respondió—. Y siempre fuiste mala improvisando.
Buer sintió algo retorcerse dentro de ella. No dolor. No miedo. Algo más básico. Algo que no había previsto sentir con tanta claridad.
Juicio.
—Seguí tus pasos —dijo—. Corregí lo que faltaba. Llamé a lo que no estaba en los recuerdos. El método funciona.
La figura inclinó apenas la cabeza.
No en interés.
En decepción.
—No —corrigió—. El método funciona porque yo lo diseñé. Tú solo estás caminando sobre restos que no entiendes.
Buer apretó los puños. No sintió presión en los dedos, pero el gesto persistió.
—Estoy produciendo resultados —insistió—. La medicina estabilizó la reacción. El cuerpo resistió. Yo resistí.
La otra Buer dio un paso adelante. El espacio no cambió, pero la distancia se volvió irrelevante.
—Resistir no es terminar —dijo—. Resistir es lo mínimo. Hasta los sujetos fallidos resistieron durante segundos.
Sus ojos eran idénticos.
La mirada no.
—Tú no estás haciendo ciencia —continuó—. Estás sobreviviendo dentro de un proceso que no te pertenece.
Buer sintió cómo las palabras se le clavaban con precisión quirúrgica. No había crueldad innecesaria. No había emoción.
Solo exactitud.
—Eres una marioneta con memoria prestada —dijo la figura—. Emociones improvisadas. Voluntad derivada. ¿De verdad creíste que eso bastaría para concluir mi trabajo?
Buer abrió la boca para responder, pero no encontró palabras.
—No —siguió la otra—. No bastará. Nunca bastará.
El silencio se volvió pesado.
—No porque seas débil —añadió—. Sino porque no sabes cuándo detenerte.
Buer levantó la mirada.
—Entonces dime qué falta —dijo—. Si sabes tanto, corrige.
La otra Buer la observó durante un largo instante.
Por primera vez, algo parecido a irritación cruzó su expresión.
—Eso es exactamente lo que te hace inútil —respondió—. Siempre esperando que alguien más valide el siguiente paso.
Buer sintió un nudo en el pecho.
—Yo no terminé el trabajo porque dudé —continuó—. Tú no lo terminarás porque necesitas creer que estás lista.
Se acercó aún más.
—Y no lo estás.
Buer sintió cómo el espacio comenzaba a fracturarse. No visualmente. Conceptualmente. Como si la escena misma estuviera perdiendo coherencia.
—Cuando despiertes —dijo la voz—, creerás que funcionó.
Buer negó con la cabeza.
—Funcionó —repitió—. Lo sé.
La otra sonrió.
No con burla.
Con certeza.
—Claro que funcionó —dijo—. El método siempre funcionó.
Se inclinó hasta quedar frente a ella.
—La pregunta nunca fue si podías hacerlo.
Buer tragó saliva.
—La pregunta es qué vas a perder cuando lo termines.
El espacio se rompió.
No en fragmentos.
En decisión.
Buer despertó de golpe.
El laboratorio regresó con violencia sensorial. El olor metálico. El frío de la piedra. El peso real de su cuerpo contra la mesa. Inspiró con fuerza y esta vez sí hubo aire, áspero, urgente.
Su pulso era estable.
Dolor: presente, pero contenido.
Náuseas: mínimas.
Las voces habían desaparecido.
Se incorporó lentamente, esperando el colapso que no llegó.
Miró sus manos.
Firmes.
Se acercó al recipiente de prueba. El compuesto reposaba en su estado final. Estable. Sin degradación. Sin reacción tardía.
Funcionaba.
Perfectamente.
Buer se quedó inmóvil durante varios segundos.
No sonrió.
No celebró.
Solo entendió algo con una claridad que le heló la sangre.
La medicina había funcionado.
Tal como ella había dicho.
Y, aun así, por primera vez, Buer dudó de haber ganado algo.
Porque el éxito no había venido acompañado de aprobación.
Solo de una advertencia.
Y ahora, el trabajo ya no podía detenerse.
No después de esto.
Buer no se permitió descanso.
El éxito no era un punto final, solo una confirmación.
Comenzó la creación de cinco medicinas más.
No variantes experimentales, sino repeticiones exactas, ajustadas únicamente en volumen y conservación. Cada una fue sellada con el mismo cuidado que se reserva a algo frágil, aunque su propósito fuera lo contrario.
Cinco.
Dos destinadas a pruebas finales.
Tres reservadas para evitar su propia muerte.
No escribió nada. No anotó resultados. Todo estaba ya memorizado. El proceso no necesitaba registro; necesitaba repetición perfecta.
Cuando terminó, tomó al siguiente sujeto.
Un ratón de laboratorio.
Pequeño. Vivo. Estable.
Lo colocó sobre la mesa sin apuro. El animal forcejeó apenas, más por reflejo que por comprensión. Buer sostuvo el bisturí con firmeza y atravesó el costado con un solo movimiento limpio.
La sangre brotó de inmediato.
El ratón chilló.
Buer no reaccionó.
Administró la primera inyección sin esperar.
Luego la segunda.
Luego la tercera.
Treinta segundos entre cada una.
La hemorragia se detuvo antes de completar el ciclo. No por coagulación acelerada, sino por interrupción. Como si el cuerpo hubiera decidido, de forma artificial, que perder sangre ya no era una opción válida.
La respiración del ratón se volvió irregular durante unos segundos… y luego se estabilizó.
No hubo regeneración visible.
La herida seguía ahí.
Abierta.
Pero sin sangrado.
Sin infección inmediata.
El animal dejó de chillar.
Buer observó durante varios minutos más.
Pulso: estable.
Respuesta motora: mínima, pero presente.
Signos de rechazo: ninguno.
—Suficiente —murmuró.
Apagó los instrumentos. Lavó el bisturí. Guardó las medicinas restantes sin volver a mirarlas.
No sintió alivio.
No sintió triunfo.
Solo una certeza fría.
—Por fin ya terminó este experimento.
Se dio la vuelta.
El laboratorio quedó en silencio.
Buer salió sin mirar atrás.
Pasaron varios minutos.
El ratón seguía vivo.
Intentó moverse.
Sus patas respondieron… con retraso.
No era parálisis.
Era algo peor.
El animal caminó unos pasos y se detuvo, como si hubiera olvidado qué venía después. Su respiración era correcta, pero sus ojos no parpadeaban con normalidad. No exploraba. No reaccionaba al entorno.
Seguía vivo.
Demasiado vivo.
La herida en su costado comenzó a cerrarse de forma incorrecta. No regenerándose, sino sellándose, atrapando tejido dañado en su interior. El cuerpo había priorizado la continuidad por sobre la corrección.
Horas después, el ratón aún respiraba.
No dormía.
No comía.
No moría.
Solo existía, atrapado en un equilibrio artificial que no había sido diseñado para una mente tan pequeña.
La medicina había cumplido su función.
Había hecho irrelevante la herida.
Pero había cobrado algo a cambio.
No la vida.
Sino la capacidad de seguir siendo completamente un ser vivo.
Y Buer no estuvo allí para verlo.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes que nada de esto es gratuito.
Guarda esta historia si quieres ver qué se rompe cuando algo funciona…
y el mundo no perdona el costo.
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