BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 81
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Capítulo 81: El invitado
No sabía por qué me dejaron entrar.
Quizás fue por lástima. Tal vez porque hacía frío. O quizás porque el tipo de la puerta estaba cansado de mirarme. Me empujaron un poco y la puerta se cerró tras de mí con un ruido desagradable, uno de esos que no suena a bar.
Dentro, el calor era incómodo, pegajoso, y me ardían las manos. La cabeza me latía como si alguien me estuviera golpeando desde adentro. El aire olía a alcohol fuerte, no del bueno, y a algo más… como fierro mojado. Una punzada de náuseas me recorrió, pero logré contenerme.
Había gente. Demasiada. Todos hablaban en voz baja, como si el lugar estuviera escuchando. Me miraron fugazmente, rápidos, como se mira a un perro flaco que no va a morder. Me dio igual. Solo quería tomar algo.
Caminé torcido hacia la barra. El piso estaba pegajoso. Sentí que algo se me quedó pegado al zapato, pero no miré. Si te pones a observar esas cosas, después no se van.
El tipo detrás de la barra me miró con curiosidad. O quizás siempre miraba así.
—Un trago —dije—. Cualquiera.
Se quedó quieto, como si yo fuera una broma que no terminaba. Finalmente, sonrió apenas.
—Este corre por la casa —dijo.
Eso nunca es buena señal.
Me hizo señas para que lo siguiera. Pensé en irme. Pensé en quedarme. Al final, caminé detrás de él, porque a veces el cuerpo decide solo.
Pasamos por un pasillo trasero, donde no había música ni risas. El aire ahí atrás era aún más pesado, y me picaban los ojos. El tipo movió algo, no vi qué, y el suelo se abrió como si siempre hubiera estado roto.
Bajé las escaleras agarrándome de la pared. Estaba húmeda. Algo se movió al apoyar la mano. No miré.
Abajo no era un bar.
Había cosas grandes. Figuras. Caras feas talladas en piedra o en un material similar. Velas chorreando cera negra. Manchas viejas. Gente de pie en círculo, muy quieta, como si esperaran que alguien les dijera cuándo respirar.
Me dieron el trago.
Era de un rojo oscuro y espeso. Tenía cosas flotando. Ojitos negros. Al principio pensé que era una broma pesada, pero también pensé que no sería lo peor que había tomado.
Lo bebí.
Me quemó la garganta. Sentí cómo algo descendía lentamente, como si no quisiera entrar. Mis piernas temblaron. Me reí en voz alta, sin ganas.
Alguien murmuró algo. Otro respondió. No entendí nada. Las figuras parecían moverse un poco cuando no las miraba directamente. Un dolor extraño comenzó a surgir en mi cabeza, no como resaca, sino como un recuerdo ajeno.
Quise sentarme. No había dónde.
Quise irme. No sabía por dónde.
El tipo de la barra me observaba desde arriba, serio ahora. Como si yo ya no fuera un chiste.
Pensé que por un trago nadie te podía pedir tanto.
Me equivoqué.
Mientras el bartender cerraba la escotilla, sentí un golpe seco en la nuca.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo desperté en medio de un círculo. No veía lo que tenía abajo, pero muchas personas con capas negras comenzaron a cantar una canción en un idioma que no entendía.
Yomnā Alāhī, amrākh naphel
Zakutākh muthān
Anḥnan d-maytīn beh
W-hī zakutān, muthākh
U-bmuthākh netḥarrar
Un hombre calvo se paró a mi lado.
No me di cuenta al principio.
Primero pensé que su cabeza estaba mal rapada, como si alguien le hubiera pasado la máquina con rabia. Pero luego vi que no… que ahí no había pelo porque no podía haberlo.
El dibujo estaba justo arriba, en la parte donde uno no se mira nunca. No parecía un tatuaje de esos que la gente se hace para lucirse. Parecía más bien una cicatriz que alguien decidió rellenar con tinta cuando ya era demasiado tarde.
Las líneas no eran parejas. No eran simétricas. No seguían una forma clara. Bajaban torcidas, se doblaban de manera extraña, como si el que las hubiera hecho estuviera temblando… o escuchando algo mientras marcaba.
Me quedé mirando más de la cuenta.
Sentí una presión en los ojos, como cuando uno se marea sin moverse.
No entendía el símbolo, pero mi cuerpo sí. Me dieron ganas de mirar a otro lado, de comenzar a gritar. Era como ver una palabra escrita en un idioma que no sabías leer, pero que igual sabías que era un insulto.
El tipo se inclinó y la luz le dio de lleno. Ahí fue peor.
Por un segundo, juré que el dibujo no estaba quieto. No que se moviera… sino que no terminaba de estar fijo. Como si no fuera un dibujo, sino una idea mal clavada en carne.
Pensé algo estúpido:
“Eso no se hizo para verse.
Se hizo para que algo se quedara ahí.”
Me entró un frío. De ese que no viene del ambiente ni del alcohol.
Hasta que alguien habló.
No levanté la cabeza al principio. Pensé que era otro murmullo más, otro borracho rezando a lo que sea que lo escuche. Pero el ruido del lugar cambió. No se apagó. Se acomodó, como cuando todos se quedan callados sin darse cuenta.
Sentí que algo me apretaba el pecho.
Había un animal en el centro. Tardé en entender qué era. Blanco. Demasiado limpio para ese lugar. Respiraba rápido. Cada vez que se movía, la gente se acercaba un poco más, como si no quisiera perderse el momento exacto en que dejara de hacerlo.
—Hoy… —dijo el tipo— hoy empezamos.
No lo vi bien. Solo su voz. Grave. De esas que no gritan porque no lo necesitan. Me dio la sensación de que no estaba hablándoles a ellos.
El canto volvió.
El idioma me raspaba la cabeza. No lo entendía, pero algo en mi cuerpo sí sabía cuándo respirar y cuándo no.
Yomnā…
Alāhī…
Me dieron ganas de vomitar otra vez.
El cordero se movió cuando el cuchillo apareció. Ahí sí levanté la vista. El filo brilló raro, como si la luz no le perteneciera. El animal chilló una sola vez. Corto. Mal.
Cuando la sangre salió, no fue como debería. No cayó. Se quedó un segundo suspendido, temblando, antes de tocar la piedra.
Alguien murmuró algo que sonó a agradecimiento.
Yo pensé: esto no es un bar.
Pensé en correr.
Pensé en rezar.
El cuerpo no me siguió.
Estaba atado.
Como algo que ya había sido entregado.
Mucho antes de entenderlo.
El hombre del tatuaje estaba justo al lado mío. Sentí su presencia antes de verlo. No me miró. No necesitaba hacerlo. Cuando inclinó la cabeza, vi de nuevo el símbolo.
Esta vez sí se movió.
No como algo vivo.
Como algo que recordaba.
—Acepta —dijo el tipo del cuchillo— lo que te damos.
El aire se volvió pesado. No frío. Denso. Como si respirar fuera una falta de respeto.
Las voces subieron. El canto ya no era canto. Era empuje. Algo estaba siendo llamado, y no parecía apurado.
Entonces sentí algo atrás de mí.
No una mano.
Una intención.
Y supe, sin saber cómo, que, si seguía mirando… no iba a volver entero.
El cordero dejó de moverse.
La sangre seguía ahí.
Nadie celebró.
Como si todavía no hubiera pasado lo importante.
Eso fue lo peor.
Porque entendí que no estaban pidiendo nada.
Estaban avisando.
Y yo había escuchado.
Antes de perder toda sensación, solo oí una palabra:
—Con esto comienza la reunión.
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