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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 82

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Capítulo 82: El faltante

El cuerpo del mendigo yacía en el centro del altar.

No estaba acomodado.

No estaba honrado.

Simplemente estaba ahí.

La sangre había dejado de gotear hacía rato, y el círculo comenzaba a secarse de forma irregular, dejando manchas más oscuras donde nadie se había molestado en limpiar. El aire seguía pesado, impregnado de un olor espeso que no pertenecía del todo a la carne ni al incienso.

Los cabecillas permanecían de pie, separados, evitando miradas directas.

—No llegó —dijo uno al fin.

No mencionó nombre alguno. No hacía falta.

Otro giró ligeramente la cabeza, apenas lo justo para mirar la entrada sellada del sótano, como si esperara que alguien estuviera del otro lado, detenido por una excusa demasiado débil.

—No suele faltar.

—No suele —repitió un tercero—. Pero hoy no está.

El silencio que siguió fue práctico, como si todos midieran cuánto tiempo podían permitirse antes de aceptar lo evidente.

El mendigo emitió un ruido bajo cuando alguien lo empujó con el pie, apartándolo unos centímetros. No fue un gesto cruel, sino distraído. Como mover un mueble que estorba.

—¿Desde cuándo no hay señales? —preguntó una voz desde más atrás.

—Desde antes de la peregrinación.

—Eso no es normal.

—Nada lo es últimamente.

Uno de ellos se inclinó, apoyando la mano sobre el borde del altar. La retiró manchada de rojo oscuro, sin hacer gesto alguno para limpiarse.

—Si eligieron no venir —dijo—, es decisión suya.

—No es tan simple.

—Nunca lo es. Pero el tiempo no espera.

El círculo parecía incompleto, aunque nadie podría señalar exactamente qué faltaba. No había un espacio vacío visible, ni un símbolo sin trazar. Era más bien una sensación. Una falta de peso, como una palabra no pronunciada.

—El sacrificio ya fue dado —continuó el primero—. Retroceder ahora sería peor.

—O más seguro —respondió alguien.

La frase murió ahí.

El mendigo había dejado de parecer humano hacía rato. Con la boca entreabierta y los ojos sin foco, era poco más que un resto, un trámite cumplido.

—Si no aparecen —dijo otro—, asumirán las consecuencias.

Nadie preguntó cuáles.

Una vela se apagó sola, dejando una estela de humo negro que tardó en disiparse. Nadie la volvió a encender.

—Empiecen —ordenó una voz grave.

No fue un grito. No fue una amenaza. Fue una decisión.

Uno de los símbolos fue trazado con una variación mínima, casi imperceptible. No era el correcto. Pero nadie lo corrigió. Nadie quiso ser el primero en señalarlo.

El canto comenzó de nuevo, más bajo esta vez. No como una invocación, sino como un empuje, algo que no pedía atención, solo continuidad.

El aire respondió.

No con una señal clara.

No con una manifestación.

Solo se volvió más denso.

Respirar empezó a sentirse innecesario. No difícil. Inapropiado.

—Seguimos —dijo alguien, como si confirmara algo que ya estaba decidido.

El cuerpo del mendigo fue arrastrado fuera del círculo sin ceremonia. Dejó un rastro irregular que nadie limpió.

No hubo celebración.

No hubo señales de aprobación.

Solo una sensación compartida, incómoda y persistente:

Esto ya no podía detenerse.

Muy por encima del altar, en algún lugar que nadie quiso mirar demasiado tiempo, algo había notado la ausencia.

Y no parecía interesado en explicarla.

—Con esto —dijo finalmente el cabecilla— comienza la reunión.

Nadie se atrevió a preguntar si eso era cierto.

Nadie ocupó su lugar de inmediato.

El círculo estaba trazado, las antorchas encendidas, la mesa dispuesta, pero los miembros del culto permanecieron de pie durante unos segundos que se estiraron demasiado. No por respeto. No por solemnidad.

Por duda.

El aire aún arrastraba un rastro metálico, como si la sangre derramada en el altar inferior hubiera encontrado la manera de subir por las grietas de la piedra. Cada respiración era densa, incómoda, acusatoria.

Cuando finalmente se sentaron, lo hicieron sin mirarse demasiado.

El líder fue el último. Apoyó ambas manos sobre la mesa de madera gastada, dejando que el crujido rompiera el silencio.

—La reunión de hoy es sobre la peregrinación a la Ciudad Fantasmal.

Su voz conservaba autoridad, pero algo en su tono sonaba forzado, como si repetir palabras antiguas ya no bastara para sostenerlas. Nadie respondió de inmediato. No hubo el murmullo habitual. Solo miradas breves, huidizas.

—Como cada año… —continuó, y se detuvo.

Frunció el ceño y tragó saliva.

—No. Este año no es como los anteriores.

Algunos se removieron en sus asientos. Una mujer cubierta por una capa negra ajustó inconscientemente el broche de su cuello.

—La Ciudad Fantasmal siempre ha sido el punto de convergencia —prosiguió el líder—. El lugar donde los grandes señores escuchan. Donde las puertas se adelgazan.

—Antes escuchaban —murmuró alguien.

El comentario fue bajo, casi accidental, pero nadie fingió no haberlo oído.

La mujer de la capa habló entonces, sin levantarse.

—Las últimas invocaciones no respondieron como debían. No hubo rechazo… pero tampoco acogida. —Alzó la mirada—. Fue como hablarle a algo que estaba presente, pero distraído.

Un hombre de cabello largo negó con la cabeza, más por costumbre que por convicción.

—La resistencia no es nueva. Siempre hay fricción antes de un gran favor.

—Esto no fue fricción —replicó ella—. Fue indiferencia.

Esa palabra cayó pesada sobre la mesa.

El líder entrelazó los dedos.

—La Ciudad Fantasmal tiene su propio pulso. Puede amplificar… o devorar. Por eso la peregrinación es necesaria. —Hizo una pausa—. Más ahora.

—¿Todos los cultos confirmaron asistencia? —preguntó alguien desde el extremo del círculo.

La pregunta era simple. La respuesta no.

El líder tardó un segundo más de lo normal.

—Casi todos.

Nadie pidió nombres. Nadie sonrió. Un silencio incómodo se instaló, espeso, como si mencionar al ausente pudiera atraer su atención… o algo peor.

—No podemos posponerlo —dijo el hombre de cabello largo, golpeando suavemente la mesa—. La noche está marcada. El camino ya fue abierto.

—¿Y si las puertas se abren hacia algo que no podemos cerrar? —preguntó un joven, con la voz quebrada—. ¿Y si ya cruzamos un límite sin darnos cuenta?

El líder lo miró fijamente.

—Entonces no retrocedemos.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que existe —replicó—. La peregrinación no es un acto de fe. Es de persistencia. Los señores no premian a los que dudan.

La mujer de la capa inclinó la cabeza.

—¿Aumentaremos las ofrendas?

—Sí.

—¿Sacrificios?

El líder asintió, despacio.

—Más de los habituales.

Un murmullo recorrió el círculo, esta vez cargado de nerviosismo. Nadie preguntó qué tipo. Todos lo entendieron.

—La Ciudad Fantasmal no tolera vacíos —añadió el líder—. Si algo falta… algo tomará su lugar.

Alguien rió nerviosamente, pero el sonido se extinguió rápidamente.

—¿Y si… —comenzó otro— si la ausencia no es casual?

Las antorchas chisporrotearon, como si respondieran.

—No especules —ordenó el líder—. Los cultos han seguido su camino durante siglos. Si alguno decidió apartarse, no nos concierne.

Pero su mirada evitó el centro del círculo cuando lo dijo.

—Partiremos según lo previsto —concluyó—. Llamen a todos. Que nadie se quede atrás. La Ciudad Fantasmal nos espera.

Nadie celebró la decisión.

Mientras comenzaban a discutir rutas, tiempos y símbolos, una sensación incómoda se asentó entre ellos: no estaban preparándose para reclamar poder… sino para justificar seguir avanzando.

Porque detenerse ahora implicaba aceptar que algo, en la oscuridad, ya había tomado nota de sus nombres.

Y eso era peor que cualquier sacrificio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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