Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 83

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 83 - Capítulo 83: Paralelismo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 83: Paralelismo

Nadie pidió silencio.

El silencio ya estaba presente.

En el sótano, los cuerpos se amontonaban, no por falta de espacio, sino por necesidad. El calor humano se entrelazaba con la luz de las velas, el aroma del vino, y algo más profundo que empezaba a despertar bajo la piel. Respirar era un esfuerzo. No por el aire, sino por la expectación.

En la iglesia, los bancos rebosaban. Hombres y mujeres se apretujaban en los pasillos; algunos arrodillados por costumbre, otros incapaces de saber qué hacer con sus manos. El incienso flotaba espeso, casi agresivo. Y el murmullo se extinguió por sí mismo.

Lucius dio un paso al frente.

Abajo, una figura se adelantó al altar.

—Hermanos —resonó una voz en la penumbra—, hemos sido llamados a permanecer cuando otros eligieron desaparecer.

Un estremecimiento recorrió el sótano. No fue miedo. Fue orgullo.

—Hermanos —repitió Lucius, y su voz resonó en la nave—, hemos sido convocados porque no retrocedimos cuando otros bajaron la cabeza.

Un murmullo creció, contenido, vibrante.

—No estamos aquí por azar —continuó la voz del culto—. Estamos aquí porque entendimos que el mundo no cambia por deseo, sino por voluntad sostenida.

Puños se cerraron. Mandíbulas se tensaron.

—No están aquí por azar —dijo Lucius—. Están aquí porque comprendieron que la fe no es consuelo; es carga.

Alguien en la iglesia murmuró “amén”, antes de darse cuenta.

—Se nos ha dicho que esperemos —prosiguió el orador—, que seamos pacientes, que confiemos.

Risas bajas y ásperas surgieron.

—Se nos ha pedido paciencia —dijo Lucius—. Se nos ha pedido silencio. Se nos ha solicitado tolerancia.

El calor aumentó. Alguien se quitó el abrigo. Otro apretó el rosario hasta que la piel quedó enrojecida.

—Pero la espera solo sirve si prepara el movimiento —declaró la voz—. Y nosotros ya hemos esperado suficiente.

Un murmullo se transformó en un latido compartido.

—La paciencia solo tiene sentido si conduce a la acción —replicó Lucius—. Y la acción ha sido señalada.

—La Ciudad Fantasmal no es un destino —afirmó el culto—. Es una prueba.

Los cuerpos se enderezaron.

—La Ciudad Fantasmal no es un lugar —dijo Lucius—. Es un campo de corrección.

Algunos respiraron más rápido. Otros sonrieron.

—No todos llegarán —continuó la voz—. Y eso debe ser aceptado antes de partir.

Silencio absoluto.

—No todos volverán —dijo Lucius—. Y eso debe asumirse sin dramatismo.

Un escalofrío recorrió los bancos.

—Porque el camino no existe para preservar lo débil —dijo el orador—, sino para separar lo que sirve de lo que estorba.

Un grito brotó desde el fondo del sótano. Uno solo. Luego otro.

—Porque la misión no está diseñada para proteger a todos —dijo Lucius—, sino para revelar quién está dispuesto a sostenerla.

Un “sí” ahogado emergió entre los fieles.

—Habrá quienes duden —continuó la voz—. Y su duda no será castigada.

Las miradas chocaron.

—Habrá quienes fallen —dijo Lucius—. Y su falla no será juzgada.

Pausa.

—Será reemplazada.

El sótano estalló en murmullos emocionados, febril.

—Será corregida.

La iglesia respondió con un coro espontáneo de “amén”.

—La sangre que arde en sus venas —dijo Lucius— no es emoción pasajera.

Un hombre se llevó la mano al pecho. Una mujer lloró sin entender por qué.

—Es reconocimiento —afirmó la voz—. Es el cuerpo recordando cuál es su función.

Gritos. Puños en alto.

—Es vocación —dijo Lucius—. Es el alma aceptando su peso.

Un rugido recorrió la nave.

—Después de partir —continuó el orador—, no habrá retorno cómodo.

Las sonrisas se afilaron.

—Después de avanzar —dijo Lucius—, no existirá la vida anterior.

El silencio se volvió denso, cargado.

—Quien cruce el umbral —dijo la voz— dejará algo atrás.

Algunos tragaron saliva.

—Quien acepte la cruzada —dijo Lucius— abandonará lo que creía intocable.

Una mujer soltó un sollozo, sin retroceder.

—Nombres —dijo el culto—.

—Vínculos —dijo Lucius—.

—Debilidades —dijo el culto—.

—Comodidades —dijo Lucius—.

Las palabras se entrelazaron en la mente como una sola.

—Y cuando llegue el momento —continuó la voz—, no se pedirá permiso.

El sótano rugió.

—Y cuando llegue la hora —dijo Lucius—, no habrá votación.

La iglesia se levantó de los bancos.

—Porque el mundo no se transforma por consenso —afirmó el culto—.

—Porque la verdad no se negocia —replicó Lucius—.

Los gritos ya no eran individuales; se habían convertido en una masa.

—Marcharemos —dijo la voz—.

—Avanzaremos —dijo Lucius—.

—No por fe —dijo el culto—.

—No por gloria —dijo la iglesia—.

—Sino porque es necesario —dijeron ambos.

El grito fue total.

La sangre, viva.

Y en ambos lugares, mientras los cuerpos vibraban con fervor, una certeza se asentó, clara y definitiva.

Fue un lamento primario.

No tuvo forma ni palabras claras; fue un sonido que brotó del pecho, de algo que llevaba demasiado tiempo contenido. A ese grito le siguió otro, y luego otro, hasta que el aire vibró, saturado de voces que ya no distinguían pensamiento de impulso.

Algunos cayeron de rodillas.

Otros se levantaron de golpe, como si sentarse hubiera dejado de ser una opción.

Manos temblorosas se alzaron, no para pedir, sino para entregarse. Dedos crispados, uñas clavándose en la piel, sangre brotando en gestos que nadie intentó detener. El dolor era irrelevante. El dolor confirmaba que estaban vivos. Que estaban presentes.

Había lágrimas.

No de pena.

Lágrimas calientes, desbordadas, nacidas de una mezcla imposible de miedo, alivio y exaltación. Rostros enrojecidos, mandíbulas apretadas, bocas abiertas gritando palabras que no siempre eran las mismas, pero que decían exactamente lo mismo.

—¡Estoy listo!

—¡Guíame!

—¡No me dejes atrás!

—¡Llévame!

Las voces se superponían, se rompían y se alzaban de nuevo. Algunos reían entre sollozos, con una risa quebrada, casi histérica. Otros golpeaban el suelo, los bancos, las paredes, como si el cuerpo necesitara descargar la energía que ya no cabía dentro.

La masa humana respiraba al unísono, como un único organismo recién despertado. Cada inhalación era profunda, urgente. Cada exhalación cargada de vapor y promesas no formuladas.

Alguien comenzó a corear una frase.

No fue una orden.

Fue un reflejo.

Otros la repitieron. No exactamente igual. No hacía falta. El sentido era el mismo. El mensaje se deformaba, se adaptaba a cada garganta, pero no perdía fuerza. Al contrario: crecía.

Los cuerpos se balanceaban.

Algunos abrazaban a desconocidos con desesperación, como si ese contacto sellara algo definitivo. Otros se separaban de quienes tenían a su lado, empujándolos con urgencia primitiva: avanzar, moverse, no quedarse quietos.

Había quienes miraban al frente con los ojos muy abiertos, brillantes, como si acabaran de entender algo que siempre estuvo ahí y nadie se atrevía a decir en voz alta.

Había quienes lloraban en silencio, con la cabeza baja, no porque dudaran… sino porque sabían que ya no había marcha atrás.

Era una sensación real, física, incómoda.

Algunos se llevaron la mano al pecho, otros al cuello, como si temieran que algo dentro fuera a romperse si no se liberaba pronto.

Y en ese caos ordenado, en esa marea de cuerpos entregados, una certeza se volvió común.

No estaban siendo arrastrados.

Estaban eligiendo.

Aunque la decisión ya se hubiera tomado mucho antes.

Las voces alcanzaron un punto donde ya no era posible distinguir palabras individuales. Era un rugido continuo, sostenido, que hacía vibrar el suelo, las paredes, los cimientos. Un sonido que no pedía permiso. Que no esperaba respuesta.

Un sonido que anunciaba movimiento.

Algunos cayeron exhaustos, temblando, sostenidos por otros que los levantaban sin dejar de gritar. Nadie se quedaba solo. Nadie quedaba al margen. Incluso los que no gritaban sentían el eco golpeándoles el pecho desde dentro.

En algún punto del sótano, una mano se limpió lentamente en la túnica, borrando el rastro rojo sin mirar.

En la iglesia, alguien cerró los dedos alrededor de la cruz de su rosario hasta que el metal dejó marca.

Y entonces, casi de manera imperceptible, el ruido comenzó a enfocarse.

No a disminuir.

A alinearse.

Las voces se sincronizaron. Los cuerpos dejaron de sacudirse al azar. La multitud respiró junta una última vez, profunda y larga, como si sellaran un pacto silencioso.

Algo quedó atrás en ese instante.

Nombres.

Rostros.

Vidas anteriores.

La masa humana ya no era un conjunto de individuos, sino una dirección.

Un camino.

Y sin importar qué símbolos colgaran de los muros, qué palabras hubieran sido pronunciadas, o a qué nombre se le hubiera dado al poder que los llamaba, el resultado era el mismo.

El movimiento había comenzado.

Ahora, las dos caras de la misma moneda inician su camino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo