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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 84

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  4. Capítulo 84 - Capítulo 84: La voluntad no pregunta
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Capítulo 84: La voluntad no pregunta

Lucius se puso de pie, su figura imponente recortándose contra el tenue brillo de las antorchas que iluminaban la sala de piedra.

Frente a él, los líderes de escuadrón permanecían alineados, erguidos, con rostros tensos entre la determinación y una reverencia que rozaba el miedo.

El aire estaba cargado, espeso, como si algo aguardara su momento para descender.

—Ahora, hijos míos —comenzó Lucius, y su voz resonó con un eco casi sobrenatural—, hay algo que debemos tocar antes de irnos.

Sus ojos recorrieron la fila, deteniéndose en cada rostro lo suficiente para medir la profundidad de su fe.

—Hoy será el día en que algunos aprenderán la última lección.

El silencio se hizo absoluto, como si hasta el crepitar de las antorchas temiera interrumpirlo.

—Los Tronos pueden escuchar sus llamados —continuó—, pero solo bajo una condición: su cuerpo debe ser entregado. Solo así obtendrán su poder.

El peso de esas palabras cayó como una losa. Algunos intercambiaron miradas breves y nerviosas; otros mantuvieron la vista al frente, sabiendo que aquel precio era lo que habían venido a pagar.

Lucius sonrió con satisfacción.

—Quienes estén preparados —dijo, alzando una mano con solemnidad—, sigan mi oración.

Los diez inclinaron la cabeza al unísono, como si una fuerza invisible los uniera en un solo gesto.

—Domine, hodie corpus hoc tuum erit receptaculum.

Mitte servos tuos in corpus meum,

ut lux verborum tuorum dicat quod voluntas tua est via mea.

Corpus hoc non amplius meum erit.

Las palabras fluyeron como un antiguo mantra, pesado y cargado de renuncia. Los capitanes repitieron la oración en una sola voz, firme y fanática, hasta que el eco llenó cada rincón de la sala.

Las antorchas titilaron, y un viento helado recorrió el lugar, levantando capas y cabellos, como si algo hubiera respondido al llamado.

—¡Dejen que su sacrificio sea conocido! —exclamó Lucius.

—¡Mitte servos tuos in corpus meum! —gritaron ellos con fervor.

Entonces ocurrió.

Nueve luces descendieron desde lo alto, cayendo como juicios sobre Mateo, Miguel, Canon, Deimos, Ezequiel, Uriel, Azael, Manuel y Jesús. La radiancia no traía consuelo ni promesa. Ardía.

Las voces comenzaron a resonar dentro de ellos. Murmullos imposibles. Órdenes. Presencias que no pedían permiso.

El primer grito quebró la sala.

Mateo cayó de rodillas. Su cuerpo convulsionó con violencia, como si algo intentara desgarrarlo desde dentro. Sus manos se crisparon, sus ojos se vaciaron, y un aliento final se le escapó entre espasmos.

Lucius observó la escena sin moverse. Luego, una risa fría y cruel se escapó de sus labios.

—Algunos no serán escogidos por nuestro Señor —anunció—. Solo serán destruidos por Su voluntad. Su fe no fue suficiente.

Miguel fue el siguiente. Su piel perdió el color; la luz que lo envolvía se volvió abrasadora. Se dobló sobre sí mismo, emitiendo un grito ahogado antes de desplomarse, reducido a un cuerpo inerte.

Deimos trató de resistir. Se aferró a la luz como a una tabla de salvación, pero esta lo atravesó sin piedad. Su alarido se perdió entre los demás cuando cayó, dejando tras de sí un rastro de humo y ceniza.

Uriel y Azael siguieron el mismo destino. La promesa se tornó en condena. La sala se llenó de gritos superpuestos, un coro de almas quebrándose bajo un poder que no podían contener.

Manuel y Jesús lucharon hasta el final. El aire se volvió denso, casi imposible de respirar. Manuel fue el primero en caer, vencido, mientras Jesús permanecía de pie, temblando, sostenido solo por la última brizna de fe que aún ardía en su interior.

Cuando la luz finalmente se disipó, solo dos figuras permanecían en pie.

Ezequiel y Canon.

Ambos respiraban con dificultad. Sus cuerpos temblaban, marcados, pero no habían caído. Sus miradas se encontraron, y en ese cruce silencioso se selló algo más fuerte que las palabras: la certeza de haber sobrevivido a algo que nunca debió pedirse.

Lucius los observó con atención, complacido.

—Así es como se seleccionan los fuertes —dijo—. No los mejores. No los justos. Solo aquellos capaces de soportar la carga.

El eco de los gritos se extinguió. La luz desapareció por completo.

Ezequiel y Canon permanecieron inmóviles, aferrándose a la llama que aún ardía dentro de ellos. La prueba había terminado.

Y apenas estaba comenzando.

En medio del caos y el lamento de quienes habían caído, Naqam se acercó a Lucius, su rostro una mezcla de desánimo y confusión. La luz había pasado de largo, dejándola en la sombra; un profundo vacío se apoderó de ella.

—Maestro, no pude… he fallado la prueba —susurró, la voz temblorosa.

Lucius la miró con una mezcla de comprensión y resolución. Sin decir una palabra, la llevó afuera de la sala, donde el aire fresco liberaba la presión del dolor y la desesperación que habían llenado el espacio anteriormente.

—Tú, mi niña, eres especial —dijo Lucius, sin ternura, solo certeza. Sus ojos, que habían contemplado la caída de tantos, ahora brillaban con un matiz de esperanza.

—¿Por qué no me alcanzó la luz? —preguntó Naqam, su curiosidad luchando contra la decepción.

—Porque quien te eligió no necesita la luz —respondió Lucius con una sonrisa enigmática—. Así que es normal que no haya luz.

Naqam frunció el ceño, tratando de comprender la profundidad de sus palabras.

—¿Quién me escogió? —insistió, sus ojos buscando respuestas en el rostro del maestro.

—Zaphkiel —dijo Lucius, su voz reverberando con una mezcla de respeto y temor—. Él será tu destino. A mí no me queda mucho tiempo; ya tengo ochenta años, y el poder sagrado que llevo dentro no me mantendrá para siempre.

Las palabras de Lucius pesaron en el aire, un recordatorio de la fragilidad de la vida, y Naqam sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—No te preocupes —continuó Lucius—. Cuando un Trono desea algo, la luz no es necesaria.

Las palabras se asentaron en el corazón de Naqam como un eco, resonando con una verdad que apenas comenzaba a comprender. La idea de ser elegida por una entidad tan poderosa la llenó de un extraño sentido de propósito, y su decepción comenzó a transformarse en determinación.

—¿Qué debo hacer? —preguntó, su voz ahora firme, revelando el fuego que empezaba a encenderse dentro de ella.

Lucius la miró con aprobación, como si hubiera visto un destello de la fuerza que llevaba dentro.

—Prepárate —dijo—. La elección de Zaphkiel no es un camino fácil. Pero recuerda, en la sombra también hay luz, y en tu viaje, encontrarás el poder que te pertenece.

Naqam asintió, sintiendo que las palabras de Lucius empezaban a delinear su destino. Con cada paso que daba, sabía que la luz de Zaphkiel se haría palpable, guiándola hacia un futuro que aún no podía imaginar.

Los corderos ya habían sido marcados.

Ahora solo quedaba observar quién aprendería a sangrar en silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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