BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 85
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 85 - Capítulo 85: Inocencia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 85: Inocencia
La luz dentro de la mente de Ezequiel se tornó cálida, brillante y casi hipnótica. No ardía, no cegaba; envolvía. Era como un recuerdo antiguo que nunca había vivido, pero que su alma reconocía.
—Ezequiel.
La voz no provenía de un lugar específico. Estaba en todas partes, dentro de él, detrás de sus pensamientos, como un canto seductor que lo llamaba a través de la bruma dorada que lo rodeaba.
Se giró, buscando su origen, y la neblina comenzó a tomar forma. Primero, una silueta. Luego, un cuerpo.
Humanoide, pero incorrecto, como si hubiera sido tallado con una intención ajena a este mundo… o a este tiempo.
Su piel era pálida, casi marfil, demasiado perfecta, demasiado quieta. En una de sus manos descansaba una hoz cuya hoja no reflejaba la luz; la absorbía. Sus ojos, profundos y oscuros, no eran vacíos; eran vastos, como si contuvieran secretos imposibles de medir.
—Soy Azrael —dijo la figura, y su voz resonó con un eco que parecía sacudir los cimientos de la conciencia de Ezequiel.
No necesitó presentarse más. Su nombre cayó en la mente de Ezequiel con el peso de una verdad inevitable: el Trono de la Muerte.
Ezequiel sintió un impulso de retroceder, pero no había suelo bajo sus pies. No había cuerpo. Solo conciencia. Miedo. Fascinación.
—No temas —continuó Azrael—. No he venido a quebrarte.
Algo dentro de Ezequiel le decía que no le creyera, pero esas palabras tocaron una parte de él que anhelaba la verdad.
El aire vibró a su alrededor, y la luz pulsó suavemente, como si respirara junto a ellos.
—Entonces… ¿por qué estás aquí? —preguntó Ezequiel, y su voz sonó pequeña, ajena en ese vasto espacio.
Azrael inclinó apenas la cabeza, un gesto casi humano.
—Porque has sido escuchado.
La frase se deslizó en su mente con una suavidad peligrosa, como un veneno dulce.
—Hay hombres que rezan por poder —prosiguió—. Otros, por salvación. Tú… rezaste por comprensión.
Ezequiel frunció el ceño.
—Yo no—
—Lo hiciste —lo interrumpió Azrael, con un tono que no admitía discusión—. Cuando viste caer a los otros, cuando sentiste el peso de la muerte y no huiste. Cuando permaneciste.
La luz a su alrededor se intensificó, iluminando su confusión.
—Eso te distingue.
Ezequiel sintió que un nudo se formaba en su pecho. Recordó los gritos, los cuerpos caídos, la risa burlona de Lucius. Y, aun así, él seguía en pie.
—No quiero convertirme en algo que no reconozca —dijo al fin—. No quiero ser un monstruo.
Azrael lo observó en silencio. No había juicio en su mirada. Tampoco consuelo.
—Los monstruos no hacen preguntas —respondió—. Obedecen o devoran. Y cuando terminan… se preguntan por qué están vacíos.
La hoz brilló levemente, como si respondiera a esa verdad oculta.
—Hay fuerzas que destruyen —continuó—. Y otras que guían. La muerte no es el final que te enseñaron a temer. Es un umbral.
Ezequiel tragó saliva, sintiendo que la realidad se desdibujaba a su alrededor.
—¿Un umbral hacia qué?
Azrael dio un paso adelante, cerrando la distancia entre ellos.
—Hacia la verdad de lo que persiste cuando todo lo demás cae.
La luz lo rodeó. No lo tocó. Esperó.
Ezequiel sintió que algo se acomodaba dentro de él, como una idea que siempre había estado ahí, adormecida.
—¿Y por qué yo? —susurró, una pregunta que temía hacer.
Azrael alzó la mirada, y por un instante, Ezequiel creyó ver incontables sombras moviéndose en lo profundo de esos ojos.
—Porque no apartaste la mirada.
Silencio.
—Porque permaneciste cuando otros se quebraron.
Silencio.
—Porque estás listo para ver lo que otros no soportan.
La tentación no llegó como una orden; llegó como una conclusión inevitable.
Ezequiel emergió de su reino mental como quien despierta de un sueño demasiado vívido. La realidad volvió a enfocarse poco a poco, y el mundo a su alrededor adquirió una claridad distinta, casi hiriente. Todo parecía igual… y, sin embargo, algo era irrevocablemente diferente.
Alzó la mano.
En el centro de su palma brillaba una marca luminosa, un símbolo desconocido que pulsaba con un ritmo propio, como un corazón ajeno latiendo bajo su piel. No era solo una señal; era un ancla, una chispa de poder incrustada en su carne, recordándole que había sido elegido… o reclamado.
—Ezequiel… —susurró Azrael, con un tono casi divertido—. La primera vez que un humano acepta poder sin preguntar su precio.
Un escalofrío recorrió su espalda. No podía verlo, pero sentía su presencia con absoluta claridad, como si cada uno de sus pensamientos fuera observado, pesado, saboreado.
—¿Qué… qué quieres decir con eso? —preguntó, y por primera vez desde la ceremonia, su voz tembló.
La risa se expandió, profunda y complacida.
—Pronto lo entenderás. Tus emociones comenzarán a desvanecerse cada vez que invoques ese poder. Pero un día recordarás haber amado algo… y no sabrás qué era.
Ezequiel sintió que algo se contraía en su pecho.
—¿Mis… emociones?
—Sí, querido Ezequiel —respondió Azrael, ahora con un tono más grave, más cercano—. El miedo, la culpa, la compasión. Todo eso se desgasta. Se consume. Hasta que solo quedas tú… y mi voluntad.
La palabra “voluntad” cayó como una losa, aplastando cualquier resquicio de esperanza que pudiera haber en su interior.
—Te convertirás en un guía —continuó Azrael—. No matarás por impulso. No por odio. Solo cuando yo… o mi padre… lo consideremos necesario.
Una sensación de vacío lo invadió, no por el poder, sino por la pérdida inminente de sí mismo.
El aire pareció volverse más pesado. La marca en su palma ardía, palpitante, como si celebrara cada palabra. El poder que había anhelado ya no se sentía liviano; presionaba desde dentro, reclamando espacio.
—No… no quiero ser una marioneta —murmuró, sintiendo los hilos invisibles que comenzaban a atarlo.
—No lo serás —replicó Azrael con suavidad—. Las marionetas no eligen. Tú lo hiciste.
Ezequiel apretó los dedos. El símbolo respondió con un destello de luz.
—¿No hay otra forma? —preguntó—. ¿Otra manera de… de hacer esto?
Hubo un silencio breve. Deliberado.
—Permíteme preguntarte algo —dijo Azrael al fin—. ¿Renunciarías a todo… por un poder que jamás comprenderás por completo?
Ezequiel sintió que el mundo se inclinaba bajo esa pregunta.
—¿A todo…? —repitió, atrapado entre el vértigo y la fascinación.
—Suena tentador, ¿no? —susurró el Trono—. Gloria. Trascendencia. Una existencia que no se quiebra como la de los demás. Pero recuerda esto, Ezequiel…
La risa regresó, más baja, más cercana.
—Todo regalo verdadero exige algo a cambio.
Su corazón latía con fuerza. La inquietud y el deseo se entrelazaban de forma indistinguible. La marca seguía pulsando, prometiendo algo que su mente no podía rechazar del todo.
—Quizás… ya no sufra por el como soy —dijo al fin, casi sin reconocerse—. Quizás sea lo que necesito.
Azrael no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su voz fue solemne.
—Entonces, acepta mi luz.
El mundo se disolvió.
Ezequiel cerró los ojos mientras la presencia de Azrael lo envolvía por completo. La energía era cálida, embriagadora, poderosa. No dolía. Consolaba. Silenciaba. En su interior, algo se encendió… y algo más se apagó.
—Bienvenido, Ezequiel —resonó la voz del Trono en lo más profundo de su ser—. Bienvenido al nuevo mundo.
El suelo desapareció bajo sus pies. La luz lo sostuvo, lo arrastró, lo reclamó. En un parpadeo, Ezequiel dejó de ser solo un hombre.
La seducción había funcionado.
Y Azrael había ganado algo más valioso que su obediencia: su consentimiento.
Ezequiel ya no era solo suyo; algo más grande que él lo guiaba, y solo una palabra resaltaba de eso.
Miedo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com