BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 86
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 86 - Capítulo 86: Distancia
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 86: Distancia
Ezequiel caminaba solo.
No porque no hubiera gente a su alrededor, sino porque nadie podía acercarse a él. Cada paso resonaba en su pecho, como un eco que delataba su desasosiego. La luz de Azrael permanecía en su mente, inmutable, y eso lo perturbaba más que cualquier otra cosa.
No se había ido.
No se había apagado.
—No… —murmuró, llevándose una mano a la sien, como si pudiera ahogar la confusión que lo envolvía—. Esto no tiene sentido.
Había esperado despertar vacío, quebrado.
Ansiaba el dolor como prueba de traición.
Pero no.
Lo que encontró fue algo peor:
claridad.
Y eso lo aterraba.
—Un Trono no engaña… —susurró, intentando convencerse, como si las palabras pudieran darle sustento—. No debería necesitarlo.
La duda no se desató con furia; se instaló lentamente, como una grieta que se abre en el silencio. La marca en su palma reaccionó.
Un pulso breve. Cálido. Casi reconfortante.
Ezequiel se detuvo en seco, el aire parecía volverse denso a su alrededor.
—No —dijo, cerrando el puño con determinación—. No ahora.
El calor no desapareció. Se acomodó, como si el poder estuviera escuchando… y esperando.
Imágenes evocadoras se agolpaban en su mente: la hoz, los ojos imposibles de Azrael, la risa contenida.
No burlona. No cruel. Segura.
—¿Y si no mentía…? —pensó, sintiendo cómo el aliento se le helaba en la garganta.
¿Qué era peor?
¿Que Azrael lo hubiera engañado?
¿O que hubiera dicho la verdad?
—Yo no pedí esto —negó en voz baja, pero sabía que mentía.
Había pedido comprender. Había pedido ver. Había pedido permanecer cuando otros huyeron.
La culpa llegó después, pesada como una losa.
Lucius cruzó su mente como una sombra familiar.
“El poder siempre cobra algo.”
Entonces lo entendió.
Lucius no lo advirtió.
Lo preparó.
—Maldito seas… —susurró, sin saber si se lo decía a su maestro o a sí mismo.
La marca ardió con una intensidad nueva. No dolía; era intención pura.
Un pensamiento ajeno rozó su mente:
—¿De verdad te arrepientes… o solo tienes miedo?
Ezequiel se llevó la mano al pecho, sintiendo los latidos en su garganta.
—Cállate.
El pasillo pareció alargarse. El mundo que lo rodeaba seguía siendo el mismo… pero ya no respondía igual.
—No soy tu instrumento.
Cuando apretó el puño, el poder respondió.
No con fuerza.
Con obediencia.
El terror no provenía de Azrael.
Vino de sí mismo.
—Yo elegí esto…
Y por primera vez, la ira no buscó culpables externos.
Caminó de nuevo, cada paso era una decisión consciente, cada latido un recordatorio de su propia fragilidad. Lucius tenía respuestas, o al menos verdades a medias. Ezequiel necesitaba escucharlas antes de perder la voluntad de hacerlo.
—No dejaré que decidan por mí —murmuró, su voz temblando en el aire cargado de tensión.
No hubo risa.
Eso fue lo peor.
Porque en el silencio, entendió algo que no estaba preparado para aceptar:
Azrael no necesitaba convencerlo más.
El pacto ya estaba avanzando.
Y una parte de él… no quería retroceder.
Alzó la vista. La puerta de la sala de Lucius se presentaba ante él, imponente.
La marca latía, lenta. Paciente.
Como un corazón que no era suyo.
La fe no se rompe como un hueso.
Se desgasta.
Ezequiel lo comprendió al observar sus manos. No temblaban. No sudaban. Eran firmes. Demasiado firmes para alguien que, horas atrás, había ofrecido parte de su alma a algo que no entendía.
—Si sigo siendo yo… entonces no pasó nada —se dijo, buscando consuelo en el pensamiento.
Era una idea cómoda.
Peligrosamente cómoda.
Caminó por los pasillos sin prisa, obligándose a respirar con regularidad.
—No soy un asesino —murmuró—. No lo seré.
No era una promesa al Trono.
Era un juramento a sí mismo.
Eso era fe.
O lo que quedaba de ella.
Vio a un acólito al fondo del corredor. Un muchacho joven, nervioso, luchando con libros que parecían demasiado grandes para él. Tropezó y uno de los volúmenes cayó al suelo, el sonido resonando como un golpe en su conciencia.
Ezequiel se movió antes de pensarlo, guiado por un impulso humano.
—Déjame ayudarte —dijo, agachándose.
El muchacho lo miró, sorprendido, y luego con gratitud.
—Gracias… hermano.
Esa palabra lo atravesó como un rayo en la oscuridad.
Hermano.
Le devolvió los libros con cuidado. Sonrió, una sonrisa genuina, que iluminó su rostro.
—Ten más cuidado —dijo—. No todos miran dónde pisan.
El acólito asintió y se marchó, dejando un eco de calidez en el aire.
Ezequiel permaneció quieto unos segundos, el corazón latiendo con fuerza.
—¿Ves? —susurró—. Todavía puedo elegir.
La marca no respondió.
Y eso le molestó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
La fe, entendió entonces, no era creer en algo superior.
Era creer que tus actos aún importaban.
Y él se aferró a eso con fuerza.
Si hago el bien… si pongo límites… si decido cuándo actuar…
El pensamiento se quebró.
Una sensación fría recorrió su espalda, deslizándose como una serpiente.
No fue una voz. No fue una orden.
Fue una posibilidad.
Vio un futuro borroso. Una decisión necesaria. Un acto eficiente.
El poder no exigía maldad.
Ofrecía precisión.
—No —dijo en voz baja—. Yo decido qué es necesario.
El silencio fue la respuesta.
Más tarde, solo, intentó rezar.
No a Azrael. No a ningún Trono.
A la idea que había tenido de sí mismo.
Las palabras no salieron.
No porque no creyera.
Sino porque ya no sabía a quién dirigía su plegaria.
—Solo dime que todavía importa…
Nada respondió.
Y por primera vez, la fe no se sintió traicionada.
Se sintió innecesaria.
Eso fue lo que más dolió.
Ezequiel se incorporó lentamente, su expresión serena, controlada.
—Entonces lo haré sin fe —declaró, aunque la voz le tembló—. Seré mejor que esto.
Pero en lo profundo, algo se desplazó.
La moral ya no nacía de la convicción.
Nacía de la resistencia.
Y resistir cansa.
La marca en su palma latió una vez, como un recordatorio de su carga.
No como advertencia.
Como si tomara nota.
Ezequiel aún no estaba roto.
Pero ahora cada decisión era un esfuerzo consciente, una lucha constante entre lo que quería ser y lo que había aceptado ser.
Se detuvo un momento antes de marcharse.
Pensó en el acólito, en su gratitud, en lo fácil que había sido ayudarlo.
—Eso fue correcto —se dijo, buscando en su memoria el peso de la acción.
Pero la palabra ya no pesó igual.
Correcto no significaba justo.
Significaba eficiente.
Y por primera vez, no sintió culpa.
Dio un paso más… y sintió algo extraño.
No dolor. No miedo.
Distancia.
Como si una parte de él se hubiera quedado atrás, observándolo desde el pasillo.
No lo llamó. No intentó volver.
Ezequiel siguió avanzando.
La distancia creció.
Y no miró atrás.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com