Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 87

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 87 - Capítulo 87: Decisión
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 87: Decisión

En la penumbra de su mente, las voces continuaban.

No discutían entre sí.

Eso era lo peor.

Hablaban sobre ella, para ella, a través de ella.

Zadkhiel se mantenía presente, envolvente y paciente, como una manta que no se aparta, aunque el cuerpo ya sudé debajo. Su voz era un susurro suave, como el roce de un dedo en la piel, un eco de dulzura que buscaba consuelo.

—Querida… —decía con esa ternura que no pedía permiso—. No tienes que cargar con todo. Déjanos cuidar de ti. Hay caminos que no necesitan ser recorridos con sangre. Todavía puedes ser suave en un mundo duro. Todavía puedes amar sin romperte.

En contraste, Mashhit no se perdía en palabras suaves. Su voz resonaba como un trueno en un campo de batalla, dura y autoritaria, como el crujir de una espada desenvainada.

—La suavidad no te salvará —sentenció—. El mundo no espera a los indecisos. Cada segundo que dudas, alguien más elige por ti. La fuerza no es crueldad; es supervivencia. Te ofrezco control. Te ofrezco resultados.

Las palabras se superponían, se repetían, se pulían a sí mismas, como un eco que nunca cesaba.

Canon cerró los ojos, un gesto que ocultaba su creciente desdén. Al principio, había intentado escuchar. De verdad. Pero las voces no cambiaban. No evolucionaban. Solo repetían.

Una y otra vez. Una y otra vez.

Algo dentro de ella comenzó a tensarse.

No era miedo. No era rabia. Era algo peor. Aburrimiento.

Un cansancio seco, áspero, como cuando alguien explica demasiado algo que ya entendiste… y aun así no te deja ir.

—Ya basta… —murmuró, su voz apenas un susurro, pero con una firmeza latente.

Zadkhiel respondió de inmediato, suave como siempre:

—Lo sé, mi niña. Estás agotada. Es normal sentirse abrumada. Descansa. Confía. No tienes que decidir ahora. La paciencia también es una forma de sabiduría.

Mashhit casi rió, su risa era un disparo en la oscuridad, un eco que reverberaba con desdén.

—Descansar es rendirse. El cansancio se supera avanzando. Si te detienes, te aplastan.

Algo se quebró en ella.

No de forma dramática. No con dolor.

Con lucidez.

Canon abrió los ojos dentro de su propia mente, sintiendo el peso de su decisión.

—Silencio.

No lo gritó.

Ni hizo falta.

Lo dijo como se dice basta cuando ya no hay nada más que discutir.

Las voces se apagaron a medias, como ecos lejanos que aún no comprenden que ya no son bienvenidos.

—He escuchado lo suficiente —continuó, cruzándose de brazos con una resolución renovada—. Los dos dicen lo mismo una y otra vez. Luz. Fuerza. Compasión. Dominio. Ya entendí el discurso.

El silencio se tensó, el aire cargado de expectación.

—Así que ahora van a responder otra cosa —dijo Canon—. No lo que creen que necesito oír. Quiero saber qué me ofrecen de verdad.

Primero, Zadkhiel.

La presencia cálida regresó, un poco más cauta, consciente de su desafío.

—Te ofrezco protección —dijo—. Un refugio cuando el mundo se vuelva insoportable. Te ofrezco que no pierdas tu humanidad. Que no te conviertas en aquello que temes. Conmigo, nunca estarás sola.

Canon ladeó la cabeza, un destello de diversión en sus ojos.

—¿Y el precio? —interrumpió, desafiándolo.

Zadkhiel dudó. Apenas. Pero Canon lo sintió en el silencio que siguió.

—El precio… es que no todo dolor puede evitarse. Y no todo deseo puede cumplirse. Conmigo, algunas puertas permanecerán cerradas. No por castigo, sino por cuidado.

Eso pesó más que cualquier amenaza.

Luego, Mashhit.

—Te ofrezco poder —dijo sin rodeos—. Capacidad de actuar sin temblar. De decidir sin culpa. Te ofrezco no volver a sentirte impotente. Conmigo, nadie volverá a usarte.

—¿Y el precio? —repitió Canon, con una curiosidad fría y calculadora.

Esta vez no hubo pausa.

—El precio es que dejarás de pedir permiso. Que algunas cosas dejarán de importarte. Que el mundo se volverá simple: útil o descartable. Ganarás claridad… y perderás inocencia.

Canon exhaló despacio, la inquietud se instalaba en su pecho.

No había mentiras ahí. Eso la inquietó más que cualquier manipulación.

—Entonces esto es lo que hay… —susurró—. Un camino donde me cuidan tanto que no crezco. Y otro donde crezco… hasta no sentir nada.

Las voces no respondieron.

Por primera vez, no intentaron corregirla.

Canon se sentó en el centro de su mente, agotada pero despierta, como una marioneta que se ha cortado los hilos.

—No voy a elegir ahora —dijo—. Y no porque no pueda… sino porque no quiero hacerlo bajo presión.

El silencio se cerró alrededor de ella.

No hostil. No amable.

Expectante.

Canon apoyó los codos en las rodillas, observando la nada como quien observa un paisaje desolado.

—Si voy a romperme —añadió en voz baja—, será por algo que yo decida. No porque ustedes griten más fuerte.

Las voces permanecieron quietas.

Observando.

Esperando.

Y en ese instante, Canon entendió algo que aún no estaba lista para aceptar del todo:

No era el bien contra el mal.

Era qué parte de sí misma estaba dispuesta a sacrificar primero.

Y esa respuesta… todavía no existía.

El silencio se prolongó.

No era incómodo. Era… insuficiente.

Canon permanecía sentada en el centro de su mente, observando las dos presencias como quien mira puertas idénticas desde fuera, sin urgencia, sin temor.

Y entonces, la idea apareció.

No como revelación. No como tentación.

Como una hipótesis.

—¿Y si…? —murmuró, su voz un hilo frágil.

Las voces no reaccionaron. Eso le gustó.

Canon alzó la mirada, interesada por primera vez.

—¿Qué pasaría si no elijo? —continuó—. No ahora… no nunca. ¿Qué pasaría si abro ambas puertas al mismo tiempo?

El concepto se desplegó en su mente con una claridad quirúrgica.

No era rebeldía. Era curiosidad clínica.

—Dos fuerzas opuestas entrando a la vez —pensó—. Dos voluntades incompatibles ocupando el mismo espacio.

¿Me equilibrarían… o me desgarrarían lentamente?

Zadkhiel reaccionó primero, su voz perdiendo por un instante esa dulzura controlada.

—Canon… eso no es un camino. Es una ruptura. No puedes contener ambas cosas sin perderte. El alma no fue hecha para sostener contradicciones tan absolutas.

Mashhit, en cambio, sonrió, una sonrisa que dejaba entrever un brillo de locura.

—O tal vez sí —respondió él—. Tal vez no fue hecha… pero puede adaptarse. La presión extrema revela estructuras nuevas. O destruye las débiles.

Canon inclinó la cabeza, fascinada, una chispa de desafío brillando en sus ojos.

—Exacto —susurró—. Eso es lo que quiero saber.

Se llevó una mano al pecho, no buscando consuelo, sino midiendo una reacción que no llegaba.

—¿Sería placentero? —se preguntó en voz alta—. ¿Una sobrecarga constante? ¿Una euforia sostenida por la tensión? ¿O solo me apagaría poco a poco… como una vela ahogada por exceso de oxígeno?

No había miedo en su tono.

Había expectativa.

—Tal vez dolería —continuó—. Tal vez cada pensamiento sería una fricción constante. Pero… ¿y si en ese roce aparece algo más?

Levantó la vista, directa, desafiante.

—Una emoción sin nombre. No bondad. No ira. No amor ni ambición.

Algo puro.

Canon no buscaba paz. Nunca lo había hecho.

Lo que buscaba era intensidad con sentido.

—La gente actúa para sentirse viva —dijo—. Yo actúo para sentir algo que valga la pena ser recordado.

Zadkhiel intentó intervenir, ahora con un matiz de urgencia.

—Eso que describes no es iluminación… es autodestrucción. El alma se fragmenta cuando intenta abarcar lo que no puede integrar.

Canon lo miró sin hostilidad, su mirada fría y calculadora.

—Fragmentarse no siempre es morir —respondió—. A veces es… dividir funciones.

Mashhit rió abiertamente, la locura brillando en sus ojos, ansioso por el desafío.

—Ahí está —dijo—. No quieres elegir un camino. Quieres observar qué queda de ti después del impacto.

Canon asintió, satisfecha, disfrutando de la revelación.

—Exacto. Si el bien me limita y el mal me vacía… entonces quiero ver qué ocurre cuando ambos me exigen todo al mismo tiempo.

Se levantó despacio, la determinación fluyendo a través de ella como un río desbordado.

—Si muero lentamente, al menos sabré por qué. Y si sobrevivo… —una leve sonrisa cruzó su rostro, llena de desafío—, entonces habré encontrado algo que ninguno de ustedes puede ofrecer por separado.

El silencio se volvió denso.

No expectante.

Cauteloso.

—No busco salvación —concluyó Canon—. Busco una emoción que no se desgaste con la repetición. Algo que me eleve lo suficiente como para justificar existir.

Las puertas seguían ahí.

Cerradas.

Por ahora.

Pero por primera vez, no las miraba como elecciones morales.

Las observaba como variables.

Y eso era lo verdaderamente peligroso.

Porque Canon no estaba confundida.

Estaba experimentando.

Y aún no había decidido si el resultado final debía ser vida… o un colapso lo bastante interesante como para merecer ser vivido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo