BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 88
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 88 - Capítulo 88: Superposición
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 88: Superposición
La decisión no llegó como un estallido.
Llegó como estabilidad.
Canon sintió cómo algo en su mente dejaba de oscilar. No fue placer. No fue alivio. Fue una alineación interna, similar a esa sensación cuando una maquinaria antigua cesa su vibración, como si, por primera vez, todas sus piezas encajaran, a pesar de que nadie recordara haberlas diseñado para hacerlo.
—Quiero que ambas fuerzas permanezcan abiertas —declaró, su voz firme y calculada.
No alzó la voz. No exigió. Enunció el hecho como si ya estuviera ocurriendo.
El espacio interior respondió con una tensión inmediata.
Zadkhiel no sintió miedo. Sintió alarma.
No como una emoción, sino como el reconocimiento de una falla en el orden que sustentaba su existencia. Canon no estaba pidiendo guía ni protección. Tampoco desafiaba con violencia. Había formulado algo mucho más inquietante: una condición que no estaba contemplada.
—Eso que planteas… —dijo finalmente— no es un camino. Es una superposición. Las estructuras del alma no fueron concebidas para sostener dos vectores opuestos sin colapsar.
Al menos… no de forma estable.
Canon lo miró con atención, no como quien evalúa un consejo, sino como quien escucha un informe técnico.
—Las estructuras colapsan cuando son rígidas —respondió—. No cuando se ven obligadas a adaptarse.
Mashhit observaba en silencio.
Por primera vez, no se apresuró a intervenir. La excitación seguía allí, pero contenida, afinada. Lo que presenciaba no era un acto de rebeldía; era un ensayo de algo mucho más profundo.
—No buscas poder —dijo al fin—. Buscas ver qué ocurre cuando la presión deja de ser alternada… y se vuelve constante.
Su sonrisa tardó un segundo más en formarse.
—Eso no suele terminar igual para todos.
Canon asintió apenas.
—Quiero medirlo.
El entorno se contrajo, como si el aire mismo se volviera denso.
Las “puertas”—si aún podían llamarse así— no reaccionaron. No se abrieron. No se cerraron. Simplemente dejaron de responder a los parámetros conocidos. Una interferencia leve recorrió el espacio, como una distorsión apenas perceptible en una señal limpia.
Zadkhiel dio un paso atrás. No por temor, sino por comprensión tardía.
—Esto no requiere consentimiento —murmuró—. Está ocurriendo fuera de nuestro marco de autorización.
Mashhit sonrió lentamente, una chispa de locura brillando en su mirada.
—Interesante.
Fue en ese momento que Canon sintió el primer efecto.
No dolor. No éxtasis.
Una emoción nueva emergió entre ambas corrientes, sostenida por fricción. No se expandía ni se disipaba. Permanecía. Clara. Densa. Funcional.
—Así que esto es —declaró en voz baja.
No había triunfo en su tono. Tampoco advertencia.
Solo registro.
El sistema interno no colapsó. Tampoco se equilibró.
Entró en un estado inestable sostenido.
Canon permaneció allí, erguida, intacta, consciente de algo que ninguno había previsto del todo: no estaba cruzando una puerta.
Estaba forzando la coexistencia.
Y mientras el silencio se reorganizaba a su alrededor, comprendió que la verdadera pregunta ya no era cuánto podía resistir ella…
sino cuánto tiempo tardaría el resto en notar que el experimento había comenzado.
En ese instante, algo se filtró.
No fue una voz clara ni un pensamiento completo. No tuvo forma definida. Fue un residuo, un eco mal anclado que emergió de un lugar que Canon no reconoció como externo ni propio.
—¿Qué has hecho…?
La frase no terminó de asentarse. Se deshizo antes de adquirir intención.
Canon se detuvo. No por miedo.
Una risa breve surgió en su interior, seca, inesperada. No era burla ni alivio. Era una respuesta fisiológica, como si algo en su mente hubiera encontrado por fin fricción suficiente para reaccionar.
—¿Hecho…? —murmuró, más para registrar el sonido que para formular una pregunta.
Entonces ocurrió.
Las dos estructuras no chocaron. No se repelieron. Se acercaron más de lo permitido. El espacio entre ambas dejó de comportarse como vacío y comenzó a responder de otra forma.
Reflejó.
Un espejo emergió donde no debería haber nada. No sólido. No estable. Su superficie oscilaba, y al mirarla demasiado tiempo, Canon empezó a perder la certeza de estar observando desde un solo punto. En él no había una imagen única, sino múltiples versiones de Canon superpuestas, desfasadas por fracciones mínimas de tiempo.
Ninguna predominaba. Ninguna desaparecía del todo.
Al observarlo, su pensamiento perdió continuidad. Cada idea que intentaba completarse se dividía antes de llegar a su final. No había sufrimiento en la fragmentación.
Eso fue lo inquietante.
—Es el camino…
Canon sintió el pulso recorrerle el pecho.
—No lo es…
La contradicción no generó rechazo. Se sostuvo.
—Es la decisión…
Un destello cruzó el espejo. Una de las imágenes sonrió.
—Es caer…
Una risa breve, aguda, resonó sin origen claro. No supo si provenía del reflejo o de ella.
—Una risa…
El eco se quebró en algo más grave, más denso.
—Un lamento…
Nada encajaba bajo los parámetros que conocía. No había progresión lógica, ni dirección definida.
—Nada tiene sentido…
Y aun así, su estado interno no colapsaba. No se desbordaba. Permanecía.
—Todo lo tiene al mismo tiempo…
Canon dio un paso adelante.
No hacia el espejo. Hacia la superposición misma.
La presión aumentó apenas, lo suficiente para ser registrada. No dolía. No excitaba. Se mantenía constante, como una tensión calibrada.
Zadkhiel percibió el cambio sin necesidad de palabras. No intervino. Comprendió que aquello ya no se desarrollaba dentro de un marco corregible. No era confusión ni tentación.
Era persistencia anómala.
Mashhit observó en silencio. No celebraba. No se burlaba. Medía. La atención con la que seguía cada microvariación era distinta a cualquier entusiasmo previo.
El espejo dejó de intentar estabilizar sus reflejos.
Canon no preguntó qué era aquello. No buscó definirlo.
Registró lo único relevante: el estado no se degradaba.
No estaba eligiendo entre fuerzas opuestas. No estaba cruzando un umbral moral.
Estaba sosteniendo una contradicción activa.
Y mientras la interferencia se afirmaba, el entorno reaccionó con una alerta muda, sin palabras ni juicio. Algo en la estructura misma del sistema reconocía una desviación que no figuraba en ningún diseño previo.
El silencio se reorganizó.
Canon permaneció allí, erguida y funcional, consciente de una verdad que se asentaba con una claridad inquietante:
no había retorno inmediato porque no había ruptura total.
El experimento no había concluido.
Había comenzado.
El impacto llegó sin aviso.
No fue una explosión ni un grito. Fue una presión súbita, interna, como si todas las capas de su mente hubieran decidido ocupar el mismo espacio al mismo tiempo.
Canon sintió el desgarramiento.
Cada pensamiento dejó de ser único. Cada emoción se duplicó, luego se contradijo, después se negó a resolverse. Sinónimos y antónimos coexistían sin anularse, reflejándose unos a otros como superficies enfrentadas en un corredor infinito.
No había centro.
Fragmentos de sí misma aparecían y se deshacían, imágenes incompletas, versiones distorsionadas que no buscaban coherencia. No eran recuerdos. No eran proyecciones. Eran funciones intentando operar fuera de secuencia.
El miedo emergió primero.
No como pánico, sino como presencia. Sombras sin forma definida, pensamientos que no advertían peligro, sino posibilidad de pérdida. Voces bajas, apenas audibles, insinuaban preguntas que nunca se había permitido formular.
—¿Y si esto no se estabiliza? —¿Y si no queda nada que sostener?
Canon registró cada una sin rechazarlas.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
La ausencia de control no la paralizó.
Le provocó una respuesta que su mente no supo clasificar como rechazo.
No euforia inmediata, sino una sensación más profunda: la suspensión de la necesidad de gobernarse. Por primera vez, no estaba regulando lo que sentía. No estaba filtrando, ni priorizando, ni suprimiendo.
El caos no la devoraba. La atravesaba.
El sonido de cristales cayendo se propagó por su mente, aunque no había superficie visible que se rompiera. Cada quiebre era interno, seco, preciso. No destruía; reordenaba violentamente.
Su risa surgió mezclada con el estruendo. No era alegría. No era burla. Era la reacción física de algo que había permanecido tenso demasiado tiempo.
Zadkhiel intentó acercarse.
No dio un paso. No extendió una mano. Su presencia buscó intervenir, amortiguar, reencauzar. Pero el espacio entre ellos se había vuelto impermeable. No por defensa consciente, sino porque el estado de Canon ya no admitía correcciones externas.
No era una barrera.
Era incompatibilidad.
—Canon… —intentó, sin elevar la voz.
El nombre atravesó el espacio sin encontrar un punto donde asentarse.
Mashhit observaba desde la distancia, inmóvil. Su expresión no era júbilo abierto, sino una atención afilada. La risa que escapó de él fue baja, casi apreciativa.
—Ahora sí —murmuró—. Esto ya no es juego.
La presión aumentó apenas. Lo suficiente para ser registrada.
Canon sintió cómo la risa se quebraba en algo más denso. Un lamento breve cruzó el fondo de su mente, no como tristeza, sino como descarga. Las emociones no se turnaban. Se superponían.
—No voy a caer.
El pensamiento apareció sin fuerza, sin épica. No como promesa, sino como dato incompleto.
Mashhit no respondió. No hacía falta.
El sistema interno buscaba una resolución que no llegaba. Esperaba colapso, desintegración, rendición.
No ocurrió.
En medio del desorden, Canon percibió algo nuevo: una coherencia mínima, no emocional, no moral.
Funcional.
El caos no se disipaba, pero empezaba a organizarse alrededor de ella, no dentro. Como si su conciencia hubiera dejado de ser el contenido… y pasara a ser el eje.
Cada fragmento que caía no la debilitaba. La despojaba de redundancias.
El miedo permanecía. El deseo también.
Nada se anulaba.
Y aun así, algo en ella seguía en pie.
Canon no pensó en fuerza. No pensó en renacer.
Registró lo único relevante:
seguía operativa.
El estruendo comenzó a apagarse, no porque hubiera terminado, sino porque se integraba al fondo, como un ruido constante que deja de reclamar atención.
El fuego que surgió en su interior no prometía redención. No prometía control.
Solo continuidad.
—Esto… —murmuró, sin terminar la frase.
No había conclusión que formular.
El estado no había colapsado.
Y mientras el sistema, los tronos y las fuerzas observaban en silencio una desviación que no figuraba en ningún diseño previo, Canon comprendió algo con una claridad inquietante:
no estaba atravesando una crisis.
Estaba aprendiendo a existir en un estado que no debía ser habitable.
El comienzo no sería limpio. Ni breve.
Pero ya no importaba.
Porque el equilibrio antiguo había quedado atrás.
Y lo que venía después no necesitaba nombre todavía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com