Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 89

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 89 - Capítulo 89: Fragmentación
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 89: Fragmentación

Canon comenzó a reír cuando algo surgió en su mente que no debería estar allí.

No se formó. No emergió.

Ya estaba.

Una figura cristalizada ocupaba el espacio donde antes no había nada. No era un reflejo completo ni una imagen estable. Era una versión de sí misma detenida en un punto que Canon no recordaba haber atravesado. Como si el espejo —si es que seguía siendo un espejo— hubiera decidido por su cuenta qué conservar… y qué descartar.

La risa se cortó de golpe.

La figura no la imitaba.

Canon levantó la mano.

El reflejo ya la tenía baja.

No después. Antes.

Canon parpadeó y repitió el gesto, más lento. El cristal no corrigió. No se ajustó. Mantuvo la posición equivocada, como si obedeciera una instrucción distinta, como si estuviera atrapada en un ciclo en el que sólo ella sabía la verdad.

Un segundo gesto. Otra respuesta opuesta.

No había error. Había consistencia.

Canon no pensó en probar. El pensamiento llegó tarde.

Cuando avanzó un paso, el reflejo retrocedió. Cuando intentó cerrar los dedos, la otra forma los abrió. No como burla. No como negación. Más bien, como si ambas acciones fueran necesarias, pero inherentemente incompatibles dentro del mismo eje.

La risa regresó.

No encajaba con lo que sentía. Surgió sin aviso, seca, breve, interrumpiendo cualquier intento de orden. Canon no la detuvo, pues no supo desde dónde hacerlo. El espacio interno comenzó a sentirse distinto. No más amplio. Más denso. Cada gesto parecía ocupar más lugar del que debía, como si hubiera perdido profundidad y solo quedara superficie.

Canon se detuvo.

El reflejo no.

La figura cristalizada dio un paso que Canon todavía no había decidido. El movimiento no fue agresivo. Fue funcional. Como una corrección automática.

Eso fue lo primero que no pudo justificar.

La idea de que aquello estuviera reaccionando se volvió insuficiente. No estaba respondiendo. Estaba operando bajo otro conjunto de reglas. O bajo las mismas, pero aplicadas al revés.

Canon intentó pensar una frase completa.

No llegó al final.

El pensamiento se partió en mitad de su propia formulación. No dolió. No se bloqueó. Simplemente dejó de necesitar continuidad. Dos ideas incompatibles coexistieron sin anularse, suspendidas en el mismo punto.

La risa volvió a escapársele, esta vez más aguda.

No la sintió como alegría. Tampoco como alivio.

Era una descarga. Un reflejo corporal ante algo que no estaba fallando… sino funcionando de una forma distinta.

El reflejo sonrió.

El gesto no coincidió con ningún recuerdo suyo.

No tenía la misma duración ni el mismo ángulo. Era una sonrisa que Canon reconocía, pero que no recordaba haber usado nunca.

El espejo —si seguía siéndolo— comenzó a oscilar. Las versiones superpuestas de Canon se desfasaron apenas, lo suficiente para que ninguna pudiera reclamar ser la principal.

Ninguna desapareció.

Canon dio un paso.

No hacia la figura. No hacia el reflejo.

Hacia el espacio entre ambas.

La presión apareció de inmediato. No intensa. Constante. Como si el sistema interno hubiera encontrado por fin una resistencia adecuada. No empujaba. Sostenía.

Canon sintió algo quebrarse.

No una idea. No un recuerdo.

Una expectativa.

El concepto de coherencia dejó de ser obligatorio.

La risa se mezcló con un sonido seco, interno, como cristal ajustándose bajo tensión. No había superficie que se rompiera, pero algo se reordenaba sin pedir permiso.

El miedo apareció tarde.

No como alarma. Como posibilidad.

—¿Y si esto no se corrige? —¿Y si no vuelve a cerrarse?

Canon registró ambas preguntas sin responderlas.

El reflejo no hizo nada.

Eso fue peor.

El estado no colapsó.

Persistió.

Canon notó que el caos ya no estaba ocurriendo dentro de ella.

Algo había cambiado de lugar.

Su conciencia dejó de ser el contenido. Se convirtió en el punto fijo. El eje involuntario de una superposición activa.

Nada se anulaba. Nada cedía.

Y, aun así, seguía en pie.

La risa cesó de golpe.

No porque hubiera terminado. Porque ya no era necesaria.

Canon respiró una vez.

El reflejo no la imitó.

No pensó en control. No pensó en libertad.

Registró lo único que seguía respondiendo:

Operaba.

El estado no debía ser habitable.

Y aun así…

No porque fuera estable. Sino porque ella estaba aprendiendo a existir sin necesidad de estabilidad.

El espejo dejó de intentar parecer un espejo.

Y Canon entendió —no como idea, sino como dato irreversible— que esto no era una fase.

No era un error.

Era una función nueva que ya había comenzado a ejecutarse.

Mashhit no se quedó a mirar el final.

Se alejó.

No con prisa. No con desdén.

Se apartó como quien abandona un lugar que dejó de responder a sus expectativas. La escena seguía ocurriendo detrás de él, pero ya no necesitaba verla para saber que algo había salido del margen previsto.

Su mente no estaba en calma.

Tampoco en júbilo.

Había una presión incómoda, una fricción que no lograba acomodarse en ningún marco conocido. Lo que Canon estaba sosteniendo no coincidía con ninguna de las variables que él había aprendido a manipular.

No era ruptura. No era sumisión.

Eso lo inquietó más de lo esperado.

La risa surgió sin aviso.

Breve. Inadecuada.

Mashhit se detuvo, sorprendido por su propio cuerpo. No había pensado en nada que justificara esa reacción. No había concluido nada. Y, sin embargo, la risa había aparecido igual, como si su mente hubiera decidido reaccionar antes que él.

—Curioso… —murmuró, sin saber exactamente a qué se refería.

No miró atrás.

La imagen de Canon persistía igual. Dos estados incompatibles coexistiendo sin degradarse. No había juicio. No había castigo inmediato. Ninguna corrección descendía desde arriba.

Eso no debía ser posible.

Mashhit intentó formular una explicación.

No llegó a ninguna.

Cada intento de encajar lo observado dentro de una lógica mayor se deslizaba, incompleto, como si el fenómeno rechazara activamente ser comprendido. No se dejaba clasificar. No ofrecía una lectura clara.

La risa volvió, más grave esta vez.

No era celebración. Era incomodidad.

—Así que esto es lo que ocurre… —dijo, pero la frase quedó suspendida, sin final.

No supo cómo completarla.

Durante demasiado tiempo, había creído entender los límites. Creía saber hasta dónde podía tensarse el sistema.

Creía saber qué ocurría cuando una voluntad se desviaba demasiado.

Esto no seguía ninguna secuencia que reconociera.

Canon no estaba escapando. No estaba ascendiendo.

Estaba permaneciendo.

Mashhit sintió algo que no le resultaba familiar: una duda que no apuntaba a un resultado, sino a una base. No sobre lo que vendría, sino sobre lo que siempre había dado por sentado.

Su paso se volvió más lento.

No por reflexión. Por peso.

—Interesante… —repitió, pero ahora la palabra carecía de brillo.

No había certeza en ella.

Solo una sensación persistente de que había presenciado algo que no estaba destinado a ocurrir aún. Algo que no respondía a deseos, ni a planes, ni a estructuras antiguas.

El silencio se volvió más denso, como si el aire mismo supiera lo que estaba en juego.

No sonrió.

La risa que escapó esta vez fue más baja, casi sofocada. No tenía forma de himno ni de triunfo. Sonó como una válvula liberando presión antes de que algo mayor fallara.

Mashhit siguió alejándose.

Y mientras lo hacía, no pensó en libertad. No pensó en revolución.

Pensó —por primera vez en mucho tiempo— que quizá el sistema no se rompería desde afuera.

Quizá ya estaba aprendiendo a fallar desde adentro.

La risa se apagó sola.

No porque hubiera terminado.

Sino porque ya no encontraba dónde afirmarse.

Tenía razón.

No hacía falta empujarlo.

El sistema estaba colapsando solo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo