Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 90

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. BENDECIDOS POR BELIAL
  4. Capítulo 90 - Capítulo 90: La pieza
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 90: La pieza

El tablero no se había movido en ochenta años.

No era una estimación. Era un registro.

La sala no necesitaba luz para existir, pero la mantenía igual. No por belleza, sino por costumbre. Todo allí obedecía a funciones antiguas que nadie se detenía ya a cuestionar. El espacio era amplio solo porque siempre lo había sido. El trono estaba en el centro porque así había quedado dispuesto desde antes de que el concepto de centro tuviera sentido.

Nada esperaba cambios.

El tablero reposaba frente al trono, suspendido en una quietud que no era paz, sino persistencia. Las piezas permanecían exactamente donde habían quedado, sin polvo, sin desgaste, sin señal alguna de abandono. No porque fueran eternas, sino porque no se les permitía moverse sin permiso.

El ser sentado en el trono no observaba el tablero.

No era necesario.

Sabía dónde estaba cada pieza sin mirarla. Las había memorizado hacía tanto tiempo que ya no distinguía entre recuerdo y presencia. El sistema no necesitaba comprensión para operar.

Entonces algo ocurrió.

No un sonido. No una vibración.

Una disonancia mínima, apenas perceptible, recorrió el tablero como una interferencia que no encontraba origen. El ser levantó la mirada no por alarma, sino por hábito. El tablero respondió con un destello breve, incorrecto, que no correspondía a ningún evento registrado.

Una pieza se había movido.

No mucho. No lo suficiente como para justificar una reacción inmediata.

Pero se había movido sin solicitud.

El ser no habló.

Esperó.

El tablero no corrigió la posición.

El marco no incluía esa posibilidad.

Durante un instante —demasiado largo para ser un error técnico, demasiado corto para ser interpretado como decisión— el sistema permaneció suspendido. Las demás piezas no reaccionaron. No hubo reajuste automático. Ninguna fuerza descendió desde arriba para reordenar lo alterado.

El movimiento había ocurrido. Y había sido aceptado.

—No… —murmuró el ser, sin terminar la frase.

No porque negara lo visto, sino porque no encontraba la categoría correcta para nombrarlo.

La pieza no representaba caos. Tampoco equilibrio.

Eso era lo inquietante.

No se había desplazado hacia un extremo. No había roto una regla visible. Simplemente… ya no estaba donde debía.

El tablero emitió un segundo destello, más débil. Como si intentara actualizar un estado que no lograba describir del todo. El ser se inclinó apenas hacia adelante. No por interés. Por peso.

Algo no encajaba.

Durante eras enteras, el sistema había respondido de una forma predecible. Cada desviación encontraba su límite. Cada excepción era absorbida, reinterpretada, corregida. La secuencia siempre llevaba de vuelta al mismo orden.

Esto no seguía esa secuencia.

La pieza permanecía desplazada.

No avanzaba. No retrocedía.

Permanecía.

El ser extendió la mano, no para tocar el tablero, sino para confirmar su propia intención. El gesto quedó suspendido a mitad de camino. No por duda. Por una resistencia leve, casi conceptual. Como si el acto de intervenir necesitara ahora una justificación adicional.

Eso era nuevo.

La sala no cambió. El trono no reaccionó. El cielo no respondió.

No había juicio inmediato.

El ser retiró la mano.

No había una orden clara que ejecutar.

—Interesante… —dijo, pero la palabra no cerró nada.

El tablero seguía funcionando. Los registros seguían activos. El flujo general no se había detenido. Sin embargo, algo esencial había perdido definición. El sistema seguía operativo, pero ya no era confiable en los términos antiguos.

La pieza no era el problema.

El problema era que había sido posible.

El ser se recostó en el trono, no con comodidad, sino con una rigidez que delataba atención forzada. No observó el tablero completo. No lo necesitaba. Toda su percepción estaba concentrada en esa mínima desviación que se negaba a corregirse.

No pensó en castigo. No pensó en guerra. No pensó en reacción.

Pensó —por primera vez en mucho tiempo— en la base misma del orden.

Si una pieza podía moverse sin romper el sistema… entonces el sistema ya no dependía de la inmovilidad.

Eso no debía ser una opción.

El silencio se espesó en la sala. No como amenaza. Como acumulación. El aire parecía contener una pregunta que nadie había formulado aún.

El ser no sonrió.

Tampoco frunció el ceño.

Su expresión era la de alguien que ha reconocido un dato nuevo… y todavía no sabe qué hacer con él.

No ordenó mover otra pieza.

No canceló el movimiento ocurrido.

Eligió esperar.

No por estrategia. Por incertidumbre funcional.

El tablero no volvió a brillar.

La pieza permaneció donde estaba.

Y en ese equilibrio defectuoso, el sistema continuó operando.

No porque fuera estable.

Nada marcó el instante exacto en que ocurrió.

Al salir de su mundo mental, Canon regresó al cuerpo como quien vuelve a una casa que ya no reconoce del todo. El aire era el mismo, el suelo seguía bajo sus pies, pero algo esencial estaba fuera de lugar. Intentó dar un paso… y su cuerpo lo hizo antes de que la decisión se completara en su mente.

El movimiento ocurrió primero. La voluntad llegó después.

Se detuvo en seco, con el pulso acelerado. No era torpeza ni debilidad; era un desfase inquietante, como si su cuerpo hubiese aprendido a adelantarse a ella, como si obedeciera a una versión incompleta de su intención. Cada gesto nacía con una fracción de segundo de diferencia, lo suficiente para romper la ilusión de control.

Nada tenía sentido. Y, sin embargo, todo encajaba.

La lógica no había desaparecido; se había fragmentado. Aquella fluidez perfecta que había experimentado en su mente —ese espacio donde las contradicciones coexistían sin conflicto— se había roto al regresar al mundo físico. Lo que quedaba era una sensación de discontinuidad, como si su conciencia estuviera compuesta por capas que ya no se superponían correctamente.

Pero en medio de ese caos, algo emergía con claridad incómoda.

Había perdido suavidad.

Una precisión que no admitía descanso

Cada movimiento exigía ahora atención absoluta. No podía confiar en el instinto ni en la costumbre. Su cuerpo ya no era un instrumento dócil, sino una estructura que debía ser calculada, medida, corregida. Cada articulación respondía, sí, pero no como antes. Había una resistencia sutil, una tensión constante que obligaba a decidir incluso lo que antes era automático.

—Solo tengo que dominarlo —murmuró.

No lo dijo con esperanza, sino como quien establece una regla.

Se concentró. Observó sus manos, el leve temblor al cerrar los dedos, el modo en que el peso se distribuía de forma irregular al cambiar de postura. No podía permitirse distracciones. Cada gesto debía ser anticipado, cada acción pensada antes de ejecutarse… incluso sabiendo que el cuerpo podría adelantarse otra vez.

Era un aprendizaje impuesto.

La fluidez había sido reemplazada por un enfoque afilado, casi cruel. Donde antes había continuidad, ahora había cortes; donde antes había impulso, ahora cálculo. Y aun así, con cada intento, comenzaba a surgir una conexión distinta. No mejor. No peor. Solo diferente.

La incomodidad persistía, como una señal constante, pero ya no le provocaba miedo. Era la marca de un umbral cruzado, la prueba de que algo en ella había cambiado de manera irreversible. Aquella sensación de extrañeza no era una limitación: era el costo.

—Puedo hacerlo —pensó.

Ajustó su postura. Alineó la respiración con la tensión de sus músculos. Por primera vez desde que había regresado, logró ejecutar un movimiento completo sin desfase. No fue elegante. No fue natural. Pero fue suyo.

Dentro de ella, algo parecido a una risa —lejana, distorsionada— resonó brevemente. No había caos en ella, no del todo. Había un orden nuevo, incompleto, construido a partir de fragmentos que todavía no terminaban de encajar.

Comenzó a moverse otra vez.

Cada acción era ahora una afirmación deliberada, cada paso una decisión consciente. El camino que se abría ante ella no prometía comodidad ni equilibrio, pero sí algo más peligroso: adaptación. La fluidez perdida no era el final, solo el sacrificio inicial de una transformación que recién comenzaba.

Y aunque todavía no lo sabía, su cuerpo ya estaba aprendiendo a sobrevivir …en un mundo que no volvería a adaptarse a ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo