BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 91
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Capítulo 91: Dogma
Lucius no necesitó elevar la voz.
La sala, dispuesta a escuchar, vibraba en un silencio lleno de anticipación.
El rito había concluido, y con él, la ilusión de que esto era solo fe. Ahora, todo se reducía a la logística.
El Trono había respondido. Eso transformaba el resto en un procedimiento. Y el procedimiento no admite discusión.
—Pueden relajarse —dijo—. Lo peor ya ha pasado.
Nadie lo creyó del todo, pero su tono tuvo un efecto. Algunos hombros se aflojaron, no por confianza, sino por agotamiento. La tensión se mantuvo, pero se redistribuyó.
Lucius avanzó lentamente, como quien inspecciona una formación antes de dar la orden de avanzar.
—Desde este punto no habrá improvisación —continuó—. Cada uno de ustedes tiene una función.
Hizo una pausa breve.
—Si la cumplen bien, el sistema avanzará. Si no, lo hará sin ustedes.
No era una amenaza; era una aclaración.
Se detuvo frente a Ezequiel.
—Te quedas atrás. Custodia. Contención. Mantén la estructura viva mientras el resto se mueve.
Ezequiel asintió, consciente de que no correspondía preguntar cuánto duraría o quién volvería.
—No es un castigo —añadió Lucius, casi con amabilidad—. Es una necesidad. El Trono no tolera vacíos.
Ezequiel bajó la mirada antes de darse cuenta de que lo había hecho.
Lucius se giró.
—Canon.
Ella avanzó antes de pensarlo, como si su cuerpo hubiera decidido por ella. Lucius lo notó.
—Avanzas primero —dijo—. No porque seas la más fuerte, sino porque puedes seguir moviéndote cuando las cosas pierden sentido.
Canon sostuvo su mirada.
—No necesito que controles todo —añadió—. Solo que no te detengas.
Asintió. No porque estuviera lista, sino porque no quedaba nada que elegir.
—Naqam.
La estratega levantó la cabeza.
—Coordinarás el conflicto. No busco genialidad —dijo Lucius—. Busco continuidad. Cuando algo falle, lo reemplazas. Cuando alguien caiga, avanzas.
Naqam respiró hondo y asintió, consciente de que elegir nunca había sido su terreno.
Lucius volvió al centro de la sala.
—Esto no es una cruzada —dijo—. Es una transición, y las transiciones no esperan a nadie.
Dejó que sus palabras se asentaran.
—Comerán bien hoy. Dormirán lo suficiente. Mañana, el sistema comenzará a moverse de verdad.
Los clérigos intercambiaron miradas, no de júbilo, sino de un entendimiento más pesado.
—No todos llegarán al final —continuó, con la misma calma—. Pero eso no invalida el proceso.
Se giró hacia el Trono y luego volvió a ellos.
—Hagan su parte. Eso es todo lo que se espera.
Lucius dio un paso atrás.
El discurso había llegado a su fin.
No hubo aplausos. El fervor ya no era necesario.
Solo un silencio denso, cargado de órdenes ya aceptadas.
Mientras se dispersaban, nadie lo notó, pero en algún rincón del sistema —lejos del Trono, lejos de la fe— algo ya en movimiento seguía sin corregirse.
—Con esto les dejo una comida especial —anunció Lucius, su voz proyectándose con solemnidad medida—. Para quienes saldrán a misión, tomen esto como una celebración de la victoria. Disfruten. Mañana comienza el movimiento.
Los clérigos y exorcistas se miraron entre sí, compartiendo ansiedad y resignación. Algunas respiraciones se aflojaron.
Nadie celebró, pero nadie rechazó el plato.
Si había banquete, la decisión ya estaba tomada.
Las porciones comenzaron a repartirse. Filetes gruesos, aún humeantes, preparados con precisión casi excesiva para un lugar como aquel. Dátiles cubiertos de miel espesa, dulces hasta resultar incómodos. Nadie preguntó de dónde provenían. Nadie quiso saberlo.
Comieron.
Algunos por hambre real. Otros por obediencia. Otros porque entendían que rechazarlo habría sido exponer su vulnerabilidad.
Lucius los observó sin interrumpir. No buscaba sonrisas; buscaba ritmo. Que nadie quedara atrás. Que nadie se adelantara. La comida no era un regalo: era un calibrador.
—Este es un banquete para los valientes —continuó cuando el murmullo alcanzó su punto—. No es solo una cena. Es una promesa.
Hizo una breve pausa.
—Mañana no partimos como individuos. Partimos como una fuerza. Y una fuerza no duda cuando ya ha sido alimentada.
Los murmullos crecieron, pero no alcanzaron vítores. La fe estaba ahí, mezclada con algo más denso. Lucius lo percibió y no intentó disiparlo. El nerviosismo también era útil.
A medida que los platos se vaciaban, una sensación incómoda comenzó a asentarse. Aquella comida sabía demasiado bien para repetirse.
Cuando el flujo se estabilizó, Lucius giró apenas el cuerpo.
—Canon. Ezequiel. Naqam.
No levantó la voz. No hizo gestos.
—Vengan.
La tienda no era un refugio, aunque así se presentara. Era un espacio de ajuste fino. Las velas ofrecían una luz cálida, casi doméstica, que contrastaba con la crudeza del momento. El olor de la comida se mezclaba con cera y tela vieja.
Se sentaron.
Al principio, nadie habló. El sonido de los cubiertos era más bajo que afuera, más controlado. Allí no había público.
—Mañana —dijo Lucius finalmente— no será un día heroico. Será un día funcional.
Dejó el cubierto a un lado.
—Canon, estarás al frente. Si te detienes, otros decidirán por ti. Eso no es aceptable.
Canon asintió sin responder. El poder que sentía dentro de ella todavía no le resultaba propio, y el tiempo para adaptarse se agotaba.
—Ezequiel —continuó—, la retaguardia no es un lugar seguro. Es donde se acumulan los fallos. Si algo se desarma, lo contienes. Si algo cae, no lo lamentas: lo reemplazas.
Ezequiel bajó la mirada apenas un segundo. La fe seguía allí, pero ya no intacta.
—Naqam —dijo, por último—. Tú no dirigirás personas. Dirigirás consecuencias. Si algo sale mal, decides quién carga con ello y cuándo deja de importar.
Naqam levantó la vista, firme.
—Lo haré. No porque sepa cómo, sino porque sé cuándo dejar de preguntar.
Lucius los observó en silencio. No buscaba entusiasmo; buscaba compatibilidad.
Alzó su copa, pero no sonrió.
—Coman bien. Descansen poco. Mañana no improvisamos.
Bebió.
No brindó por la victoria. No habló de regreso. No usó la palabra “futuro”.
Cuando la cena terminó, no hubo risas ni despedidas prolongadas. Cada uno salió de la tienda con esa certeza incómoda adherida al cuerpo:
Habían sido tratados con cuidado.
No porque fueran irremplazables, sino porque, a partir de mañana, comenzarían a gastarse.
Al día siguiente, mientras el movimiento comenzaba, la Iglesia dejó de ser un recinto y se volvió tránsito.
Las formaciones avanzaban en silencio, una tras otra, abandonando el amparo de los muros. No hubo discursos ni despedidas largas. Solo pasos medidos, capas ajustadas y miradas que ya no buscaban señales.
A un costado del camino, los cantores elevaron sus voces.
No cantaban para animar.
Cantaban para sellar.
Deus audit voces nostras,
in silentio et clamore.
Deus videt corda nostra,
lux etiam in timore.
Las palabras se extendieron sobre los exorcistas como una bendición antigua, aprendida antes incluso de comprenderla. Algunos cerraron los ojos. Otros siguieron caminando. Nadie se detuvo.
Lucius se irguió. Nadie lo miró buscando consuelo.
—Ahora —dijo—, hijos míos, es el momento decisivo.
No para probar la fe, sino para ejercerla.
Que Dios nos guíe. La verdad no espera a los que dudan.
El canto continuó, más grave, más lento.
Si caro cadit, spiritus surgit,
si umbra venit, fides manet.
Via clauditur, porta aperitur,
quod perit hic, illic renascit.
Las filas comenzaron a alejarse. El sonido de las voces se volvió fondo, luego eco. El mundo exterior los recibió sin ceremonia.
Cuando el último grupo cruzó el umbral, ya no hubo canto.
Solo un susurro, repetido como si siempre hubiera estado allí.
Quod datur, redditur.
Quod tollitur, ad finem ducit.
Nihil perditur sub Deo.
Y así, sin promesas de regreso ni nombres recordados, la Iglesia dio su primer paso hacia el campo de batalla.
No para vencer.
Sino para cumplirse.
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