BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 92
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Capítulo 92: Punto Ámbar
Todos se reunieron en la sala del castillo, un espacio amplio y sombrío donde la piedra absorbía el sonido de sus pasos. No era un lugar solemne por tradición, sino por uso: allí se tomaban decisiones después de entender que ya no había vuelta atrás.
Venían de entrenar.
Y, sobre todo, venían de comprender cosas que ya no podían ignorar.
El aire estaba cargado de una tensión distinta a la del combate. No era adrenalina; era el peso que aparece cuando el conocimiento deja de ser teórico.
Abyllie fue la primera en romper el silencio. Entró casi corriendo y, al ver a Istón, lo abrazó sin previo aviso. El gesto lo tomó por sorpresa; su cuerpo reaccionó con un leve sobresalto antes de corresponder. El calor del abrazo contrastaba con la frialdad de la sala, como si, por un instante, algo humano insistiera en sobrevivir ahí dentro.
Belial y Lilith observaron la escena en silencio. No dijeron nada, pero ambos desviaron la mirada casi al mismo tiempo, como si hubieran reconocido algo que preferían no nombrar. No era incomodidad; era conciencia.
Buer, apoyado contra una columna, soltó una risa breve.
—Falta que ustedes reaccionen igual —dijo, señalando con la cabeza a Belial y Lilith—. Y ya tendríamos el cuadro completo.
La tensión se aflojó, apenas lo suficiente.
Belial fue quien retomó el control.
—El entrenamiento terminó —dijo—. Pero lo que aprendimos no. Eso es lo que importa ahora.
Istón se sentó despacio, como si aún estuviera midiendo su propio cuerpo. No parecía herido, pero algo en su postura delataba un ajuste, no cansancio.
—Hay cosas que vi —comenzó—. No durante el combate… sino después. Cuando entendí qué estaba haciendo realmente.
Todos guardaron silencio.
—Mi poder no es libre —dijo—. Tiene costos. Y el mundo siempre los cobra.
Lilith frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso con lo que pasa afuera?
Istón levantó la mirada.
—Mucho. Porque mientras entrenábamos, empecé a notar patrones. Gente en las calles. No soldados, no clérigos. Otros.
—¿Otros cómo? —preguntó Abyllie, esta vez sin soltarlo del todo.
—Organizados. Tatuajes antiguos. No se esconden. No improvisan.
Buer se incorporó de inmediato.
—Eso coincide —dijo—. Cada año, desde la fundación de la ciudad, hay registros de reuniones no oficiales. Sectas, según los archivos. Nunca se les dio importancia porque no seguían una doctrina clara.
—Hasta ahora —murmuró Belial.
—Exacto —asintió Buer—. Esto no es fe desordenada. Es preparación.
La sala se cerró sobre sí misma.
Lilith cruzó los brazos.
—Si hay grupos moviéndose así, y la Iglesia no reacciona… o no los ve, o los está dejando avanzar.
—O los necesita —añadió Istón.
Esa posibilidad quedó flotando, incómoda.
Belial recorrió el rostro de cada uno, no buscando respuestas, sino confirmación.
—Entonces no estamos frente a un conflicto que viene —dijo finalmente—. Estamos dentro de uno que ya empezó.
Afuera, el mundo seguía igual.
Pero en esa sala, todos entendían lo mismo:
las piezas ya se estaban moviendo.
Y ellos acababan de darse cuenta de qué lugar ocupaban en el tablero.
—¿Cuándo llegan a la ciudad? —preguntó Lilith.
No alzó la voz. No hizo falta. Todos sabían que esa pregunta no admitía respuestas largas.
Buer tardó un segundo antes de hablar.
—Mañana. Al amanecer. Terminan su peregrinaje aquí.
El silencio que siguió fue inmediato.
—Entonces mañana el conflicto deja de ser una posibilidad. Mañana entra en la ciudad.
Nadie lo contradijo.
—¿Qué hacemos con la gente? —preguntó—. Si esto estalla en las calles, los civiles no van a entender qué ocurre hasta que sea demasiado tarde.
Buer miró a Istón, buscando algo que no encontraba.
—Pero ellos… —dudó—. Los que vienen… ya están muertos.
Lilith cerró los ojos un instante.
—Lo sé. Y aun así su llegada lo cambia todo. No regresan por fe ni por costumbre. Vienen con intención. Y esa intención pone en riesgo a los vivos.
Istón asintió.
—No podemos permitir pánico —dijo—. Si la ciudad entra en caos antes de tiempo, hacemos el trabajo del enemigo. La gente debe moverse sin sentir que huye.
—¿Moverlos a dónde? —preguntó Buer—. No podemos evacuar una ciudad entera sin levantar sospechas.
Abyllie habló con cautela.
—Refugios discretos. Lugares que ya existen. Nada que suene a alarma. Si los guiamos poco a poco, creerán que es rutina.
Lilith la observó.
—¿Y los que no obedezcan?
Abyllie no respondió.
—No los forzamos —dijo Lilith—. Cerramos accesos. Redirigimos calles.
Buer frunció el ceño.
—¿Y los muertos? —insistió—. ¿No hacemos nada por ellos?
—No —respondió Lilith, sin dureza, pero con firmeza—. No esta vez. Si intentamos salvarlo todo, no salvamos a nadie.
La frase pesó más de lo que parecía.
—Entonces protegemos a quienes aún pueden elegir —dijo Istón—. Y contenemos lo demás.
Lilith asintió.
—Mañana no evitamos el conflicto —concluyó—. Evitamos que arrastre a quienes no deberían estar en él.
Nadie sonrió.
Nadie celebró.
Pero todos entendieron que el plan no era justo.
Solo era necesario.
Con esa certeza, comenzaron a moverse.
No para ganar tiempo.
Sino para decidir quién quedaría fuera cuando el conflicto reclamara la ciudad.
Las campanas no sonaron.
Eso ya era la primera señal.
En lugar del bronce, fue una cadena la que se tensó en lo alto de la torre norte. Un tirón seco, medido, transmitido de puesto en puesto como una orden que no necesitaba voz.
Los guardias de la ciudad se movieron casi al mismo tiempo.
No corrieron.
No gritaron.
Cada uno sabía exactamente qué hacer cuando el protocolo pasaba del reposo a la contención.
En la puerta oriental, dos hombres dejaron sus lanzas apoyadas contra el muro y giraron el mecanismo de cierre interno. Las hojas de hierro descendieron solo hasta la mitad: lo suficiente para filtrar, no para bloquear. Quien entrara tendría que hacerlo despacio. Quien saliera, pensarlo dos veces.
—Punto Ámbar —murmuró uno de ellos.
El otro asintió y marcó la tablilla de registro sin levantar la vista.
En los barrios bajos, patrullas pequeñas comenzaron a ocupar intersecciones clave. No llevaban estandartes ni símbolos de la Iglesia. Solo la insignia de la ciudad, gastada por el uso. Su función no era imponer fe, sino ordenar el movimiento.
—Mercado cerrado antes del anochecer —ordenó una capitana, señalando con dos dedos—. Nada de concentraciones. Nada de procesiones improvisadas.
—¿Y si preguntan por qué? —dijo un guardia joven, ajustándose el casco.
Ella lo miró apenas un segundo.
—Diles que es por seguridad.
Y si insisten, diles que hoy la ciudad no tiene respuestas.
En lo alto de las murallas internas, los vigías cambiaron las banderas. No era una señal de guerra. Era algo más antiguo: tela gris, sin marcas, visible solo para quienes sabían mirar.
La ciudad se repliega.
En los cuarteles, los armeros abrieron compartimentos que no se usaban desde hacía años. No repartieron armas nuevas. Reafilaron las viejas. Ajustaron correas. Reemplazaron piezas gastadas.
No había discursos.
No había arengas.
Solo listas.
—Turnos dobles desde la medianoche.
—Nadie patrulla solo.
—Si algo parece fuera de lugar, no lo confronten: marquen y retrocedan.
Un mensajero cruzó la plaza central con un rollo sellado. No iba al castillo. No iba a la Iglesia. Iba a los distritos civiles, donde los responsables locales debían recibir una instrucción clara y breve:
Mantengan a la gente en casa.
Eviten reuniones.
Confíen en los muros.
Algunos protestaron.
Otros obedecieron sin preguntar.
Desde fuera, la ciudad parecía igual.
Las luces seguían encendiéndose al caer la tarde.
Las puertas aún estaban abiertas.
La vida continuaba.
Pero por dentro, el mecanismo ya estaba activo.
Y todos los que formaban parte de él lo sabían:
No era una defensa pensada para ganar.
Era una defensa pensada para que el conflicto encontrara la ciudad ya contenida.
Y en silencio.
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