BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 93
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Capítulo 93: Los habitantes
El comerciante abrió su puesto más tarde de lo habitual. No fue una decisión consciente; simplemente se quedó un rato más sentado en el borde de la cama, escuchando la ciudad antes de salir. No había campanas. No había pregones tempranos. Solo un silencio extraño, como si alguien hubiera pedido a la ciudad que respirara más despacio.
Cuando por fin bajó la tranca de madera, la calle ya estaba despierta… pero contenida. La gente caminaba con dirección, no con prisa. Nadie se detenía a conversar más de lo necesario.
Eso nunca era buena señal.
Montó su mesa, organizó los sacos de grano, alineó las balanzas. Todo en su lugar. La rutina era su defensa, un escudo contra la incertidumbre. Mientras realizaba sus tareas, notó que los rostros que pasaban reflejaban una mezcla de preocupación y curiosidad. Había algo en el aire que no se podía ignorar.
—Hoy no es día de mercado completo —le dijo un guardia al pasar, sin mirarlo directamente—. Cierra antes del anochecer.
—¿Por qué? —preguntó él, más por reflejo que por desafío.
El guardia se detuvo lo justo para responder:
—Porque hoy la ciudad no necesita multitudes.
Y siguió caminando, dejando tras de sí un eco de inquietud.
El comerciante frunció el ceño, pero no insistió. Los guardias no hablaban así sin motivo. Además, había algo más que lo inquietaba: la gente miraba hacia las puertas.
No de forma obvia.
No todos al mismo tiempo.
Miradas sueltas.
Gestos cortos.
Cabezas que se giraban y volvían a su lugar.
Fue cerca del mediodía cuando los vio.
No entraron como una caravana. No gritaban. No rezaban en voz alta. Avanzaban en grupos pequeños, demasiado ordenados para ser peregrinos comunes. Ropas gastadas, sí, pero limpias. Rostros serenos. Algunos, demasiado serenos.
El comerciante sintió un frío lento subirle por la espalda.
No porque no los hubiera visto antes,
sino porque los reconoció.
No por nombres.
Por símbolos.
Tatuajes antiguos, apenas visibles en muñecas, cuellos, detrás de las orejas. Marcas que no se hacían para exhibirse; marcas que solo reconocías si alguien, alguna vez, te había advertido que existían.
Cerró la mano sobre la balanza.
—No son de aquí… —murmuró una mujer a su lado.
—No —respondió él—. Pero vienen como si lo fueran.
Uno de los recién llegados se detuvo frente a su puesto. No tocó nada. Solo miró los sacos, el grano, las pesas.
—¿Abres mañana también? —preguntó, con voz tranquila, como si la respuesta no fuera realmente para él.
El comerciante dudó un segundo de más.
—Depende —respondió.
El hombre sonrió. No fue una sonrisa amable. Tampoco hostil. Fue… adecuada. Como si la respuesta no importara.
—Entonces que tengas un día ordenado —dijo.
Y siguió su camino.
Eso fue lo peor.
No la amenaza.
No la fe.
No el miedo.
Fue la sensación de que ya sabían cómo debía funcionar todo.
Poco a poco, los vecinos empezaron a cerrar. No todos. Algunos por obediencia. Otros por instinto. Un padre tomó a su hijo de la mano y lo llevó a casa sin explicaciones. Un anciano bajó las cortinas y colocó una traba extra, aunque aún era temprano.
El comerciante recogió sus cosas antes de lo previsto. Sentía que el tiempo se deslizaba entre sus dedos. Las manos temblorosas de un niño aferrándose a su madre, el susurro angustioso de conversaciones interrumpidas. Cuando levantó la vista por última vez, vio a los guardias en las esquinas, más atentos que tensos. No bloqueaban. Redirigían. Guiaban. Evitaban cruces innecesarios.
Y por primera vez, el comerciante entendió que esa preparación no era para gente como él.
Al cerrar su puesto, escuchó a alguien rezar en voz baja. No en dirección a un templo. No en dirección a una imagen. Solo… hacia adentro.
Esa noche, el comerciante no encendió la luz exterior de su casa. Y por primera vez desde que tenía memoria, no fue por miedo a los ladrones. Fue porque sintió que era mejor no llamar la atención de aquello que ya había llegado.
Las horas pasaron lentamente, en un silencio denso.
El cansancio llegó, pero no el descanso.
Recordó historias que su abuelo contaba en voz baja, siempre al final del día.
Nunca decía nombres.
Nunca describía rostros.
Se levantó de la cama y miró por la ventana. Las calles estaban desiertas. Las sombras se alargaban. Un grupo de luces se movía lentamente en la distancia, y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. No podía ignorar la inminente oscuridad.
La plaza no fue convocada.
Simplemente ocurrió.
Primero fueron unos pocos. Luego otros. Personas que no se conocían entre sí, detenidas en distintos puntos, mirando hacia el mismo lugar sin saber por qué. Nadie gritó. Nadie llamó. El murmullo se apagó solo, como si la ciudad hubiera aprendido a callar.
La estatua de Lucifer se alzaba en el centro, más oscura que de costumbre. No por la luz, sino por la sombra que parecía concentrarse en ella. El rostro de piedra, erosionado por los años, no miraba al cielo ni al suelo: miraba al frente, a la ciudad.
Allí se detuvieron.
Los sectarios no subieron a la base. No la tocaron. Se colocaron alrededor, formando un semicírculo imperfecto. No eran muchos. Nunca lo eran. Los suficientes.
Uno de ellos dio un paso adelante.
No llevaba insignias visibles. No levantó las manos. No alzó la voz.
Cuando habló, no pareció dirigirse a la multitud, sino al espacio mismo.
—Esta ciudad cree que ha despertado muchas veces.
Algunas personas intercambiaron miradas. Otras no se movieron.
—Cree que ha elegido su forma, su fe, sus muros. Cree que ha sobrevivido por decisión propia.
Hizo una pausa. No para esperar reacción. Para dejar que las palabras se asentaran.
—Pero las ciudades no eligen.
—Recuerdan.
Un viento leve cruzó la plaza. Las telas colgadas en los balcones se tensaron. Nadie se movió.
—No hemos venido a tomar lo que ya está marcado.
—Ni a destruir lo que aún sirve.
El comerciante sintió que algo en su pecho se cerraba, como una mano lenta.
—Hemos venido a anunciar que el ciclo ha comenzado.
Alguien intentó hablar. No pudo. La voz no salió.
—No pedimos fe.
—No pedimos sangre.
—No pedimos obediencia.
El hombre levantó la vista, por primera vez, hacia la estatua.
—Solo presencia.
Silencio.
—Quienes entiendan, sabrán cuándo quedarse.
—Quienes no… no serán perseguidos.
Eso fue peor que una amenaza.
—El ritual no empieza hoy.
Algunas cabezas se alzaron. Otras se inclinaron.
—Hoy solo se reconoce el lugar.
La sombra de la estatua parecía extenderse un poco más, tocando el borde de la plaza.
—Cuando llegue el momento, la ciudad recordará para quién fue construida.
El hombre dio un paso atrás.
Nadie aplaudió.
Nadie gritó.
Nadie se atrevió a romper el aire.
Los sectarios comenzaron a dispersarse, sin prisa, perdiéndose entre las calles como si siempre hubieran pertenecido a ellas.
Solo entonces la gente respiró.
No aliviada.
Asustada.
El comerciante bajó la mirada. No sabía en qué momento había comenzado a temblar. No supo cuándo decidió no moverse hasta que la plaza quedó casi vacía.
La estatua seguía allí.
Inmóvil.
Pero por primera vez, tuvo la certeza de que no era solo piedra.
Siempre había pensado que vivía en la ciudad.
Esa noche comprendió que solo la habitaba.
Esa noche, la ciudad no habló de lo ocurrido.
Y ese fue el verdadero comienzo.
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