BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 94
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Capítulo 94: Irrelevantes
Buer no los llamó.
Los fue a buscar.
No llegó con escolta ni con símbolos visibles; no los necesitaba. Los líderes de la secta sintieron su presencia antes de verla, como una presión constante, una certeza que no pedía permiso. Cuando apareció ante ellos, no hubo presentación.
—Acompáñenme —dijo.
No fue una orden. Fue un hecho.
Nadie preguntó adónde. Nadie se negó. Caminaron detrás de ella como si siempre hubiera sido así.
El castillo los recibió en silencio. No con hostilidad, sino con una calma incómoda, de aquellas que no ofrecen refugio. Las puertas se abrieron sin ceremonia. Los pasillos no parecían hechos para ellos. Cada paso reforzaba la sensación de estar entrando en un lugar que no los reconocía.
Para los protagonistas, en cambio, todo resultaba familiar.
Allí estaban. Esperando.
No en un trono. No en una sala de juicio.
En una cámara amplia y sobria, pensada para la palabra, no para la sumisión.
Buer se detuvo a un costado. No anunció a nadie. No explicó nada. Simplemente los dejó allí, sus sombras alargándose en el suelo.
Y entonces los líderes los vieron.
Dos.
No fue inmediato. Al principio, sus mentes intentaron negar lo evidente. Luego llegó el reconocimiento… y con él, el error. Porque no era devoción lo que sentían.
Era insignificancia.
Dos Señores Demonios ocupaban el espacio frente a ellos.
No irradiaban furia. No imponían miedo deliberadamente.
Eso fue lo que quebró algo en ellos.
—Sabemos quiénes son —dijo uno—. Y sabemos lo que creen estar haciendo.
Los líderes intentaron sostener la mirada. Fallaron. No porque los demonios los obligaran, sino porque no les devolvían la mirada. Sus ojos pasaban por ellos como si fueran detalles menores del lugar.
—Creen que su fe los ha traído hasta aquí —continuó Lilith—. Que han sido llamados.
Uno de los líderes abrió la boca para hablar. Las palabras no salieron como esperaba. Sonaron pequeñas, insuficientes, como ecos vacíos en una catedral desierta.
—No —corrigió Belial—. Ustedes no fueron llamados. Fueron tolerados.
Eso dolió más que cualquier amenaza, como un puñal atravesando la carne de su creencia.
Lilith suspiró. No con fastidio. Con indiferencia.
—No importan.
El silencio que siguió fue devastador.
Los símbolos en los cuerpos de los líderes dejaron de arder.
No se borraron.
Simplemente quedaron allí, como marcas de un pasado que ya no tenía sentido.
Las certezas que los habían sostenido comenzaron a resquebrajarse. Si aquellos a quienes adoraban no los reconocían… ¿qué quedaba? ¿Dónde encontrar el significado de su devoción?
Buer observaba.
No intervenía.
Ya había decidido el resultado.
—El ritual del que hablan —dijo Belial— no es para ustedes. Nunca lo fue.
Había que ocupar el lugar.
Uno de los líderes cayó de rodillas. No en adoración.
En vacío.
Ahí entendieron.
Su fe no había sido incorrecta. Había sido irrelevante, como el eco de una plegaria olvidada.
Los líderes permanecieron de pie, sin saber qué hacer con sus cuerpos ahora que la fe ya no les daba instrucciones. El espacio no los expulsaba… pero tampoco los contenía.
—Entonces… —murmuró uno, sin saber a quién hablaba— ¿qué somos ahora?
Nadie respondió.
Y esa fue la respuesta.
El camino de regreso no era largo.
Eso también resultaba inquietante.
Las mismas piedras. Las mismas antorchas apagadas. El mismo aire denso que habían atravesado al llegar.
Nada indicaba que algo hubiera cambiado.
Y, sin embargo, ninguno caminaba igual.
Avanzaban en silencio al principio. No por acuerdo, sino porque todavía no habían encontrado palabras que no sonaran falsas. Cada paso parecía resonar más de lo necesario, como si el suelo amplificara una presencia que ya no estaba.
—No dijeron que estuviéramos equivocados —murmuró uno al fin, sin mirar a los demás.
La frase quedó suspendida, débil, como un susurro en el viento.
—No —respondió otro—. Eso es lo peor.
Caminaron unos metros más.
—Si hubieran dicho que era herejía… —continuó el primero— podríamos haberlo corregido.
—Si hubieran dicho que estaba prohibido —añadió otro—, habría castigo. Un marco. Algo.
El más joven apretó los dientes, cada vez más frustrado.
—Pero no dijeron nada.
—Exacto.
El silencio que siguió ya no era reverente. Era incómodo, como una herida que se roza al andar.
—Nunca nos necesitaron —dijo uno, casi con alivio—. Eso quedó claro.
—Nunca —repitió otro—. Pero el sistema seguía funcionando.
—Porque nosotros lo sosteníamos —dijo el joven—. Porque creíamos.
—No —corrigió el más antiguo—. Porque ejecutábamos.
Se detuvo un instante, apoyando la mano en una pared de piedra, sintiendo su fría realidad.
—No confundan fe con función. La fe daba forma. La función daba resultados.
—Y ahora no tenemos ninguna de las dos —dijo alguien.
—Tenemos una —respondió el anciano—. El resultado.
El joven lo miró, desalentado.
—¿Después de lo que vimos?
—Precisamente después de eso.
Reanudaron la marcha.
—Ellos no nos escuchan —dijo uno—. Nunca lo hicieron.
—Pero el poder sí —respondió otro—. El poder siempre responde.
—Aunque no tenga sentido —agregó el joven.
—El sentido es un lujo —dijo el anciano—. El poder no lo necesita.
El grupo volvió a callar. Ya podían ver, a lo lejos, el resplandor tenue del lugar donde los cultistas aguardaban. Las luces eran cálidas. Conocidas.
Eso los incomodó aún más.
—Nada de esto significa nada —dijo uno de los líderes, casi con rabia—. Los nombres, los símbolos… todo era una ilusión.
—Sí —respondió otro—. Pero funciona igual.
—Eso es lo que me aterra —admitió el joven—. Que funcione incluso vacío.
El anciano esbozó una sonrisa cansada.
—No es vacío. El poder no entiende eso.
—¿Y si falla?
—Entonces fallará —repitió—. Pero no por falta de fe.
Se detuvieron antes de cruzar el último tramo.
Desde allí podían oír las voces de los cultistas. Murmullos expectantes. Devoción intacta.
—Ellos aún creen —dijo alguien.
—Sí —respondió otro—. Y eso los vuelve útiles.
El joven tragó saliva.
—¿Qué les diremos?
El anciano no dudó.
—Nada.
—¿Nada?
—Seguimos como si nada hubiera pasado.
El joven abrió la boca para protestar, pero el anciano levantó la mano.
—No les daremos palabras nuevas —continuó—. Las viejas aún sirven. Ellos necesitan certezas, no verdades.
—Pero nosotros… —empezó a decir uno.
—Nosotros no necesitamos creer —lo interrumpió—. Solo ejecutar.
Miraron una última vez el camino por el que habían venido.
—Ellos no oirán lo que dijimos —añadió el anciano, con voz baja—. Pero lo sentirán.
—¿Qué sentirán?
El anciano apoyó el bastón en el suelo. El golpe resonó más de lo esperado.
—Nuestro ruido.
El joven cerró los ojos un instante.
—Esto va a salir mal.
—Sí —respondió el anciano—. Pero el poder lo vale.
Reanudaron la marcha.
Cuando cruzaron el umbral y los cultistas alzaron la vista, nadie notó palabras distintas. Los gestos eran los mismos. Las órdenes, idénticas.
Pero algo había cambiado.
No en el rito.
En quienes lo sostenían.
Y el círculo, más tarde, lo sabría.
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