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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 95

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Capítulo 95: Punto de ruptura

En el centro de la cámara, bajo la mirada inmóvil de la estatua de Lucífer, el círculo ya estaba trazado.

Era profundo, marcado por la insistencia de aquellos que habían intentado completarlo, pero nunca lo habían cerrado del todo.

La piedra no había sido grabada con cuidado, sino con urgencia. Cada línea cedía hasta donde el material lo permitía, como si la forma no hubiera sido diseñada, sino impuesta.

El círculo no pertenecía a un solo nombre, sino que era una superposición de tres: Lilith, Mammon y Belial, presentes no como figuras, sino como funciones integradas en una misma estructura.

Nada en él sugería devoción. No existía para creer, sino para sostener.

Los cultistas trabajaban sin prisa. No cantaban, no elevaban plegarias. Se movían siguiendo un orden aprendido, ejecutando gestos que repetían sin necesidad de comprender. Las herramientas pasaban de mano en mano, y las inscripciones avanzaban con precisión.

Los caracteres arameos aún no brillaban. Solo estaban allí, y eso era suficiente.

Desde el borde del círculo, los líderes observaban en silencio. No intervenían; ya no discutían. El intercambio de miradas no buscaba aprobación, sino confirmación de que el proceso continuaría. Lo único que importaba era que el ritual no se detuviera.

Cuando uno de los cultistas completó el último trazo exterior, retrocedió dos pasos y esperó. No necesitaba ninguna señal. El círculo estaba completo.

Durante unos segundos, no ocurrió nada. Nadie reaccionó. No era la primera vez que el silencio se instalaba en la sala.

El poder no avisaba.

Las inscripciones comenzaron a oscurecerse. No a brillar. Como si la piedra hubiera aceptado algo que no necesitaba mostrar. La piedra absorbió una esencia imperceptible, como si el aire hubiera cambiado de densidad. No hubo viento. No hubo sonido.

Uno de los líderes frunció el ceño.

No por temor, sino por cálculo.

—Continúen —dijo, sin elevar la voz.

Los cultistas reanudaron su movimiento. Sangre, medida. No abundante. Exacta. La cantidad que correspondía al símbolo central. Nada más.

El círculo aceptó la ofrenda sin reacción visible.

Bajo la estatua de Lucífer, la cámara permanecía intacta. El rostro de piedra no parecía observar el círculo, sino el conjunto. Como si la acción puntual fuera irrelevante frente a la repetición del acto.

Uno de los líderes recordó, sin emoción, la conversación en el castillo. No las palabras. La ausencia de ellas.

“No importan.” No como juicio. Como condición.

El recuerdo no detuvo nada.

—El trazado es correcto —dijo otro, revisando los bordes—. No hay error estructural.

—Nunca lo hay —respondió el más antiguo—. Si algo falla, no será la forma.

Los cultistas murmuraban ahora. No oraciones, sino secuencias. Fórmulas que no pedían respuesta, sino activación. Las voces se mantenían planas, constantes, como un mantra que infundía energía en el aire.

El ambiente se volvió más pesado.

No opresivo, sino denso.

Uno de los símbolos interiores tardó más en reaccionar. No se apagó ni se activó. Simplemente permaneció igual.

El más joven lo notó.

—Ese nodo… —empezó.

—Déjalo —lo interrumpió el anciano—. No está incompleto. Solo no responde.

—¿Eso es un problema?

El anciano estudió el círculo unos segundos más.

—No todavía.

La respuesta no tranquilizó a nadie. Tampoco generó alarma.

No exigía fe. Exigía ejecución.

Los cultistas avanzaron al siguiente paso.

Nada se quebró. Nada se manifestó.

El círculo funcionaba. Eso era lo inquietante.

El líder más cercano a la estatua alzó la vista por un instante. Lucífer seguía allí. No más oscuro. No más brillante. Igual.

—Seguimos —dijo.

Y siguieron.

El tiempo pasó sin marcas claras. Nadie podría haber dicho cuánto. El círculo absorbía energía de forma irregular, como si eligiera qué aceptar y qué ignorar. Algunos símbolos respondían; otros no.

No era un fallo.

Era una selección.

Y no los incluía.

Uno de los cultistas cayó de rodillas. No por éxtasis, sino por agotamiento. Fue retirado del círculo sin ceremonia. Otro ocupó su lugar. El ritmo no se alteró.

—Esto debería haber escalado.

—No. Debería haber quedado disponible.

—¿Disponible para qué?

—Para alguien que no somos nosotros.

El anciano no respondió de inmediato.

—Entonces no es nuestro problema —dijo al final—. Nosotros no invocamos. Solo preparamos.

El silencio volvió a instalarse.

El círculo estaba activo.

Incompleto.

No porque faltara algo, sino porque algo más estaba en camino.

A lo lejos, más allá de la cámara, un sonido metálico resonó una vez. No dentro del ritual. Fuera.

Un golpe seco. Organizado.

El más joven levantó la cabeza.

—¿Eso…?

—No es parte del rito —dijo el anciano.

—¿Entonces?

—Entonces es otra estructura moviéndose.

—Y no está diseñada para coexistir.

Los cultistas no se detuvieron. Nadie les ordenó hacerlo. Pero varios levantaron la vista, como si algo ajeno hubiera alterado el equilibrio.

El círculo no reaccionó al sonido.

Eso fue lo más revelador.

—No podemos continuar hasta el cierre —dijo uno de los líderes—. No así.

—No —asintió el anciano.

—El proceso queda en suspensión —dijo—. Activo, pero sin resolución.

—¿Falló?

—No —repitió—. Simplemente no terminó.

El más joven apretó los puños.

—¿Y ellos?

El anciano miró hacia la entrada de la cámara.

—Ellos ya están viniendo.

Las voces de los cultistas se apagaron una a una. No por orden, sino por intuición. El círculo permanecía allí, activo pero incompleto, como una maquinaria detenida en medio de un ciclo.

—¿Qué les diremos? —preguntó alguien.

El anciano no dudó.

—Nada.

—¿Nada?

—El rito no se cancela. Se interrumpe. Ellos no necesitan saber la diferencia.

—¿Y si preguntan?

—No lo harán —respondió—. Aún creen que esto es fe.

El más joven tragó saliva.

—¿Y nosotros?

El anciano observó el círculo por última vez.

—Nosotros ya sabemos que no lo es.

Cuando salieron de la cámara, el círculo quedó atrás. No se desvaneció. No se apagó. Esperó.

La estatua de Lucífer no se movió.

Pero por primera vez, parecía menos interesada en el ritual y más en lo que se acercaba desde fuera.

Y esa diferencia no estaba contemplada en ningún símbolo.

El anciano avanzó hasta el centro del círculo sin prisa. No lo hacía con solemnidad, sino con precisión, como quien ocupa un punto exacto que no admite error. La piedra bajo sus pies estaba fría, pero vibraba con una energía contenida, expectante, como si reconociera el peso de lo que estaba a punto de suceder.

En el núcleo del trazado yacía el cuerpo de la mujer.

No estaba atada.

No hacía falta.

Su quietud no era la de un cadáver común, sino la de algo suspendido entre estados. El círculo no la reclamaba aún, pero la rodeaba como un marco inevitable. La piel reflejaba el tenue resplandor de las inscripciones, y por un instante parecía que respiraba al ritmo del símbolo, no del aire.

El sacrificio no era un acto.

Era un mecanismo.

Uno que impedía el colapso del proceso.

El anciano alzó las manos. Sus dedos no temblaban. Dibujaron figuras en el aire con la misma naturalidad con la que otros escribirían su nombre. Cada gesto dejaba una estela invisible que el círculo reconocía y absorbía.

El aire se espesó.

No por calor, sino por densidad.

Como si el espacio mismo se hubiera vuelto menos permisivo.

Entonces comenzó el canto.

No fue pronunciado para ser escuchado, sino para ser registrado.

Hi debḥetā w-lā metḥazyā

Hi gašrā beyn itutā w-laytutā

Hu nesav nešmatā w-kol-madam

Las palabras antiguas se deslizaron de sus labios con una cadencia exacta. Cada sílaba encajaba en el círculo como una llave en su cerradura correspondiente. No era una plegaria. No había súplica ni invocación emocional.

Era una activación.

El anciano bajó una de sus manos y la apoyó sobre el pecho de la mujer.

—Yo tomo este cuerpo para generar el vínculo —dijo.

La frase no fue elevada.

Fue declarada.

—Yo consumo su alma en un vacío sin fin.

— Entrego sus órganos como tránsito y pago.

El círculo respondió.

No con luz inmediata, sino con un pulso grave que recorrió la piedra y subió por las piernas de los presentes. Algunos cultistas contuvieron la respiración al mismo tiempo, sin darse cuenta de por qué. El símbolo no exigía fe. Exigía presencia.

Tlatā ḥeṭhē etpetaḥū

Tlatā ḥatmin ḥayyē

Las inscripciones comenzaron a brillar, no como fuego, sino como heridas abiertas en la piedra. La luz no iluminaba: revelaba. El zumbido que emergió no provenía del círculo, sino del interior del pecho de quienes lo observaban, como si algo hubiera encontrado resonancia en ellos.

El anciano sonrió levemente.

—Ella es el vínculo —proclamó—. El inicio y el cierre del ciclo. El punto donde el pecado deja de ser idea y se convierte en tránsito.

El canto se repitió, ahora acompañado.

Lā tub patḥā

Lā tub šubqānā

Demēh nefal kematārā

U-šmeh etmalē be-ḥeškā

Las voces de los cultistas se entrelazaron sin armonía, formando una masa sonora irregular, más cercana al ruido que a la música. No cantaban por devoción. Cantaban porque el círculo los arrastraba a hacerlo.

La luz comenzó a retirarse de la cámara.

No se apagó.

Simplemente dejó de obedecer.

El anciano lanzó una carcajada breve, seca, como si confirmara un cálculo largamente esperado. Su cuerpo se tensó, y por un instante pareció perder definición, como si los límites entre carne y símbolo se hubieran vuelto negociables.

Algo fue absorbido.

No hubo grito.

No hubo resistencia.

La mujer dejó de existir como forma reconocible.

El círculo no reaccionó después.

Cuando el anciano alzó el rostro, sus ojos ya no buscaban aprobación.

—Ahora —dijo, y su voz no provenía de un solo punto— el ciclo está en marcha.

Las sombras alrededor del símbolo comenzaron a moverse con intención propia, deslizándose por las paredes, acumulándose en los bordes de la cámara como una marea paciente.

—Hijos míos —continuó—, lo que sigue no es fe ni castigo.

Pausa.

—Es consecuencia.

Nadie respondió.

El círculo, más tarde, recordaría ese momento.

No como el inicio del poder,

sino como el instante en que dejó de ser reversible.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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