BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 96
- Inicio
- Todas las novelas
- BENDECIDOS POR BELIAL
- Capítulo 96 - Capítulo 96: Proceso de apertura
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 96: Proceso de apertura
Al abandonar el círculo, el anciano no se detuvo.
Ese fue el primer error.
No esperó la disolución formal. No verificó los sellos. Caminó como si el ciclo hubiera concluido, a pesar de que ninguno de los líderes había pronunciado la secuencia de cierre. Sus pasos no resonaron igual sobre la piedra. No eran más pesados. Eran más precisos, como si siguiera marcas que solo él podía ver.
Los cultistas lo observaron en silencio, sin intervenir.
Aún era el anciano.
Aún ocupaba su lugar.
Sin embargo, el aire en la cámara no se alivianó tras el sacrificio. Permanecía denso, sostenido, como si el ritual hubiera quedado suspendido en una fase que no figuraba en ningún registro. El círculo seguía activo, pero ya no respondía de manera uniforme. Algunas inscripciones se mantenían abiertas, mientras que otras parecían ignorar por completo la presencia humana.
El anciano se volvió hacia ellos.
—La transición no se completa con espera —dijo.
Su voz era la misma, pero la cadencia había cambiado.
No elevó el tono. No invocó autoridad. Simplemente continuó.
—El excedente debe redistribuirse.
Uno de los líderes frunció el ceño.
—Eso corresponde a otra estructura —respondió—. No a esta.
El anciano inclinó la cabeza apenas, como si aceptara la observación.
—Ya no.
No hubo discusión. Nunca la había.
Extendió una mano y señaló el interior de la cámara, no el círculo.
—Permanezcan en actividad —ordenó—. La energía no debe estancarse.
Los cultistas dudaron.
No por miedo.
Por desajuste.
El más joven dio un paso al frente.
—Ese no es el procedimiento —dijo—. El rito quedó en suspensión.
El anciano lo miró por primera vez.
No con ira.
Con un reconocimiento incorrecto.
—Tú ya cumpliste tu función —respondió.
El joven abrió la boca para replicar, pero el aire alrededor se volvió compacto, como si el espacio se hubiera cerrado sobre su pecho. No cayó de inmediato. Sus rodillas cedieron con lentitud, y cuando intentó respirar, no encontró resistencia, sino ausencia.
El cuerpo se desplomó sin sonido.
Nadie gritó.
El anciano no se movió.
—El flujo se restablece con consumo —dijo—. Continúen.
Algunos cultistas retrocedieron. Otros avanzaron sin comprender por qué. Las herramientas ceremoniales, aún manchadas del sacrificio anterior, cambiaron de propósito sin necesidad de una orden explícita.
El círculo no reaccionó.
Eso fue lo que confirmó el fallo.
Uno de los líderes alzó la voz.
—Detente. Esto no está regulado.
El anciano giró lentamente.
—La regulación era preventiva —dijo—. Ya no aplica.
Su respiración era irregular. No agitada, sino desfasada, como si no respondiera al mismo ritmo que su cuerpo. Una humedad oscura comenzó a acumularse en sus ojos, no como llanto, sino como exceso.
—No era así —murmuró, la frase no dirigida a nadie presente.
Por un instante, sus manos temblaron.
—Perdónenme —dijo—. No era una frase humana. Era un informe.
La voz no se quebró.
Se duplicó.
El anciano se enderezó.
—Pero el proceso continúa.
La primera cuchillada no fue intencional. Un cultista tropezó al retroceder, y la hoja que sostenía encontró carne por pura cercanía. El grito fue breve. No hubo tiempo para corregirlo.
Después de eso, el orden colapsó en obediencia residual.
Cada gesto encontraba justificación en una instrucción anterior. Cada muerte parecía resolver algo que nadie podía nombrar.
El anciano avanzó entre ellos sin tocarlos.
Donde pasaba, el aire se volvía menos estable. Las sombras no seguían la fuente de luz. Se acumulaban en ángulos incorrectos, como si la cámara hubiera perdido coherencia espacial.
—No es castigo —dijo—. Es ajuste.
Uno de los líderes cayó de rodillas frente a él.
—Esto no era parte del pacto.
El anciano lo observó con atención clínica.
—Nunca hubo pacto —respondió—. Solo preparación.
La mano descendió.
No hubo impacto visible.
El líder dejó de existir como punto de referencia. El espacio ya no lo tomaba en cuenta. Su cuerpo permaneció, pero algo esencial había sido retirado, dejando solo una forma funcional, vacía.
El círculo absorbió ese resto con retraso.
Demasiado tarde.
Uno de los pocos que aún permanecía con vida comprendió entonces… que el anciano no estaba invocando nada.
Estaba siendo utilizado.
—Esto va a llamar a algo más —dijo, sin saber a quién hablaba.
El anciano sonrió apenas.
No con placer.
Con validación.
—Ya lo hizo.
A lo lejos, fuera de la cámara, el sonido metálico volvió a resonar.
Esta vez, no fue uno solo.
Ordenado.
Rítmico.
El círculo no reaccionó.
Eso significaba que lo que se acercaba no pertenecía al mismo sistema.
El anciano se volvió hacia la entrada.
—Interrupción externa —dijo—. El ciclo no se detiene.
La sangre cubría ahora los símbolos menores, distorsionando su función. El ritual seguía activo, pero había perdido dirección. Lo que quedaba ya no distinguía entre medio y fin.
—No están aquí por nosotros —susurró alguien.
—Nunca lo están —respondió el anciano.
Cuando la primera luz ajena atravesó el umbral de la cámara, no fue absorbida.
La estructura no supo cómo responder.
Y en ese instante, quedó claro que el fallo no estaba en el ritual,
sino en quién había quedado al mando de su continuación.
El sonido no volvió a repetirse.
Fue reemplazado por pasos.
No apresurados.
No cautelosos.
Medidos.
Cada uno impactaba la piedra con una cadencia exacta. No generaban eco. Generaban alineación. La cámara no amplificaba el ruido; lo absorbía como si reconociera una secuencia preexistente.
Las sombras, antes acumuladas en los bordes, comenzaron a retraerse. No huyeron. Se reubicaron. Volvieron a obedecer una única fuente de luz que aún no era visible.
El círculo no reaccionó.
No porque estuviera inactivo,
sino porque no reconocía la intervención.
—Eso no está en el trazado —murmuró uno de los cultistas.
El anciano frunció el ceño por primera vez.
No en temor.
En interferencia.
—No usan canales —dijo—. No invocan.
Una voz emergió desde el pasillo.
No elevada.
No ritual.
—Contacto confirmado.
Otra respondió de inmediato, idéntica en tono y forma.
—Entidad activa. Proceder.
El aire cambió.
No se densificó.
Se ordenó.
La presión dejó de fluctuar. El espacio se volvió estable, hostil a cualquier variación. El círculo vibró una sola vez, como un órgano forzado a emitir una nota que no le correspondía, y luego quedó inmóvil.
—Esto no es contención —susurró alguien—. Es cierre.
El anciano dio un paso atrás.
No por miedo.
Porque por primera vez, algo no podía ser utilizado.
Las voces continuaron avanzando. Confirmaciones. Pausas exactas. Ninguna urgencia. Ninguna duda.
La luz apareció al final del pasillo. No se expandía. Delimitaba. Donde tocaba, las sombras perdían profundidad. El círculo dejó de absorber. Los símbolos permanecieron visibles, pero mudos.
—No están interfiriendo el ritual —dijo el anciano, en voz baja—. Lo están dejando sin función.
Nadie respondió.
El aire ya no ofrecía resistencia. Tampoco densidad. Solo estructura.
Entonces lo comprendió.
No se trataba de un poder superior.
Era un sistema diseñado para terminar procesos.
Y el suyo ya había sido registrado.
El círculo vibró por última vez.
No como respuesta.
Como confirmación.
Y el suyo ya había sido registrado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com