BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 97
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Capítulo 97: Antes del movimiento
El guardia no gritó al entrar.
El aire en la sala se tensó, como si cada respiración hubiera anticipado su voz, que no llegó.
La puerta se abrió con una fuerza calculada, como si hubiera sido empujada sin medir resistencia, pero el hombre que cruzó el umbral no alzó la voz ni buscó atención inmediata. Respiraba con dificultad, el pecho moviéndose antes que su mente pudiera procesar lo que había visto.
Iston fue el primero en observarlo con atención real.
No por urgencia.
Por anomalía.
—Habla —dijo Iston, su voz firme.
El guardia avanzó dos pasos y se detuvo. No se inclinó. No pidió permiso. Eso, también, era nuevo.
—El perímetro cambió —dijo—. No hay ruptura registrada.
Buer frunció el ceño.
—Eso no es un informe.
—Lo sé —respondió el guardia—. Por eso no esperé autorización.
Lilith levantó la mirada desde la mesa. Sus dedos dejaron de moverse sobre el trazo incompleto que estaba revisando.
—Define “cambio”.
El guardia tragó saliva.
—Las marcas siguen activas.
—¿Cuáles? —preguntó Abyllie.
—Todas.
Belial no reaccionó de inmediato. Observaba al guardia, midiendo la coherencia entre su postura y sus palabras.
—¿Sellos exteriores? —preguntó.
—Íntegros. No hubo impacto. Ninguna alteración visible.
—¿Intrusión? —insistió Iston.
—No registrada.
Eso generó el primer silencio real.
No incómodo.
Analítico.
—Entonces no viste nada —dijo Buer.
—Exacto —respondió el guardia—. Y eso es lo que me inquieta.
Lilith se puso de pie.
—Las barreras reaccionan incluso a la intención no formulada —dijo—. Si algo cruzó…
—No cruzó —interrumpió el guardia—. Las barreras siguen activas. Pero no responden, como si no hubiera nada que reconocer.
Belial inclinó apenas la cabeza.
—¿El aire?
El guardia cerró los ojos un instante antes de responder.
—Ordenado.
Ese simple término fue suficiente para cambiar la postura de todos en la sala.
Iston se giró lentamente hacia Lilith.
—No es un ataque —dijo—. Es una superposición de estructura.
—No —corrigió ella—. Es un reemplazo funcional.
Buer apoyó la mano sobre la mesa.
—¿Los cultistas?
—Se siguen moviendo —respondió el guardia—. Pero no hacia nosotros. Han cambiado de patrón. Ya no convergen en los puntos habituales.
—¿Huyen? —preguntó Abyllie.
—No —dijo él—. Simplemente… ya no nos consideran un eje.
Nadie habló durante varios segundos.
Belial sonrió apenas.
No con humor.
Con comprensión tardía.
—No vinieron por nosotros —dijo Belial, dejando un silencio que pesaba más que cualquier ataque.
—Ni contra nosotros —añadió Abyllie, aunque sus ojos ya buscaban una estrategia que no existía.
Lilith alzó la vista, como si mirara más allá de los muros del castillo.
—Vinieron a cerrar algo —dijo—. Y no necesitaban confrontación para hacerlo.
El guardia retrocedió un paso sin notarlo.
—Entonces… ¿qué hacemos?
Iston negó lentamente.
—Nada.
Eso fue lo más inquietante que pudo haber dicho.
—Todavía no —precisó—. Primero tenemos que identificar qué dejó de responder.
Belial se volvió hacia la puerta, atento a algo que ninguno de los otros parecía percibir aún.
—Porque si el sistema ya eligió —dijo—, entonces nosotros no somos oposición.
El aire en la sala se estabilizó.
No se volvió más pesado.
Se volvió exacto.
A lo lejos, más allá del perímetro, algo se movía sin alterar el entorno. No dejaba rastro. No generaba fricción. Simplemente avanzaba, ejecutando una secuencia que no necesitaba ser anunciada.
Lilith cerró los dedos.
—Esto no es guerra —dijo—. Aún.
Iston asintió.
—Es detección.
Belial añadió, sin volverse:
—Y ya fuimos registrados.
Nadie habló de la Iglesia.
Pero todos comprendieron que el conflicto no comenzaría con un enfrentamiento, sino con la constatación de que ya no eran imprescindibles.
A las afueras de la ciudad fantasmal, Lucius ya había iniciado la preparación de la primera entrada.
No con urgencia.
Con método.
La laguna artificial permanecía inmóvil, como si el agua contuviera la respiración. Canon ya evaluaba cada movimiento de las sombras; Naqam contaba los segundos hasta que la ciudad les revelara su primera reacción.
A su alrededor, el campamento clerical se había erigido sin simetría perfecta, pero con una lógica funcional que no admitía improvisaciones. Antorchas clavadas a intervalos exactos. Sellos de tránsito marcados sobre la tierra húmeda. El perímetro no estaba hecho para resistir un asedio, sino para no permitir errores.
Los clérigos oraban.
No al unísono.
Cada voz ocupaba su propio espacio, superponiéndose sin fundirse. No pedían salvación. Pedían autorización. Detención del ritual. Interrupción del proceso. Corrección de una desviación que, según los informes, ya había superado su punto de reversión.
Canon observaba la escena sin interés devocional.
Las oraciones eran ruido necesario.
Cumplían una función: estabilizar al grupo antes del ingreso.
Nada más.
La fe no detiene rituales, pensó.
La intervención sí.
Naqam, a su lado, no miraba a los clérigos, sino a la ciudad. La silueta irregular de las murallas parecía cambiar con cada parpadeo, como si la estructura aún no hubiera decidido qué forma conservar. No era una amenaza inmediata. Era algo peor: una promesa activa.
Entrar ahora implica aceptar el desenlace, evaluó.
No había duda en la conclusión. Solo peso.
Lucius dio un paso adelante.
—Canon. Naqam. Comencemos con el movimiento.
No lo dijo como una orden urgente, sino como quien activa una fase que ya estaba prevista desde el inicio.
—Nosotros entraremos a la ciudad —dijo Canon, asintiendo solo porque el cálculo coincidía, no por confianza.
Naqam inclinó apenas la cabeza. No miró a Canon. No miró a Lucius. Sus ojos seguían fijos en la ciudad.
Una vez dentro, no habrá correcciones externas, se dijo. Solo decisiones.
Lucius giró entonces hacia la retaguardia.
—Ezequiel. Tú te quedarás afuera con el grupo de vanguardia.
El joven clérigo levantó la vista.
—Cualquier intento de salida debe ser eliminado —continuó Lucius—. Nadie abandona la ciudad una vez iniciado el ingreso.
Ezequiel asintió.
No hubo respuesta. Ni gesto, ni devoción. Solo aceptación mecánica.
Siempre termina igual, pensó.
Cerrar rutas. Llamarlo voluntad divina.
No discutió. Nunca lo hacía. No porque creyera, sino porque la obediencia seguía funcionando, incluso cuando la fe ya no estaba presente. Eso era lo que más le inquietaba… aunque no lo formulara.
Lucius se volvió hacia el campamento.
—Ahora, mis hijos —dijo, elevando la voz lo justo para atravesar el murmullo de las oraciones—, comenzaremos con la cacería de los sectarios.
Las palabras no encendieron júbilo.
Encendieron dirección.
—Enfrentaremos al señor demonio que han invocado —continuó— y romperemos a los herejes que decidieron cambiar su fe.
Canon no reaccionó.
Herejes, sectarios, demonios.
Términos intercambiables si el resultado es eliminación.
Naqam sí registró la frase.
Romper, pensó. No purificar. No salvar.
Lucius ya había aceptado lo inevitable, aunque aún lo envolviera en lenguaje sagrado.
Ezequiel cerró los ojos un instante.
No para rezar.
Para aislar el sonido.
Si todo esto termina igual…, pensó, pero no completó la idea. Algunas conclusiones aún eran demasiado costosas.
Lucius dio la señal final.
El movimiento comenzó.
Las oraciones se apagaron una a una, reemplazadas por el sonido de armas ajustándose, pasos alineándose, respiraciones contenidas. La ciudad fantasmal permanecía inmóvil, como si esperara.
La cacería había sido autorizada.
No por Dios.
Por procedimiento.
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