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BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 98

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  4. Capítulo 98 - Capítulo 98: Ecos de los pasos fríos
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Capítulo 98: Ecos de los pasos fríos

Las campanas no repicaron.

Golpearon.

Un único tañido atravesó la ciudad como un eco de sentencia. El sonido, profundo y resonante, se deslizó entre las paredes de las casas, penetrando en cada rincón y reverberando en los huesos y recuerdos de quienes lo escuchaban.

La familia permanecía paralizada en el centro de su hogar, el aire cargado con una amenaza palpable.

El padre, moldeado por años de miedo, dio un paso hacia la puerta, impulsado por un instinto de protección. La madre, en un movimiento instintivo, abrazó a sus hijos, apretándolos contra su pecho. El más pequeño, con voz temblorosa, hizo una pregunta que se perdió en el silencio aterrador.

Llegó el segundo tañido, acompañado de pasos.

No eran pasos de pánico, no había gritos.

Eran pasos alineados, firmes, como un metrónomo de sentencia; cada golpe contra el suelo hacía vibrar la madera de la casa y el corazón de la familia.

Golpes secos resonaron contra la madera de la puerta. No eran llamadas ni advertencias, eran presagios de lo inevitable.

La puerta cedió.

Los clérigos entraron, seguros de que el lugar ya les pertenecía. Sus miradas eran vacías, desprovistas de curiosidad, como si todo lo que había dentro fuera solo un objeto más en su misión. Las armas, preparadas, pero no levantadas, transmitían un mensaje claro: la violencia era una opción ya contemplada, no una amenaza lejana.

—Fuera —pronunció uno, con un tono carente de emoción, como si diera una orden habitual.

El padre intentó protestar. Solo una palabra surgió de sus labios, pero fue bloqueada por un empujón que lo lanzó contra la pared. La madre gritó. Los niños lloraron. Las manos enguantadas separaron cuerpos con la precisión de un cirujano, sin furia, solo con la frialdad de un procedimiento.

En la calle, la ciudad se había transformado.

Antorchas alineadas marcaban el camino. Clérigos formaban corredores, arrastrando y empujando a los vecinos. Nadie osaba desviar la mirada; cada mirada se encontraba con una lanza, una espada o el cañón de un arma sagrada.

La plaza central brillaba, iluminada como un escenario sin público.

Allí, los separaron.

Niños a un lado. Hombres al centro. Mujeres y ancianos al otro.

El silencio caía, pesado, cortante.

La madre intentó seguir a su hijo mayor, pero una mano la detuvo, no con violencia, sino con una autoridad que heló su sangre.

Entonces, apareció ella.

La mujer caminó hacia el centro de la plaza con calma quirúrgica que desafiaba la lógica. Su postura era impecable y sus pasos precisos; cada movimiento estaba calculado, parte de un procedimiento frío y metódico. Su rostro mantenía un gesto cordial, suficiente para que la esperanza se convirtiera en inquietud.

—Buenas noches —dijo, con una voz clara y medida—. Lamento profundamente las molestias ocasionadas.

El silencio se expandió, pesado y tenso.

—Entiendo que esto debe resultar incómodo —continuó—. Confuso, incluso. Les agradezco su cooperación anticipada.

Una chispa de esperanza iluminó brevemente los rostros de algunos.

Fue un error fugaz.

—Haremos unas preguntas simples —anunció Canon—. No requieren reflexión, solo honestidad.

No desvió la mirada; cada gesto era medido, cada paso exacto, dejando claro que nada en la plaza podía alterar su ritmo.

—No explicaré las consecuencias —añadió—, aprenderán observando.

La primera pregunta cayó como un martillo.

—¿Han visto reuniones nocturnas fuera de los horarios permitidos?

Un hombre, temeroso, negó con la cabeza, respondiendo demasiado rápido.

—Incorrecto —respondió Canon, y sin señalar al hombre, fijó su mirada en una niña.

Dos clérigos la tomaron de los brazos y la arrastraron; su confusión gritaba mientras llamaba a su madre, quien perdió la voz en una súplica desesperada.

Se inclinó hacia la niña, midiendo cada reacción.

El disparo resonó, seco y preciso; vibró en los huesos y en el pecho del padre, mientras un hilo de humo subía, mezclado con el olor acre de pólvora y sangre, y el grito sofocado de la niña quedaba atrapado entre la tierra y el aire.

La niña cayó.

Enderezándose, avanzó sin que la emoción alterara su ritmo; cada movimiento era exacto, mecánico, casi clínico.

—Siguiente pregunta.

Los cuerpos se congelaban. Ni un susurro, ni un movimiento.

El silencio cayó como un yunque sobre los hombros de todos, aplastando cada respiración, haciendo que el aire pareciera imposible de mover.

Las preguntas continuaron.

Cada respuesta vacilante tenía un precio. Una niña fue llevada frente a Canon; un disparo seco y cayó. Una mujer de mediana edad dudó, y su silencio bastó para que la siguieran. Canon variaba sus elecciones, como un científico ajustando un experimento.

—¿Escucharon cánticos? ¿Permitieron el ingreso de extraños? ¿Ocultaron símbolos?

Cada respuesta recibía un disparo, cada elección de víctima era meticulosamente calculada.

El aire parecía haberse espesado dentro de la familia. La madre apretó a sus hijos, pero su corazón golpeaba sin consuelo. Los niños callaron, petrificados, y cada disparo resonaba en sus huesos. El padre, impotente, comprendió la regla: no habría explicación, solo cumplimiento o muerte. Su mente se fragmentaba mientras observaba.

Canon dio un paso más.

—Gracias por su paciencia —dijo—. Están colaborando de manera ejemplar.

Nadie se atrevió a contradecirlo.

Ya no eran interrogados.

Estaban siendo procesados.

Canon se movía entre los clérigos, cada respiración medida, cada gesto exacto. La plaza era un instrumento afinado, tensa en su espera. Todo murmullo, todo ruido se filtraba a través de su atención implacable.

—Quiero una respuesta clara —dijo, con un tono casi amable—. Díganme lo que han visto en la ciudad.

Un mercader, sudoroso y tembloroso, dio un paso al frente. Su relato, torpe pero claro, describía un grupo encapuchado.

Un detalle lo traicionó: pidió piedad.

Canon lo observó, midiendo cada temblor en su cuerpo. Su mano permanecía firme al entregar el arma al niño, suficiente para que el terror se asentara sin palabras.

—Clérigos —ordenó—, tómenlo.

El mercader retrocedió, buscando una salida en los ojos de la multitud; su respiración se aceleraba, cada inhalación temblorosa como si pudiera delatar su destino, mientras Canon avanzaba un paso, movimientos exactos y calculados.

—Ahora dime, ¿dónde está tu familia?

El mercader no respondió. La sombra del miedo lo paralizaba más que cualquier golpe.

Canon giró hacia los niños. Tomó a uno al azar, levantándolo con delicadeza, como si sostuviera un objeto frágil.

—Toma esto —dijo, entregándole su arma—. Ahora decide: ¿tu vida o la de él?

El disparo resonó. El mercader cayó, un hilo de sangre mezclándose con su último aliento. El niño estalló en llanto, sus ojos fijos en Canon, murmurando: “Monstruo…”

Los niños contenían el aliento; sus pequeñas manos se crispaban, los dedos blancos de tensión. Cada temblor de la mujer hacía vibrar sus estómagos, un martillazo que parecía retumbar en sus huesos.

—Si tienes razón —susurró—, eso soy.

Sin vacilar, la daga descendió, exacta, terminando la sentencia frente a todos.

—Pero ustedes —continuó—, ustedes lo permitieron.

Cada movimiento era procedimiento, no crueldad gratuita. La plaza, llena de miedo, era su escenario. Cada mirada aterrada reforzaba la obediencia obligatoria.

Canon recorrió la fila de ciudadanos, evaluando el siguiente movimiento. La lección ya estaba dada; no necesitaba comprobar el efecto del niño.

Su atención se centró en la plaza.

El silencio no era vacío; era obediencia forzada.

—Necesito un guía —dijo—. Alguien que sepa dónde se reúnen.

Nadie respondió.

Canon asintió, anticipando el silencio.

—Perfecto —continuó—. Entonces elegiré yo.

Sus ojos recorrieron la multitud, buscando reconocimiento, buscando a quien hubiera visto algo y sobrevivido en silencio.

Se detuvo.

Un hombre de mediana edad bajó la mirada demasiado tarde.

—Tú —dijo Canon.

Dos clérigos lo sacaron de la fila. No gritó, no se resistió. Su cuerpo ya actuaba en piloto automático.

Canon se colocó frente a él, respetando una distancia casi educada.

—No te estoy acusando —dijo—, te estoy utilizando.

El hombre tragó saliva.

—Y para que quede claro —añadió—, si mientes, no mueres tú primero.

Hizo un gesto hacia las filas.

—Mueren ellos. En orden. Lento.

El hombre alzó la vista, tembloroso.

—Y si dices la verdad —continuó Canon—, caminarás delante de nosotros. Eso es todo lo que puedo ofrecerte.

No protección, no perdón, solo tiempo.

—¿Entendido?

El hombre asintió, desesperado.

—Ahora —dijo Canon—, muéstrame dónde viste las antorchas.

El guía, tembloroso, señaló hacia el interior de la ciudad.

—Hay un camino secundario. No está marcado. Las casas lo ocultan.

—¿El centro? —preguntó Canon.

—Más abajo —respondió el hombre—. Bajo la ciudad vieja. Donde el suelo suena distinto.

Canon avanzó, midiendo cada paso.

—Perfecto —dijo—. Caminas primero.

Canon lo siguió, cada paso medido, calculado, como un reloj que no podía fallar.

La plaza quedó atrás, silenciosa, temblando por lo que acababa de ocurrir.

—Ahora —ordenó sin alzar la voz—, háganse cargo de los herejes.

Los primeros disparos rompieron la quietud, precisos y controlados. La ejecución comenzaba.

No miró atrás, confiando en que la orden había sido comprendida.

El primer disparo sonó, seco, aislado, como un mero ensayo.

El segundo siguió sin esperar eco.

Luego vinieron más.

Cada caída retumbaba en la plaza, entre el olor acre de pólvora, el sudor de los vivos, y el crujir de la madera que sostenía a todos. Un eco que hacía temblar los muros de piedra y el corazón de los que sobrevivían.

Canon no aceleró el paso.

El ruido de los cuerpos cayendo quedó atrás, mezclado con llantos que se apagaban demasiado pronto como para convertirse en súplica.

La plaza ya no era un lugar de encuentro; era un cadáver de piedra y fuego, impregnado de miedo, cada eco de llanto un recordatorio de lo que habían perdido.

La cacería continuaba, y la plaza quedaba impregnada del miedo de los que habían sobrevivido, temblando incluso en silencio, como un corazón que aún late bajo la nieve del horror.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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