BENDECIDOS POR BELIAL - Capítulo 99
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Capítulo 99: Cordero a los ojos de Dios
El padre yacía de lado, su respiración entrecortada y errática, un esfuerzo que ya no obedecía a su cuerpo desgastado. El suelo, frío y húmedo, parecía estar vivo, como si la ciudad misma contemplara su derrota con una mirada silenciosa. No recordaba haber caído; solo el impacto y la incapacidad de levantarse. Cada intento terminaba en un temblor inútil, un cruel recordatorio de su fragilidad.
Buscó a sus hijos con la mirada.
Los encontró de inmediato.
No se habían movido. No porque no quisieran, sino porque no sabían cómo. El mayor sostenía al menor por los hombros, un gesto frágil que intentaba contener el terror que se avecinaba. La niña lloraba en silencio, sus ojos abiertos como puertas a un mundo que ya no existía.
Quiso pronunciar sus nombres. Solo un hilo de voz logró escapar de sus labios, pero se ahogó en el miedo que lo atravesaba.
El aire dejó de obedecer. Cada intento de respirar era una negociación perdida.
Un clérigo avanzó entre las filas, sin prisa, sin emoción. Para él, el hombre en el suelo ya era irrelevante; solo contaban los vivos que debían aprender la lección. Su mirada se detuvo en el niño más pequeño, el que aún no comprendía por qué lo empujaban hacia adelante.
El padre intentó alzar la mano, pero solo los dedos respondieron, temblorosos e inútiles.
El clérigo se inclinó. No habló, no explicó. Repitió el movimiento sin vacilar. No miró el resultado. No era necesario.
El niño apenas tuvo tiempo de girar la cabeza, buscando en los ojos de su padre un destello de protección. Sus miradas se cruzaron.
Por un instante, el padre creyó que aún podía hacer algo. Que bastaba con mirarlo, con estar allí, con seguir siendo su padre un segundo más.
Y entonces, el cuerpo del niño se desplomó. No hubo ruido. No hubo advertencia.
El mayor gritó, un sonido quebrado que se perdió en la inmensidad de la plaza. La niña cerró los ojos, buscando un refugio que no existía.
El padre sintió que algo se rompía, no en el pecho, sino en un lugar más profundo, más antiguo, donde ya no había palabras, solo un vacío que devoraba su voluntad. El mundo se redujo a esa imagen final: hijos separados, uno inmóvil, los otros condenados a recordar.
La oscuridad llegó sin ceremonia, como si la ciudad contuviera la respiración.
El clérigo, meticuloso, limpió la hoja contra la túnica, indiferente a la vida que acababa de arrebatar. Cada acción suya era una herida en la realidad, un recordatorio de que la guerra había comenzado y que nadie estaba a salvo.
El padre comenzó a mirar a su alrededor, intentando trazar un hilo de esperanza. No encontró ninguno. Solo risas frías y huecas que atravesaban la plaza como cuchillas.
Lucius apareció primero, su paso medido, su sonrisa un filo. —¿Por qué dejaste rienda suelta a Canon? —preguntó Naqam, rabiosa, deseando entrar primero. —Ella no siente miedo —replicó Lucius, como si explicara algo obvio—. Tú sí.
Lucius observó al hombre que aún luchaba por mantenerse con vida. Esa niña aún no entendía la piedad. Ya aprendería.
Tomó al hombre del cabello, alzó su cabeza y lo fijó en su mirada. —Primera lección en la guerra —dijo—. Cualquiera que sufra debe ser enviado con nuestro señor. Así sentirá gozo en el cielo.
Lucius cortó la garganta del hombre con un movimiento frío, casi ceremonial. Luego, con la misma precisión, juntó las manos y comenzó a rezar: —Padre nuestro, recibe a este humilde cordero que se desvió del camino.
In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amén.
El padre, temblando, comprendió que no era un acto aislado. La plaza entera era un ensayo de terror, un aviso: la guerra había comenzado. Cada risa, cada gesto calculado, cada muerte silenciosa era un recordatorio de que nadie estaría a salvo, ni por un segundo.
En ese momento, un guardia apareció frente a Buer, tambaleándose con pasos vacilantes. Sus ojos estaban vidriosos, brillando con el reflejo de la antorcha más cercana, y su rostro pálido parecía el de un niño que había visto demasiado. La mano que sostenía la espada temblaba, no por cansancio, sino por el impacto de haber contemplado el final de todo lo que conocía.
—Mi señora… —dijo con la voz quebrada, como si cada palabra le costara un esfuerzo titánico—… traigo noticias.
Se detuvo un instante, tragando saliva mientras su mirada se clavaba en el suelo, y luego continuó, incapaz de levantar la cabeza: —Ellos… ya entraron.
Un frío pesado recorrió la habitación. Buer lo observaba, inmóvil, y todo el aire pareció contraerse.
—Todas las personas… todos los que vivían como allegados de la ciudad… —el guardia apenas lograba articularlo—… están muertos.
El mundo pareció detenerse un instante, pero luego continuó su caída: — Fue… una masacre. Y no hubo perdón. —El guardia cerró los ojos, como si repetirlo pudiera exorcizarlo, pero el sonido de su propia voz lo traicionaba—. No quedó nadie… nadie…
El silencio que siguió no era consuelo, sino amenaza. Cada respiración de Buer se volvió consciente, pesada. La muerte había llegado y dejado su eco en cada palabra del guardia. No era una noticia, era un presagio.
Iston se levantó de golpe.
La silla cayó hacia atrás con un ruido seco que resonó demasiado fuerte en la sala, como si el mundo estuviera demasiado tenso para permitir movimientos bruscos. Su respiración era irregular, los puños cerrados con una fuerza que hacía palidecer los nudillos.
—¡Tenemos que detener la masacre! —dijo—. Ahora. Antes de que llegue a la visión que tuve.
No era una súplica. Era una advertencia.
Belial no se movió de inmediato. Permaneció sentado, el rostro inmóvil, los dedos entrelazados como si ya hubiera calculado esa reacción. Cuando habló, su voz fue baja, medida, casi indulgente.
—No es el momento —respondió—. Necesitamos que se enfrenten al culto primero. Antes de mover cualquier pieza.
Las palabras cayeron como plomo.
Iston lo miró, incrédulo. Sus ojos ardían, no de ira ciega, sino de algo peor: comprensión forzada.
—Entonces… —dijo despacio— ¿vas a dejar que más inocentes mueran?
El silencio que siguió fue pesado, incómodo, cargado de culpa.
Abyllie se adelantó un paso, levantando las manos en un gesto instintivo, como si pudiera interponerse entre la discusión y el desastre.
—Iston, escucha —dijo con urgencia—. Esto no es lo que parece. Mi padre fue estratega. Sé cómo piensa Belial. Él sabe lo que están intentando provocar.
Iston negó con la cabeza.
—¿Provocar qué? —escupió—. ¿Cadáveres? ¿Plazas llenas de sangre?
Lilith asintió lentamente, sus ojos fijos en un punto invisible, como si observara un tablero que los demás no podían ver.
—Este es el momento de esperar —dijo—. Aún no sabemos dónde está Lucius. Y es a él a quien queremos.
El nombre quedó suspendido en el aire, cargado de un peso que nadie se atrevió a ignorar.
Entonces Buer habló.
No levantó la voz. No necesitó hacerlo.
Se llevó una mano al pecho, como si intentara contener algo que amenazaba con romperla desde dentro. Cuando habló, lo hizo con el corazón expuesto, con una gravedad que no admitía discusión.
— Ustedes no conocen… lo que el avatar de Zaphkiel puede desatar.
Iston y Abyllie la miraron.
—Si intervenimos ahora, sin saber dónde está Lucius, sin entender el alcance completo… —tragó saliva— no detendremos la masacre. La multiplicaremos.
Iston apretó los dientes.
La guerra ya había comenzado.
La diferencia era que algunos lo sabían… y otros aún creían que podían salvar a alguien sin pagar el precio.
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