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Biology War - Capítulo 121

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121: SIGNAL ███.5: Interludio II 121: SIGNAL ███.5: Interludio II EL PRÍNCIPE Y EL DRAGÓN.

Érase una vez un enorme reino, en el cual vivían seres que habían recorrido una larga historia.

Comenzaron siendo los más débiles entre las especies de su mundo, pero con su esfuerzo pudieron ponerse de pie, lograron crear herramientas, pudieron crear leyes, lucharon contra los demás seres vivos, se reunieron en comunidades, se enfrentaron entre ellos mismos, inventaron naciones, devastaron todo lo que había a su paso.

Ellos se mezclaron, convivieron, se perdonaron, se ayudaron y finalmente se convirtieron en los soberanos de medio mundo.

Ellos se nombraron a sí mismos y al reino en el que vivían todos juntos, Humanidad.

En el otro lado del mundo, también había otros seres que habían llegado a la supremacía de su territorio, casi al mismo tiempo que la Humanidad.

Ambos reinos se encontraron en distintas épocas, nunca se comunicaron, nunca se unificaron, lucharon, pero no hubo ningún vencedor; los otros seres nunca dijeron sus nombres y la Humanidad tampoco hizo lo mismo; aun así, los llamaron Sombras.

A diferencia de los humanos, que eran bastante similares los unos con los otros, la Sombra era una especie compuesta por criaturas de diversas formas y tamaños; sus únicas características en común eran la oscura tonalidad de su cuerpo y las luces con infinidad de colores que provenían desde sus interiores, escapándose por sus ojos y fauces.

Ambos reinos terminaron conviviendo en una fría indiferencia; la Humanidad no iría jamás al reino de las Sombras y las Sombras no mirarían siquiera en la dirección de la Humanidad.

Al final, las Sombras se convirtieron en un simple cuento para asustar a los niños que no querían obedecer a sus padres.

La existencia de las Sombras permaneció con frases dichas como: “Si no te comes todas tus verduras, vendrá alguien del reino de las Sombras y te comerá”.

“Si no te bañas adecuadamente, te convertirás en alguien de aquel reino”.

“Duérmete temprano para que no aparezcan”.

“Si sigues comportándote de esta manera, tendré que dejarte en la frontera del mundo”.

Incluso el Rey de la Humanidad habrá dicho alguna de esas frases a su hijo cuando solo era un pequeño, así como él mismo las habrá escuchado de su padre en el pasado.

O esos son los rumores que se comentaban por las calles del reino.

Sin embargo, la realidad era que el Rey jamás había dirigido una sola palabra a su vástago.

El Príncipe solamente tenía recuerdos de su padre como una figura distante y realmente nunca se había referido a él de esa forma; durante su infancia, siempre lo llamó como su majestad, aunque nunca hubiera recibido una respuesta.

Ahora que estaba a un paso de la adultez, esta situación no había cambiado.

Aun así, el Príncipe no necesitó de su padre para tener un crecimiento ejemplar, todo gracias a los sirvientes del castillo y, sobre todo, al Caballero más cercano a su padre y también el más leal a la difunta Reina.

El Caballero siempre llevaba su armadura de un suave tono blanquecino, el cual ya era imposible no reconocer para el Príncipe.

La vida en el castillo, el reino y el mundo había sido tranquila los últimos 17 años, pero todo eso cambiaría un día como cualquier otro.

El Príncipe fue llamado a la sala del trono y en él vio a su padre con la misma inexpresión que siempre lo había caracterizado.

A su lado derecho se encontraba el Caballero, mientras que al lado izquierdo del trono había una piedra con forma triangular y de un profundo color negro.

Aquella piedra había estado en ese lugar desde que el Príncipe podía recordar.

Cuando el Príncipe tenía 5 años, la piedra era más grande que él; cuando cumplió los 10 años, tuvieron la misma altura y, en la actualidad, el joven debía inclinar su cabeza hacia abajo si estaba de pie justo frente a ella.

El Príncipe siempre se había visto atraído hacia aquella extraña piedra y el día de hoy no era la excepción.

Sus ojos se encontraban totalmente detenidos en aquella figura.

“Tetraedro”, el nombre que le habían enseñado para llamar a las cosas que tenían esa forma, pero apenas pudo pronunciar esa palabra en su mente, su atención fue rápidamente desviada.

Algo acababa de suceder, un acontecimiento que el Príncipe jamás se habría esperado que llegaría a pasar.

“Esta semilla, ahora te pertenece” El Rey miraba a su hijo, el cual estaba atónito por las palabras que acababa de decir.

El joven miró en todas las direcciones; además del Caballero blanco y su padre, había otras dos personas en los costados de la habitación: el Caballero, con una armadura negra, que, a diferencia de su compañero, había interactuado poco o nada con el Príncipe a lo largo de su vida.

También estaba el Mago, pero su relación con el Príncipe no era diferente a la del Caballero negro.

A pesar de que había otras tres personas acompañando a la persona sentada en el trono y al joven frente a él.

El Rey le había dicho aquellas palabras a su hijo.

Entonces el Mago tomó aquel objeto que había sido nombrado como semilla para ponerla justo enfrente del Príncipe arrodillado y confundido.

“Cuida de ella y ella cuidará de ti.” No hubo más palabras que salieran de la boca del Rey con el objetivo de ser escuchadas por el Príncipe.

El Príncipe caminó en total silencio por los pasillos del castillo con la semilla entre sus brazos.

La semilla no era ni muy pesada ni muy liviana; sus bordes y caras eran lisas, por lo tanto, costaba un poco agarrarla de una manera segura.

Incluso podría llegar a generar una sensación de incomodidad para quien la llevara, pero el Príncipe no pensó en nada de eso; lo único que revoloteó por su mente en ese día fueron las palabras de su padre.

Al día siguiente, el Príncipe observaba el objeto sentado en los jardines del castillo.

Su padre la había llamado semilla, así que pensaba que una planta nacería de ella en algún momento.

Incluso su mejor amigo de cabellos rubios le había sugerido enterrarla bajo tierra, pero tomando en cuenta el tamaño de la misma, sería mucho trabajo, así que el Príncipe se limitó a dejarla bajo los rayos del sol y simplemente la observó.

Observó y observó y observó; desde distintos lados, en diferentes posiciones y con diferentes tipos de miradas.

Sin importar cuánto el sol y las nubes se desplazarán por el cielo, la semilla no mostraba ningún tipo de cambio.

Había permanecido como un objeto inalterable los últimos 17 años o incluso más y hoy tampoco mostraría una imagen diferente.

Cuando finalmente cayó la noche, el Príncipe, que no se despegaba de la semilla en ningún momento, la llevaba en brazos después de haber degustado su cena.

Mientras caminaba por los decorados y poco iluminados pasillos, se detuvo de repente a apreciar la luna que brillaba con intensidad a través de un elegante ventanal.

El joven simplemente devolvió su mirada a la luna, como si esta misma lo estuviera observando a él mismo en primer lugar.

Sus ojos celestes no reflejaban la gran curiosidad que albergaba.

El desconocer el interior de la semilla era algo que atormentaba su mente y sería una vorágine que no cesaría hasta que finalmente pudiera conocer la respuesta.

Entonces, cuando este se encontraba ignorando, pero aún meditando sobre el objeto en sus brazos, logró sentir una sensación diferente.

Un tenue hormigueo recorrió sus extremidades.

Algo imposible para la superficie ausente de irregularidades punzantes que poseía esta semilla.

El Príncipe se movió con paso apresurado a sus aposentos; no estaba seguro de lo que sucedería, pero sin duda esta piedra negra finalmente cambiaría de algún modo.

Aunque tan solo llevara poco más de un día con ella en su posición, en el fondo había esperado este momento casi toda su vida.

Finalmente, en medio de las sombras de la habitación y la luz exterior que se filtraba por los ventanales, aquella semilla comenzó a desquebrajarse, dejando escapar polvo negro y fragmentos por el aire.

Con sus ojos totalmente fijados en ese suceso, el Príncipe logró vislumbrar la sorpresa que estaba oculta en el regalo de su padre.

Las manos se estiraron, la cola se retorció, las patas intentaron erguirse junto a la espalda y finalmente la cabeza se inclinó en dirección del humano.

El Príncipe retrocedió por instinto; aunque el Rey nunca le había contado algún tipo de historia, para él no eran desconocidas aquellas fábulas sobre criaturas oscuras que vivían en un lugar muy lejano.

La pequeña sombra se arrastró con sus desproporcionadas manos y sus patas terminadas en garras.

Se acercó lentamente y el Príncipe dudaba si debía retroceder más o dejarse vencer por la curiosidad y presenciar lo que haría aquella criatura mitológica.

Cuando la cabeza adornada por tres cuernos entró en contacto con el brazo del humano, él no pudo evitar dar un pequeño brinco, pero al ver que la sombra simplemente se frotaba con su extremidad, finalmente dejó sus temores de lado y se dejó invadir por un sentimiento de ternura.

No obstante, esto no fue algo que durara demasiado, debido a que la sombra abrió sus fauces con dientes afilados y los incrustó en el brazo del Príncipe.

Él dejó escapar un grito más de sorpresa que de dolor y, mientras intentaba empujar a ese depredador de su comida, este finalmente abrió sus ojos.

Una tenue luz de color celeste se filtró desde los dos agujeros a los costados de su cabeza e incluso este mismo brillo comenzó a mostrarse desde el interior de sus fauces.

Al Príncipe no le quedó ningún tipo de duda de cuál era la identidad de ese ser que había nacido de la semilla y se propuso darle un fuerte golpe con su mano libre; sin embargo, sus fuerzas estaban abandonando su cuerpo lentamente y, cuando estaba por perder el conocimiento, una criada abrió la puerta.

Atraída por la voz que había resonado, la mujer se adentró en los aposentos del Príncipe y, en el momento que vio a aquel ser oscuro aferrado al brazo del joven, dejó salir un grito mucho más fuerte del que se escuchó con anterioridad.

La sombra, aturdida y asustada por la voz de la criada, soltó el brazo del humano y comenzó a correr por la habitación dejando un desastre a su paso.

Rasgo las cortinas; los muebles y el guardarropa fueron destrozados con una increíble fuerza para su tamaño.

Aleteo fuertemente las manos negras que casi nacían desde su lomo y poco a poco su cuerpo comenzó a elevarse cada vez más por los aires.

En el momento en que los guardias también entraron en la habitación, la sombra logró revolear brevemente por el techo antes de atravesar uno de los ventanales, dejando detrás de sí una senda de cristales rotos.

El Caballero blanco llegó poco tiempo después y se acercó de inmediato al Príncipe tendido en el suelo.

El joven de cabellos cenizos se apoyó sobre él para incorporarse; simplemente observó a través del ventanal roto e ignoró el pequeño caos que formaban las confundidas y atemorizadas personas alrededor de él.

No lograba procesar bien lo que acababa de suceder, pero, aun así, una decisión emergió desde lo más profundo de su ser.

A la mañana siguiente, el Príncipe, con sus fuerzas recuperadas, habló con su adinerado y Noble amigo de la infancia para pedirle su ayuda.

El chico de personalidad inquieta accedió a acompañarlo en esta aventura y ambos lograron escaparse a las afueras de la ciudad.

Se adentraron en el bosque más cercano, hacia la misma dirección en que aquella sombra había huido la noche anterior.

Caminaron atravesando las hierbas y evitando a los animales que pudieran representar un peligro; al pasar las horas, el Príncipe comenzó a pensar que debían regresar.

No es que pensara que el Rey se preocuparía por él y mandaría a buscarlo, pero el Caballero blanco era un asunto diferente.

El Príncipe estuvo a punto de avisarle a su amigo del cambio de planes, pero entonces escuchó un sonido proveniente de los arbustos.

Podría ser una criatura inofensiva o alguna peligrosa, pero aun así el Príncipe decidió averiguar de qué se trataba confiando en el presentimiento que había nacido en ese momento.

Entonces, logro vislumbrar a aquella sombra en medio de las plantas.

Ahora se encontraba apaciguada y mostraba debilidad, al igual que cuando recién había emergido de la semilla.

El Príncipe dudó en acercarse más; aun así, pensó nuevamente en las palabras que se habían grabado fuertemente en su memoria.

“Cuida de ella y ella cuidará de ti.” Aquel de cabello gris se acercó a la criatura negruzca; su amigo adivinó sus intenciones e intentó detenerlo.

El Príncipe lo evitó y cargó a aquella cosa nacida de la semilla como si fuere un cachorro; el ser con una silueta similar a un reptil levantó su cabeza.

Ambos ojos celestes se encontraron y, poco después, los dientes de la sombra se incrustaron en el hombro del joven.

El Noble de cabello rubio se alteró por la escena que había frente a él; no obstante, el otro muchacho negó con la cabeza y tranquilizó a su acompañante.

Cuando comenzó a sentir cómo sus fuerzas se desvanecían poco a poco, entendió que de esta forma la criatura se alimentaba; al igual que los otros seres vivos que poblaban este mundo, esta sombra no era diferente a los demás.

Después de que la sombra de desproporcionadas extremidades terminó de alimentarse, el Príncipe se recostó bajo las sombras de los árboles para poder descansar.

Y aunque el extraño animal se encontrara satisfecho, no se separó del muchacho; sin duda, esa conexión que siempre había sentido por la piedra negra ahora era recíproca, o puede que hubiera sido de ese modo todo este tiempo.

Cuando el chico de ojos azules se recuperó, ya había caído la noche y las estrellas brillaban sin impedimentos.

Sin duda alguna, sería el momento en el que ambos jóvenes deberían regresar si no querían meterse en serios problemas; sin embargo, el Príncipe tendría otros planes en mente.

Habiendo escuchado la historia de la Humanidad y las Sombras, era obvio pensar que ambas civilizaciones eran incompatibles la una con la otra.

Cada reino había definido una frontera y un status quo que había permanecido durante un largo tiempo, entonces la opción más clara en la mente del Príncipe no fue otra que llevar a aquella pequeña e indefensa sombra a donde pertenecía.

Incluso si no tenía del todo seguro la razón por la cual su padre tendría la semilla o, más bien, el huevo de uno de esos seres, en ese momento supuso que esto sería lo mejor que podría hacer para “cuidarla” tal y como se le había ordenado.

Aquella noche, el sucesor de la corona, aquel que debería reinar a la Humanidad en un futuro, decidió embarcarse en una arriesgada cruzada hacia los confines del mundo que todos conocían.

Su fiel amigo, al saber que no podría revertir la decisión que se había tomado, insistió en ser un acompañante y guardián del Príncipe; aun así, esa opción también fue descartada.

Incluso si era el plan más imprudente y arriesgado que le podría ocurrir a alguien, aún más para alguien del estatus del joven de cabello gris.

La voluntad inquebrantable en su corazón se podía apreciar en su mirada; no había nada que el rubio pudiera hacer ante eso, simplemente jurar ante su futuro rey con todo su ser.

“Si llegases a necesitar un salvador, sin duda alguna estaré ahí para ti.” El Príncipe guardó en su alma aquella promesa junto a las palabras del Rey.

Ahora su objetivo estaba claro: cumpliría con la misión de devolver a la sombra a su hogar y después de eso él regresaría al suyo sano y salvo, costara lo que costara.

Cuando el sol volvió a aparecer en el horizonte, no quedó rastro alguno del Príncipe y la sombra.

Por su parte, el Noble guardó aquellos acontecimientos como un secreto que jamás sería revelado.

Día tras día, noche tras noche, el Príncipe avanzó por todos los territorios que le pertenecían a la Humanidad; a veces podía darse el lujo de tomar diversos trabajos en aldeas y demás asentamientos humanos para poder financiar su viaje.

Aunque también debió cruzar densos bosques, vastas llanuras e incluso varias montañas con caminos inhabitados.

En esos casos, el entrenamiento que había recibido desde muy pequeño resultó ser algo totalmente fructífero.

Con su diestra esgrima podía cortar cabezas de serpientes que poseían hasta ocho de ellas; con la magia relampagueante que había estudiado, logró derrotar a feroces manadas de monos.

Contando con estas habilidades, ni siquiera los aterradores artrópodos gigantes pudieron arrebatarle la vida.

Incluso si llegaba a resultar herido o al borde de la muerte, aquella sombra que había sido tan pequeña y dependiente de él se había fortalecido, convirtiéndose en un valioso aliado y protector.

Esto resultó ser de una gran ayuda, pero también comenzó a ser un inconveniente el exponencial crecimiento de la criatura.

Cada vez sería más difícil ocultar a aquel ser y, por ende, buscar alojamiento en poblaciones muy grandes se convirtió en algo casi imposible.

A pesar de esto, la fortuna siempre puede terminar llegando tarde o temprano.

En el momento en el que el Príncipe debía atravesar el infinito mar que se interponía en su viaje, un amable Marinero de cabellos rojos accedió a embarcar al joven y a su gran acompañante.

Durante el trayecto, que duró varios días, también se enfrentaron a diversas amenazas, incluyendo a un monstruoso Kraken negro que podía hundir el navío sin problemas.

Aun así, lograron superar esa gran prueba gracias al esfuerzo conjunto de todos los tripulantes; por supuesto, la sombra voladora estaba incluida.

Un par de días después, la costa se encontraba a la vista y el viaje hacia la frontera del reino de la Humanidad estaba cerca de terminar.

No obstante, el Príncipe decidió resolver una preocupación que estaba ignorando hasta que ya no pudo hacerlo más.

El largo viaje que había experimentado hasta ahora había estado lleno de numerosos encuentros, algunos más favorables y otros completamente aterradores.

Entre los más inquietantes de todos, habían sido criaturas feroces como aquel Kraken y, más concretamente, aquellos de tonalidad negruzca.

El Príncipe no quería creerlo; de hecho, para él iba en contra de toda lógica y entendimiento que realmente llegara a haber Sombras en el reino; de ser el caso, todo lo que le habían enseñado a la gente durante generaciones sería incorrecto.

Decidió hablarlo con el Marinero y este le dio la respuesta que no quería escuchar.

En su larga trayectoria como lobo de mar y aventurero, había comprendido que aquellas criaturas fantásticas no solamente eran reales, sino que caminaban por este reino, apartadas o rechazadas por la Humanidad.

Inclusive decidió advertir al Príncipe justo antes de desembarcar.

“En la frontera, la línea que separa a la Humanidad y las Sombras es totalmente difusa.” A pesar de esto, el Príncipe no flaqueó en su convicción y se despidió de la tripulación, continuando su camino junto a la enorme sombra, que, llegados a este punto, tenía el tamaño y la fuerza suficientes para llevar al joven sobre su lomo.

Con esta montura aérea, el resto del viaje fue sumamente corto.

Sin embargo, cuando ambos estuvieron a un solo paso de llegar al límite entre ambos reinos, una sombra se plantó como un obstáculo.

Una oscura figura humanoide de brillantes ojos rojos; no había otra forma de llamarla que Vampiro.

Aquel ser le dio una cruenta batalla al Príncipe; ni siquiera con la ayuda de la sombra fue fácil derrotar a ese monstruo que solamente quería devorar hasta la última pizca de energía de sus cuerpos.

Al final, el Príncipe logró salir victorioso, pero el precio que tuvo que pagar a cambio fue demasiado para él.

El Príncipe se encontraba con vida, aunque él dudaba de estarlo.

Por lo menos no podría sentir que lo estuviera; en el estado en el que se encontraba, era fácil de entenderlo.

Ahora estaba totalmente perdido en un lugar que desconocía por completo, uno en el que jamás habría pensado que podría estar.

En el reino de las Sombras, el Príncipe deambuló sin un rumbo fijo y, para su gran pesar, se había separado de su compañero, a aquel que había prometido proteger siguiendo no solo la voluntad del Rey, sino la suya propia.

Vago y vago, avanzó y retrocedió.

Llegó a desear la muerte como una salida para su interminable problema, pero simplemente continuó caminando hasta llegar a un lugar inhóspito ausente de casi cualquier forma de vida.

Rodeado por incontables piedras minúsculas que no paraban de volar por los aires, atravesando colinas resbaladizas, soportando el incandescente sol, ahí lo encontró.

Un hombre que era uno con el desierto.

Se movía junto a las brisas llenas de arena y de su garganta brillante también salieron palabras de desprecio hacia el Príncipe.

Con un tono arrogante se presentó a sí mismo.

“Yo, que soy el Faraón de estas tierras.

Yo que gobierno este reino junto a los otros líderes.

Yo, que soy el desierto mismo, te prohíbo existir aquí, hijo de la Humanidad.” ¿Cuáles fueron los sucesos que acontecieron esas palabras?

El Príncipe lo desconoce, no se intercambiaron más palabras después de eso, es lo que es seguro.

Más importante aún, el indefenso humano de cabello gris permaneció con vida y siguió atravesando ese desconocido reino.

Sin duda hubo más Sombras como el Faraón que desearon acabar con su vida; no obstante, eso no significó que en su interminable viaje el Príncipe no se haya dado cuenta de que estas criaturas, al igual que su extraviado compañero, no eran más que seres vivos con sus propios razonamientos y objetivos.

Incluso llegó a preguntarse por qué todo este tiempo ambos reinos no habían logrado convivir en armonía, pero la respuesta terminó llegando hacia él.

A diferencia de la difícil odisea a la que se enfrentó en las vastas dunas de arena, había logrado llegar a un territorio totalmente diferente.

La vista que se presentó frente a sus ojos azules no fue otra que la de un enorme jardín, lleno de vegetación, con hermosas flores de diversos colores desperdigadas por todos lados.

En el castillo no había visto nunca una pintura que lograra igualar la belleza de aquel lugar.

Pero para que una belleza así pudiera perdurar, debía tener a alguien que pudiera protegerla y contara con toda la fuerza necesaria para hacerlo.

Entonces, en medio de delicadas y elegantes cintas negras, como rodeada por pétalos de incontables flores, ella se presentó.

“Póstrate y baja tu indigna cabeza.

Ante la Emperatriz, ningún humano se atreverá a ser irrespetuoso.

Puesto que vosotros no sois más que simple ganado para nuestro reino, el simple hecho de estar frente a mí es la mayor afrenta.

Sin importar las muy insignificantes refriegas del Rey, el día de hoy su descendiente abandonará nuestro mundo”.

Ya lo habría comprobado con el Faraón; aquellos que gobernaban el reino de las Sombras eran, sin lugar a dudas, seres fuera de otro mundo.

Quizás en el desierto habría tenido suerte, pero luego de una intensa batalla contra la Emperatriz, el Príncipe tendría casi nulas posibilidades de sobrevivir.

Incluso en esta situación, él aún se preguntaba: ¿Por qué ni siquiera se le permitía poner un solo pie en este reino desconocido?

Y por sobre todo, ¿cómo es que estos líderes que habitan al otro lado del mundo conocían a su padre?

Aquel Rey con el que nunca había conversado, ¿qué era todo lo que podía ocultar?

De cualquier manera, todas esas incógnitas en su cabeza darían igual en el momento en el que su cabeza fuera separada de su cuello.

Sin embargo, esto no llegó a suceder; nuevamente aquel milagro que había sacudido las dunas arenosas volvió a suceder.

Aquella vez un solo instante, pero sus recuerdos regresaron a su mente tras verlo nuevamente.

Una poderosa sucesión de relámpagos fulminó a la elegante sombra humanoide que estaba a unos pocos metros del Príncipe.

Pero esta vez fue diferente que en el desierto.

Una enorme criatura del color del ébano descendió rápidamente.

Su tamaño y parte de su apariencia habrían cambiado, pero la sensación que le dio al Príncipe al verlo es una que nunca podría confundir.

La sombra había aprisionado a la Emperatriz con sus afiladas garras traseras, para posteriormente abrir sus fauces, de cuyo interior emergió un brillo con las tonalidades del firmamento.

La arrogante y pisoteada mujer solo pudo decir una última palabra antes de ser devorada.

“Dragon” El cuerpo del Príncipe terminó cayendo al suelo por el agotamiento.

Aunque estaba algo aterrorizado por lo que acaba de hacer la enorme criatura frente a él, no es como si tuviera las fuerzas para poder moverse de alguna forma.

Entonces, la bestia utilizó sus patas traseras, junto a sus aún más desproporcionadas y gigantescas manos, para acercarse al humano.

Aquel Dragón simplemente usó sus dientes para tomar la ropa del Príncipe y la lanzó sobre su lomo.

El hombre de cabello gris se alegró de que su viejo amigo aún lo recordara; entonces, después de una pequeña siesta, ambos se dirigieron hacia la frontera de ambos reinos; ahora había muchas cosas que tendrían que ser averiguadas.

Mientras sobrevolaban las infinitas tierras del mundo, justo en el momento del amanecer, finalmente vieron lo que alguna vez fue una línea divisoria para ambas civilizaciones y ahora solamente se podía apreciar una cosa.

Guerra.

La Humanidad y las Sombras nuevamente se habrían enfrascado en un sangriento y descabellado conflicto.

Durante todo el recorrido, el Príncipe solamente vio cadáveres de ambas especies manchando las tierras que alguna vez habría recorrido.

Aunque sintiera una desesperante impotencia, lo único que podría hacer era llegar hacia el destino que se había marcado.

Si bien no lo considero correcto, debía apresurarse y obtener todas las respuestas a las preguntas que él pudiera haber tenido desde el día en que nació.

Y así mismo, con la ayuda de su oscuro amigo alado, pudo regresar al sitio que llamaba su hogar.

Aquel castillo que también habría sido víctima de este conflicto global, con sangre de inocentes e incluso despojos de sombras, todo esto decorando la entrada que tantas veces habría cruzado en su vida.

Una vez que descendió junto al Dragón, no fueron recibidos de ninguna forma que se pensaría cuando un Príncipe regresa a su castillo.

La única entidad que hizo acto de presencia fue un Caballero montando un oscuro Corcel; como si estuviera luciendo las pieles de sus víctimas como trofeos, el Caballero negro se habría convertido en un guerrero monstruoso protegido por aquellas criaturas a las que asesinó.

El Príncipe no sabría si no lo reconocía después de tanto tiempo, pero aquel Caballero y su feroz Corcel no le permitirían continuar.

Sin otra opción, el albino y su compañero se dispusieron a abrirse paso por la fuerza, pero en ese momento un cuerpo fue lanzado rápidamente en dirección del negruzco guerrero.

Este lo apartó sin mucho esfuerzo, pero al darse cuenta de que se trataba del cadáver de su compañero el Arquero, fijó toda su atención en la dirección en la que había venido.

Cuando el Príncipe hizo lo mismo, no pudo evitar mostrar una nostálgica sonrisa.

El Noble de cabellos rubios se acercó hacia ellos con su espada desenvainada.

Era este el momento en que la promesa entre dos jóvenes debía cumplirse.

El Noble detendría al Caballero negro y de esta forma el Príncipe pudo adentrarse en aquel edificio que se habría convertido en una mazmorra del terror; durante el camino no vio ni al Mago, ni al Caballero blanco.

Llegados a este punto, no podía desviarse de su camino, pero deseó que no hubiera sucedido otro suceso lamentable.

Finalmente, las puertas de la sala del trono fueron vistas y atravesadas sin demora; en el interior de la enorme sala solo se encontraba una persona.

El Rey estaba en su trono; no habría otro lugar donde debería estar, y sus penetrantes ojos purpuras simplemente se limitaron a observar al Príncipe y el Dragón frente a él.

El hombre de ojos celestes le devolvió la mirada e intentó calmar su respiración; aun sin poder relajar su cuerpo, le hizo una pregunta al hombre en el trono.

“¿Finalmente me concedería el honor de entablar una conversación con su majestad?” El Rey primero levantó su dedo índice y procedió a bajarlo poco después; cuando este movimiento fue realizado, una afilada espada se incrustó en medio de padre e hijo.

Aquella poseía un impoluto blanco como nunca antes se había visto; su filo sin duda podría rebanar lo que quisiera.

No hubo manera de que el Príncipe pudiera adivinar las intenciones del monarca, pero este decidió darle una respuesta.

“Cuida de esta preciada herramienta, así como hiciste con aquella que tienes atrás.” Para sorpresa del hijo, su padre accedió a conversar con él.

Develando todos sus pensamientos, sus maquinaciones y sus objetivos.

Por primera vez en toda su vida, el Rey y el Príncipe pudieron intercambiar más que un par de palabras.

Ahora, ¿de qué fue lo que hablaron?

¿Cuáles fueron los resultados de ese intercambio de pensamientos?

Solamente los cuatro seres vivos que había en esa habitación lo saben.

Lo único certero es que ese gran conflicto causado por el Rey de la Humanidad pudo ser sucedido por un momento de paz.

Con el final de la antigua monarquía, el Príncipe debía reclamar el trono y guiar a la humanidad.

No obstante, este se negó en un principio; aún debía hacer una última cosa.

No estaba seguro de si de esa forma podría resolver todos los problemas del mundo, pero aun así se embarcó en una larga búsqueda a lomos de su preciado Dragón.

Viajaron y viajaron.

Se desplazaron hasta los confines más alejados del mundo, sobrevolando incontables tierras habitadas por todo tipo de formas de vida; finalmente lo encontraron.

En el último rincón de la tierra, donde aún no habría nacimiento ni de la Humanidad ni de las Sombras, pudieron tener una audiencia con aquel ser que había sido mencionado por el Rey, aquella entidad que se proclamaba como el Dios del Mundo.

Descendió desde los cielos, cubierto por un brillo dorado tan intenso como el sol y con sus ojos que eran como esferas de oro; observó expectantemente a sus tres visitantes, el Príncipe, sin temor o respeto, simplemente preguntó.

“¿Está bien que hayamos existido en este mundo?” El Dios separó sus delicados labios; desde su garganta emergieron las palabras que aquellos seres vivos anhelaban escuchar.

“█████████████████████” — — — El libro fue cerrado, sus delicados dedos oscuros dieron una pasada por la portada y entonces ese ser se levantó de su asiento de piedra negra; la cola de su gabardina blanca ondeó junto a su cabello dorado recogido en una atadura.

Miro hacia el exterior de aquella gruta negra, a aquel paisaje de Pandemonium en medio de aquel llano cubierto por montañas prehistóricas.

—Sin duda fue una historia satisfactoria, incluso si es discrepante en varios momentos; quiero ver cuál es la verdadera respuesta final.

¿No tienes tú también curiosidad, Ryota?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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