[BL] Convirtiéndome Accidentalmente en el Sanador del Archiduque Perturbado - Capítulo 320
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Capítulo 320: La jaula perfecta
Darius se sentó al borde de la cama. Con una mano, le acariciaba suavemente el cabello a Xion, humedecido por el sudor, mientras que con la otra aferraba su mano inerte.
El pañuelo que había usado para limpiar la sangre estaba tirado en el suelo sin más. Allen había intentado curar la herida, pero el Archiduque había vuelto a su estado de no permitir que nadie lo tocara.
Había usado un hechizo de curación rudimentario para detener la hemorragia, solo lo justo para mantener a Xion libre de las manchas carmesí.
A Darius ya no le importaba nada más.
Sus dedos se movían en caricias lentas y rítmicas, casi con reverencia. Era el mismo cuidado que se emplearía al tocar reliquias sagradas.
—Estás ardiendo en fiebre otra vez —murmuró, más para sí mismo que para el joven durmiente.
Tras llorar hasta agotarse, Xion volvió a cerrar los ojos con cansancio. Darius estaba aterrorizado de que pudiera caer en coma de nuevo.
En un instante, el Alquimista fue convocado a la alcoba.
Incluso tras examinarlo, Allen seguía sin encontrar el origen del problema.
El pálido rostro de Xion se había tornado rosado, aunque no era el rubor saludable que normalmente lo adornaba.
El ardor de la fiebre le había teñido de rojo el rabillo de los ojos y la punta de la nariz. El aspecto de Xion era absolutamente lastimoso.
—Solo dame un poco de tiempo, Xion —dijo Darius mientras besaba su cálida mano—. No importa si tengo que traer aquí a todos esos malditos “trece ancianos” o no. Te prometo que haré que vuelvas a ser exactamente como antes.
Con cuidado, metió la mano de Xion bajo el grueso edredón, le acercó un paño húmedo a la frente y se lo pasó con delicadeza. Como si demasiada presión pudiera hacerlo añicos.
—Debería haberte mantenido en esta habitación en cuanto te traje aquí. Su voz era suave, pero el arrepentimiento que la teñía tenía un matiz venenoso.
El golpe había sido duro para Xion; para Darius, también.
La única diferencia era que Xion había acabado llorando.
A Darius, en cambio, era mucho más difícil calmarlo. Su corazón de piedra, que solo era tierno con Xion, se había vuelto de algún modo aún más estoico.
Si antes estaba dispuesto a seguir a Xion hasta el último rincón del mundo…, ahora quería hacer pedazos el mundo hasta que cupiera en esta habitación.
Ah, no, ya no era un deseo. Iba a hacerlo.
Quizá la Diosa no lo estaba castigando, sino advirtiéndole. Xion era demasiado valioso como para permitirle vagar solo por este mundo cruel.
Debía mantenerse a salvo por completo. Cada minuto, cada segundo.
—Cuando despiertes, te curaré. Y luego te envolveré en las sedas más suaves y pondré guardias en todas las puertas que se te ocurran. Nadie volverá a tocarte. Nadie volverá a hacerte daño jamás.
Sus labios se curvaron en algo parecido a una sonrisa de suficiencia, aunque era una mueca retorcida.
Como la promesa de un loco, depositó un beso en la sien de Xion justo después.
Era la misma boca que dictaba decretos de guerra sin pestañear.
Ahora, temblaba ligeramente.
—Eres la única razón por la que sé lo que es la calidez. —Otro beso, más abajo, en la punta de su roja nariz—. Solo tú puedes hacer que esté dispuesto a arrancarme los ojos por ti.
Le acunó la mejilla a Xion, rozando con el pulgar justo debajo de las pestañas que ocultaban unos ojos sin vida, que no veían nada.
La humedad seguía allí. Como gasolina, se había derramado sobre la poca cordura que le quedaba a Darius y la había reducido a cenizas.
¿Era porque Xion le había dicho que el azul le sentaba bien o porque era el color de los hermosos ojos de Xion? Darius no sabría decir la razón, pero el azul se había convertido en su color predilecto.
Puede que Xion no se hubiera dado cuenta, pero los tonos pálidos de las paredes e incluso las cortinas eran de ese color.
—Despierta y háblame —su voz se apagó aún más, casi inaudible—. Ni siquiera puedo masacrar a nuestros enemigos como es debido hasta que sepa quién te ha hecho daño.
Al pensar en lo que les habían contado los testigos, un destello oscuro brilló en su mirada apagada.
La falsa santa había muerto, y encima en su territorio.
Al recordar cómo se había encargado Xion de aquellos orcos años atrás, Darius pudo adivinar, más o menos, que esto también era obra suya.
Luego contempló un cuerpo carbonizado, vestido con los restos chamuscados y apenas reconocibles de una santurrona túnica blanca.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se contrajeron visiblemente. Esa arpía se había librado con demasiada facilidad.
Pero la corte real lamentaría su muerte y, sin duda, exigirían que el culpable recibiera un duro castigo.
Conociendo la naturaleza bastante vengativa de Silas, estaba seguro de que intentarían arrebatarle a Xion.
¿Estaba preocupado Darius?
Ahora que lo pensaba, en lugar de preocuparse, de repente se sintió satisfecho. Aquello le había dado la oportunidad perfecta. La oportunidad de meter a Xion en una jaula.
Aunque dudaba que quienes respaldaban a Talia fueran a quedarse de brazos cruzados.
Su Xion era demasiado dulce para entenderlo, pero él no era tan ingenuo.
Con el pequeño Silas como príncipe heredero y muchos príncipes y princesas ilegítimos codiciando la corona como buitres hambrientos, no era difícil adivinar el tipo de infancia que debió de tener Talia.
Darius no se había compadecido de Talia ni una sola vez, ni siquiera cuando era una niña pequeña. Con apenas seis o siete años, ya había aprendido a buscar sus propios apoyos.
Quizá tuvo la buena suerte de que la Archiduquesa a la que eligió la amara de verdad como a una hija. Pero a ojos de Darius, aquello parecía un desastre disfrazado de bendición.
Después de todo, antes de que pudiera siquiera recoger los frutos, su querida madre murió.
Talia había estado acumulando poder bajo la influencia de la iglesia todos estos años. Sin embargo, su objetivo final era otro completamente distinto.
Aunque era inteligente, en esencia, no dejaba de ser una niña. Puede que ella estuviera bailando, pero quien movía los hilos a su espalda era quien decidía los pasos y la melodía.
Y Darius decidió aplastar ese apoyo.
Su mente bullía con formas brutalmente dolorosas de arruinar a alguien.
Y, sin embargo, no detuvo el movimiento de su mano sobre el cabello de Xion. Su tacto seguía siendo suave y controlado. De una forma casi demencial.
Lentamente, él también se tumbó junto a Xion, envolviéndolo con su cuerpo para dar calor al joven que tiritaba.
Darius hundió el rostro en el hueco del cuello de Xion y aspiró su aroma como un moribundo que ansía aire.
El familiar aroma ligeramente herbal con un toque de dulzura lo tranquilizó.
—Si pudiera cargar con tu dolor en mi propio cuerpo, lo haría.
Lo decía en serio. Esa aterradora y posesiva sinceridad impregnaba cada sílaba que pronunciaba.
—Ya no tienes permitido abandonarme —le susurró contra la piel—. No te dejaré.
Mientras tanto, Xion, dormido, se encontró en una dimensión completamente diferente.
—¿Logrará salir con vida? ¿Y si fracasa?
La voz hizo que el ceño fruncido en el delicado entrecejo de Xion se acentuara.
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