[BL] Convirtiéndome Accidentalmente en el Sanador del Archiduque Perturbado - Capítulo 367
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Capítulo 367: Mendigar es amar
—Se tarda casi una hora en llegar a donde viven los sanadores —señaló Xion.
Fue precisamente esta persona autoritaria quien los había hecho vivir tan lejos de los terrenos del castillo.
—Y… y no quiero llevarte conmigo.
Aquello le valió una mirada fulminante.
—¿Por qué? —exigió el Archiduque. La mirada en sus ojos prometía que, sin una buena razón, podría volver a castigar a Xion.
—Los asustarás —resopló el valiente gatito—. No creas que no vi cómo fulminaste con la mirada a ese pobre bardo…
La expresión de Darius se endureció aún más, aunque una sonrisilla burlona asomaba en su boca.
—Sientes lástima por él.
Xion exhaló con exasperación. —¿Por supuesto que siento lástima por él! ¿Es que no puedo sentir pena por alguien a quien acusan injustamente y fulminan con la mirada?
—No. —La respuesta fue tajante, igual que los labios fruncidos del Archiduque.
Y entonces, como para acallar cualquier otra protesta, se dejó caer por completo sobre Xion de nuevo, dejándolo sin aliento.
—¡Pesas demasiado! —jadeó Xion, retorciéndose bajo él.
—Bien —dijo Darius con aire de suficiencia, restregándose contra la suave piel justo debajo de su oreja.
Era como si, sin palabras, le estuviera diciendo: «Concéntrate solo en mí».
Con el peso de Darius oprimiéndolo y su aroma inundando sus sentidos, Xion de verdad que no podía pensar en nada más.
Toda su atención se centró de nuevo en este hombre frustrante y devastador que se cernía sobre él.
Finalmente, tras un largo silencio, Xion soltó un suspiro tembloroso.
—Volveré tan pronto como pueda —prometió—. Y entonces… puedes llevarme a ver el lugar que construiste para la escuela. ¿De acuerdo?
—…¿Les enseñarás personalmente?
Xion sonrió. Como si sus dedos tuvieran vida propia, se deslizaron por el largo cabello plateado de Darius.
—Sí, quiero hacerlo.
Algo en el pecho de Darius dolió al oír eso. Quería que Xion volviera a ser el de antes, alegre, que sonriera sin ninguna carga.
Solo el pensar en aquel rostro bañado en lágrimas cuando Xion perdió sus ojos lo había dejado sin dormir durante noches.
Sus brazos se apretaron alrededor del frágil ángel que tenía debajo.
—…Está bien —masculló con voz ronca—. …Una condición.
—¿Eh?
—Que te comas el almuerzo como es debido.
Unas burbujas cálidas efervescieron en su pecho hasta que Xion no pudo contener la risa.
Darius había sido tan aterrador. Y, sin embargo, todo lo que pedía era que comiera como era debido.
Simplemente no podía enfadarse con esta persona aunque quisiera.
El llanto y la agitación emocional de antes le habían pasado factura a Xion y, sin siquiera darse cuenta, sus párpados se volvieron más y más pesados hasta que ya no pudo abrirlos.
Su mano permaneció sobre la cabeza de Darius.
—Eres tan indefenso —suspiró el Archiduque con impotencia mientras se apoyaba en el codo.
Después de desenredar los dedos de Xion de su cabello, le besó la palma de la mano antes de colocarla a su lado.
No pudo evitar apoyar la barbilla en el dorso de su propia mano y estudiar con concentración a la persona dormida.
Por un lado, se sentía agradecido de que Xion confiara en él lo suficiente como para dormir tan desprotegido a su lado.
Pero había otra parte de él, la parte más oscura que solía mantener bajo llave, que hervía con algo vil.
Quería castigar a Xion.
Por haberlo abandonado. Por haberlo hecho esperar tanto tiempo antes de volver a él. Por atreverse a decir con tanta facilidad que no siempre podría quedarse a su lado.
De verdad que quería ser paciente. Darius deseaba ser tan gentil como Xion le pedía.
Pero las interminables cartas de la iglesia y la realeza —exigiendo saber la verdad sobre la muerte de la Santa Talia— ya estaban poniendo a prueba su compostura.
La oscuridad que había intentado mantener oculta ya empezaba a filtrarse.
Casi había perdido el control antes. Esos labios hinchados y mejillas sonrojadas eran la prueba de su brutalidad.
—¿Qué debería hacer contigo, Xion? —murmuró, dejando que sus dedos se deslizaran por el cuello abierto de su camisa blanca hasta posarse en el pecho desnudo de Xion.
Podía sentir el ritmo constante de su respiración.
—¿Acaso debo encadenarte a esta cama, solo para mantenerte aquí?
Uno por uno, desabrochó el resto de los botones, dejando el esbelto torso al descubierto ante el aire frío y su propia mirada codiciosa.
Sus dedos juguetearon con sus pezones antes de descender y rodear perezosamente el adorable hoyuelo de su ombligo.
Otro pensamiento lo asaltó. Si hubiera alguna forma —alguna magia prohibida, algún truco divino— de dejar embarazado a Xion… no dudaría en usarla.
La idea del vientre de su amante lleno de su semilla hizo que su polla se contrajera en sus pantalones.
—¿No te verías tan hermoso entonces? —susurró, inclinándose más cerca, dejando que su aliento rozara la suave piel.
Su mano se deslizó más abajo hasta que alcanzó la cinturilla de los pantalones de Xion.
Unas cuantas imágenes de él embistiendo a Xion destellaron en su mente. Sería tan fácil llenar ese pequeño vientre hasta el borde.
De repente, quiso ver la forma de su polla abultándose dentro del vientre de Xion, verla presionar y moverse bajo su piel.
Xion lloraría. Eso era un hecho, y la otra verdad era que él no mostraría ninguna piedad. Simplemente, no podría.
El verde de sus ojos se atenuó, casi como si ningún rastro de luz pudiera alcanzar la profundidad donde nacían sus sucios pensamientos.
Antes de que se diera cuenta, sus dedos ya estaban tirando de la cinturilla, aflojándola, exponiendo más piel pálida a la tenue luz anaranjada.
Su mano se deslizó más abajo hasta que ahuecó la suave carne de la cara interna del muslo de Xion. Era tan fácil hundir los dedos en la carne flexible que tanto se había esforzado en cultivar.
Al sentir el contacto en su sensible piel, la bella durmiente se removió ligeramente.
Un gemido dulce y tentador escapó de sus brillantes labios entreabiertos.
Eso fue todo lo que necesitó la mente de Darius para quebrarse. Su mano se movió con avidez mientras desnudaba a Xion, arrojando al suelo todas las prendas que él personalmente le había ayudado a ponerse.
Quizá habría sido mejor mantener a Xion desnudo después del baño. Tal idea persistió en su mente mientras su propio atuendo se unía pronto al montón de ropa arrugada.
En el momento en que su cuerpo tocó la piel suave y desnuda, suspiró de gozo.
Sentir el calor de Xion bajo sus manos, saber que podía abrazarlo así y oír su débil respiración, era una dicha indescriptible.
Y, sin embargo, al mismo tiempo, era una agonía. Un tormento que lo carcomía incluso mientras se aferraba con más fuerza.
Este era su cielo, y también su propio infierno.
Porque amar era suplicar por ello.
Era rebajarse, desnudar las partes más vulnerables de tu alma ante otro y rezar para que no se apartara.
Era arrastrarse a los pies de tu querido, solo para obtener esa fugaz mirada.
Era seguir mostrando descaradamente tu rostro frente a tu ser amado solo para oír tu nombre salir de sus labios.
Y cuando de verdad pronunciaban tu nombre con una sonrisa, era razón suficiente para vivir un poco más.
El amor, en esencia, era hambre y humildad envueltas en un dolor insoportable.
Sin embargo, anhelar a alguien con esta desesperación nunca fue algo que Darius se imaginara haciendo.
Y, sin embargo, ahí estaba, dispuesto a mancharse las manos con la sangre del gobernante solo para mantener a Xion a salvo.
—Tú serás mi muerte, mi amor.
Darius depositó un suave beso en la coronilla del suave cabello negro de Xion.
Cuando Xion se movió, el Archiduque se apresuró a rodearlo con sus brazos.
Sus extremidades envolvieron a Xion de la cabeza a los pies, casi como un animal pegajoso, o quizá, en este caso, sería mejor llamar a Darius una enredadera.
Como el mismísimo sello de la casa Darkhelm, Darius era la enredadera de rosas espinosas. Tan hermosa y encantadora y, sin embargo, igualmente mortal.
Y como una enredadera, no podía evitar enroscarse más y más fuerte alrededor de lo que amaba, incluso si eso significaba asfixiarlo hasta apagar su luz.
Solo por no asustar a Xion, estaba dispuesto a envainar sus espinas. Aunque doliera. Aunque lo dejara dolorido por contenerse.
Observó aquel rostro apacible acurrucado contra su pecho y, por una fracción de segundo, creyó ver el destello de una sonrisa.
A Darius ni siquiera le importaban las consecuencias de ir en contra de la diosa.
Porque esto era suficiente. Este calor bastaba para mantener a raya su cordura y para que su corazón siguiera latiendo.
Bajo el torrente de diversas emociones que corrían desbocadas por su mente, Darius también se quedó dormido.
Caja Negra—
Nikolai, sonriendo encantadoramente: —Entonces, mi querido alquimista, ¿qué tal si me enseñas algunos de tus hechizos de curación? Te pagaré, por supuesto.
Antes de que Allen pudiera responder, el comandante de los caballeros, Ray, se abalanzó y cargó a Allen sobre su hombro como un saco de patatas.
Ray, fulminando con la mirada al príncipe con instinto asesino en los ojos:
—Ni. En. Tus. Sueños. —Luego, se llevó al desconcertado Allen.
Ahora sentado en la cama de Ray, Allen ladeó la cabeza, confuso: —¿…Qué estás haciendo?
Ray, con las orejas rojas: —Protegiéndote de un pervertido.
Su alteza real, Nikolai: —…Ah, qué solo estoy. Nadie me quiere.
Pobre Noxian, que tuvo que presenciar todo el drama: «… ¿De verdad son adultos?».
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