[BL] Convirtiéndome Accidentalmente en el Sanador del Archiduque Perturbado - Capítulo 368
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Capítulo 368: Una oración familiar
«Corpus nihil est nisi vas alienae voluntatis, in quo manet spiritus excelsus. Putrescente carne et torquentibus membris, tamen gratias agimus, quod maiestas illa superna nos respicit».
Vestido con un atuendo blanco bordeado de oro, el sacerdote estaba frente al pequeño altar.
El tenue aroma a mirra impregnaba el aire, junto con el calor de la cera derretida de las velas.
A Xion le costaba verle el rostro, oculto bajo la capucha mientras le rezaba a la diosa, pero una cosa era segura.
Esa persona era muy especial. ¿De qué forma exactamente? Xion no sabría decirlo.
Era un desconocido y, sin embargo, a Xion le picaban las yemas de los dedos con un anhelo fantasma por alcanzar a aquella persona oculta.
Su corazón latía un poco más rápido, como si un hilo invisible le tirara del alma.
Aunque permanecía de pie en el otro extremo de la pequeña multitud, su mirada no dejaba de posarse en la alta figura en lugar de en la estatua de Myrthia.
«Quia etiam flagella peccatorum sunt benedictio sub velamine, et dolor est signum gratiae eius».
Una voz grave y suave volvió a sonar.
A pesar de no haber aprendido nunca ese idioma, Xion podía entender el significado con facilidad.
El cuerpo no es más que el recipiente de una voluntad ajena, en el que mora el espíritu excelso.
Mientras nosotros, los pecadores, sentimos cómo nuestra carne se pudre y nuestros miembros se retuercen de dolor, aun así damos gracias, porque esa majestad superior nos contempla.
A Xion le sonó un poco absurdo. La idea de estar agradecido incluso cuando la diosa no era misericordiosa. Pero para los demás, no parecía ser el caso.
Pues hasta los azotes por los pecados son una bendición encubierta, y el dolor es la señal de su gracia.
Aquellas frases de la oración solo hicieron que Xion pusiera los ojos en blanco, aunque sus labios se entreabrieron y pronunciaron las mismas palabras que el grupo que abarrotaba la pequeña sala.
En cuanto a cómo había acabado Xion en aquella iglesia, pequeña pero bien cuidada, era en parte culpa de aquel sacerdote.
Xion había salido a reunirse con los sanadores y, tras calmar al muy entusiasta Bardo y darles una idea básica de cómo debían proceder a partir de ahora, se fue al mercado.
Con el sol de la tarde aún en lo alto, Xion decidió dar un paseo.
De algún modo, su paseo lo llevó a las tranquilas callejuelas que había tras el bullicioso mercado.
Fue como si Xion estuviera en trance, o como si sus pies tuvieran voluntad propia.
Normalmente, habría evitado siquiera acercarse a nada relacionado con la iglesia después de aquel incidente con Talia.
Pero ahí estaba, con las manos juntas y musitando inconscientemente unas oraciones que ni siquiera debería saber.
Cada palabra salía de su boca con una facilidad que resultaba tan reconfortante como aterradora, como si los recuerdos de otra persona se estuvieran filtrando en los suyos.
Simplemente lo achacó a los beneficios de su transmigración. O tal vez, el pequeño Xion Vaelis original era tan devoto que, incluso después de tantos años, el sentimiento aún perduraba.
La oración terminó y los devotos estaban demasiado ansiosos por acercarse al sacerdote.
Los paladines no dejaron que nadie se acercara hasta que el sumo sacerdote se perdió de vista.
Ray chasqueó la lengua. —Siempre actúan con tanta soberbia. Como si pertenecer a la orden de los Trece fuera equivalente a convertirse en un dios.
Xion miró a Raymond Eldritch, ataviado con una armadura pulida que relucía bajo la luz del sol, y luego a los paladines.
Sinceramente, no veía mucha diferencia entre ellos.
—¿De qué sonríe, Su Gracia?
Xion borró su sonrisa y negó con la cabeza. —Nada.
No podía decirle que estaba comparando a Ray con los arrogantes paladines. Eso solo conseguiría que el comandante de los caballeros le frunciera el ceño.
Después de todo, no estaba Allen para controlar su temperamento.
—¿Nos vamos ya? Su Gracia, el Archiduque, no se tomará esta visita a la ligera.
Era una forma sutil de decir que Darius se enfadaría si a Xion le pasaba algo, por pequeño que fuera, bajo su supervisión. Ninguno de los recipientes de Dakhelm tenía en alta estima a la iglesia.
Pero Xion se sintió anclado al suelo.
Una leve nostalgia le quedó en la punta de la lengua mientras su corazón le insistía en que se quedara, en que recitara las oraciones con el mismo fervor que aquella gente.
Sin embargo, pronunciar esas palabras sin fe alguna equivalía a una sátira. Una burla a las creencias religiosas.
Xion no era de los que hieren a nadie a propósito. Y, de hecho, sabía que la diosa era tan real como él.
Era solo que… la veía más como un niño a su madre que como una figura a la que poner en un pedestal y colmar de devoción.
¿En qué demonios estaba divagando con todos esos pensamientos? Xion suspiró.
Justo cuando obligó a sus piernas a moverse, uno de los paladines se abalanzó hacia ellos, con su suntuosa capa púrpura ondeando a su espalda.
La mano de Ray ya estaba en la empuñadura de su espada cuando el paladín se detuvo a un brazo de distancia e hizo una respetuosa reverencia ante Xion.
Con la capucha ocultándole el rostro, Xion dudaba mucho que supieran quién era. La gente no lo conocía.
Incluso si no sabían quién era, el hecho de estar junto a Ray prácticamente lo delataba como un noble de alto rango. Era precisamente por eso que los devotos habían mantenido una cierta distancia de él.
—El sumo sacerdote desearía hablar con usted, Su Gracia,
Xion. Por supuesto, con su permiso.
Xion entrecerró los ojos. ¿Cómo sabía el sacerdote que era él?
¿Acaso tenía poderes como la tía Serena?
Pero, pensándolo bien, solo los sacerdotes de alto rango tenían sus propios paladines. Como los Trece ancianos.
Así que este sumo sacerdote era uno de ellos.
Tras pensar en cómo Serena le había advertido que viviera para sí mismo y no se preocupara por los demás, decidió hacerle caso a su corazón.
—Por supuesto —dijo—. Vamos.
Si Serena supiera que su querido hijo se había tomado su advertencia de esa manera, seguro que se enfadaría consigo misma.
Por ahora, sin embargo, la sacerdotisa de la Noche estaba ocupada matando a un sumo sacerdote.
Ajeno a la sangrienta rencilla que acababa de estallar entre Serena y la iglesia, siguió al paladín hasta una zona apartada.
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