[BL] Convirtiéndome Accidentalmente en el Sanador del Archiduque Perturbado - Capítulo 375
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Capítulo 375: Pasado-1
Las deidades, o inmortales como a algunos les gustaba llamarlos, cuidaban de los mundos que los invocaban.
La mayoría de ellos solo existían porque los mortales habían rezado para que fuesen reales. Era la devoción de esos frágiles corazones la que los trajo a la vida.
A cambio, las deidades quedaban eternamente ligadas a estas tierras, o mundos; a veces incluso a un grupo particular de personas.
Myrthia no era diferente. Era la diosa de Eldoria Lunerith, un pequeño mundo rebosante de maná y gente que la adoraba.
De esa adoración y devoción nacieron pequeños ángeles que siempre permanecían a su lado, cumpliendo las tareas que ella les encomendaba.
A diferencia de los demás, que se dedicaban diligentemente a sus roles asignados, el pequeño Xion era… revoltoso.
Con sus diminutas alas, volaba tercamente hasta los aposentos del ángel gato y se asomaba con curiosidad al gran espejo de agua que flotaba en el aire.
La cortina de agua mostraba a la gente de Eldoria, y si miraba fijamente durante el tiempo suficiente, a veces incluso atisbaba otros mundos.
Hoy no era diferente.
—Señor Gato. —El pequeño Xion se puso de puntillas para pincharle la panza peluda al gato dormido.
Habría subido volando de no ser por el hechizo que esta criatura había lanzado para sujetarle las alas.
Definitivamente, no era porque Xion casi le hubiese prendido fuego a todo el aposento mientras jugaba con las piedras que brillaban en el techo.
¡Sip! Todo era culpa del Señor Gato.
El ángel gato, fingiendo estar dormido, se negaba a responderle al pequeño ángel.
Pero Xion era igual de terco. Volvió a pincharlo y murmuró: —Respóndeme o no te daré una golosina.
Las golosinas las distribuía su Madre: una comida especial para mantener su vitalidad.
Xion, al ser el más joven, no necesitaba muchas. Así que acumulaba su ración, y la mayoría acababan en la panza de este gato.
Tentado por la mención de las deliciosas golosinas, el gato peludo finalmente entreabrió un ojo y fulminó con la mirada al pequeño ángel. —¿Qué?
Xion parpadeó con sus inocentes ojos azules y sonrió. —Llévame contigo, por favor. Te daré tres golosinas.
El gato soltó una risa burlona, con sus pupilas rasgadas entrecerrándose en una mirada peligrosa. —Ni se te ocurra.
—¿Por qué? —gimoteó Xion, haciendo un puchero ante el mayor, que era libre de viajar entre mundos diferentes—. Solo llévame contigo. Prometo no meter la pata.
—Vuelve corriendo a tus aposentos, pequeño, antes de que te ate.
Ni siquiera a los ángeles mayores, que vigilaban a los mortales, se les permitía simplemente pasearse por el reino humano, y mucho menos a este pequeño tonto, que apenas podía caminar derecho.
—Pero… —murmuró Xion, frotándose su diminuto pulgar contra el otro—, ya tengo 150. Solo faltan dos semanas para que cumpla 151.
El gato bufó, moviendo la cola con pereza antes de volver a cerrar los ojos. —En términos humanos, pareces tener unos cinco años. Ven a hablar conmigo cuando tengas 500.
Las alas que habían estado aleteando con tanta emoción se descolgaron.
Amurrado, el pequeño ángel se arrastró hasta los aposentos de Myrthia.
—¡Madre! ¡Madre!
Xion saltó al sofá y luego miró fijamente a su Madre con ojos brillantes.
Myrthia rio entre dientes. Esa era la mirada a la que nunca podía resistirse.
El sofá flotó más alto en el aire, junto con todo el pabellón. Los libros y las tazas de té se levantaron de las estanterías y danzaron a su alrededor.
La escena hizo que un risueño Xion aplaudiera.
Myrthia nunca pudo entender por qué le gustaban tanto las cosas flotantes. Pero si eso lo hacía feliz, entonces estaba bien dejar que el pabellón simplemente flotara en el aire.
—Oye, Madre…, ¿por qué soy el único al que no se le permite visitar los reinos mortales?
Ahí estaba. Myrthia le dio una suave palmadita en su revuelto pelo negro, alisándoselo para volver a ponerlo en su sitio.
—Porque, mi pequeño tesoro —dijo ella—, los humanos no son como nosotros. Nosotros decimos lo que hay en nuestros corazones, pero ellos ocultan los suyos. Y tú eres demasiado joven para entender sus engaños.
Xion ladeó la cabeza, perplejo. —¿Por qué no simplemente enseñarles a ser buenos y honestos?
Myrthia suspiró débilmente. —Lo intentamos, hijo mío. Pero no todos aprenden.
—¿Es por eso que los castigamos? —preguntó, agarrando la manga de ella con sus manitas. Había visto a los mortales sufrir antes, e incluso preparó una poción especial para ayudarlos.
Pero el Señor Gato se la había quitado antes de que pudiera usarla.
—Sí. Después de que mueren, los castigamos. Pero no podemos interferir mientras están vivos.
Xion pareció entender. Pero a la vez… no del todo.
De todos modos, se dejó caer en su regazo, frotando la cabeza contra ella hasta que su pelo volvió a ser un desastre. —Quiero verlo. De verdad, de verdad quiero verlo.
Xion era su hijo menor. Pero a diferencia de los otros ángeles que ella misma había creado, este… era diferente.
Nació de los espíritus de niños no natos que nunca llegaron a vivir para ver el mundo al que estaban destinados.
Esa feroz curiosidad por los vivos era su instinto. Y ser un ángel solo la había purificado en algo más elevado, algo más gentil. Ahora, el pequeño Xion pensaba constantemente en salvar las vidas que él no pudo vivir.
Myrthia había hecho todo lo posible por mantener a salvo a su bebé. Pero quizá… quizá ya era hora.
No podía mantener a Xion siempre encerrado como a los espíritus trastornados. Él tenía su propio destino que cumplir, su propio camino que recorrer.
—Está bien —murmuró por fin—. Puedes ir.
Sus ojos azules se abrieron de par en par. El pequeño ángel se puso de pie de un salto.
Sus diminutas alas aletearon como locas en el aire, casi haciendo que las tazas salieran volando del pabellón. —¿De verdad? ¿Puedo ir? ¡Yupi!
Pero Myrthia atrapó sus manitas entre las suyas, dándole una advertencia.
—Volverás a mí cuando termines de explorar. Y solo te daré seis meses. ¿Entendido?
Xion asintió enérgicamente con la cabeza, con una sonrisa tonta extendida en sus mofletudas mejillas. —¡Vale!
Al día siguiente, el emocionado Xion usó una poción para ocultar sus alas y bajó volando al pequeño pueblo de Eldoria Lunarith.
Con la emoción, incluso se olvidó de informar al Señor Gato de su partida. El mismo ángel que se suponía que debía supervisar su viaje.
«Bueno, estaré bien sin él», reflexionó Xion para sí mismo mientras se acercaba a las tierras que solo había visto en la cortina de agua.
Con coloridas mercancías apiladas en estantes de madera, el bullicioso bazar atrajo toda su atención.
Sus ojos azules brillaban como un cielo nocturno que contuviera innumerables estrellas mientras caminaba por el concurrido bazar.
Los humanos reían y regateaban a su alrededor. El olor a pan dulce y especias llenaba el aire.
¡Esto es incluso mejor de lo que imaginaba!
Siguió trotando, acercándose poco a poco a unas diminutas botellas de cristal que contenían formas extrañas en su interior.
Poniéndose de puntillas, cogió una. En su interior se arremolinaba una falsa representación de un cielo matutino, con tonos rosas y naranjas.
Aunque no era nada comparado con la vista que estaba acostumbrado a ver, la novedad aun así lo emocionó.
Xion la agitó, riéndose del polvo brillante que se arremolinaba dentro.
—¡¿Qué estás haciendo?!
Un grito sobresaltó a Xion, y accidentalmente dejó caer la botella al suelo.
Sin previo aviso, el cristal se hizo añicos.
—¡Mocoso! ¡Mira lo que has hecho! —El tendero agarró a Xion por el cuello de la ropa y lo levantó del suelo—. ¡Págalo!
Xion parpadeó, mirando al hombre, completamente desconcertado.
¿Por qué gritaba?
Allá en el cielo, si alguien rompía algo, simplemente se disculpaba por causar problemas. Incluso se reían mientras lo arreglaban juntos.
Después de todo, nadie dañaría nada deliberadamente.
No había tenido la intención de romperlo. Entonces…, ¿por qué estaba el humano tan enfadado?
—¿Pagar qué? —preguntó.
—Monedas, por supuesto. Pareces un… —El tendero se detuvo al fijarse en el tierno rostro de Xion, que se parecía al de un noble mimado, y su ceño fruncido se transformó en una sonrisa codiciosa.
—No es mucho. Solo diez monedas de oro.
Incluso volvió a poner a Xion en el suelo. —Como eres un niño, te haré un descuento. Nueve serán suficientes.
Por suerte, el Señor Gato le había dado una bolsa llena de dinero humano.
Xion, dándose cuenta de qué se trataba todo, jugueteó con su bolsa y, delante del tendero, abrió la cremallera y cogió un puñado de monedas.
Después de verter dos puñados en el carro, se quedó mirando al tendero.
—¿Es suficiente?
Claramente era más de nueve. El tendero agarró las doce monedas de oro y se rio felizmente. —Suficiente. Suficiente. Esto es por las cosas que rompiste. Si quieres comprar algo, vuelve otra vez.
Al ver la sonrisa del hombre, Xion le devolvió una radiante.
Hizo feliz a un humano. Seguro que su Madre estaría muy contenta con él, ¿verdad?
Lanzó una última mirada a la bonita botella.
Tal como había dicho el tendero, decidió que volvería mañana a comprarla.
Tarareando para sí mismo, avanzó bajo el sol del atardecer, sin darse cuenta del sutil asentimiento del tendero a alguien oculto en las sombras.
Esa figura sombría acabó siguiendo a Xion hasta que llegó a un lugar desolado.
La noche había caído, y todo lo que podía ver era la casa, que era mucho más grande en comparación con las demás.
Un gatito negro le maulló antes de lanzarse al jardín.
Como un curioso bebé ángel, se aseguró de que nadie lo mirara antes de flotar sobre las puertas y entrar revoloteando.
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