(BL) ¡El Villano quiere el divorcio! - Capítulo 376
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Capítulo 376: Saber de demonios con Sam
Cuando la reunión terminó, Cass se encontró con un Edgar alicaído, un Sam triste y una Fiona sonriente. Los dos dragones, por una vez, conseguían mantener la calma ante la situación que se les presentaba.
Habían resuelto los, eh, «pormenores» de tener a Lord Ridgewood en su grupo.
Fiona iba a hacer que Lord Ridgewood firmara un contrato mágico con Cass. Dijo que era lo más sensato, ya que era él quien no paraba de intentar hacerle daño. Cass se había olvidado por completo de los contratos mágicos porque, aunque eran la forma favorita de Lord Blackburn para vincular a alguien a él, ese no era el estilo de Cass.
Edgar incluso parecía haberse olvidado de ellos, mientras que Lucian había emitido un murmullo de asentimiento.
Sam se había mostrado completamente abatido ante la mención de los contratos mágicos, y Cass no entendía por qué. Sam no lo dejó confundido por mucho tiempo.
—No puedo firmarlo —masculló Sam—. No funcionan conmigo, ya que usan magia sagrada como la parte vinculante del acuerdo —le explicó. Aquello provocó otro tipo de preocupación en Cass, pero Fiona la disipó fácilmente.
—Voy a usar mis poderes para hacerlo. Él estará obligado a no hacerte daño a ti, no al revés. Apenas tendrás que involucrarte, solo consentir el acuerdo —dijo Fiona. Luego sonrió ampliamente—. Iré al templo a que lo redacten ahora mismo si estamos de acuerdo. Volveré con Avie después de que vayamos a esa cafetería a la que ambas queríamos ir. ¿Te parece bien? —preguntó, y Cass no podía realmente oponerse.
Se le daba bien. Cass admitió a regañadientes que se le había dado bastante bien ser la heroína. Había tenido en cuenta todos sus problemas, los había calmado en una situación delicada y había encontrado una solución. Había una razón por la que, cuando Cass estaba leyendo el libro, no había podido enfadarse por las acciones de Fiona.
Había actuado con la información que tenía en su momento. Eso era todo lo que podía hacer como personaje de una novela, e incluso ahora, Cass se daba cuenta de que estaba de acuerdo. Sabía que no debía compararlos, tenían objetivos completamente diferentes, pero era molesto. Sobre todo porque Cass todavía se sentía como una mierda por todo lo que estaba pasando.
Si Fiona estuviera en su lugar, dudaba que hubiera perdido el control de la forma en que él lo había hecho. Era un trago amargo.
—Ve a tu cita. Estaré aquí cuando vuelvas. Creo que probablemente tengo trabajo acumulado y un dragón con el que necesito hablar sobre espionaje —dijo Cass, deslizando su mirada hacia Byron. Byron se puso rígido antes de asentir levemente.
—Entendido, mi Lord —dijo Byron, y Fiona rio entre dientes.
—No seas demasiado duro con él. Solo estaba pensando con antelación. Deberías cuidar de la gente que planifica así. Después de todo, tú eres así, Cass —le dijo Fiona con una sonrisa, y Cass parpadeó. Tenía razón, pero era molesto que se lo recordara en ese momento. Especialmente porque el hecho de que Byron actuara por su cuenta había revelado muuucho más de para lo que nadie estaba preparado.
Si Sam y Byron no se hubieran enzarzado en aquella discusión porque Byron había estado trabajando con el señor Collins a sus espaldas, sin que ni Cass ni Sam lo supieran, Cass no podría decir con seguridad que estarían en la situación en la que se encontraban ahora.
Desde luego, Cass no estaría en el regazo de Lucian tanto tiempo como llevaba. Probablemente habría montado un numerito si el hombre le hubiera pedido que se quedara en sus brazos tanto tiempo. Cass simplemente se sentía… un poco débil. Esa era la única razón por la que permitía este tipo de comportamiento.
Eso era todo. No lo disfrutaba. Nop.
Fiona se levantó con elegancia, haciendo una pequeña y profesional reverencia al grupo antes de volver a sonreír ampliamente, guiñándole un ojo a Cass mientras se iba.
—¡Diviértete con nuestros maridos, Cass! —exclamó mientras salía de la habitación. Cass fulminó la puerta con la mirada cuando esta se cerró de golpe tras ella.
—Esa mujer —masculló Cass, molesto, pero no enfadado con ella. Al menos solo lo había dicho en esta habitación y no en el pasillo.
Hubo silencio en la habitación por un momento antes de que Lucian dejara escapar un suspiro.
—Bien. Hora de almorzar, Cass. Necesitamos que eches un poco de carne. Se acerca el invierno y me molesta incluso pensar en ti tiritando. Eddie, ¿vienes? ¿O vas a seguir enfurruñado por el hecho de que todo el mundo se dio cuenta de que había suficiente tensión sexual entre tú y Gideon como para cortarla con un cuchillo? —La cara de Edgar se sonrojó, el contraste haciendo que sus ya de por sí atractivos rasgos fueran letales.
Hizo un pequeño ruido, tapándose la boca con la mano mientras respiraba agitadamente. Estaba claro que se contenía para no gritarle a Lucian, y eso solo incitaba más al dragón. Cass sintió lástima por el hombre. Sabía lo que era ser el blanco de las burlas de Lucian, y aunque era extraño verlo ocurrir entre ellos dos, a Cass no le molestaba.
Se sentía un poco como un espectador. Como si estuviera viendo sus libros desarrollarse en tiempo real. ¿Acaso había cogido un libro sobre vampiros y dragones? No estaba seguro, pero quizá debería buscar uno cuando volviera a aquella tienda.
—¡Lucian! ¡No es verdad…! ¡Gideon y yo no somos así! —siseó Edgar, y fue Cass quien intervino, sorprendiendo tanto a Lucian como a Edgar.
—Bueno, creo que fue porque lo mantuviste a raya. Podría haber sido, pero ambos estabais tan atrapados en los papeles que teníais que interpretar para vuestras familias que ninguno de los dos hicisteis nada al respecto —dijo Cass con despreocupación antes de dirigir su atención a Sam—. ¿Sam? Tómate unos días para pensar en lo que quieres hacer. Lo discutiremos más a fondo. Quiero que hables de esto seriamente con Byron. No te afecta solo a ti, ¿entendido? Y recuerda, siempre puedes recuperar mi confianza con el tiempo. Sé… en mi interior que te importo. Es solo que… —La voz de Cass se apagó y a Sam se le aguararon los ojos. Sorbió por la nariz.
—Entendido, mi Lord. Estoy reaccionando de forma emocional. Sé que estás siendo muy considerado conmigo —dijo Sam. Sorbió por la nariz antes de que sus hombros se tensaran—. Me gustaría dejar una cosa clara: no intenté envenenarte. Tampoco me han dado nunca ese tipo de órdenes. Alguien, probablemente un demonio, se hizo pasar por mí. Por qué intentarían envenenarte es algo que no sé, pero yo nunca haría eso. Me habría delatado si me hubieran pedido que te envenenara —dijo Sam, con la mirada firme al encontrarse con la de Cass.
¿Estaba mal que Cass quisiera creerle?
Cass dejó escapar un suave suspiro.
—Gracias por decir eso, Sam. No es que no te crea, solo necesito procesar esa información un poco —le dijo Cass, y Sam esbozó una sonrisa amarga. Asintió.
—Entendido, mi Lord. —Sam vaciló un momento—. Um, ¿puedo ofrecer mi ayuda? —sugirió Sam y Cass parpadeó lentamente. Sam continuó—: Si busca más información, ¿puedo sugerir la librería de antes? La regentaba un compañero duende, solo que mayor. Él podría darle más información sobre los demonios y los santuarios de demonios. No tuve ninguna razón para buscarlos de nuevo una vez que nací y me deslicé a través del velo, así que nunca lo hice —le explicó Sam, y Cass asintió.
—Entendido. Eso significaría que tendría que volver al pueblo fronterizo —dijo Cass, y Sam asintió. Miró a las personas que los rodeaban antes de tragar saliva.
—Tendrías que entrar solo. Solo… solo los demonios o los que tienen contratos pueden entrar —admitió, y sintió a Lucian tensarse debajo de él.
—¿Quieres que vaya solo? —preguntó Lucian con voz sombría, y Sam negó con la cabeza, con los ojos muy abiertos.
—Yo iría con él, pero sé que ahora mismo no confías en mí. Además, la regenta un duende. No podemos… no podríamos hacerle daño aunque lo intentáramos. Beber sangre normal nos hace daño. Somos débiles —le dijo Sam, y de repente lo que ocurrió cuando Cass salió con Edgar la primera vez cobró sentido.
—¿No puedes beber sangre humana? ¿Y la carne de animal? —preguntó Cass, y Sam esbozó una leve sonrisa.
—Normalmente llevo una vida bastante vegetariana. No puedo comer nada que sea más grande que yo en mi forma de duende, ya que probablemente me mataría. No puedo beber sangre humana ni siquiera sangre de demonio corriente. —Sam vaciló un momento—. Podría… beber sangre de demonio superior, como de la realeza, pero normalmente eso sirve para elevar mi nivel de duende a algo más útil. Normalmente, eso solo se hace cuando le agradas al demonio de nivel superior —dijo Sam, encogiéndose de hombros.
—Entonces, ¿por qué te pareció bien beber el tónico curativo? —preguntó Cass, confundido, y Sam se sonrojó.
—Está hecho con sangre de demonio superior. Es de un tipo diferente al tuyo, por eso la rechazas tanto. Te curará igualmente, pero… sabrá mal —le dijo Sam. Saber mal.
¡¿Saber mal?! ¡¿A eso llamaba Sam «saber mal»?!
—Sabe a basura, literalmente —le dijo Cass, y Sam sonrió con tristeza.
—Sí. Solo hubo un lote que se hizo con la ofrenda de un demonio sexual, pero te volviste tan suspicaz al ver que no te afectaba que me hiciste tirarlo. Una lástima no haber podido explicar más en ese momento. No habrías escuchado lo que te decía en aquel entonces. —Sam tenía razón. Casiano probablemente habría hecho que lo mataran o algo equivalente si hubiera dicho algo.
—¿Sam? ¿Siempre has sabido qué tipo de sangre de demonio tengo? —preguntó Cass, y Sam pareció debatirse. Lo pensó larga y detenidamente por un momento antes de negar con la cabeza.
—Tenía… una corta lista de la que extraer mis sospechas —le dijo Sam. Todo esto era… bastante fascinante de escuchar. Cass quería saber de qué lista estaba hablando, pero tenía la sensación de que Sam podría acabar ahogándose de nuevo si le forzaba.
—Eso explica por qué Sam tuvo una reacción tan grave al vino aquella vez que hicimos un pícnic. Era sangre humana —dijo Edgar en voz baja. Cass asintió. Byron se movió ligeramente detrás de Sam, inflando el pecho.
—Me aseguro de que Sam coma carne todos los días —dijo con orgullo, y Cass sintió que se le abría la boca estúpidamente. ¿Estaba orgulloso de eso?
—Buen trabajo —retumbó Lucian, apretando ligeramente su agarre sobre Cass. Cass se giró para mirar al otro dragón y notó el genuino orgullo en su mirada. Cuando Cass volvió a mirar a Byron, parecía que este brillaba.
Ah, vale. A los dragones les enorgullecía cazar para sus posibles parejas. Entendido.
—Hablando de comida, tienes que comer, Cass. Lo digo en serio —gruñó Lucian, y Cass dejó escapar un suspiro. No iba a soltar el tema.
—De acuerdo. Descansa un poco, Sam. Estoy seguro de que no has descansado nada desde que te convertiste en mi ayudante personal. Diremos al resto de los empleados que te tomas un descanso obligatorio hasta que decidas qué quieres hacer. Con el permiso de Byron —advirtió Cass cuando Sam abrió la boca para responder. Sam asintió con desánimo mientras Cass suspiraba. Ese hombre iba a llevar a Byron a la tumba si no le dejaba este momento para pensar.
Establecer un vínculo no era cosa de risa.
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