(BL) ¡El Villano quiere el divorcio! - Capítulo 382
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Capítulo 382: ¿Quién necesita presumir tanto?
Tenía que haber magia de por medio, porque en cuanto Cass giró a la derecha y luego miró hacia atrás, el cruce de caminos había desaparecido. En su lugar, todo lo que vio fue una continuación de las columnas a su espalda. No quedaba ni rastro de Edgar.
Cass se estremeció, sin que le gustara eso en lo más mínimo, pero era un mago fuerte. Podía escapar si quería. Al menos, estaba bastante seguro. Incluso en la guarida de los demonios, estaba seguro de que podría escapar. Probablemente.
Cass lo relegó al fondo de su mente. Aunque salir de allí era importante, tenía cosas más grandes que hacer. Como enfrentarse a unos malditos demonios y obtener algunas respuestas. No sabía cómo funcionaba el santuario demoníaco, y pensaba que esa era una gran falla mientras caminaba por el largo espacio con columnas que tenía ante él. ¿Con qué clase de demonio podría hablar? ¿Con quién hablaría?
¿Tenía que… dar algo de sangre o algo así para hablar con alguien? ¿Tenía que pedir a alguien en específico? ¿Había algún baile o ritual que se suponía que debía hacer? La había cagado al venir con Edgar sin investigar un poco antes de llegar, y ni siquiera le preguntó a Casiano cuando tuvo la oportunidad de hablar con él y este se lo sugirió.
De hecho, ahora mismo ni siquiera podía sentir a Casiano dentro de él. Fue alarmante darse cuenta de eso mientras seguía caminando durante lo que pareció una eternidad, pero no era la primera vez que no podía sentirlo por algo que los demonios habían hecho. Había estado solo todo el tiempo que estuvo en la mazmorra, lo que le hacía sospechar de nuevo que este lugar era una mazmorra.
Era la única forma de que esos techos altísimos tuvieran sentido, o este espacio gigante y liminal.
Cass empezó a distinguir algo en la distancia, y fuera lo que fuera, era jodidamente enorme. Se cernía entre las columnas, proyectando sombras que solo hacían que a Cass se le erizara el vello de la nuca. A medida que se acercaba, pudo distinguir más detalles. Tenía que ser una estatua de algún tipo, y la razón por la que era tan grande era porque… tenía alas.
Unas alas gigantes y extendidas. No parecían alas de ángel emplumadas, menos mal, pero sí se parecían a las alas tradicionales que uno vería en una gárgola o en un demonio de su mundo. Más parecidas a las de un murciélago que a cualquier otra cosa, con puntas afiladas en cada extremo de los segmentos del ala. El cuerpo era de naturaleza masculina, ya que Cass pudo entrever el estilo de la ropa, o la falta de ella, y pudo deducir que era un varón.
La erección furiosa que creyó entrever también se lo indicaba.
Sin embargo, no podía verle la cara a la estatua. Por mucho que se acercara, siempre parecía haber una columna en medio que le impedía verla. Eso tenía que estar hecho con magia, ¿porque qué cojones de sentido tenía que pudiera decir que la estatua la tenía dura antes de poder verle la cara?
Finalmente, Cass llegó al punto en el que podía girar para ver la estatua, y el sendero que había estado siguiendo le indicaba que podía girar a la derecha. La barrera diáfana también había desaparecido y Cass se detuvo un momento. Tenía la sensación de que esta estatua era una burla de lo que los dioses hacían para sus templos.
Tenía todo el sentido del mundo. Si Cass tuviera un enemigo de toda la vida como lo eran los dioses y los demonios, haría algo tan mezquino como esto. Hacer una estatua, pero retorcerla. Hacerla cachonda, furiosa o cualquier otra cosa que molestara o incluso enfadara a los dioses. Cass podía entenderlo, solo que no quería rezarle a la cosa que estaba seguro de que le esperaba.
No había visto a nadie, humano o de otro tipo, mientras había estado caminando. Sin embargo, podía sentir que algo lo observaba. Puede que Cass estuviera solo, pero no estaba solo. Cass suspiró, apretando las manos antes de girar y empezar a recorrer el sendero. Este era mucho más corto y se desvanecía, ya que no había columnas, solo el sendero y las cortinas diáfanas. No estaban sujetas por nada. Ni una cuerda, nada, lo que le demostraba a Cass que la magia que sentía estaba actuando.
Si hubiera sido alguien normal, este acto de alardear de cuánta magia tenían podría haber sido intimidante. ¿Usar este tipo de magia para unas putas cortinas? Eso era una demostración de poder, pero Cass se había encontrado con dioses nada más morir. Esto no era nada.
La estatua se cernía más adelante y el camino giraba a la izquierda por primera vez, pero Cass supo que era el final. Iba a encontrarse cara a cara con esta cosa. Cass se preparó, y hacía bien en hacerlo.
Al ver finalmente la estatua en todo su esplendor, parecía… un íncubo. Eso era. Era un demonio de la lujuria, uno masculino, con una cara tan jodidamente bonita que era ilegal. Tenía el pelo suelto, ropas que caían sobre su piel sin ocultar ni un maldito centímetro y grandes alas que surgían de su espalda. Sin cuernos, pero una cola lisa y puntiaguda también sobresalía por detrás de la estatua. A Cass le habría gustado rodearla para ver cómo era por detrás, pero no podía hacerlo, ya que tenía la sensación de que si se salía del sendero, las cosas podrían irle mal.
Su sensación de que este era el santuario con el que debía hablar no hizo más que crecer a medida que examinaba más la estatua. Frunció el ceño profundamente, sin saber qué hacer, y lentamente se quitó la capucha con un suspiro. Quizá debería ser más reverente, pero no se había acercado a los dioses con nada parecido, ¿así que por qué lo haría con los demonios?
—Estoy aquí para hablar —dijo Cass con rigidez, sonando molesto—. Así que, o te muestras y hablamos, o podemos hacer esto por las malas. —Su voz fue clara y pareció que el lugar se tragara el sonido que emitió.
Esperó, preguntándose si tenía que hacer una reverencia como en el templo y cerrar los ojos, pero, por otro lado, eso era el templo. No creía que los demonios quisieran parecerse a ellos ni un ápice. Así que se quedó de pie. Esperando un rato antes de que ocurriera algo.
Al principio, Cass creyó que estaba perdiendo la puta cabeza, ya que juraría que podía ver una pequeña mancha púrpura arremolinándose frente a la estatua. Parpadeó un par de veces, pensando que había perdido la puta cabeza, antes de que, lentamente, creciera y creciera hasta alcanzar el tamaño de un óvalo bastante decente. Parecía del tamaño del espejo que tenía en el baño. Lo bastante grande como para haber visto la mayor parte de su cuerpo si hubiera sido un espejo de verdad, pero fue lo que vio al otro lado lo que le heló el corazón a Cass.
Al otro lado del óvalo de borde púrpura se proyectaba una imagen. Una imagen que mostraba un paisaje rocoso y rojo de fondo que se extendía por eones. Interrumpiendo esa vista había un trono gigante y pulido. Hecho de la misma piedra pero tallado, pulido y con un aspecto… bueno, demoníaco. Recostado en el asiento estaba el mismo hombre del que estaba hecha la estatua, solo que en color.
Su pelo era de un tono negro profundo, sus alas también de un tono negro carnoso. Su piel era pálida, como de porcelana, sus ropas de un intenso tono rojo que apenas lo cubrían. Estaba descalzo y, afortunadamente, no la tenía dura como la estatua. Su cola se mecía en el aire y Cass observó cómo le sonreía con aire de suficiencia.
Fueron los brillantes ojos rojos que le devolvían la mirada los que hicieron que Cass tragara saliva con dificultad.
—Vaya, vaya, vaya. Has tardado bastante en venir a buscar. Pensé que te habría picado la curiosidad mucho antes, Cassy. —Oír sus palabras fue como un puñetazo en el estómago. A Cass empezó a dolerle la cabeza y se llevó una mano a ella. Fue instintivo mientras sentía que su cara se contraía. Había sentido este dolor cuando recuperó sus recuerdos por primera vez, pero esto no duró tanto. Después de todo, no eran muchos los recuerdos que volvían de golpe, pero sí los suficientes.
Cass había tenido sueños con este hombre. Esa voz se lo confirmó. Cass casi cayó de rodillas, boqueando en busca de aire mientras la revelación lo inundaba. Este cabrón había sabido quién era Cass todo el tiempo, quién era Casiano todo el tiempo, y había estado vigilándolo después de cada puto celo para ver cómo estaba.
Casiano no lo había sabido porque él había sido capaz de borrar sus recuerdos. También se los había borrado a Cass. El horror se asentó en lo profundo de su pecho, el pulso martilleaba bajo su piel y una capa de sudor cubría su cuerpo.
Joder. Joder. Esto tenía que ser algo que Casiano había descubierto cuando fue al santuario demoníaco la primera vez. Algo que podría haber destrozado a alguien como Casiano. Llevaba tanto tiempo luchando con los rumores y su identidad, ¿y si se hubiera enterado de esto después de luchar durante tanto tiempo?
Sí, podía imaginarse que eso lo destrozaría.
Una abrumadora cantidad de compasión e ira lo llenó, pareciendo atenuar el dolor y, finalmente, Cass pudo enderezarse, con la respiración menos dificultosa.
El demonio en el asiento sonrió con suficiencia, mirando a Cass. Su cola seguía moviéndose perezosamente de un lado a otro, como si su lucha le divirtiera. Cass tuvo la sospecha de que no le iba a caer muy bien. Especialmente por cómo había interactuado con él las últimas veces.
Cass levantó la mano y le hizo una peineta al hombre.
Él echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Oh, qué tierno. Aprecio el sentimiento, pero me temo que ni siquiera yo soy tan depravado —dijo el hombre, riéndose entre dientes como si le pareciera divertido el dedo de Cass. A Cass no le gustaba que supiera lo que significaba, ni tampoco se explicaba cómo lo sabía. Cass solo podía suponer que si los dioses podían ver otros mundos, este cabrón también podía.
—¿Quién eres? —preguntó Cass, con una sensación nauseabunda en el estómago porque ya sabía la respuesta. El libro lo había dicho, y no había otras estatuas alrededor. La sonrisa del hombre se hizo más grande, más brillante, e hizo que el cuerpo de Cass se estremeciera. Un humano no podría sonreír de forma tan amplia.
—Sabes quién soy —dijo él, y Cass tragó saliva.
—Quiero que lo digas. Déjate de gilipolleces y de andarte con rodeos. —La voz de Cass tembló ligeramente, pero no pudo evitarlo. Esto era muy importante para él. Era un gran momento. Necesitaba saber la verdad. El demonio miró a Cass durante un largo y silencioso momento antes de responder.
—Cassy, soy el Rey Demonio, pero eso ya lo sabías —dijo, y Cass sintió cómo sus labios se apretaban en una fina línea. Por supuesto. Por supuesto, joder. ¿Casiano había sido visitado por el Rey Demonio cada mes durante quién sabe cuánto tiempo? ¿Desde que tuvo sus calores? ¿Más tiempo? Descubrirlo habría destrozado a Casiano.
—¿Solo puedes vigilarme después de mis… calores? —preguntó Cass, y la sonrisa del hombre se hizo aún más amplia. Era inquietante de ver. Se rio en voz baja, sus ojos rojos brillaban y Cass lo odió. Era espeluznante.
—Bueno, tengo que vigilar a nuestro benjamín, ¿no? Sería de mala educación si no lo hiciera. —¿Benjamín? ¿Qué cojones significaba eso? Él sonrió con suficiencia. —Eres muy importante para mí, Cassy. Odiaría que te pasara algo. —Cass sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.
Odiaba ser importante para los dioses. Odiaba aún más ser importante también para los demonios. ¿Era él? ¿O era el cuerpo que ocupaba? Cass no lo sabía, pero desde luego no estaba dispuesto a ofrecerle esa información a este bicho raro. A este demonio.
Cass, en lugar de entrar en pánico, entrecerró los ojos, se cruzó de brazos y sacó la cadera. Miró fijamente al hombre, sin retroceder, aunque el pulso se le había acelerado tanto que temía desmayarse.
—Tienes muchas preguntas que responder —le dijo Cass con severidad, y los ojos del demonio brillaron.
—¿Ah, sí? ¿Las tengo? Pues pregunta lo que quieras, Cassy. —Odiaba que el cabrón lo llamara así. Tenía que ser una burla del nombre que le daba Lucian. Asco de capullo. Solo Lucian podía llamarlo así.
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