(BL) ¡El Villano quiere el divorcio! - Capítulo 401
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Capítulo 401: ¿Qué les está enseñando el templo a estos niños?
El que la conversación se desviara de él, en cierto modo, ayudó a que Cass se calmara. Pudo dejar de temblar y, poco a poco, fue capaz de mirar a su alrededor y ver a la gente que lo rodeaba tal y como era.
Lo había estado evitando desde que esa sensación pegajosa y terrible le había llenado el pecho. Desde que sintió que estaba perdiendo el control. Desde que Casiano le había arrebatado las riendas y había tomado su propia decisión.
Cass sí se sintió un poco traicionado por sus acciones, pero, al mismo tiempo, ambos estaban metidos en este lío y Cass llevaba mucho tiempo tomando las decisiones por los dos. Aquel hombre tenía todo el derecho a tomar algunas decisiones. Cass, simplemente…, estaba acostumbrado a tener el control. Hacía tiempo que él no tomaba las riendas. Casi dos meses, de hecho.
Con esa comprensión en su interior, Cass echó un vistazo a los demás. Estaba en el regazo de Lucian, sí, pero solo a medias. Edgar también estaba en el regazo de Lucian y Cass no se había parado a examinar cómo funcionaba aquello. Había estado demasiado atrapado en sus propios sentimientos, con su inestabilidad apoderándose de él.
Edgar estaba sobre una de las piernas de Lucian, mientras que Cass estaba en la otra. Lucian tenía los brazos alrededor de sus cinturas, sujetándolos con fuerza, pero sin apretar hasta hacer daño, para que ninguno de los dos tuviera miedo de caerse. La razón por la que no podía ver a Edgar con claridad era porque Cass estaba sentado de espaldas a la habitación.
Cuando hablaba con Lord Ridgewood, tenía que girar el cuerpo de tal manera que no podía mirar a Edgar y a Lord Ridgewood al mismo tiempo. Edgar estaba, básicamente, detrás de él.
Lucian, sin embargo, había estado en su campo de visión todo el tiempo, pero Cass simplemente no le había prestado ninguna atención. Lucian parecía cabreado, dolido y presionado. Su largo pelo estaba ligeramente enredado sobre sus hombros, y la barba hacía que su atractivo rostro pareciera más severo al no sonreír. Sus ojos naranjas eran como dos monedas en su cara, con su faceta de dragón tan evidente que no había forma de que pudiera ocultarla.
Cass no se había dado cuenta al principio, pero el hombre se sentía enorme. Toda su presencia llenaba la habitación. Tenía el control, siempre tenía el control, pero Cass notaba que estaba haciendo todo lo posible por mantenerlo.
Cuando Lucian se dio cuenta de que Cass lo estaba mirando, tragó saliva y forzó su expresión para que se suavizara un poco.
—Oye, Cass. ¿Todo bien? —preguntó Lucian en voz baja, con la voz un poco ronca. Cass podía oír la aspereza, sentir al dragón en su voz. Eso solo empeoraba el hecho de que le estuviera hablando como a un animal asustado. A estas alturas, Cass ni siquiera se sintió ofendido.
Cass bajó la mirada, suspiró y negó con la cabeza. Luego se giró para mirar a Edgar.
Tuvo que moverse un poco en el regazo de Lucian para poder ver bien al otro hombre, y cuando lo hizo, se encontró con que este le devolvía la mirada con estoicismo. Edgar era espectacular ocultando sus sentimientos. Al fin y al cabo, se había criado bajo la tutela del Duque Vespertine, y había una razón por la que Edgar y Cass se habían lanzado pullas antes de que su relación diera este… giro.
Edgar, a pesar de lo emocional que había estado hasta ese momento, parecía tranquilo. Relajado. Ni un pelo fuera de su sitio, el cuello de la camisa perfecto. No parecía que hubiera sido un pilar de apoyo para él hasta que Cass le dijo que fuera amable.
Lo único que lo delataba eran sus brillantes ojos azules. La habitación estaba un poco oscura, por lo que Cass podía ver lo brillantes y reflectantes que eran. Como los de un murciélago o un gato. Cass se quedó mirándolo fijamente, sintiendo que Edgar también lo miraba.
Podía sentir cómo la tensión crecía entre ellos, pero Cass no sabía qué significaba. ¿Estaba Edgar enfadado con él? ¿Estaba triste? Cass sentía un aleteo en el pecho que no estaba muy seguro de poder identificar.
Azorado, Cass fue el primero en desviar la mirada, inseguro, pero fue Edgar quien extendió la mano hacia él y le agarró la barbilla, deteniendo su movimiento.
—No puedes mirarme así y salirte con la tuya tan fácilmente —le dijo Edgar, y Cass parpadeó. ¿Mirarle cómo? Edgar examinó la expresión ligeramente confusa de Cass antes de que una sonrisa ladina asomara a sus labios. Cass dejó escapar un sonido suave y sorprendido cuando Edgar lo alcanzó, atrayéndolo más hacia él en el regazo de Lucian. La mano de Edgar en la cintura de Cass ardía, algo sorprendente, ya que Edgar normalmente tenía una temperatura relativamente humana.
—¿Qué? —preguntó Cass, un poco sorprendido, antes de que su cerebro empezara a funcionar a toda marcha. Ya había oído esa frase antes. Era una frase bastante peligrosa y, aunque Cass estaba seguro de que Edgar no haría nada, no lo estaba del todo. —N-no te estoy mirando de ninguna manera en especial —replicó Cass, y luego hizo una mueca al oír el sonido de las palabras que salían de sus labios. ¿Era un maldito idiota? ¿Cuántas veces había leído esas frases y con qué frecuencia no habían llevado al protagonista a ninguna parte?
La mirada de Edgar, brillante y cálida, recorrió lentamente el rostro de Cass. Cass sintió que su boca se abría ligeramente cuando la mirada de Edgar casi le quemó al llegar a sus labios. No podía estar pensando en eso en serio mientras estaban en esta situación y, además, en el regazo de Lucian. Cass sintió que se le acaloraba la cara.
—No puedes estar hablando en serio ahora mismo —siseó Cass, y observó cómo los ojos de Edgar se arrugaban en las comisuras mientras el rostro del apuesto hombre se rompía en una sonrisa, volviéndose aún más diabólicamente guapo. Tener un aspecto como el suyo debía de ser ilegal.
—¿Qué? Acabas de despertar como un verdadero demonio sexual y hemos estado teniendo conversaciones muy serias. Estoy seguro de que tienes hambre. ¿Qué comen los demonios sexuales, Cass? —Cass se quedó sin palabras.
—N-no tengo hambre ahora mismo. No tengo ni un maldito apetito. ¿Quién lo tendría en este momento? —Cass sintió que su nerviosismo aumentaba mientras Lucian se movía debajo de él. Cass casi se cayó y tuvo que agitar los brazos, apoyando las manos bruscamente sobre Edgar y Lucian. Luego gimió, cerrando los ojos. ¿Qué demonios estaba haciendo?
—Aunque no tengas apetito, probablemente deberías comer. Han pasado unas horas desde la última vez que comiste —dijo Lucian, con preocupación en la voz. Cass quiso gruñirle.
—¡No tengo hambre! ¡De verdad que no! Ni siquiera he estado alimentando esa parte de mí durante todo este tiempo, ¿crees que necesito excederme ahora? —Cass estaba molesto, avergonzado y, simplemente…, abrumado. Lucian le dio una palmadita tranquilizadora en el costado.
—Sí, aunque ese podría ser el caso, has ganado un buen peso desde que empezaste tu dieta mixta. Ahora tienes algo de carne en los huesos, Cass. De verdad creo que deberíamos darte tres comidas equilibradas al día, con tentempiés regulares entre ellas. —La cara de Cass no podía estar más roja.
—¿Qué eres ahora? ¿Mi entrenador personal? —Fue un golpe bajo, sobre todo porque nadie en la sala sabía lo que significaba. Lucian frunció el ceño ante sus palabras.
—¿Qué significa eso? —preguntó, y Cass se frustró aún más.
—Es alguien molesto que intenta microgestionar tu dieta y tu salud física —le dijo Cass, y Lucian pareció reflexionar sobre ello un momento antes de empezar a asentir.
—Entonces quizá sí sea tu entrenador personal. Me preocupo por tu forma física y tu salud. También cocinaré para ti. Haré todo lo que necesites que haga. Después de todo, tengo que compensarte —dijo Lucian con gravedad, y Cass sintió que el pecho le dolía ante aquella sinceridad.
Estaba siendo abrumador. Se sentía abrumado.
—¿De qué se alimentan, exactamente, los demonios sexuales? —preguntó Lord Ridgewood, y Cass giró la cabeza bruscamente hacia el otro hombre. Estaba sentado en el sofá, con el rostro cuidadosamente compuesto mientras Cass se ponía rojo como un farol.
—Gideon, ¿qué pasa cuando dos personas tienen sexo? —preguntó Lucian, y Cass agradeció que no le estuviera gruñendo al hombre. Sin embargo, Lord Ridgewood parecía un poco confundido.
—¿Se forma un bebé? —dijo Lord Ridgewood, y Lucian sonrió lentamente. Cass quiso rezarle a un poder superior.
¿Ambos? ¿Tanto Lord Ridgewood como Lady Ava?
—Allá vamos, joder —murmuró Edgar tan bajo que Cass estaba seguro de que solo ellos tres lo oyeron—. Gideon, recibiste educación sexual antes de tu matrimonio, ¿verdad? —preguntó Edgar, y Lord Ridgewood asintió.
—Sí, pero puede que fuera deficiente. Mi hermano me informó de que Fiona sería una mejor maestra, así que, aunque entiendo que el pene y la vagina están implicados en el coito heterosexual tradicional, no estoy familiarizado con las otras cosas que lo acompañan. —Puso una expresión pensativa—. Aunque soy consciente de que la mayoría de los actos se realizan desnudos, pero no siempre, parece que hay una buena cantidad de embestidas de algún tipo, pero no estoy familiarizado con el resto. —Cass casi sintió pena por el hombre.
Había suspirado por otro hombre y no tenía ni idea de lo que haría con él si le pusiera las manos encima. Cass no pudo evitar mirarlo con lástima. Se sentía como un experto, dada la cantidad de cosas que había leído.
—Quizá debería prestarte uno de mis libros —dijo Cass, y Lucian estalló en carcajadas.
—Cassy, cariño, eso es como pedirle a un polluelo que vuele cuando acaba de desarrollar sus alas. Es demasiado novato para leer las cosas que tú lees. Ni siquiera lo entenderá —bromeó Lucian, y Cass lo fulminó con la mirada.
—Tengo cosas más suaves. Es tierno. Ligero. Fácil para un principiante como Lord Ridgewood —dijo Cass, defendiéndose.
¡Era solo un libro, pero contaba!
Lord Ridgewood parecía interesado.
—¿Hay libros sobre este tipo de cosas? Pensé que estaban prohibidos. —Lucian sacudía tanto a Edgar como a Cass mientras se reía. Cass se sonrojó.
—Cass tiene acceso a cosas que nosotros no tenemos debido a su linaje de demonio, Gideon. Eso incluye libros subidos de tono que me hacen ver las estrellas. El hecho de que Cass pueda leerlos sin inmutarse es un talento. —Cass se sonrojó.
—¡No son para tanto! He leído cosas peores —protestó Cass y sintió la mano de Lucian apretarlo para llamar su atención. Cuando Cass volvió a mirarlo, Lucian tenía una ceja levantada.
—¿Lo que yo leí era flojo en comparación con lo que tú has leído antes? Cielos, Dulzura. Realmente te he estado fallando. —La sonrisa de Lucian fue lenta, seductora, e hizo que el corazón de Cass latiera tan fuerte que supo que el otro hombre podía oírlo.
Molesto, Cass extendió la mano y le dio una palmada en el pectoral, sabiendo que a Lucian no le importaría. Este simplemente echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—Si quieres hacerme daño, vas a tener que pegarme más fuerte. Eso solo ha sido una palmadita cariñosa, Dulzura —le dijo Lucian, con su mirada naranja chispeando. Cass solo quería meterse en un agujero.
Ahora simplemente se estaban burlando de él en lugar de interrogarlo. No sabía qué era peor.
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