(BL) ¡El Villano quiere el divorcio! - Capítulo 434
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Capítulo 434: Confesiones ebrias de placer (sugerente)
El pecho de Cass se agitaba, con el pulso retumbándole en los oídos mientras Edgar apretaba la tierna carne en su mano, ordeñando hasta la última gota de Cass. Cass se estremeció, con la mirada perdida y las extremidades temblorosas y pesadas al mismo tiempo.
Edgar se inclinó, presionando sus labios contra el cuello de Cass, y el aire de su nariz le hizo cosquillas en la sensible piel de esa zona. Cass rio entre dientes, sus labios se curvaron en una suave sonrisa mientras se derretía en los cojines bajo él.
—Que los dioses me den fuerza —fue un suave murmullo de Edgar, que sonó como una plegaria. Cass se rio entre dientes.
—¿Por qué necesitas que los dioses te den fuerza? —preguntó Cass, sintiendo cómo Edgar se apartaba hasta que pudo encontrar su mirada. Los labios de Edgar estaban rojos, sus colmillos aún extendidos, y Cass podía oler el ligero toque a hierro en el aire. Cass, cuyo propio cuerpo se agitó ante el olor, exhaló con un temblor. Esa parte aún no había sido respondida. Por qué incluso la sangre era efectiva en él.
Edgar resopló, con sus ojos monstruosos mientras recorrían el cuerpo de Cass.
—Quiero lamer cada centímetro de ti —admitió Edgar—. Te quiero dentro de mí, Cass. No quiero solo tocarte la polla. Te deseo desesperadamente, entrando y saliendo de mí mientras te chupo el cuello. —La respiración de Cass se detuvo en seco ante las palabras de Edgar. La afilada mirada de Edgar lo escrutó—. Sin embargo, he tomado un poco de más. No lo suficiente como para hacerte daño, pero demasiado como para poder mordisquearte a gusto. Ha sido…, ha sido demasiado potente como para poder controlarme —admitió Edgar, con la cara enrojecida.
—Oh… —dijo Cass, sin saber qué podía responder. Se sentía tonto, con la lengua pastosa en la boca. La sonrisa de Edgar era amplia mientras miraba a Cass. Cass observó, haciéndosele la boca agua mientras Edgar se pasaba la lengua por los colmillos.
—Sabías jodidamente bien. No voy a olvidarlo mientras viva. Tan espeso, pesado, con un poco de chispa. Dios, me cubrió la garganta. —La forma en que Edgar gimió hizo que Cass pensara en otras cosas que podrían cubrirle la garganta.
Cass se aclaró la garganta. Podía sentir cómo se le endurecía la polla y sabía que Edgar también podía. Después de todo, todavía les sujetaba las pollas. La mirada de Edgar se agudizó, su expresión se volvió pensativa mientras su mano se movía, cambiando hasta que solo sostuvo la polla de Cass en su mano. Cass fue a protestar cuando el hombre empezó a trazar círculos meditabundos alrededor de la punta de su polla.
Cualquier protesta se le quedó atascada en la garganta cuando Edgar se inclinó, presionando sus labios contra su barbilla.
—Mi dulce y apuesto Cass, siempre tan ansioso. Lucy tenía razón al preocuparse de que no pudiéramos satisfacer tu hambre solos. Afortunadamente, eres tú el que puede meterme la polla. No tienes que preocuparte de si estoy duro o no, siempre y cuando esté bien lubricado por dentro. —El susurro de Edgar contra la mandíbula de Cass le hizo sentir que se estaba volviendo loco. Cass no tenía palabras, y no las necesitaba. No cuando su polla ya estaba en la mano de Edgar y podía sentir, podía ver, cómo le afectaban sus palabras.
Edgar soltó una risa orgullosa y complacida mientras Cass se endurecía aún más.
—¿Te gustó esa idea? Me alegro de que sí. Sería una pena que después de todo este tiempo no quisieras follarme. Desliza esta polla dentro de mi culo y fóllame hasta que vea estrellas. —Las palabras de Edgar eran algo que Cass nunca esperó que saliera de la boca del otro hombre—. ¿Recuerdas haberme comido el culo, Cass? Yo sí. Estabas tan ansioso, y tus dedos llegaron tan profundo dentro de mí. Todavía pienso en ello. —Las palabras entrecortadas de Edgar, su tacto, eran abrumadoras.
No importaba que Cass se hubiera corrido solo unos minutos antes; Cass se estiró, agarró a Edgar desesperadamente y tiró de él hacia arriba y contra sus labios. La risa del hombre fue engullida cuando Cass lo besó, con las caderas moviéndose espasmódicamente contra la mano de Edgar. Edgar, incapaz de seguir hablando, se concentró en masturbar la polla de Cass. Dándole placer.
Cass sintió que los dedos de sus pies se encogían, sus gemidos engullidos por el toque más experimentado de Edgar hasta que Cass no pudo moverse. Se corrió de nuevo, y Edgar devoró con avidez el sonido del clímax de Cass, exprimiéndolo al máximo.
Cass estaba agotado, tumbado contra los cojines, sintiéndose devorado aun con la ropa puesta. Edgar parecía extremadamente complacido, la duda y el miedo que lo habían atormentado antes de esto habían desaparecido.
Cass, temblando, alargó la mano y acunó el rostro de Edgar, con la mirada perdida.
—¿Dejaría que alguien que no quiero cerca me hiciera esto? —le preguntó Cass. Con esa sola frase, borró de un plumazo la expresión engreída y complacida del rostro de Edgar. Esta se transformó en algo más tierno, más sorprendido.
Edgar, abrumado por las emociones, se inclinó y presionó la frente contra el hombro de Cass. Su respiración era entrecortada, pesada, y Cass simplemente lo abrazó.
—Joder —masculló Edgar, y Cass lo mantuvo en sus brazos.
No dijeron nada durante un largo momento, el silencio se prolongó antes de que Edgar golpeara el lateral del carruaje, cerca de donde normalmente se sentaría el cochero. Cass no sabía qué significaba, pero parecía que alguien al otro lado sí.
—¿Qué significa eso? —preguntó Cass, curioso, y Edgar, despojado hasta la médula, levantó los ojos y miró fijamente a Cass. La forma en que lo miraba, incluso después de haber compartido ese momento, hizo que Cass quisiera retorcerse bajo él con incomodidad.
—Es una señal para ir a casa. Ya hemos terminado de «divertirnos» —dijo Edgar. Cass no preguntó cómo lo sabía, pero por la forma en que los ojos de Edgar se abrieron de par en par, Cass no ocultó bien su expresión ligeramente amarga. Edgar se inclinó y besó las mejillas de Cass—. Vas a volverme loco. Cómo diablos se me pasó esto por alto hasta ahora va a volverme loco —murmuró Edgar—. Aprendí este tipo de etiqueta de los hombres y mujeres que trabajan de noche para la familia Vespertino. Estaba a cargo de esa parte de nuestra familia. Probablemente todavía lo estoy. Se aseguraron de que estuviera bien educado para que, cuando empezara a alimentarme de víctimas desprevenidas, conociera todos los códigos —explicó Edgar. Cass se relajó, pero solo un poco.
—Eso es… ¿qué edad tenías cuando aprendiste todo lo que te enseñaron? —preguntó Cass, cambiando de idea en el último momento. Estaba bien que le enseñaran eso, pero le habían enseñado bastantes cosas. Edgar se estremeció ante la pregunta de Cass.
—Una edad razonable. Era mayor de edad —dijo él, pero a Cass no le gustó oír eso. Estaba bastante seguro de que la mayoría de edad aquí era… ¿cuál? ¿Doce? ¿Trece? No podía recordarlo, pero no le gustaba la idea de que el pequeño vampiro Edgar pasara el rato con prostitutas y otros tipos.
No porque no fueran buena gente, sino porque las situaciones en las que se encontraban no eran seguras para los niños. ¿En qué coño estaba pensando su padre? ¿Cómo se lo habían permitido a Edgar? ¿Quién lo vigilaba?
Cass escrutó el rostro de Edgar, sus ojos finalmente se enfocaron tras los clímax consecutivos y descubrió que el hombre evitaba su mirada. Sabía que Cass se molestaría por su respuesta, y solo eso hizo que a Cass se le oprimiera el pecho.
Suspirando, Cass se estiró y atrajo al hombre hacia sí, apretándolo en un fuerte abrazo.
—No estoy molesto contigo —murmuró Cass—. Ni siquiera estoy molesto con tus maestros. Me cabrea saber que los tres tuvimos infancias jodidamente horribles y no hablamos de ello entre nosotros —le dijo Cass. Edgar se relajó.
—Por tres… ¿te refieres también a Gideon? —preguntó Edgar con cautela y Cass suspiró.
—Amenacé con cortarle los brazos a su padre si se atrevía a tocarnos a Gideon o a mí hoy —le dijo Cass a Edgar—. Me alegré de que no pensara que no lo haría —confesó Cass. Edgar se relajó en sus brazos.
—¿Qué? No… ¿cómo permitieron eso? ¿Los sacerdotes hicieron algo para detenerte? —preguntó, claramente preocupado por Cass. Cass se rio entre dientes.
—Tu padre estaba allí mismo y no dijo ni mierda. Especialmente porque consiguió otro santo. El cabrón ni siquiera sabe que sus poderes se le van a escapar como de un cubo con un agujero —murmuró Cass—. «¿Quizá debería hacerle algo más?», reflexionó Cass, y Edgar le dio un apretón.
—¿Cómo podría no adorarte? —murmuró Edgar en voz baja, antes de que ambos hombres hicieran una pausa. Cass, confundido por lo que Edgar acababa de decir, y Edgar porque claramente no pretendía que se le escapara.
Edgar saltó de encima de Cass como un gato asustado por un pepino. Tenía los ojos muy abiertos, la cara sonrojada y semen por toda su ropa y la de Cass. Parecía a punto de salir disparado, mientras Cass intentaba procesar lo que Edgar acababa de decir.
Lo había oído, por supuesto. Tenía buen oído, gracias a uno de sus linajes, pero aunque sabía lo que significaban esas palabras, a Cass le costaba procesarlas.
¿Adorarlo? ¿A Cass? ¿Edgar?
Edgar, cuando Cass empezó a incorporarse lentamente sin decir nada, soltó una risa nerviosa.
—¡Estaba bromeando, por supuesto! ¡Puedes ignorar lo que he dicho! —Intentaba restarle importancia, pero eso solo hizo que Cass frunciera el ceño. Edgar se puso pálido, tropezando y tartamudeando, pero Cass no lo oía realmente. Sabía que lo que fuera que Edgar le estuviera diciendo probablemente no significaba nada.
Estaba intentando encubrir lo que acababa de decir, ¿y Cass? Cass intentaba averiguar cómo le hacían sentir esas palabras.
—Edgar —dijo finalmente Cass, interrumpiendo al hombre que tartamudeaba. Edgar lo miró, con los ojos muy abiertos, como si estuviera a punto de oír la peor noticia del mundo—. ¿Lo decías en serio? —preguntó Cass. Su tono era neutro, cauto. Edgar tragó saliva, apretando las manos. Ninguno de los dos se había limpiado, ninguno había tenido tiempo de hacerlo. Estaban demasiado consumidos por sus emociones como para darse cuenta.
—¿Qué vas a hacer si digo que sí? —preguntó Edgar, preocupado. Cass suspiró.
—No voy a rechazarte, si es eso lo que te preocupa. Es solo que… —Cass se interrumpió. La esperanza de Edgar se desvaneció cuando Cass dejó la frase en el aire.
—¿Es solo que…? —insistió Edgar, con el corazón en la mirada. Cass dejó escapar otro profundo suspiro.
—Nunca he estado enamorado —le dijo Cass sin rodeos, pensando que debía ser sincero con él—. Nunca lo he experimentado. No sé lo que es y nunca tuve ningún interés en mi otra vida. Me preocupa no poder darte nunca el tipo de respuesta que quieres. Ni siquiera sé si soy capaz de ello —le dijo Cass. No quería darle falsas esperanzas. No era como Fiona.
La expresión de Edgar era compleja al oír las palabras de Cass. Estaba claro que se las tomaba en serio, no las descartaba. Pareció… pensativo durante un buen rato antes de alargar la mano con vacilación y tocar el dorso de la mano de Cass.
—¿Pero no sientes repulsión por mí? —preguntó Edgar y Cass negó con la cabeza.
—No. No siento repulsión por ti —le dijo Cass y Edgar dejó escapar un suave suspiro.
—Yo… puedo apañármelas con eso. Podemos resolver la otra parte más tarde —le dijo Edgar. Le dedicó a Cass una pequeña sonrisa—. Me alegro de no haber sido rechazado de plano. Yo… de verdad que no quería decir eso en ese momento —le dijo, y Cass soltó una risita suave.
—Supongo que si ibas a hacerlo, iba a ser de forma romántica —le dijo Cass y Edgar sonrió ampliamente. Le guiñó un ojo a Cass, tomó su mano y le dio un beso en el dorso, mostrando un poco su colmillo.
—¿Puedes olvidar este momento y esperar al siguiente? —preguntó con encanto. Cass soltó una carcajada de sorpresa.
—Ni de coña —le dijo Cass, y los dos hombres se rieron. Aquello podría haber tomado un rumbo completamente diferente, y Cass se alegró de que ni él ni Edgar lo permitieran. Se habían quedado sentados y habían dejado hablar al otro. Escuchándose mutuamente.
Era una mejora que Cass no había esperado, pero que le parecía jodidamente importante. Sobre todo después de cómo habían ido las cosas el día anterior. Este parecía el Edgar que Cass conocía, no el hombre que le había hablado ayer.
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