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(BL) ¡El Villano quiere el divorcio! - Capítulo 442

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Capítulo 442: Un dragón orgulloso y un vampiro siseante

Cass se encontró con un pijama nuevo, ya que el anterior se había ensuciado de alguna manera. Estaba aturdido, recién bañado por las grandes pero cuidadosas manos de Lucian, y sentado de nuevo en el sofá. Estaba como desplomado contra el hombro de Lucian y el borde del sofá.

Podía sentir lo caliente que estaba su cara, además de lo suelto y relajado que estaba su cuerpo. Lucian se reía entre dientes mientras se estiraba para ahuecarle la mejilla a Cass.

—Puedes irte a la cama, dulzura. No necesitas seguir despierto —su voz era suave y tierna, pero Cass se resistía. En parte porque había dicho que iba a estudiar y, maldita sea, quería hacerlo. Aunque en ese momento apenas pudiera levantar los brazos y el libro, grueso y pesado, reposara en su regazo como un maldito peso.

También se sentía culpable. Si se iba a la cama antes de que Edgar volviera, le tocaría a Lucian explicar todo lo que había pasado, y Cass estaba seguro de que alardearía. No le cabía duda de que el otro hombre lo haría, y no quería lidiar con un Edgar malhumorado dos días seguidos.

Tenía la sensación de que sus ganas de provocarlo resurgirían, y ¿mira a dónde lo había llevado eso hoy? La marca de la mordedura palpitó y Cass se removió un poco en el asiento. Sí. Se alegraba de que Edgar estuviera bien alimentado, pero a Cass también lo habían cuidado muy bien.

A Cass se le arrebolaron las mejillas.

—Debería leer más —dijo Cass, inmóvil. El libro seguía cerrado en su regazo y sus brazos permanecían a sus costados. Lucian lo escrutó, con una danza en la mirada. La sonrisa en sus labios era amable, pero Cass pudo ver el destello en sus ojos.

—Ya veo —dijo Lucian. No comentó nada sobre el hecho de que Cass no hacía el menor ademán de leer y, en cambio, soltó una risita por lo bajo.

Cass no supo cuánto tiempo permaneció allí sentado, aturdido, hasta que llamaron a la puerta. Sintió que su cuerpo se tensaba justo antes de que Edgar empujara la puerta para abrirla con timidez. Recorrió la habitación con la mirada, sus ojos se detuvieron en Lucian y Cass por un instante antes de seguir oteando. Entonces se giró de nuevo hacia ellos y cerró la puerta a su espalda mientras se acercaba.

—¿Cómo va la lectura? —preguntó Edgar, y Cass sintió ganas de respingar. Sí, claro, habían leído taaaanto.

—Hemos llegado a los vampiros —le informó Lucian, sin decirle toda la verdad. Edgar, no obstante, centró su mirada en Cass. Tenía el ceño ligeramente fruncido, como si notara que algo no iba del todo bien.

—Eso es… bueno. ¿Aprendiste algo nuevo? —preguntó Edgar y Lucian soltó una risita.

—Bueno, es que alguien tenía un poco de sed, así que nos tomamos un descanso —dijo Lucian. Cass vio cómo los ojos de Edgar se abrían un poco más, antes de que una expresión sombría le cruzara el rostro.

—¿Sin mí? —acusó, y Lucian resopló. Miró a Edgar, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo antes de esbozar una sonrisa ladina.

—Tú no me pediste permiso para divertirte con Cass en el carruaje, así que, ¿por qué iba a pedírtelo yo para divertirme con él en su propio dormitorio? —contraatacó Lucian, y la expresión de Edgar se endureció. Al mirar a Cass, sus ojos reflejaban conflicto y dolor. Cass respingó.

—Yo… no tengo excusas —murmuró Cass, pero fue Edgar quien se pasó una mano por la cara, sacudiendo la cabeza.

—No te culpo a ti, Cass —murmuró Edgar—. Lucy tiene más culpa que tú. —Cass no entendía su lógica. ¿Qué se suponía que significaba eso? Incluso en su estado de aturdimiento, sabía que ambos habían participado. Eso no lo hacía menos culpable.

—¿Por qué? No es como si Lucian lo hubiera hecho solo —dijo Cass, y ambos, Lucian y Edgar, intercambiaron una mirada antes de volverse hacia él. Edgar pareció… incómodo por un instante y luego suspiró.

—Cass… no te das cuenta, pero siempre que surge algo de naturaleza sexual… en realidad nunca te niegas. Al menos, no últimamente. Simplemente… sigues la corriente —le dijo Edgar con suavidad. Cass parpadeó.

—¿Qué? Por supuesto que me niego —protestó Cass, y Lucian se acercó, le pasó un brazo por los hombros y le dio un apretón.

—Bebé Cassy, no, no lo haces. Puede que te opongas al principio, pero siempre acabas cediendo. Por eso Eddie y yo solemos ser… bastante cuidadosos con lo que hacemos contigo. Ha sido así desde el celo que compartiste con nosotros. —A fin de cuentas, no había pasado tanto tiempo, así que ¿por qué estaban tan seguros de que fuera así?

—Están diciendo ridiculeces. Hacen que suene como si hubiera perdido mi autonomía para tomar ese tipo de decisiones —dijo Cass con brusquedad. Sabía que no era así. A estas alturas, Edgar y Lucian sabían que ni se les pasaría por la cabeza algo semejante. No lo forzarían a vivir esos momentos, y Cass sabía que él había estado consciente hacía apenas una hora.

Su trasero todavía se contraía, palpitante. No podía olvidar lo que Lucian le había hecho.

Edgar se arrodilló ante Cass y le puso las manos en las rodillas, cerca del libro que había estado leyendo antes. Cass se estremeció; la imagen del otro hombre de rodillas ante él agitó una parte de su ser que estaba casi seguro de que Lucian había dejado seca. Maldita sangre de demonio. Estaba demasiado cachondo por su propio bien.

—Por eso somos tan cuidadosos. Jamás querríamos sentir que no elegiste estar con nosotros, sobre todo después de experimentar cómo te ponías durante tu celo. Nunca querría que sintieras que no participas activamente en nuestros actos —le dijo Edgar. Lucian le dio un apretón.

—Exacto. He aprendido que un Cass en sus cinco sentidos es mucho más divertido que un Cass al que puedo darle órdenes sin que rechiste. El Cass quejica es el que grita más fuerte. —La cara de Cass se puso al rojo vivo con las palabras de Lucian. Y ni siquiera lo decía para provocarlo directamente, Cass podía notarlo. Era por la forma en que el otro hombre lo miraba. La expresión de Edgar se agrió.

—¿Gritó? —exigió, volviéndose hacia Lucian. Lucian sacó la lengua y la serpenteó.

—A ti también puedo hacerte gritar, Eddie, si te apetece —sugirió, y Edgar se quedó boquiabierto. Cass observó cómo el otro hombre se quedaba mirando la lengua de Lucian un instante antes de que se le sonrojara la cara.

—No, gracias —dijo con acidez. Cass intentó no sonreír.

—Deberías tomarle la palabra —dijo Cass en voz baja, ganándose un jadeo de sorpresa y excitación por parte de Lucian. La mandíbula de Edgar se tensó.

—¡Oh, Cass! ¡De verdad te gustó! —Lucian soltó una sonora carcajada, apretó a Cass con fuerza contra su costado y le plantó un beso en la mejilla. Edgar observó la escena, hasta que algo pareció ocurrírsele. Entonces, abrió los ojos como platos y dejó escapar un suave jadeo.

—Espera, ¿qué hizo Lucian con la lengua? Dime la verdad —ordenó Edgar. Lucian gruñó, a quien claramente no le gustó el tono de Edgar, pero, ¿sinceramente? Cass pensó que era totalmente justo que lo exigiera. ¿Acaso iba a matarlo decir las palabras? Por supuesto, pero se las debía.

—Lucian, él… —Cass sintió que la cara se le encendía aún más y se detuvo. Se mordió el labio inferior, inquieto y avergonzado. Tanto Lucian como Edgar se concentraron en su reacción, y Cass pudo sentir cómo sus miradas se volvían más cálidas. —Lucian, um, me comió el culo —susurró Cass, con la voz casi inaudible. Resopló, sabiendo por la mirada de Edgar, que se endurecía, que tenía que aclarar. —Me metió la lengua —masculló, deseando que se lo tragara el sofá.

No podía, con Edgar a sus rodillas y Lucian rodeándole los hombros. Ninguno de los dos se lo permitiría.

La afilada mirada de Edgar recorrió la habitación. Olisqueó, y Cass sintió que se sonrojaba todavía más.

—¿Aquí? ¿O en la cama? —preguntó Edgar, y Cass volvió a agitarse inquieto.

—En la cama —le dijo Cass, sintiéndose fatal por tener que contarlo todo con pelos y señales. Edgar lo miró, lo miró de verdad, y resopló.

—Ni siquiera necesito preguntar si te gustó. ¿Eso fue todo? ¿Hizo algo más? —preguntó Edgar, y Cass respingó.

—Me metió un dedo —le dijo Cass. Edgar gruñó y se giró para fulminar a Lucian con la mirada.

—Solo quería llegar a lo bueno. Él solo ha jugado con su sitio especial a solas. Quería que supiera que yo podía tocarlo con ambos —le dijo Lucian, y la mirada asesina de Edgar se intensificó.

—¿Con ambos? Lucy, Cass dejó sus límites muy claros —advirtió Edgar, y a Cass le sorprendió un poco que se estuviera enfadando por él. —¿Has violado varios y esperas que a él le parezca bien? —exigió Edgar, y Cass respingó. Se estaba enfadando con Lucian por razones muy válidas, pero…

Las razones que Cass tenía para evitar la penetración y demás se habían… desvanecido en cierto modo. No por completo. Seguía sin ser realmente su cuerpo, dijera lo que dijera Casiano. No se sentía cómodo llegando hasta el final, pero… ¿los juegos previos? No creía que pudiera evitarlos.

Dado que no importaba lo que hiciera o dejara de hacer, iba a cambiar de todas formas.

—Edgar —comenzó Cass, atrayendo las miradas de ambos hacia él. Notaba que Lucian estaba listo para lanzarse en su propia defensa, pues su cuerpo se había puesto rígido a su alrededor, pero Cass necesitaba aclarar esto. —Yo… debería explicar por qué puse esa regla —admitió en voz baja. Edgar y Lucian parpadearon.

—No tienes por qué hacerlo —le dijo Lucian. Sonaba tan sincero que Cass respingó. No se esperaba que precisamente Lucian le dijera eso, pero…

—No. Creo que les debo una explicación a ambos —admitió Cass. Inspiró hondo y exhaló lentamente—. Estaba… asustado. Aterrado, en realidad, de cualquier cosa íntima. —Ninguno de los dos dijo nada, pero Cass pudo sentir un ligero cambio en el ambiente. Bajó la mirada, clavándola en el libro que tenía en el regazo—. Tenía miedo porque nunca lo he experimentado, ni en este cuerpo ni en ningún otro, y de verdad, de verdad que no quería joderlo todo. Yo… todavía me cuesta ver este como mi cuerpo. No lo es. Es… es de Casiano —admitió en voz baja mientras tragaba saliva—. No quería hacer nada a lo que él pudiera oponerse.

Edgar apretó con más fuerza las rodillas de Cass.

—¿Qué ha cambiado? —preguntó él en voz baja, y Cass le dedicó una sonrisa llorosa.

—Hablé con él. Dijo que… que le parecía bien cualquier cosa que yo hiciera. Que se alegraba de que estuviera haciendo algo para afrontar el problema en lugar de evitarlo, pero entonces los demonios revelaron la verdad y yo… lo he fastidiado todo. Pero Casiano no está enfadado —admitió Cass, luego desvió la mirada hacia Lucian un instante y la apartó—. A Casiano también le gustaba cuando Lucian le buscaba las cosquillas —admitió en voz baja.

La suave inspiración de Lucian, la forma en que contuvo el aliento por un segundo, le indicó a Cass que había comprendido la importancia de esa afirmación.

—¿Así que pensaste que estaba bien llegar a más con Lucy por eso? —preguntó Edgar y Cass asintió—. ¿Y yo qué? —preguntó Edgar, y Cass sintió que se le encendía la cara.

—Estaría… estaría bien —susurró Cass, con el cuerpo tembloroso. Era algo muy importante que decir, algo muy importante que admitir. A estas alturas ya estaba tan metido hasta el fondo que, simplemente…

—Quisiera decir una cosa —interrumpió Lucian—. No quiero cortar el rollo, pero necesito marcar un límite —dijo. Tanto Cass como Edgar lo miraron, confusos. La expresión de Lucian era seria, y Cass sintió un vuelco en el estómago. Tuvo el presentimiento de que sabía lo que iba a decir, y si estaba en lo cierto…

Claramente, el hombre estaba marcando su territorio. Cass se estremeció.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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