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Bleach:detective - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 capitulo 12 El eco herido
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12: capitulo 12: El eco herido 12: capitulo 12: El eco herido La vigilancia sobre la finca del “Proyecto Cronos” en Colorado fue como observar un hormiguero de cristal: actividad constante, meticulosa, y totalmente opaca.

Las comunicaciones eran fantasmas, el personal usaba identidades descartables, y los suministros llegaban en camiones sin logotipos.

El Dr.

Voss, si estaba allí, nunca salía.

Mientras tanto, la organización que creaba asesinos no se detuvo,Martin, el chofer, había sido una herramienta descartada.

Necesitaban otro “sujeto” para el contrato de la jueza Vance.

Y si no podían usar a alguien cercano, usarían a un desconocido con un perfil perfecto: alguien sin vínculos, con un trauma profundo y, preferiblemente, con habilidades útiles.

León, sumergido en los patrones de selección de la organización, hizo una proyección aterradora.

No buscarán otro chofer.

Buscarán a alguien con acceso a sistemas de seguridad, alguien que pueda sortear las protecciones de la jueza.

Un ex policía, un guardaespaldas caído en desgracia, o… un investigador privado con un pasado turbulento.

Esa última categoría le hizo levantar la vista de sus pantallas.

Él mismo encajaba en el perfil.

Joven, solo, con un trauma no resuelto (la muerte de su padre), y habilidades investigativas que podrían ser útiles para acercarse a la jueza bajo una cobertura falsa.

Fue un escalofrío de autorreconocimiento macabro.

Pero la organización no lo conocía.

O eso creía.

Una semana después, mientras trabajaba tarde en el apartamento seguro, revisando los flujos financieros enmarañados de Mnemotech AG, su teléfono personal (no el negro de “El Veredicto”) sonó.

Un número desconocido.

¿Detective Mercer?

Una voz de mujer, joven, temblorosa.

Soy… me dijeron que usted ayuda, Que resuelve cosas… cosas que la policía no puede.

Mi hermano… él no es él.

La voz estaba al borde del pánico.

León activó la grabación y el rastreo de forma instintiva.

Despacio.

¿Quién es usted?

¿Quién le dio mi número?

Me llamo Anya.

Anya Petrov.

Mi hermano es Ilya.

Él… antes del accidente, era diferente.

Después de la terapia, en una clínica… cambió.

Ahora dice cosas que no tienen sentido.

Y anoche… anoche le oí hablar solo, en la cocina.

Decía… decía que tenía una ‘cita con una dama de negro’.

Y tenía un cuchillo.

Lo escondí, pero… tengo miedo.

Una dama de negro.

La descripción encajaba con la jueza Vance, que siempre vestía trajes formales oscuros en tribunales.

Cita.

Un término programado para el acto.

¿Dónde está su hermano ahora, Anya?

Salió.

Dijo que iba a… a ‘prepararse’.

No sé dónde.

Por favor, ¿puede venir?

La dirección que dio era un complejo de apartamentos de clase media en un barrio no muy lejano,Todo olía a una trampa,Demasiado conveniente.

Una llamada de auxilio directa a él, justo cuando buscaban un nuevo sujeto.

Pero ¿y si era real?

¿Si Ilya Petrov era otra víctima, y su hermana, genuinamente aterrada, había encontrado su nombre en algún registro público de sus días en el departamento?

Cole y La Ejecutora, monitoreando la llamada, fueron terminantes: “Es una trampa.

No vayas.

Enviamos un equipo de limpieza.” Pero León recordó los ojos de Richard Morse, el contador perdido en su propia mente.

Recordó la voz triste en el motel.

Si Ilya era otra víctima, otro “paquete” listo para ser entregado, ir allí podría darles un sujeto vivo, alguien a quien desprogramar, una mina de información sobre la clínica.

Y si era una trampa… también sería información.

Sabrían que la organización lo había identificado.

Voy dijo León, desconectando el micrófono de la llamada con “El Veredicto” por un momento.

Pero estaré preparado.

Cole, dame cobertura a dos cuadras.

Ejecutora, tenga su equipo listo.

Si sale humo, entren.

Se vistió con rapidez: chaleco antibalas bajo la camisa, los dos Colt en sus sobaqueras, un cuchillo táctico en el tobillo.

No era un asalto, era una investigación de alto riesgo.

Su mente, sin embargo, no estaba en modo combate.

Estaba en modo diagnóstico.

Ilya Petrov, si existía, era un síntoma.

Y él iba a examinarlo.

El complejo de apartamentos estaba en silencio, mal iluminado.

El apartamento 4B estaba en el segundo piso.

No había luces encendidas.

La puerta estaba entreabierta.

Alarma total, León desenfundó uno de los Colt, empujó la puerta con el pie y se hizo a un lado.

Nada.

Un silencio denso.

¿Anya?

llamó, manteniéndose fuera de la línea de fuego.

Soy León Mercer.

Dentro, un golpe seco, como un cuerpo cayendo.

Luego, un gemido.

León maldijo entre dientes y entró, barriendo la pequeña sala de estar con el cañón de su arma.

Estaba vacía, amueblada con muebles baratos.

En el suelo del pasillo que llevaba a los dormitorios, yacía una mujer joven, rubia, inconsciente o muerta.

Anya.

Se acercó con cautela, revisando los ángulos.

Se agachó junto a ella para tomarle el pulso.

Estaba vivo, solo inconsciente.

Un golpe seco en la nuca.

Fue entonces cuando la puerta del baño, a su espalda, se abrió.

No salió un hombre.

Salió una sombra con velocidad de felino.

No era Ilya Petrov.

Era alguien más pequeño, más rápido, y que se movía con una agresión fluida y entrenada.

Una mujer.

El primer ataque fue una patada baja que buscó su rodilla.

León la esquivó por poco, rodando hacia un lado y levantando el arma.

Ella ya estaba sobre él, un pie estrellándose contra su muñeca.

El Colt salió volando y cayó sobre la alfombra.

Luz.

Por fin la vio.

Era menuda, con el pelo corto y oscuro, y ojos que no reflejaban nada.

No era rabia.

Era vacío.

El mismo vacío programado que había visto en Morse, pero perfeccionado.

Ella no era una víctima reconvertida.

Era un instrumento afinado.

Un asesino de la organización, enviado no para matar a la jueza, sino para eliminar la amenaza: él.

No hubo diálogo.

Solo violencia eficiente.

Ella blandía un tanto japonés corto, la hoja reluciendo tenuemente.

Sus movimientos eran una mezcla de krav maga y algo más brutal, directo.

León se defendió con lo que sabía: boxeo para mantener la distancia, muay thai para los bloqueos y contraataques a las piernas.

Pero ella era más rápida.

Una cuchillada le rasgó la manga de la chaqueta y la piel del antebrazo.

Un dolor agudo y ardiente.

No era profundo, pero distrajo.

Su siguiente movimiento fue una llave para desarmarla, pero ella se retorció como una anguila y le clavó un codazo en las costillas.

El aire salió de sus pulmones con un gruñido.

Retrocedieron por la sala, tropezando con muebles.

Él logró sacar su segundo Colt, pero ella fue más rápida: una patcha giratoria le golpeó la mano y el arma se disparó al techo, el estampido ensordecedor en el espacio cerrado.

La bala pasó rozando su propia oreja, dejando un zumbido.

Estaba desarmado, herido, y su oponente no mostraba signos de fatiga, En sus ojos, solo la fría ejecución de un programa.

Eliminar la amenaza.

León forzó su mente a trabajar.

No podía ganar en fuerza o velocidad.

Tenía que ganar en patrón.

Ella era predecible en su eficiencia: ataque a puntos vitales, sin florituras, buscando la muerte rápida.

Como un algoritmo.

Esperó a que cargara de nuevo, con el cuchillo en alto para un golpe descendente.

En lugar de retroceder, avanzó, metiéndose dentro de su guardia.

El movimiento fue tan contrario a la lógica de supervivencia que ella vaciló una fracción de segundo.

Él aprovechó para agarrar su muñeca del cuchillo con ambas manos y, usando todo su peso y el impulso de su carga, se dejó caer hacia atrás, llevándola consigo.

Cayeron pesadamente.

Él debajo.

El impacto le sacó el aire, pero él mantuvo su agarre en su muñeca, retorciéndola con fuerza contra la articulación.

Oyó un crujido.

Un grito ahogado, no de dolor humano, sino de furia animal, escapó de sus labios.

El cuchillo cayó.

Ella se retorció, liberando su muñeca dislocada con una frialdad aterradora, y sus dedos libres buscaron sus ojos.

León giró la cabeza, recibiendo unas uñas afiladas que le desgarraron la mejilla.

Con su última reserva de fuerza, rodó, la empujó contra la pata de una mesa de centro, y se arrastró hacia donde había caído su primer Colt.

Sus dedos encontraron el frío niquelado del cañón.

Ella ya se levantaba, una sombra torcida pero letal, tomando el cuchillo del suelo con su mano buena.

León se dio la vuelta, apoyando la espalda contra la pared, y apuntó.

¡Alto!

Su voz sonó ronca, llena del polvo del suelo y de su propia sangre.

Ella se detuvo, No por el arma, sino porque su programa debía evaluar nuevas variables.

Sus ojos vacíos lo escanearon.

Midieron la distancia, el ángulo, su herida, su determinación.

Y entonces, por primera vez, habló.

Su voz era un susurro mecánico, sin inflexión.

Directiva primaria comprometida.

Ejecutando contingencia.

El jardín nunca será revelado.

Antes de que León pudiera reaccionar, ella llevó el tanto a su propio cuello, con la misma precisión con la que lo habría llevado al suyo.

¡NO!

gritó él, pero era demasiado tarde.

La hoja se deslizó limpiamente, Cayó de rodillas, luego de costado, un charco oscuro expandiéndose rápidamente bajo ella.

Los ojos vacíos se fijaron en el techo, y luego se apagaron.

Silencio, roto solo por la respiración jadeante y entrecortada de León.

El olor a sangre, polvo y cordita llenaba el aire.

Su antebrazo ardía, sus costillas protestaban, su mejilla sangraba.

Cole y el equipo de La Ejecutora irrumpieron en ese momento, armas en alto.

Se detuvieron ante la escena: la mujer muerta, León herido y apoyado contra la pared, la joven aún inconsciente en el pasillo.

¿Mierda, Mercer?

exclamó Cole, acercándose.

No… no era Ilya logró decir León, dejando que el Colt se le resbalara de los dedos.

Era un mensaje.

De la organización.

Saben que los estamos siguiendo.

Y nos están diciendo… que preferirán morir antes de ser expuestos.

La Ejecutora se agachó junto al cuerpo de la mujer, revisándole los bolsillos, Nada.

Solo la ropa genérica.

Pero en el interior del cuello de su camisa, un pequeño tatuaje casi invisible: un cronógrafo estilizado, con la aguja apuntando a la hora de su muerte.

El símbolo del Proyecto Cronos.

La firma de los arquitectos.

Mientras los paramédicos de “El Veredicto” atendían a Anya (que se recuperaría con una conmoción) y se llevaban el cuerpo, León se dejó vendar las heridas.

No eran graves, pero eran una advertencia sangrienta.

Había subestimado a la organización.

No solo creaban asesinos descartables.

Tenían agentes propios, programados desde cero, leales hasta la autodestrucción.

Sentado en la parte trasera de una furgoneta blindada, mirando la sangre seca en sus manos, León supo que la guerra había escalado.

Ya no estaban cazando a un científico renegado.

Estaban enfrentándose a un culto de la eficiencia mortal, con una doctrina, soldados y un desprecio total por la vida, incluida la propia.

El Dr.

Voss no solo sembraba asesinos.

Había cultivado un ejército de mártires silenciosos.

Y León, con heridas frescas que le recordarían este encuentro, acababa de ser oficialmente marcado como una amenaza que debía ser podada.

El jardín secreto tenía espinas.

Y ahora, sabían dónde vivía el jardinero que quería arrancarlo de raíz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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