Bleach:detective - Capítulo 13
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- Capítulo 13 - 13 capitulo 13 La Sombra en el Jurado
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13: capitulo 13: La Sombra en el Jurado 13: capitulo 13: La Sombra en el Jurado La revelación fue un golpe bajo, un veneno que se filtraba en los cimientos mismos de “El Veredicto”.
La organización del Dr.
Voss no solo los había identificado, sino que conocía la ubicación del apartamento seguro y el momento exacto en que León estaría solo y vulnerable.
Solo había una explicación lógica, y era la más desagradable: una fuga.
Alguien dentro de “El Veredicto” había filtrado información.
La reunión de emergencia en la sala segura tuvo un tono gélido, cargado de una desconfianza palpable.
El Assessor, su imagen holográfica inusualmente estática, observaba a los presentes con una mirada de granito.
La Ejecutora, de pie junto a la puerta como una estatua de obsidiana, escaneaba cada rostro.
La doctora Thorne parecía haber envejecido diez años, y Cole no dejaba de ajustar el cuello de su camisa, incómodo.
El compromiso es total declaró El Assessor, su voz carente de su habitual cadencia profesoral, Nuestros protocolos de comunicación segura, las ubicaciones de los safe houses, la identidad operativa de Mercer-01.
Todo fue violado.
O Voss es un genio de la adivinación, o tenemos una serpiente en el nido.
León, con el antebrazo vendado y un moretón violáceo floreciendo en su costado, habló desde su asiento.
El dolor le daba a sus palabras una claridad cortante,No fue una fuga genérica.
Fue dirigida.
A mí.
La trampa estaba diseñada para un perfil específico: un investigador que usa la empatía como arma.
Usaron a una presunta víctima (Anya) como cebo.
Sabían que yo iría, incluso contra órdenes.
Conocen mi patrón de comportamiento.
Alguien con acceso a mis evaluaciones psicológicas y mis reportes de campo les dio ese perfil.
Todos los ojos se volvieron, casi imperceptiblemente, hacia la doctora Aris Thorne.
Ella era la psicóloga de perfil.
La que había evaluado a León tras el caso del motel.
La que tenía acceso a los análisis más íntimos de su metodología y sus puntos débiles.
Thorne palideció, pero mantuvo la compostura.
Cada acceso a esos archivos queda registrado.
Pueden auditar mi actividad.
No he tenido contactos externos no autorizados.
Y si fuera yo, ¿por qué no darles su ubicación permanente?
¿Por qué no entregar todos nuestros casos?
Un topo daría información estratégica, no táctical.
A menos que el topo no tuviera acceso a todo sugirió Cole, su mirada perdida en la mesa, pensando en voz alta.
O a menos que no quisiera entregarlo todo.
Tal vez solo querían detener a Mercer.
O tal vez… era una prueba.
Para ver cuánto sabíamos, y cómo reaccionaríamos.
La reacción es la cuarentena decretó La Ejecutora.
Todos los protocolos operativos están suspendidos.
Comunicaciones analógicas solo.
Revisión de lealtad para todo el personal con nivel de acceso Alpha o superior.
Y el Caso Voss queda en pausa.
No La palabra de León cortó el aire como un cuchillo.
Pausarlo es darles tiempo.
Es lo que quieren.
Necesitamos usar la filtración en nuestra contra.
Convertir la desventaja en una trampa.
El Assessor arqueó una ceja.
Explíquese.
Si hay un topo, y nos ven paralizados, investigándonos a nosotros mismos, ganan.
Pero si actuamos como si la brecha de seguridad fuera menor, como si creyéramos que fue una fuga técnica o una interceptación brillante de ellos, y lanzamos una operación falsa… el topo tendrá que comunicar ese movimiento.
Y ahí lo atraparemos.
Era un juego de ajedrez a ciegas.
Y la pieza que León propuso sacrificar era él mismo.
El plan, denominado “Operación Espejo Roto”, era arriesgado y retorcido.
“El Veredicto” fingiría haber localizado una nueva “clínica” del Proyecto Cronos, una instalación secundaria en Oregón.
La información se filtraría a través de canales que solo el personal de alto acceso conocería.
Se montaría un despliegue operativo falso: Cole “prepararía” un equipo de asalto, se moverían recursos, se programaría una hora de ataque.
Mientras tanto, León sería enviado a un refugio de descompresión, una casa segura en la costa, oficialmente para recuperarse de sus heridas y “estar fuera de la línea de fuego mientras se limpia la casa”.
En realidad, ese refugio sería una celda dorada.
Una trampa.
Si el topo quería a León fuera del tablero de forma permanente, esa sería su oportunidad: un objetivo aislado, en una ubicación que solo unos pocos dentro de “El Veredicto” conocerían.
La Ejecutora se opuso ferozmente.
Es demasiado obvio.
Es una invitación a un asesinato.
Es obvio para nosotros replicó León.
Para un topo con miedo de ser descubierto, que ve la oportunidad de eliminar al investigador más peligroso mientras la atención está en Oregón, podría ser irresistible.
Y si no pica, al menos sabremos que el topo está en el círculo que conocía el plan.
Fue aprobado.
La casa segura era una cabaña moderna de cristal y acero enclavada en un acantilado remoto, con una vista imponente y solitaria del Pacífico.
Era hermosa y letal: un lugar donde un accidente (una caída, un deslizamiento de tierra) sería muy creíble.
León se instaló con una mochila, sus Colt, y una serie de sensores ocultos que transmitían cada movimiento, cada apertura de puerta, cada cambio de ritmo cardíaco, directamente a una sala de control oculta a dos millas de distancia, donde Cole y un equipo de confianza montaban guardia.
Los primeros dos días fueron de un silencio absoluto.
León leía, hacía sus ejercicios adaptados, y observaba el océano.
La tensión era un cable de acero en su estómago.
Cada crujido del viento, cada golpe de una ola contra las rocas, era un posible presagio.
Al tercer día, al anochecer, los sensores de perímetro captaron una anomalía: una interferencia momentánea en una cámara del lado este, la que daba a un sendero escarpado y peligroso.
No fue un animal.
Fue un vacío en la transmisión, el tipo que deja un dispositivo de interferencia de corto alcance.
Tenemos movimiento la voz de Cole sonó en el auricular casi invisible de León.
Uno, tal vez dos sujetos.
Vienen por el acantilado.
No por la carretera.
Profesionales.
León apagó las luces interiores.
Se colocó en una posición cubierta, con vista a la puerta corrediza de cristal que daba al exterior.
El océano rugía abajo, enmascarando cualquier sonido sutil.
Sus Colt estaban en sus manos, el metal frío y familiar.
No tuvo que esperar mucho.
La figura no llegó por la puerta.
Apareció en el interior, como un fantasma materializándose de la oscuridad del pasillo que llevaba a los dormitorios.
Habían entrado por una ventana del baño, silenciosamente, evitando todos los puntos de entrada lógicos.
Era un hombre.
Alto, delgado, vestido con ropa oscura y funcional.
No llevaba una máscara, pero su rostro era inexpresivo, genérico, el tipo de rostro que se olvida al minuto de verlo.
En sus manos, no un cuchillo como la mujer del apartamento, sino una pistola con silenciador.
Sus ojos escanearon la sala vacía y se posaron en el rincón donde León estaba agachado.
No tiene que ser así dijo el hombre, su voz tan neutra como su rostro.
Puede ser rápido.
Una sobredosis.
Parecerá un accidente, un error por el dolor de sus heridas.
León no respondió.
Dejó que el hombre avanzara un paso más, adentrándose en la trampa de la sala.
Sé que no eres uno de los programados dijo León entonces, hablando en voz baja pero clara.
Eres el mensajero.
El que limpia las fugas.
¿Cuánto te pagan por traicionar a “El Veredicto”?
Una mínima contracción en la mandíbula del hombre.
Confusión.
No esperaba que supiera quién era.
Eso era información que solo el topo podría haber dado.
No es traición replicó el hombre, levantando lentamente el arma.
Es una corrección de rumbo.
“El Veredicto” se ha desviado de su propósito original.
Se ha vuelto… inquisitivo.
Peligroso para el equilibrio.
Equilibrio.
La palabra fue clave.
No hablaba como un mercenario.
Hablaba como un creyente.
Alguien que pensaba que servía a un propósito mayor, una ideología.
En ese instante, León lo entendió.
El topo no era un infiltrado del Dr.
Voss.
Era al revés.
“El Veredicto” había sido infiltrado, desde sus inicios quizás, por alguien que creía en el “equilibrio” que Voss y su organización ofrecían: un mundo donde los problemas se podían eliminar con cirugía psíquica precisa, sin el desorden de la justicia pública.
Un verdugo dentro del jurado.
¿Quién?
preguntó León, ganando tiempo.
¿Thorne?
¿Cole?
¿El propio Assessor?
El hombre sonrió, una mueca fría, El jurado siempre ha tenido un presidente.
Y a veces, el presidente debe… delegar en expertos externos, para casos que el sistema no puede manejar.
El presidente.
El Assessor.
La revelación fue un puñetazo en el estómago, peor que cualquier herida física.
El hombre apretó el gatillo.
León se lanzó a un lado.
El phut silencioso del silenciador se mezcló con el estallido del cristal de una lámpara.
Al rodar, León disparó una vez, dos veces.
Los Colt retumbaron en el espacio cerrado, ensordecedores después del silencio del arma del hombre.
Una bala alcanzó al intruso en el hombro, haciéndole girar.
Pero no cayó.
Siguió disparando, moviéndose con una precisión sobrehumana a pesar de la herida.
Una de sus balas rozó el brazo vendado de León, desgarrando la venda y abriendo de nuevo la herida.
Un dolor agudo y ardiente.
La batalla fue breve, brutal y desordenada.
No hubo elegancia, solo supervivencia.
León usó el mobiliario como cobertura, disparando para mantener al hombre a raya.
Sabía que Cole y el equipo estaban en camino, pero tardarían minutos cruciales.
Finalmente, una oportunidad.
El hombre recargaba.
León se levantó de un salto y se abalanzó, no para disparar, sino para golpear.
Usó todo su peso para lanzarlos a ambos contra la puerta corrediza de cristal.
El cristal, templado pero no irrompible, cedió con un estruendo catastrófico.
Cayeron al porche de madera, envueltos en una lluvia de fragmentos brillantes.
El aire frío y salado del océano los golpeó.
El hombre, ahora debajo de León, intentó clavar un cuchillo que había sacado de la nada.
León atrapó su muñeca, luchando con la fuerza desesperada que da el saber que es tu vida o la suya.
A centímetros de su rostro, los ojos del hombre no mostraban miedo, solo una frustración fría.
La frustración del artesano cuyo trabajo se estropea.
Un sonido de motores.
Luces cegadoras barrieron el acantilado.
Cole y el equipo, llegando por fin.
El hombre debajo de él lo vio.
Y en un último acto de esa lealtad retorcida, sonrió.
El jardín es eterno susurró.
Y con un movimiento final, terrible, se llevó a la boca una cápsula oculta en el cuello de su ropa.
Un crujido seco.
Su cuerpo se sacudió una vez, y luego se quedó inmóvil, los ojos vidriosos fijos en el cielo estrellado.
Cianuro.
León se apartó tambaleándose, jadeando, cubierto de cristales, sangre y el sudor frío de la muerte de otro hombre.
Cole y sus hombres lo rodearon, revisándolo, preguntando.
Pero León solo podía mirar el cuerpo.
El topo había sido el sicario, no la fuente.
Pero había confirmado la verdad más devastadora: la corrupción estaba en la cima.
El Assessor, el hombre que los juzgaba a todos, era el juez corrupto.
Y ahora, León lo sabía.
Y “El Veredicto”, la organización que era su escudo y su espada, era también su jaula.
Y el carcelero acababa de ordenar su muerte.
La guerra ya no era contra una organización externa.
Era una guerra civil en las sombras.
Y León Mercer, herido y traicionado, estaba justo en el centro.
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