Bleach:detective - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 capitulo 14 El Caballero de las Mentiras Sonrientes
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14: capitulo 14: El Caballero de las Mentiras Sonrientes 14: capitulo 14: El Caballero de las Mentiras Sonrientes El silencio posterior a la intentona de asesinato fue más profundo que cualquier océano, El cuerpo del sicario fue eliminado, la cabaña fue desmantelada como sitio seguro, y León fue trasladado a una nueva ubicación, esta vez conocida solo por Cole y La Ejecutora.
La desconfianza era una losa de piedra que pesaba sobre cada interacción.
León, ante El Assessor (cuya imagen holográfica ahora parecía una máscara perfectamente tallada), dio un reporte escueto y factual.
“Sujeto desconocido, entrenamiento de élite, probablemente mercenario independiente contratado por la organización Voss tras la filtración previa.
No hubo comunicación.
Neutralizado.
No se pudo obtener información.” Omitió la palabra “equilibrio”.
Omitió la referencia al “presidente del jurado”.
Jugó el papel del agente leal, confundido pero intacto.
El Assessor lo observó con sus ojos azules pálidos, inescrutables,Una afrenta directa.
Demuestra que usted es una pieza clave, Mercer-01.
Su seguridad es ahora prioridad absoluta.
La investigación del topo interno continúa por otros canales.
Usted debe descansar y recuperarse.
Tenemos un caso nuevo que requiere… una perspectiva fresca.
Uno que puede abordar desde una posición más discreta.
Era una maniobra obvia.
Alejarlo del núcleo de la investigación sobre la filtración.
Quizás para protegerlo.
Quizás para tenerlo ocupado y aislado mientras el Assessor cubría sus huellas.
León asintió, aceptando la partida.
Sabía que, por ahora, cualquier movimiento directo sería suicida.
Tenía que ser más inteligente, más paciente.
Como una partida de ajedrez a ciegas, donde él era el único que sabía que el jugador blanco también jugaba con las negras.
El nuevo caso, etiquetado V-007, fue bautizado por la prensa sensacionalista como “El Asesino de los Deseos Cumplidos”.
Tres víctimas en dos meses, aparentemente sin conexión: un prestamista avaro, un crítico gastronómico despiadado, y un entrenador personal de élite conocido por su crueldad verbal.
Todos fueron encontrados muertos en sus casas, con una expresión de paz absoluta en el rostro y, curiosamente, con un objeto de deseo personal en sus manos: el prestamista abrazaba un lingote de oro falso, el crítico sostenía la estrella Michelin de un restaurante rival (robada), y el entrenador tenía el trofeo de campeonato que nunca pudo ganar.
No había signos de violencia.
Autopsias revelaron una mezcla compleja de fármacos inductores de euforia y paro cardíaco.
Un asesino que daba a sus víctimas su mayor fantasía justo antes de matarlas.
Era siniestro, teatral y profundamente psicológico.
La policía estaba perdida.
No había huellas, ADN ajeno, ni patrón de entrada forzada.
Parecía magia negra.
“El Veredicto” lo tomó porque olía a un asesino de alta inteligencia, tal vez con recursos o conocimientos farmacéuticos inusuales, y porque las muertes estaban causando un pánico social peculiar: ¿quién sería el próximo en recibir su “deseo” mortal?
León fue asignado como “consultor civil” adjunto al detective Russo, para mantener su cobertura y darle acceso policial básico.
Fue un alivio irónico ver a Russo, gruñendo y mascando su cigarrillo, en el mundo sucio pero comprensible del crimen callejero, lejos de las traiciones elegantes de “El Veredicto”.
Este está raro, cerebrito admitió Russo, mostrándole las fotos de la escena.
Matar a alguien y darle un regalo.
Es como un niño retorcido jugando a ser Papá Noel del infierno.
León estudió las imágenes.
La firma era de un narcisismo monumental.
El asesino no solo mataba; juzgaba (como “El Veredicto”, pensó con amargura) y ejecutaba una sentencia poética.
Le daba a la víctima una burla de su propia obsesión antes de eliminarla.
Era un moralista con complejo de dios.
Su primera tarea fue entrevistar a los círculos cercanos de las víctimas.
Para el prestamista, habló con socios resentidos y deudores arruinados.
Para el crítico, con chefs humillados y dueños de restaurantes.
Para el entrenador, con clientes fracasados y rivales envidiosos.
La lista de sospechosos era larga y llena de odio justificado.
Pero hubo una figura que apareció, sutilmente, en los tres círculos: Dorian Blake.
Blake era un exitoso “consultor de vida y logro de metas”, con un podcast popular y libros de autoayuda vendidos por millones.
Era carismático, de sonrisa fácil y ojos cálidos que parecían entenderlo todo.
Había dado una charla motivacional en la empresa del prestamista meses antes, había sido invitado a cenar (y luego eviscerado) por el crítico gastronómico en una columna, y el entrenador había sido cliente suyo brevemente, buscando “la mentalidad de campeón”.
León y Russo lo citaron en su estudio, un loft moderno lleno de luz, libros de filosofía y psicología, y tableros de ajedrez estratégicamente colocados.
Blake los recibió con una calidez genuina y una bandeja de café excelente.
Vestía con ropa casual pero cara, y se movía con la gracia relajada de quien está cómodo en su propio pellejo.
Tragedia, pura tragedia dijo Blake, sacudiendo la cabeza con pesar.
Hombres consumidos por sus propias sombras.
Trabajo justamente para ayudar a la gente a escapar de esos patrones autodestructivos.
Sus respuestas fueron fluidas, consideradas, y siempre devolvían la conversación a sus teorías sobre la “psique humana hambrienta”.
Hablaba de Sófocles, de Jung, de la sombra que todos llevamos dentro.
León observaba, no sus palabras, sino sus microgestos.
No había tensión, no había sudor.
Solo la serenidad de un maestro que domina su tema… y quizás, su juego.
Usted juega ajedrez señaló León, mirando un tablero con una partida a medio jugar, una apertura poco común, el “Ataque Inglés”.
¡Ah, sí!
exclamó Blake, iluminándose, Es una metáfora perfecta de la vida.
Estrategia, paciencia, sacrificio de piezas menores por un bien mayor.
¿Juega usted?
Algo mintió León.
En realidad, jugaba mucho.
Era su manera de ordenar su mente, de pensar en patrones de ataque y defensa.
La partida en el tablero era brillante, agresiva pero disimulada.
Como los asesinatos.
La entrevista no arrojó nada incriminatorie.
Blake tenía coartadas de hierro para las noches de los homicidios (conferencias grabadas, cenas con testigos de alto perfil).
Era demasiado perfecto.
De regreso en el coche, Russo resopló.
Me cae bien el tipo.
Pero es demasiado… brillante.
Como un diamante pulido.
No tiene aristas.
Esa es la arista murmuró León.
Decidió investigar a Blake a fondo, fuera de los canales oficiales.
Usó sus credenciales de “El Veredicto” para acceder a registros financieros profundos, historiales de viajes, compras.
Encontró patrones interesantes: Blake hacía donaciones regulares, pero siempre a organizaciones relacionadas con el “alivio del sufrimiento psíquico” en prisiones.
Y había comprado, a través de una empresa fantasma, cantidades pequeñas pero regulares de productos químicos de grado farmacéutico que, combinados, podrían sintetizar el cóctel eufórico encontrado en las víctimas.
Era circunstancial.
Pero el perfil encajaba: un hombre que creía entender la mente humana mejor que nadie, que veía la obsesión como una enfermedad, y que tenía los medios y el conocimiento para administrar una “cura” final.
Un cirujano de almas con un bisturí envenenado.
León necesitaba una prueba.
Necesitaba que Blake cometiera un error.
Y para eso, necesitaba entender su motivación real.
No era dinero, ni venganza simple.
Era ideológica.
Blake creía que estaba haciendo un bien, purgando a la sociedad de sus elementos “enfermos”.
Inspirado en el tablero de ajedrez, León decidió hacer un movimiento indirecto.
Usando una identidad en línea falsa, se contactó con Blake a través de su foro de seguidores, planteando un dilema ético complejo: “Mi jefe es un tirano que arruina vidas, pero su empresa da trabajo a cientos.
¿Está bien eliminar un cáncer si el cuerpo puede morir?” La respuesta de Blake, bajo su seudónimo de gurú, fue reveladora: “El verdadero jardinero no duda en podar la rama enferma para salvar el árbol.
La moralidad del acto reside en la pureza de la intención y la precisión del corte.
¿Busca usted alivio para los cientos, o venganza para uno?” Era él.
La metáfora del jardinero.
La misma que había usado Tommy Finn, pero elevada a una filosofía.
Blake no era un asesino serial común; era un evangelista de la eutanasia moral.
León preparó una trampa.
Con la ayuda de Cole, crearon un perfil falso de un nuevo “cáncer”: un hombre de negocios despiadado (interpretado por un agente de “El Veredicto”) que empezaría a aparecer en el radar de Blake, cometiendo abusos públicos y crueles.
El cebo era perfecto.
Y Blake picó.
Comenzó a investigar al falso empresario, a acercarse a su círculo.
Estaba planeando su próxima “poda”.
Pero León, en su obsesión por atrapar al caballero sonriente, cometió un error de novato: subestimó el alcance de la paranoia de Blake.
El asesino, siendo un estudiante de la mente humana, notó pequeñas incongruencias en el perfil falso.
Una dirección comercial que no coincidía, un historial laboral con lagunas.
Y empezó a investigar al investigador.
Una noche, mientras León revisaba las últimas comunicaciones interceptadas de Blake en su apartamento temporal, sonó el timbre.
Era un mensajero, entregando un paquete pequeño y elegante.
A su nombre.
Dentro, no había bomba.
Había un caballo de ajedrez negro, tallado en ébano.
Y una nota, escrita con una caligrafía impecable: “Una partida interesante, detective Mercer.
Pero usted mueve las piezas blancas con demasiada brusquedad.
Se olvida de que, a veces, las negras están dentro del mismo tablero, desde el principio.
Cuidado con el jaque del alfil.
Atentamente, un admirador.” Era una declaración de guerra cortés.
Y una advertencia aterradora: Blake no solo sabía que lo estaban investigando, sino que sabía quién era León, más allá de su cobertura policial.
Y la frase “las negras están dentro del mismo tablero” resonó con un significado siniestro.
¿Se refería solo a su juego?
¿O aludía a la traición dentro de “El Veredicto”?
¿Estaba Blake conectado de alguna manera con el Assessor y el “equilibrio”?
León sostuvo el caballo negro, sintiendo el peso del ébano y de la amenaza.
Había dos juegos simultáneos ahora: uno contra un asesino filósofo que veía el homicidio como arte, y otro contra un juez corrupto que veía la traición como necesidad.
Y él, León Mercer, era el peón que había avanzado demasiado, amenazando a ambos reyes.
Tenía que retroceder, reagruparse, y aprender a jugar no como un novato entusiasta, sino como un gran maestro.
Porque el siguiente movimiento erróneo no le costaría la partida.
Le costaría la vida.
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