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Bleach:detective - Capítulo 16

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16: capitulo 16: El precio de la sombra 16: capitulo 16: El precio de la sombra La victoria en el tablero de ajedrez no se tradujo en una victoria en el caso.

Dorian Blake, herido en su orgullo y expuesto en su núcleo traumático, no cometió el error esperado.

Al contrario, se volvió un fantasma.

Canceló todas sus apariciones públicas, su podcast entró en “pausa para reflexión”, y sus cuentas en redes sociales se volvieron estáticas.

No era una retirada.

Era un repliegue táctico.

Blake estaba lamiéndose las heridas y, sin duda, replanteando su estrategia con la nueva variable: León Mercer lo conocía demasiado bien.

Para León, la espera era un suplicio.

Cada día que pasaba era un día en que el Assessor podía mover sus piezas en la sombra, en que Blake podía estar seleccionando a su próxima víctima desde la clandestinidad, o en que el propio León podía ser el objetivo de un nuevo “accidente”.

La paranoia, antes una herramienta, se convertía en una compañera constante.

Revisaba su comida, sus rutas, los sonidos de su apartamento.

Los Colt siempre estaban a su alcance.

Fue La Ejecutora quien rompió el impasse.

Lo citó en un lugar nuevo: un garaje abandonado bajo un puente, a las 3:00 AM.

No había hologramas, solo ella, envuelta en una capa oscura, su rostro apenas visible.

La investigación interna ha llegado a un callejón sin salida anunció sin preámbulos, su voz un susurro áspero en el frío.

No hay rastro digital, no hay transferencias financieras inexplicables, nada.

El topo, si es el Assessor o alguien más, es impecable.

O somos nosotros los que estamos ciegos.

O la filtración no vino de un topo sugirió León, la idea formándose mientras hablaba.

¿Y si no hubo una filtración humana?

¿Y si la organización de Voss tiene una forma de… monitorear nuestras comunicaciones que no entendemos?

Algo que va más allá del hackeo.

La Ejecutora lo miró fijamente.

¿Como qué?

No lo sé, Pero en el motel, el fenómeno respondía a patrones emocionales.

¿Y si Voss ha perfeccionado eso?

¿Una tecnología que detecta intención investigativa, que siente la presión y reacciona?

Su sicario en la cabaña dijo “el jardín nunca será revelado”.

No “nosotros”.

“El jardín”.

Como si fuera un organismo vivo, con defensas.

Era una teoría descabellada, casi mística.

Pero tras lo visto en el Motel Eternal Rest, lo imposible tenía que ser considerado.

Sea lo que sea dijo La Ejecutora, no podemos quedarnos quietos.

El Assessor ha ordenado el cierre del caso Voss, Dice que es una cacería de brujas que está drenando recursos y que la filtración fue una brecha técnica ya sellada.

Nos está aislando.

Eso es lo que haría si él fuera el problema concluyó León.

Nos neutraliza.

¿Y Blake?

¿El caso V-007?

Archivado temporalmente, por falta de movimiento.

Russo está furioso, pero sus superiores recibieron una llamada… de alto nivel.

El caso se enfría.

León sintió un frío que no tenía que ver con la noche.

Estaban siendo desmantelados, pieza a pieza, desde dentro.

Tenía que actuar, pero cualquier movimiento directo contra el Assessor sin pruebas sería un suicidio profesional y literal.

Hay otra manera que dijo La Ejecutora, su voz aún más baja.

No podemos atacar la cabeza.

Atacamos una extremidad.

Algo que duela lo suficiente como para que la cabeza se muestre.

Algo que el Assessor valore, pero que no pueda vincular directamente a nosotros.

¿Como qué?

El dinero.

La red de financiación de Voss pasa por Mnemotech AG en Zurich.

El Assessor, si está con ellos, debe tener una vía para recibir su parte o para canalizar fondos.

Si atacamos ese flujo, lo forzamos a mover.

A cometer un error.

Era un plan de La Ejecutora.

Un acto de insubordinación total.

Un ataque cibernético y financiero a una entidad en el extranjero, sin autorización, utilizando recursos no oficiales de “El Veredicto”.

Si los atrapaban, sería el fin para ambos.

¿Por qué lo haría?

preguntó León.

Usted ha sido leal a la organización desde siempre.

Ella se ajustó el cuello de la capa, y por primera vez, León vio algo parecido a la fatiga en sus ojos de acero.

Porque si la corrupción está en la cima, entonces la organización por la que he dado mi vida ya no existe.

Solo queda su cáscara.

Y yo… yo juzgué y ejecuté a personas por menos de lo que el Assessor puede estar haciendo.

Mi veredicto sobre él está pendiente.

Y necesito pruebas.

Era un salto de fe.

Un pacto entre dos personas que solo tenían en común la certeza de haber sido traicionadas.

León asintió.

¿Qué necesito hacer?

Usted se queda aquí.

Sigue siendo el cebo, el investigador visible.

Mientras tanto, yo y un pequeño grupo de confianza (Cole, Thorne) haremos el trabajo sucio.

Necesitamos que Blake se mueva.

Que salga de su escondite y cometa un error que podamos usar como cortina de humo para nuestro ataque a Zurich.

Provóquelo.

Provocar a un asesino intelectual como Blake era jugar con fuego.

Pero era la única pieza que tenían en el tablero que podían mover sin alertar al Assessor.

León regresó a su apartamento con una misión clara y una sensación de vértigo.

Tenía que sacar a Blake de su guarida.

Y para eso, usaría el arma que más le había dolido: la verdad sobre su madre.

Escribió un artículo.

No para publicar, sino como un señuelo.

Usando sus habilidades de investigación y los datos de Cole, redactó una exposición detallada y fría del “Caso Abigail Blake”, planteando abiertamente la posibilidad de que su muerte no fuera un suicidio, sino un homicidio premeditado por alguien cercano, con motivos de silenciar un escándalo.

Lo envió, desde una cuenta anónima pero con detalles tan precisos que solo alguien con acceso a archivos policiales sellados podría tener, a tres periodistas de investigación de renombre… y a la dirección privada de Dorian Blake.

El efecto fue inmediato y nuclear.

En menos de doce horas, los periodistas, intrigados, comenzaron a hacer preguntas discretas.

Pero la reacción de Blake fue la importante.

No hubo llamadas airadas, ni amenazas legales.

En cambio, una serie de complejas maniobras digitales comenzaron a intentar rastrear el origen del documento, maniobras que Cole detectó y monitoreó.

Blake estaba activo, asustado, y enfocado en la nueva amenaza a su legado.

Y entonces, cometió su error.

Para silenciar la historia de una vez por todas, necesitaba acceso a los archivos físicos sellados del caso de su madre, guardados en el archivo muerto del departamento de policía del condado.

Para eso, necesitaba a alguien dentro.

Y su “recurso”, su conexión de alto nivel, no podía mover eso sin arriesgarse.

Blake tendría que actuar por su cuenta.

Cole, vigilando sus comunicaciones encriptadas, interceptó una orden de Blake a un hacker de poca monta (uno de sus “recursos” menores) para que creara credenciales falsas y un plano de seguridad del archivo.

Blake iba a entrar personalmente.

No podía arriesgarse a que un subordinado viera esos documentos.

Era la oportunidad.

León informó a Russo, omitiendo todo lo de “El Veredicto” y el Assessor, diciendo solo que tenía un indicio fuerte de que “El Asesino de los Deseos Cumplidos” intentaría entrar al archivo del condado esa noche para borrar evidencia de un crimen pasado.

Russo, ávido de acción tras semanas de inactividad forzada, montó una operación discreta.

No una redada, sino una vigilancia.

Querían atrapar a Blake in fraganti.

La noche cayó.

León, apostado con Russo y un par de agentes de confianza en una furgoneta negra frente al edificio de archivos, observaba las pantallas de las cámaras de seguridad que Cole había pirateado.

Vieron la figura esbelta y encapuchada de Blake aparecer en un callejón trasero, usando una tarjeta de acceso clonada para entrar por una puerta de servicio.

Es él murmuró Russo, su mano en la empuñadura de su arma.

Entramos en cinco minutos, cuando esté dentro del archivo muerto.

Sin salidas.

Los minutos pasaron con una lentitud agonizante.

En las pantallas, Blake, con una linterna frontal, rebuscaba entre estantes polvorientos, encontrando finalmente la caja con el nombre de su madre.

La abrió.

Fue en ese momento que todo salió mal.

Una figura, que no aparecía en ninguna cámara previa, emergió de las sombras detrás de Blake.

No era un policía.

Era un hombre alto, con un traje oscuro, moviéndose con una eficiencia silenciosa que recordó a León al sicario de la cabaña.

Un agente del Assessor.

O de Voss.

Blake, concentrado en los documentos, no lo sintió acercarse hasta que fue demasiado tarde.

El hombre le colocó algo en el cuello, un pequeño parche o inyección.

Blake se irguió, llevándose la mano al cuello, dando media vuelta con los ojos desorbitados.

Sus labios formaron una palabra que las cámaras sin audio no podían captar, pero que León, leyendo sus labios, entendió: “¿Assessor…?” Luego, Blake se desplomó como un muñeco de trapo.

¡Mierda!

gritó Russo.

¡Hay otro!

¡Vamos, vamos!

Salieron de la furgoneta corriendo, pero ya era tarde.

Cuando llegaron al archivo muerto, solo encontraron el cuerpo de Dorian Blake, todavía caliente, con una expresión de sorpresa congelada en su rostro.

Los documentos sobre su madre estaban esparcidos a su alrededor.

El hombre del traje había desaparecido, sin dejar rastro, como un fantasma.

No había arma.

Solo una pequeña marca de pinchazo en el cuello.

Un ataque cardíaco inducido, perfecto, limpio.

La última “poda”.

Russo maldecía, llamando a forenses.

León se quedó inmóvil, mirando el cuerpo.

Blake había sido eliminado.

No por la justicia, sino por el mismo monstruo que posiblemente lo había creado.

Había sido utilizado, y luego descartado para proteger al verdadero poder.

Su provocación había funcionado.

Había sacado a Blake de su escondite.

Y, en el proceso, lo había condenado a muerte.

No había apretado el gatillo, pero había puesto la trampa que lo llevó al matadero.

Un mensaje vibró en su teléfono seguro, de La Ejecutora: “Operación Zurich en curso.

Blake era el humo necesario.

Su sacrificio no será en vano.

Manténgase alerta.

La sombra contraatacará.” León cerró los ojos.

El sabor en su boca era amargo y metálico.

El precio de jugar en las sombras no era solo tu propia alma.

A veces, era la vida de otros, incluso de monstruos, utilizados como peones en un tablero más grande.

Había ganado otra batalla, Habían eliminado a un asesino, Pero la victoria se sentía hueca, envenenada por la certeza de que había servido los intereses de una oscuridad aún mayor, y de que sus propias manos, aunque limpias de sangre, estaban manchadas de una culpa más profunda.

El juego continuaba, Y con cada movimiento, León Mercer se hundía más en un pantano moral del que tal vez nunca podría salir limpio.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES CAMALEON No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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