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Bleach:detective - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 capitulo 18 La trampa perfecta
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18: capitulo 18: La trampa perfecta 18: capitulo 18: La trampa perfecta La sensación comenzó como un picor en la base de su cráneo.

Mientras caminaba lejos del lago, la certeza victoriosa que había sentido al entregar las pruebas a Thorne comenzó a agrietarse.

Había sido demasiado fácil.

Acceder a la bóveda, encontrar justo los expedientes que necesitaba… como si alguien los hubiera señalado.

Era una trampa.

No para matarlo, sino para guiarlo.

El Assessor quería que León se obsesionara con él, para que no viera el diseño más grande.

O porque su caída beneficiaba a alguien más.

De repente, fragmentos de otros archivos que había pasado por alto cobraron significado.

Su mente los reprodujo: Proyecto: “Quimera Neural”.

Corporación: Prometeus Biomédica.

Objetivo: “Superar limitaciones humano mediante interfaz cerebro-máquina.” Cancelado hace 5 años.

Transferencias a cuentas en Liberia.

Proyecto: “Guardianes del Umbral”.

Corporación: Cerbero Dynamics.

Objetivo: “Unidades de respuesta a amenazas no convencionales (Fenómeno Tipo-E).” Nota al margen de A-1: “Mantener flujo de datos desde Karakura, Japón.” Proyecto: “Cosecha Primaveral”.

Corporación: Mnemosyne Inc.

Objetivo: “Cartografía neuronal en sujetos prepúberes.” Ubicación: Instalación Orfanato Havenwood.

Havenwood.

No era coincidencia.

El tejido de corrupción era una red simbiótica entre “El Veredicto”, corporaciones de biotecnología negra, y quién sabe qué más.

El Assessor era un nodo, no el único.

Y si León estaba a punto de exponer ese nodo… los otros se defenderían.

La advertencia llegó esa misma noche.

En su apartamento seguro, todas las luces se apagaron, Solo su edificio.

Un silencio eléctrico ominoso.

Los sensores de movimiento en su tableta comenzaron a apagarse, uno por uno.

Algo los anulaba con precisión inhumana.

Se puso en pie, los Colt en sus manos.

No había sonido de pasos.

Solo un zumbido bajo que hacía vibrar los cristales.

La puerta de acero reforzado se abolló hacia dentro con un BOOM metálico.

En el umbral, una figura.

Era humanoide, pero su movimiento era demasiado fluido, antinatural, Vestía un mono negro de material opaco.

Su rostro era una máscara de polímero lisa, sin rasgos.

No respiraba, o no se le veía.

No era un asesino común.

Era algo peor.

La cosa se movió.

No corrió; se deslizó, cubriendo la distancia en un instante.

Su brazo, rígido y mecánico, se lanzó como un pistón hacia el pecho de León.

León disparó.

Dos veces.

Centro de masa.

Los impactos resonaron con un CLANG sordo,La figura se estremeció, pero no se detuvo.

Las balas solo habían dejado abolladuras.

Chaleco blindado integrado, o algo más.

La mano mecánica cerró el puño y golpeó.

León logró desviarlo parcialmente, pero el impacto en su hombro lo hizo girar, enviándolo contra la mesa del comedor.

El dolor fue agudo y entumecedor.

Era más fuerte, más rápido.

León era un insecto.

Miró a su alrededor desesperadamente.

No tenía explosivos, ni armas pesadas.

Su apartamento era espartano: muebles, libros, una barra de hierro que usaba para la puerta corrediza del balcón (ahora inútil), una pesada lámpara de pie de metal… La criatura se abalanzó de nuevo.

León rodó, agarró la lámpara de pie y, usando todo su impulso, la estrelló como un bate contra la cabeza del intruso.

CRAC.

La lámpara se hizo añicos.

La máscara de polímero se agrietó ligeramente, revelando por un instante algo metálico y oscuro debajo.

La criatura retrocedió un paso, su cabeza inclinada en un ángulo extraño, como recalibrando.

Funcionó.

Daño contundente.

Pero no era suficiente.

La cosa recuperó su postura y cargó de nuevo, más rápida, más enfurecida.

Esta vez, no pudo esquivarla.

Un golpe en el costado lo levantó del suelo y lo arrojó contra la pared.

Sintió un crujido y un dolor desgarrador.

Costilla rota.

El aire se le escapó de los pulmones.

La figura se alzó sobre él, su brazo mecánico levantado para un golpe final.

En ese momento de puro terror animal, de entender que su intelecto y su entrenamiento no eran rival, algo dentro de León cedió.

No fue un pensamiento, Fue un instinto más profundo que el miedo.

El mismo que había sentido en el callejón en Los Ángeles.

Una frialdad que brotaba de su pecho, una rabia silenciosa contra la injusticia, contra la máquina que quería extinguir su vida.

Sus manos, que aferraban los Colt, se volvieron de repente extrañamente livianas y precisas.

Notó, de forma subliminal, que el revólver en su mano derecha, el que tenía el cañón ligeramente más largo, adquirió un tono negro mate que parecía absorber la luz.

El de su izquierda, en cambio, brilló con un blanco níveo, como porcelana.

No tuvo tiempo de preguntarse por qué.

La criatura detectó el cambio.

Su brazo descendió.

León, actuando por puro instinto, apretó los gatillos.

No hubo el estampido familiar de pólvora.

Hubo un sonido seco y cortante, como el de una tela pesada siendo rasgada.

De los cañones no salieron balas normales.

Del revólver negro, salió un destello compacto de energía de un amarillo intenso y eléctrico, que silbó en el aire dejando un olor a ozono.

Del revólver blanco, salió un proyectil de un negro absoluto, sin reflejo, que pareció tragarse el sonido a su paso.

Ambos impactaron en el torso de la criatura, casi al mismo tiempo.

Esta vez, no hubo CLANG, Hubo un estallido silencioso y destructivo.

El material negro del traje no se abolló; se desintegró localmente, como si la materia hubiera sido anulada o volatilizada.

Donde el destello amarillo impactó, los circuitos y servomotores visibles chisporrotearon y fundieron.

Donde el negro absoluto tocó, simplemente desapareció una sección del torso, dejando un vacío limpio y carbonizado.

La figura se detuvo en seco.

Un espasmo convulsivo la recorrió.

De las heridas brotó un humo acre y un fluido viscoso oscuro.

La máscara de polímero, ya agrietada, se empañó y luego estalló desde dentro, revelando por un instante una cara joven, pálida, con los ojos vacíos y cables insertados en las sienes, antes de que toda la cabeza se colapsara en una lluvia de fragmentos y chispas.

El cuerpo, ahora un amasijo humeante de metal y carne carbonizada, se desplomó con un golpe sordo.

El silencio regresó, roto solo por la respiración jadeante y entrecortada de León.

El dolor en su costado era una fogata.

Miró sus revólveres.

El color negro mate y el blanco níveo se desvanecían, volviendo al niquelado habitual.

No entendía qué había pasado.

¿Balas trazadoras especiales que no recordaba cargar?

¿Algo en el aire, una interferencia?

Su mente racional buscaba una explicación, pero el instinto le gritaba que había sido él.

Que algo dentro suyo había… modificado las armas.

Era absurdo.

Imposible.

No tuvo tiempo.

Otras dos firmas térmicas se acercaban en su tableta.

Refuerzos.

Herido, con una costilla rota y una confusión absoluta, León forcejeó para levantarse.

Tomó su mochila de emergencia, pasó por encima del cuerpo humeante del cyborg y salió por la ventana rota del balcón, cayendo con dificultad al callejón de dos pisos más abajo.

El impacto en sus pies le provocó una nueva oleada de dolor en el costado.

No podía correr lejos.

En el estacionamiento trasero del edificio de al lado, vio un viejo sedán con un joven repartidor que acababa de estacionarse y entraba corriendo a un restaurante, dejando las llaves puestas.

León no lo pensó dos veces.

Se arrastró hasta el auto, abrió la puerta, encendió el motor y salió del lugar justo cuando dos figuras oscuras y silenciosas aparecían en la boca del callejón.

Condujo a la deriva durante media hora, cambiando de dirección constantemente, el dolor nublando su pensamiento.

Finalmente, estacionó en un motel barato en las afueras, pagó en efectivo con un alias y se encerró en la habitación.

Mientras se vendaba el torso como podía, su mente, a pesar del dolor y la conmoción, trabajaba.

Los archivos habían sido una trampa.

Para identificarlo como una amenaza tangible para la red corporativa.

Una corporación llamada Prometeus Biomédica o Cerbero Dynamics acababa de intentar matarlo con un cyborg de vanguardia.

Eso significaba que tenían mucho que perder.

Y que esos cyborgs, hechos quizás con los cerebros de niños de Havenwood, eran su arma secreta.

Y en el centro de todo, el nombre que había visto en la nota al margen: Karakura, Japón.

El “campo de pruebas” del que hablaban los archivos.

El origen de los “Fenómenos Tipo-E”.

El lugar al que los susurros, ahora lo entendía, parecían querer llevarlo desde el principio.

León Mercer, el detective, ya no existía.

Era un fugitivo herido, con un secreto que ni él entendía en sus armas, y con el conocimiento de horrores que harían titubiar al mundo.

Tenía que llegar a Karakura.

Para encontrar respuestas.

Para entender qué demonios le había pasado con sus revólveres.

Y para, quizás, encontrar la manera de derribar la red monstruosa que ahora lo cazaba.

Pero primero, tenía que sobrevivir a la noche, y a la red que se cerraba a su alrededor.

Y tenía que averiguar, antes de que fuera demasiado tarde, qué era ese poder extraño que había salvado su vida… y qué precio tendría usarlo de nuevo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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