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Bleach:detective - Capítulo 19

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19: capitulo 19: El meridiano de la locura 19: capitulo 19: El meridiano de la locura Capítulo 19: El Meridiano de la Locura El dolor era un compañero constante, un fuego sordo que ardía en su costado con cada respiración.

En el espejo sucio del baño del motel, León ahora Jack para los escasos registros que dejaba examinó su propio reflejo.

Ojos oscuros con profundas ojeras, rostro pálido bajo una incipiente barba de tres días.

Se había vendado el torso con vendas elásticas robadas de una farmacia cercana, lo suficiente para inmovilizar la costilla rota y permitirle moverse sin gritar de dolor.

Estaba en un 75%, quizás menos.

Suficiente para funcionar, no para pelear.

Durante tres días, se movió como un fantasma.

Tomó autobuses interestatales con rutas aleatorias, pagando siempre en efectivo.

Durmió en asientos incómodos, con un ojo siempre abierto y una mano cerca del arma bajo su chaqueta.

Los Colt, ahora de apariencia normal pero cargando el misterio de su transformación momentánea, pesaban más que nunca.

Su destino era la costa oeste, para desde allí encontrar la manera más anónima de llegar a Japón.

Pero el camino era largo y el cuerpo, debilitado, necesitaba un respiro verdadero.

Un lugar donde no hubiera cámaras, ni rastro digital, donde un hombre herido pudiera pasar desapercibido durante un par de días.

Siguiendo un mapa de carreteras en papel, se desvió hacia el interior, hacia un lugar llamado Pueblo del Meridiano, una comunidad aislada en medio de un vasto valle agrícola.

El nombre le pareció una ironía cruel, un guiño del destino al monstruo literario que había mencionado a Russo.

Un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido.

Perfecto.

Al llegar, el pueblo cumplió su promesa de anonimato.

Calles de tierra, casas de madera desgastada por el sol y el viento, una única calle principal con una gasolinera, una tienda general y un bar llamado “El Último Descanso”.

La gente lo miraba con una curiosidad lenta, no hostil, sino del tipo reservada para los forasteros que rara vez se aventuraban por allí.

Alquiló una cabaña en las afueras, propiedad de una mujer mayor y callada llamada Mary, que aceptó el dinero en efectivo por una semana sin hacer preguntas.

Era austera, con una estufa de leña y una cama dura, pero estaba limpia y era silenciosa.

Los primeros dos días los pasó durmiendo, comiendo latas de comida fría y permitiendo que su cuerpo comenzara, lentamente, a soldarse.

Al tercer día, sintiéndose un poco más fuerte, fue a la tienda general a comprar suministros.

El ambiente había cambiado.

La curiosidad se había transformado en una tensión palpable.

Los vecinos hablaban en susurros, agrupados en la puerta.

El dueño de la tienda, un hombre corpulento llamado Burt, contaba el dinero con manos que temblaban ligeramente.

¿Algo pasa?

preguntó Jack, con su mejor tono neutro de forastero desinteresado.

Burt lo miró, evaluándolo.

Problemas locales, amigo.

Mejor no involucrarse.

Es cosa del Meridiano.

¿Del Meridiano?

Así le dicen —dijo una mujer desde atrás, cruzando los brazos.

A las… cosas que pasan.

León Jack sintió el viejo hormigueo, el instinto del detective.

Dejó caer un par de dólares más sobre el mostrador.

Me quedaré una semana.

Prefiero saber con qué me puedo encontrar.

Burt miró el dinero, luego a los ojos oscuros y serios del forastero.

Bajó la voz.

En un mes, tres muertes.

Old Man Henderson, encontrado colgado en su granero.

Dijo la autopsia que suicidio, pero Henderson no era hombre de ahorcarse.

Luego, la esposa del granjero Lewis, ahogada en un arroyo de dos palmos de agua.

Y hace tres días, el hijo de los Miller, un chico de dieciséis, muerto en un “accidente de caza”.

Todos… se fueron en silencio.

Sin lucha.

Como si hubieran aceptado su destino.

¿Y la policía?

El sheriff del condado vino, hizo su informe y se fue.

Dijo coincidencias trágicas.

Pero la gente aquí sabe.

Alguien… les está hablando.

Les está poniendo ideas en la cabeza.

Ideas malas.

¿Ideas?

Henderson, antes de morir, le dijo a su hijo que “había llegado su meridiano, que era hora de pagar la deuda con la tierra”.

La señora Lewis le confesó al pastor que “el río la llamaba para limpiar sus pecados”.

El chico Miller le escribió a una amiga: “Hoy cazo la bestia final”.

Burt tragó saliva.

No son suicidios, señor.

Son… convicciones implantadas.

Alguien los está convenciendo de que morir es lo correcto, lo necesario.

Y ellos lo creen.

León sintió un escalofrío que no tenía que ver con su costilla.

No era un asesino físico.

Era un manipulador.

Un psicópata con una elocuencia diabólica, que usaba las creencias, los miedos y las culpas de la gente como armas, convenciéndolos de ser sus propios verdugos.

Era el Juez Holden hecho realidad: un hombre que no ensuciaba sus propias manos, sino que persuadía a otros de hacer el trabajo sucio, y luego observaba, con calma intelectual, cómo la sangre manaba.

¿Hay algún forastero nuevo, aparte de mí?

¿Alguien que hable bien, que parezca culto, que haya llegado antes de las muertes?

Burt y los otros intercambiaron miradas.

Solo el profesor dijo la mujer.

¿Profesor?

Llegó hace dos meses.

Alquila la vieja casa de los Grant en la colina.

Dice que es escritor, que busca tranquilidad para terminar un libro.

Se llama Silas.

Silas Crane.

Es… educado.

Habla bonito.

Sabe de todo.

Al principio, la gente estaba encantada.

Ahora… ahora algunos le tienen miedo.

Silas Crane.

Un nombre que sonaba a pluma y tinta, no a sangre.

El perfecto alias para un monstruo retórico.

León compró sus cosas y regresó a la cabaña, su mente ya trabajando, a pesar del dolor y la fatiga.

Este no era su caso.

Debía descansar y seguir su camino.

Pero el patrón era demasiado claro, y la maldad, demasiado pura.

No podía mirar hacia otro lado.

Además, en un pueblo pequeño y aislado, un forastero que hacía preguntas podía convertirse rápidamente en el siguiente blanco de “El Meridiano”.

Tenía que actuar, o convertirse en víctima.

Esa noche, desde la ventana de su cabaña, vio una luz en la colina.

La casa de Silas Crane.

Al día siguiente, con el pretexto de buscar recomendaciones de libros (su cobertura como “Jack”, un antiguo estudiante de literatura), se dirigió a la casa.

Era una estructura grande y decadente, con un porche que se inclinaba peligrosamente.

El hombre que abrió la puerta encajaba perfectamente: mediana edad, cabello gris peinado con esmero, vestido con un suéter de cuello alto y pantalones de tweed.

Sus ojos eran de un gris claro, curiosos y profundamente calmados.

¿Señor Crane?

dijo León.

Soy Jack, Un huésped de Mary.

Me dijeron que usted era escritor.

Yo… soy un entusiasta.

Me preguntaba si podría recomendar algo.

Silas Crane sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

¡Un lector en el Meridiano!

Qué placer.

Pase, pase.

El viento está frío.

El interior estaba lleno de libros, pero no de cualquier tipo.

Tratados de filosofía estoica, textos sobre mitología de la muerte, estudios sobre suicidio ritual en culturas antiguas.

En una mesa, un manuscrito abierto con el título: “El Peso de la Conciencia: La Ética del Final Autodirigido”.

Un tema oscuro comentó León, fingiendo interés.

El único tema que importa, querido Jack respondió Crane, sirviendo dos tazas de té.

La conciencia es un fardo.

La mayoría arrastra el suyo, miserablemente, hasta que el cuerpo se deshace.

Pero hay algunos… unos pocos ilustrados… que entienden que la única libertad real es elegir el momento y la forma de soltar ese peso.

Ayudarlos a ver esa verdad es un acto de misericordia suprema.

Su voz era melodiosa, persuasiva.

Cada palabra estaba cuidadosamente elegida para sonar razonable, profunda, incluso compasiva.

León sintió cómo esa voz intentaba deslizarse en su mente, buscando grietas, culpas, arrepentimientos.

Era un depredador de almas.

¿Y usted ayuda a la gente a… ver esa verdad?

preguntó León, manteniendo su tono neutral.

Converso,Escucho La verdad, cuando es evidente, se revela sola dijo Crane, sus ojos grises fijos en los de León.

Usted, por ejemplo, Jack.

Llega herido.

Cojea.

Hay dolor en sus ojos, no solo físico.

Una herida más antigua.

La carga de un buscador que no encuentra.

¿No ha pensado alguna vez que el descanso eterno sería… un alivio bien merecido?

El ataque fue directo y sutil.

No una amenaza, sino una invitación envenenada.

León sintió la frialdad de los susurros, un eco lejano, y por un momento, la imagen del callejón donde murió su padre pasó por su mente.

Pero él había vivido con esos fantasmas demasiado tiempo, Había aprendido a negarles el poder.

Prefiero seguir buscando dijo León, con una sonrisa tan fría como la de Crane.

La curiosidad es un peso, pero también es lo que me mantiene en movimiento.

Como debe saber, profesor, no se puede escribir el final del libro sin haber leído todas las páginas.

El interés en los ojos de Crane se intensificó.

Había encontrado a alguien que no mordía el anzuelo fácilmente.

Un desafío.

Sabia postura concedió Crane.

Bueno, si cambia de opinión, ya sabe dónde estoy.

Aquí, para aliviar cargas.

León salió de la casa, sintiendo la mirada del profesor en su espalda.

No tenía pruebas.

Solo palabras y un patrón de muerte.

Pero sabía, con la certeza que le daba haber visto a asesinos de todo tipo, que Silas Crane era “El Meridiano”.

Y que, tras su fachada de filósofo, había un vacío tan absoluto como el del cyborg, pero infinitamente más peligroso porque se alimentaba de lo más humano: la desesperanza.

Esa noche, sentado en su cabaña a oscuras, León trazó un plan.

No podía arrestar a Crane.

No tenía autoridad, y el sheriff lo encarcelaría a él primero.

Pero podía desenmascararlo ante el pueblo.

Podía romper su hechizo de palabras.

Necesitaba que Crane se delatara.

Y para eso, necesitaba ofrecerle una tentación a la que no pudiera resistirse: un alma fuerte, resistente, que al quebrarse, probaría su supremacía filosófica.

Él sería el cebo.

Pero esta vez, no sería un cebo pasivo.

Sería un espejo.

Mostraría a Crane el vacío que realmente era.

Al día siguiente, comenzó a propagar, discretamente, una historia: que “Jack” era un ex-militar con remordimientos terribles por cosas que había visto y hecho, que buscaba redención pero no la encontraba.

Que a veces, en la noche, el peso era insoportable.

La historia, mezcla de verdad y ficción, era perfecta para el depredador.

Y Crane picó.

Al anochecer, mientras León caminaba deliberadamente solo por el camino polvoriento que llevaba al arroyo (el lugar del segundo “suicidio”), Silas Crane apareció, como surgiendo de la penumbra misma.

Una noche pesada, Jack dijo su voz suave desde atrás.

El aire está lleno de fantasmas.

Los suyos deben ser especialmente… persistentes.

León se detuvo, sin volverse.

A veces hablan.

A veces solo susurran.

Los susurros son lo más peligroso avanzó Crane, acercándose.

Son las ideas que se filtran, que encuentran tierra fértil.

Usted tiene una mente fuerte, Jack.

Pero incluso la roca más sólida se agrieta bajo la presión constante del remordimiento.

¿No sería más fácil… dejarse llevar?

El agua del arroyo es fría, pero limpia.

Lavaría toda esa… suciedad.

La voz era hipnótica, envolvente.

León sintió una pesadez inusual, una fatiga que no era solo física.

Era como si las palabras de Crane fueran hilos, tirando de él hacia la oscuridad, hacia la idea seductora del descanso final.

Era un ataque psicológico puro, y era devastadoramente efectivo.

Pero León tenía una ventaja: ya había mirado a la oscuridad a los ojos.

La había sentido en el motel, en el Assessor, en los cyborgs.

Y había salido, herido, pero entero.

Usted habla mucho de aliviar cargas, profesor dijo León, girándose lentamente para enfrentarlo.

Su voz no temblaba; era un filo.

Pero yo creo que usted no alivia nada.

Solo roba.

Roba voluntades.

Roba vidas.

Y lo hace porque, en el fondo, usted es el más vacío de todos.

Usted no tiene convicciones.

Solo tiene… hambre de ver caer a los demás.

Es un parásito de almas.

Un filósofo del fracaso ajeno.

La máscara de calma en el rostro de Crane se resquebrajó.

Por primera vez, apareció algo en sus ojos grises: ira, una ira fría y venenosa.

Había sido desnudado.

Qué patético intento de proyección espetó Crane, su voz perdiendo la melodía, volviéndose áspera.

El que está roto es usted.

Y voy a disfrutar viendo cómo se desmorona.

Mañana, todo el pueblo sabrá que “Jack”, el ex-militar desquiciado, se ahogó en el arroyo, abrumado por sus culpas.

Será mi obra maestra.

No dijo una voz desde la oscuridad.

Varios vecinos, liderados por Burt el tendero, salieron de entre los árboles.

Habían estado escuchando.

La conversación, cuidadosamente guiada por León hacia el arroyo y coreografiada para que los testigos pudieran oír, había dado su fruto.

Habían escuchado la verdadera voz de Crane, el depredador detrás del filósofo.

Crane los miró, su rostro una máscara de sorpresa y luego de desprecio.

Ignorantes.

No entienden nada.

Entendemos suficiente gruñó Burt, blandiendo una escopeta.

Sheriff ya viene.

Y esta vez, con lo que hemos oído, no se irá con las manos vacías.

La captura fue anti-climática.

Crane no luchó.

Solo sonrió, una sonrisa amarga y derrotada, mientras era llevado.

Pero su mirada, al pasar frente a León, fue un mensaje claro: “Esto no ha terminado.” Al día siguiente, con el sheriff llevándose a Crane y el pueblo respirando aliviado, León empacó sus pocas cosas.

Burt se acercó a la cabaña.

No sé quién es usted en realidad, Jack dijo el tendero.

Pero le debemos una.

El Meridiano… se acabó.

Por ahora asintió León.

Sabía que hombres como Crane eran raros, pero no únicos, El mundo estaba lleno de depredadores silenciosos.

Al subir al autobús que lo alejaría del Pueblo del Meridiano, su costilla aún le dolía, pero su mente estaba más clara.

Había enfrentado a otro monstruo, esta vez con palabras y astucia, no con balas o poderes extraños.

Había ganado.

Pero la partida principal seguía en juego: Karakura, el Assessor, las corporaciones, el misterio de sus armas.

Y ahora, una nueva certeza: dondequiera que fuera, el mal tenía muchas caras.

Y él, León Mercer, parecía destinado a encontrarlas todas.

El camino a Japón era largo.

Y cada parada, parecía, sería una lección en las infinitas formas en que el corazón humano podía torcerse.

El autobús arrancó, dejando atrás el polvo del Meridiano, el próximo destino: la costa.

Y después, el epicentro de la tormenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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