Bleach:detective - Capítulo 20
- Inicio
- Todas las novelas
- Bleach:detective
- Capítulo 20 - 20 capitulo 20La secta del silencio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: capitulo 20:La secta del silencio 20: capitulo 20:La secta del silencio La costa era un mundo diferente.
El aire salado y el bullicio de una ciudad portuaria medianamente grande ofrecían el anonimato perfecto que León Jack necesitaba para planear su salida del país.
Su costilla, aunque mejor, aún le recordaba su fragilidad con cada movimiento brusco.
Se instaló en un motel barato cerca del puerto, donde el olor a pescado y gasóleo era constante.
Su primer objetivo era conseguir una identidad más sólida para moverse como “Jack” y, si era necesario, para investigar sin levantar sospechas.
Un altercado fingido con un detective de paisano borracho fuera de un bar le dio la oportunidad: una breve pelea de empujones y malentendidos donde, con la habilidad de un carterista que nunca había sido, le sacó la placa y la cartera al hombre antes de desaparecer en la multitud.
En su habitación, con herramientas básicas compradas en una ferretería, modificó meticulosamente la placa.
Cambió el número y, usando un punzón y una lima, alteró sutilmente el nombre para que leyera “J.
C.
Karr”.
No era perfecta, pero bajo una mirada rápida o en una situación de tensión, podía funcionar.
Era un riesgo enorme, pero en el mundo en el que se movía, un riesgo necesario.
Mientras rastreaba opciones de transporte discreto a Japón (cargueros que aceptaran pasaje sin preguntas), su atención fue capturada por una serie de reportajes de periódicos locales viejos, amontonados en un rincón de la cafetería donde tomaba su café negro.
Hablaban de desapariciones en una comunidad cerrada en las colinas, un lugar llamado “El Refugio del Silencio Eterno”.
Niños, principalmente.
Adolescentes.
Los reportajes eran escasos, casi como si alguien hubiera presionado para que no se investigara a fondo.
Las citas de los vecinos cercanos eran vagas y temerosas: “Ellos tienen sus propias reglas.” “No molestan a nadie.” “Es cosa de Dios.” León sintió el viejo nudo en el estómago, No era su guerra.
No debía seguir adelante, Pero los susurros, que habían estado en calma desde el Pueblo del Meridiano, regresaron en ese momento.
No eran voces, sino una presión sorda, un eco de dolor agudo y joven que parecía emanar de la dirección de las colinas.
Era una llamada que no podía ignorar, un patrón de sufrimiento que resonaba con el caso de Havenwood y los proyectos de Mnemosyne.
Decidió hacer un reconocimiento.
Solo eso.
Un vistazo rápido para confirmar sus sospechas y luego irse.
Tomó un autobús hasta el final de la línea y luego caminó varias millas por un camino de tierra hasta llegar a las cercanías del “Refugio”.
Desde una colina vecina, observó con unos prismáticos baratos.
El lugar era un complejo amurallado de edificios de madera tosca, con una iglesia de aspecto severo en el centro.
No había niños jugando.
Los adultos que vio se movían con una rigidez inquietante, cabizbajos, como sombras.
El aire, incluso a la distancia, parecía inmóvil, pesado.
Al regresar al camino principal, se encontró con una mujer joven, demacrada y con los ojos desorbitados por el miedo, que salía corriendo del bosque.
Tropezó y cayó a sus pies.
¡Ayúdame!
suplicó, aferrándose a su pierna.
¡Por favor, sáqueme de aquí!
¡Se llevaron a mi hermanito!
¡Dijeron que era un “elegido”!
¡Que lo purificarían!
León la ayudó a levantarse.
¿Quién?
¿Los del Refugio?
Ella asintió, llorando.
El Hermano Absalón… dice que los niños son puros, que para mantener la pureza del Refugio de los pecadores… hay que… hay que… No pudo terminar, el horror le selló la garganta.
No era difícil deducir el resto.
Una secta depravada, usando la religión como cobertura para la pedofilia y, posiblemente, algo peor.
Los “pecadores” a purificar probablemente eran los propios niños después de abusar de ellos, o cualquiera que se opusiera.
Vamos dijo León con firmeza.
Te llevaré a la ciudad.
A la policía.
¡No!
gritó ella, aterrorizada.
¡La policía no hace nada!
¡Algunos de ellos van al Refugio!
¡Él los tiene comprados o amenazados!
Eso explicaba la falta de investigación.
León miró hacia el complejo amurallado, luego a la mujer temblando.
No podía dejarla.
Y no podía ignorar lo que había dentro.
El “solo un vistazo” había terminado.
Llevó a la mujer, que dijo llamarse Mara, a un motel en la ciudad, le dio dinero y le dijo que se escondiera.
Luego, preparó lo que podía.
No podía llevar los Colt abiertamente; llamarían demasiado la atención si lo detenían.
Los escondió en su mochila con la placa falsa y un cuchillo de caza robusto.
En su persona, solo llevaría el cuchillo táctico en el tobillo y sus propias manos.
La infiltración fue más fácil de lo esperado, y eso lo puso en alerta máxima.
La vigilancia en el “Refugio” era interna, hacia los prisioneros, no hacia afuera.
Saltó una parte baja del muro al anochecer y aterrizó en un huerto descuidado.
Dentro, el silencio era opresivo.
Olía a tierra húmeda, incienso barato y, de forma sutil pero inconfundible, a miedo y descomposición.
Escuchó cantos monótonos provenir de la iglesia.
Siguiendo el sonido, se arrastró hasta una ventana sucia.
Dentro, una escena dantesca.
Un hombre alto y demacrado, vestido con una túnica blanca sucia el Hermano Absalón predicaba a una congregación de adultos con rostros vacíos.
Hablaba de la “impureza de la carne” y de la “purificación a través del sufrimiento del inocente”.
Y en el frente, varios niños, de entre ocho y doce años, vestidos con túnicas similares, con los ojos bajos y los cuerpos rígidos de terror.
La ira que surgió en León fue glacial, un río de hielo que anuló el dolor de su costilla y cualquier duda.
Esto no era un caso para dialogar.
No había psicología que sanar aquí, solo un cáncer que extirpar.
Decidió actuar rápido.
Esperó a que el “sermón” terminara y la gente se dispersara hacia sus celdas.
Siguió al Hermano Absalón hacia una dependencia apartada, una casa más grande que parecía su residencia.
Cuando Absalón abrió la puerta, León estaba detrás de él.
Lo empujó dentro y cerró la puerta.
El hombre se giró, sorprendido, pero no asustado.
Sus ojos eran pozos oscuros de fanatismo.
¿Un pecador se ha colado en el jardín del Señor?
su voz era un susurro rasposo.
Donde está el Señor no lo sé dijo León, su voz un filo de acero bajo.
Pero sé que tú eres un monstruo.
Y esta noche, el monstruo muere.
No hubo más palabras.
Absalón no era un luchador, pero era salvaje.
Sacó un cuchillo de sacrificio ceremonial de su túnica y se abalanzó con un grito ahogado.
León, aún limitado por su costilla, esquivó el ataque torpe y le atrapó la muñeca, retorciéndola hasta que el hueso crujió y el cuchillo cayó.
Luego, un golpe seco con el canto de la mano en el cuello.
Absalón cayó al suelo, jadeando, pero no inconsciente.
¿Dónde están los otros niños?
¿Los que “purificaste”?
preguntó León, poniéndole una rodilla en el pecho.
Absalón escupió, una mezcla de saliva y fanatismo.
¡Ascendieron!
¡Libres de pecado!
¡Su sacrificio mantiene puro nuestro Refugio!
El hombre estaba más allá de la razón.
Y León, en ese momento, entendió una verdad brutal: había maldad con la que no se podía razonar, que no se podía redimir.
Solo se podía detener.
Permanente.
Con un movimiento rápido y frío, tomó el cuchillo ceremonial del suelo.
Absalón vio la decisión en sus ojos y, por primera vez, el fanatismo dio paso al miedo.
No puedes… esto es la casa de Di— La hoja se hundió, limpia y precisa.
El Hermano Absalón se convulsionó una vez y luego se quedó quieto, sus ojos oscuros ahora vidriosos, reflejando por última vez el techo de su prisión de perversión.
León respiró hondo, apartando la oleada de náuseas y el peso del acto, No había placer.
Solo una necesidad oscura y terrible.
Había cruzado una línea.
Había matado a sangre fría.
No tenía tiempo para lamentaciones.
Tomó las llaves del cadáver y salió.
Encontró a los niños encerrados en un cobertíz, asustados pero vivos.
No todos los “elegidos” habían “ascendido” todavía.
Con calma firme, los liberó, les dijo que corrieran al muro y salieran, que Mara los esperaba en el camino.
La alarma saltó cuando algunos adultos lo vieron.
No eran guerreros, pero eran fanáticos y numerosos.
León se vio rodeado en el patio central, empuñando el cuchillo ensangrentado de Absalón.
¡Pecador!
¡Asesino!
gritaban, avanzando con palos y herramientas.
Fue una pelea brutal, sucia y corta.
León se movió con la eficiencia desesperada de un animal acorralado.
Usó su entrenamiento: patadas bajas para derribar, golpes a puntos vitales para incapacitar, el cuchillo solo para bloquear ataques.
Su costilla gritaba en protesta con cada giro, pero la adrenalina era un analgésico poderoso.
Derribó a cuatro, cinco hombres, pero llegaban más.
Vio una salida: una puerta trasera que llevaba a los establos.
Forcejeó hacia ella, recibiendo un golpe de pala en el hombro que le hizo ver las estrellas.
Con un último esfuerzo, atravesó la puerta y corrió hacia la oscuridad del bosque, dejando atrás los gritos de ira y confusión.
Corrió hasta que el dolor y el agotamiento lo obligaron a detenerse, lejos ya del Refugio.
Se apoyó contra un árbol, jadeando, la sangre de otros salpicando sus ropas, el peso del asesinato de Absalón anclado en su alma.
En el motel, Mara y los niños rescatados lo esperaban, aterrorizados pero a salvo.
Les dio casi todo el dinero que le quedaba.
Vayan a la ciudad grande.
Busquen una iglesia de verdad, un centro de ayuda social.
Cuenten todo.
La muerte de Absalón romperá su poder.
Los demás se dispersarán o la policía, sin su líder protector, tendrá que actuar.
Mara lo miró, viendo la sangre y la sombra en sus ojos.
¿Quién es usted?
Alguien que ya se va dijo él.
Recogió su mochila con los Colt y la placa falsa, y salió antes del amanecer.
En el autobús de regreso a la ciudad portuaria, miró sus manos,No temblaban.
Eso era lo más aterrador.
Había ido a las colinas como un investigador.
Había salido como un verdugo.
Había aprendido que, contra cierta oscuridad, las palabras y la astucia no bastaban.
A veces, la única respuesta era un cuchillo en la oscuridad y la voluntad de usarlo.
El viaje a Karakura era ahora más urgente que nunca.
No solo para encontrar respuestas sobre sí mismo y sobre la red del Assessor.
Sino para ver si, en algún lugar de ese mundo espiritual que presentía, había redención para un hombre que acababa de aprender a matar monstruos… y que temía estar convirtiéndose en uno.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com