Bleach:detective - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 capitulo 21 El carnicero de la niebla
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21: capitulo 21: El carnicero de la niebla 21: capitulo 21: El carnicero de la niebla La ciudad portuaria se convirtió en un tablero de operaciones.
León sabía que “El Veredicto”, o peor, las corporaciones como Cerbero Dynamics, aún podían estar tras él.
Necesitaba desaparecer por completo antes de abordar un carguero con destino a Asia.
En un barbero de mala muerte, se hizo cortar el pelo al ras, casi al cero.
El espejo le devolvió una imagen extraña: su rostro pálido y anguloso parecía más duro, más antiguo.
Después, en una tienda de disfraces, compró unos lentes de contacto de un color avellana claro que anularon el negro carbón de sus ojos, dándole un aspecto sorprendentemente ordinario, Junto con ropa genérica de segunda mano, completó su transformación.
Ya no era León Mercer, ni siquiera “Jack Karr”.
Era un fantasma sin nombre.
El contacto para el pasaje clandestino le dio una fecha: tres días.
Tres días de espera en una pensión de mala muerte cerca de los muelles, donde el aire olía a sal, orina y desesperanza.
Era el tipo de lugar donde la gente desaparecía y nadie preguntaba.
Fue en el segundo día, volviendo de comprar provisiones, cuando lo sintió.
No fueron susurros esta vez.
Fue un olor: carne podrida mezclada con un dulzor químico enfermizo, como un matadero empapado en desinfectante barato.
Provenía de un callejón que cortaba hacia su pensión.
Una niebla baja, anormalmente densa para la noche despejada, se arremolinaba en su entrada.
La lógica le gritaba que diera media vuelta.
Pero el instinto, ese mismo que lo había llevado a la bóveda y al Refugio, le dijo que mirara.
Se acercó al borde de la niebla.
Dentro, las formas eran indistintas.
Pero había sonidos: un chasquido húmedo, seguido de un gorgoteo.
Y voces… no, una voz, pero saliendo de varias bocas a la vez, entrecortada y con tonos diferentes, como un coro desafinado de agonía.
“…hambre… tan vacío… pedazos… necesitamos más pedazos…” Asomó la cabeza.
La escena le heló la sangre.
No era un hombre.
Era una masa.
Una aglomeración informe de torsos, brazos y piernas humanos, fusionados de manera grotesca como si un niño gigante y demente hubiera pegado muñecos.
En el centro de esa masa, una máscara blanca y vacía, rota en varios puntos, como la de un plato de porcelana quebrado.
De los “cuerpos” que la componían, algunos estaban frescos, otros en avanzado estado de descomposición.
Se movía arrastrándose, y con cada movimiento, una de las “manos” se desprendía para arrancar trozos de un cadáver fresco tirado en el suelo —un vagabundo, quizás— y los acercaba a una apertura bajo la máscara, donde se oían los chasquidos y gorgoteos.
León había visto depravación humana en todas sus formas.
Pero esto… esto no era humano.
Era una pesadilla hecha carne.
Un rechazo a la biología, al orden, a la vida misma.
El horror lo paralizó por un segundo.
Luego, el monstruo porque no podía llamarlo de otra manera lo detectó.
La máscara blanca se giró lentamente hacia él.
Las múltiples bocas de los cuerpos fusionados se abrieron al unísono y emitieron un sonido que no era un grito, sino un lamento de hambre multiplicado por diez.
“¡MÁS!
¡PIEZAS NUEVAS!
¡DANOS TUS PIEZAS!” Se arrastró hacia él con una velocidad espantosa para su tamaño.
León retrocedió, desenfundando instintivamente uno de los Colt.
Disparó.
La bala atravesó la masa, saliendo por el otro lado con un sonido a carne podrida perforada.
No hizo nada.
Ni siquiera se inmutó.
No funcionaba, Las balas normales no servían.
El monstruo estaba casi sobre él, un brazo compuesto por tres antebrazos fusionados se alargó para agarrarlo.
El olor era insoportable.
En ese momento de puro pánico, su mente, entrenada para la crisis, hizo una conexión absurda y brillante.
No era un asesino.
Era un coleccionista.
Un coleccionista retorcido que no coleccionaba objetos, sino partes.
Y los coleccionistas, como el Jardinero o el Contador de Almas, tenían un patrón, una obsesión que los cegaba.
Este coleccionista quería piezas.
Piezas completas.
¿Y si lo que tenía no le interesaba porque estaba… dañado?
Sin tiempo para pensar, León hizo lo único que podía.
Con el cuchillo de caza que llevaba en el cinturón, se hizo un tajo superficial pero sangrante en su propio brazo, el ya herido.
No fue un acto de valentía, fue de pura lógica desesperada.
Gritó, no de dolor, sino con una voz cargada de desprecio y teatro, imitando la voz de un traficante de antigüedades decepcionado que había usado una vez en un caso: “¡Pieza defectuosa!
¡Despreciable!
¡Contaminada!
¡No sirve para la colección!” El monstruo, la masa, se detuvo.
La máscara blanca se inclinó.
Los múltiples ojos de los cadáveres que la formaban parecieron entrecerrarse en una confusión primitiva.
“¿…Defectuosa?
…¿Contaminada?” La voz múltiple sonó perpleja, casi ofendida en su hambre.
¡Sí!
insistió León, retrocediendo pero manteniendo el tono de desdén.
¡Mi carne está podrida por dentro!
¡Envenenada!
¡Si la tomas, arruinará todas tus otras piezas!
¡Las pudrirá a todas!
Era una mentira ridícula, apelando a la lógica retorcida de una cosa que claramente no pensaba como un humano.
Pero funcionó.
El monstruo retrocedió un poco, sus apéndices se retorcieron indecisos.
El concepto de “contaminación” pareció resonar en su mente caótica.
Su obsesión por la colección “perfecta” chocaba con la posibilidad de arruinar lo que ya tenía.
“…No… no queremos podrido… queremos… fresco… puro…” León aprovechó la duda.
Siguió retrocediendo, saliendo del callejón, manteniendo al monstruo a la vista.
—¡Ahí fuera!
—señaló calle abajo, a la nada—.
¡Hay fresco!
¡Mucho fresco!
¡Ve por él!
La criatura, con una última mirada confusa a León (o a su brazo “contaminado”), emitió un gruñido de frustración y se arrastró en la dirección opuesta, hacia las sombras más profundas del distrito portuario, alejándose.
León se desplomó contra una pared, jadeando, la sangre de su brazo mezclándose con el sudor frío.
No lo había derrotado.
Lo había engañado.
Había usado una lección de un viejo caso, de un asesino que coleccionaba figurillas perfectas y desechaba cualquier mínima imperfección.
Había aplicado la psicología del coleccionista a un monstruo.
Se vendó el brazo a toda prisa y corrió de regreso a su pensión, el corazón martilleándole el pecho.
No era el miedo físico lo que lo estremecía.
Era la revelación.
Esa cosa… ese “Hollow”, aunque él no conocía el nombre, existía.
Y había otros.
Los “Fenómenos Tipo-E” de los archivos.
Los susurros.
El frío.
Todo estaba conectado.
Y las balas normales no servían contra ellos.
Sentado en su cama sórdida, limpió los Colt.
Los miró, recordando el brillo negro y blanco, el poder extraño que había surgido contra el cyborg.
Eso podría funcionar.
Pero no sabía cómo controlarlo.
Era como un músculo atrofiado que solo se tensaba ante la muerte inminente.
Al día siguiente, abordó el carguero rumbo al este.
Mientras el continente americano se desdibujaba en el horizonte, León Mercer, el hombre que ya no era, reflexionó.
Su personalidad se estaba fracturando y reformando.
El novato asustado de Los Ángeles había muerto.
En su lugar había un hombre que podía discutir filosofía con un asesino, tender trampas a un corrupto, matar a un fanático depravado y engañar a un monstruo caníbal con retórica.
Estaba aprendiendo los lenguajes de muchas oscuridades.
Y cada lección lo dejaba más frío, más calculador, más dispuesto a hacer lo que fuera necesario.
Miró el océano infinito.
Karakura lo esperaba.
El epicentro.
Allí, esperaba encontrar respuestas sobre qué eran esos monstruos, sobre el poder en sus armas, y sobre la red que conectaba a Voss, al Assessor y a las corporaciones.
Pero también temía lo que encontraría.
Porque si el mundo estaba infestado de horrores como el del callejón, y si la única manera de enfrentarlos era usando un poder que no entendía y una moralidad cada vez más flexible… ¿qué quedaría de él cuando todo terminara?
El carguero avanzó, llevando a un fantasma armado con secretos y revólveres hacia la tormenta espiritual que era Karakura.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES CAMALEON No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!Su regalo es mi motivación de creación.
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