Bleach:detective - Capítulo 22
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22: capitulo 22: La anatomía del vacio 22: capitulo 22: La anatomía del vacio Océano Pacífico, a 400 km de la costa de Japón.
02:17 AM.
El carguero Silent Maru era un veterano herrumbrado de los mares, un esqueleto de acero que gemía con cada ola.
León ahora “Jack” para los pocos tripulantes que lo habían visto subir en un puerto meno permanecía en la cubierta de proa, envuelto en una capa contra la humedad salada, El aire olía a diesel, sal y algo más: una electricidad estática que le erizaba los pelos de la nuca.
No era el frío de los susurros del motel.
Era más… hambriento.
Había pasado días analizando su encuentro con el monstruo en la costa, el que llamaba “caníbal de cuerpos fusionados” en sus notas mentales.
Patrones: solo visible para él tras momentos de estrés extremo, inmune a balas físicas, vulnerable a… ¿qué exactamente?
Sus revólveres habían cambiado, pero no controlaba el cambio.
Era como si el arma respondiera a una parte de él que no entendía: una fría rabia, una determinación por sobrevivir que trascendía lo físico.
De su bolsillo sacó el bisturí,No era un arma elegante.
Lo había tomado de la peluquería barata donde cambió su apariencia, junto con unas tijeras.
Herramientas de precisión.
Le recordaban las herramientas de los asesinos metódicos que había cazado: limpios, fríos, eficientes.
Lo giró entre sus dedos.
El acero reflejaba la luna baja entre nubes.
Entonces, el aire se cortó.
No fue un sonido, Fue un vacío en el ruido ambiental.
El gemido del barco, el viento, el golpe de las olas… todo se apagó por un segundo.
Y luego, un alarido.
No venía del barco.
Venía del cielo.
O de un lugar entre el cielo y el mar, una distorsión en la realidad misma.
León se giró, los Colt ya en sus manos por reflejo.
En la cubierta de popa, junto a los contenedores, algo se materializaba.
No era sólido al principio: una mancha de oscuridad más profunda que la noche, que bebía la poca luz de las estrellas.
Luego tomó forma: una silueta humanoide, pero retorcida, como un muñeco de cera derretido.
Su “cabeza” era una máscara blanca lisa, sin rasgos, solo un agujero en forma de sonrisa desgarrada.
De su torso, brazos irregulares, algunos terminados en garras, otros en tentáculos oscuros.
No tenía piernas; flotaba a medio metro de la cubierta, dejando un rastro de frío que hacía escarchar el metal.
El monstruo.
Él no sabía el nombre, pero su mente, hambrienta de categorías, lo etiquetó al instante: Tipo-2: Depredador de Baja Consciencia.
Patrón de aparición: áreas de soledad y desesperación prolongada.
Presunta dieta: energía vital residual.
El monstruo giró su máscara blanca hacia él.
No tenía ojos, pero León sintió el hambre.
La misma que había sentido en el motel, pero cruda, animal, no dirigida por una cicatriz del lugar, sino por un instinto ciego.
Un marinero salió de un camarote, frotándose los ojos, una linterna en la mano.
¿Qué demonios…?
El monstruo se movió.
No fue un movimiento; fue un deslizamiento instantáneo, una discontinuidad en el espacio.
Un tentáculo negro, más rápido que una serpiente, se disparó desde su masa y atravesó el pecho del marinero.
No hubo sangre.
No al principio.
El cuerpo del hombre se sacudió, los ojos se le pusieron blancos, y luego se desplomó, ya frío, ya vacío.
Un brillo tenue, como un vapor plateado, fue absorbido por el tentáculo hacia la máscara del monstruo.
León disparó.
¡BANG!
¡BANG!
Dos balas de .38 Special, centradas en la máscara blanca.
El sonido fue ensordecedor en la noche silenciosa.
Las balas atravesaron, No como si el monstruo fuera intangible, sino como si la materia de la máscara se reconfigurara alrededor del plomo, dejándolo pasar sin resistencia, y luego se cerrara.
Los proyectiles continuaron su camino y se perdieron en el océano.
El monstruo ni se inmutó.
Inmune a proyectiles cinéticos.
Confirmado.
Su mente trabajaba a toda velocidad, suprimiendo el pánico.
El cyborg era materia física mejorada.
Esto es… otra cosa.
Energía.
Como lo que salió de mis revólveres.
El monstruo giró hacia él.
La sonrisa de su máscara pareció ensancharse.
Se lanzó.
León esquivó rodando por la cubierta mojada.
El dolor de su costilla rota le atravesó el costado como un cuchillo.
Un tentáculo azotó el lugar donde había estado, dejando una hendidura fundida en el metal.
Calor extremo o energía corrosiva.
No podía correr.
No podía disparar.
El monstruo era más rápido, más fuerte, y sus herramientas eran inútiles.
Excepto… el patrón.
Al esquivar otro ataque, esta vez una garra que destrozó un cable de acero, León observó.
No al monstruo, sino a su comportamiento.
El monstruo no atacaba al azar.
Se dirigía a él con insistencia, pero sus movimientos tenían una ligera vacilación cada vez que León se acercaba a la borda, al borde del agua.
¿Miedo al agua?
No.
Era como si… el océano, vasto y lleno de vida, creara una interferencia en su “señal”.
Como el fenómeno del motel, que se alimentaba de desesperación concentrada.
Este se alimentaba de soledad, de energía vital aislada.
Tenía que crear una distracción.
Una fuente de “ruido” mayor.
Pero no tenía equipos, no tenía generadores de frecuencias.
Solo tenía su mente, su cuerpo herido, y… el bisturí.
Se refugió detrás de una pila de sogas, el monstruo merodeando como un tiburón alrededor de su escondite.
Respiró hondo, forzando la calma.
Su técnica.
Entrar en el punto de vista del otro.
El núcleo de su método.
No funcionaba solo con criminales humanos, sino con cualquier cosa que tuviera un patrón de comportamiento, por retorcido que fuera.
Soy el vacío con hambre, No pienso, Siento, Siento el calor de las almas.
La de él… es brillante.
Diferente, Tiene un sabor… a metal frío y a rabia concentrada.
Quiero ese sabor.
Pero hay ruido.
Mucho ruido a mi alrededor (el océano, los peces, las algas, todo tiene un poco de calor).
Su calor es el más fuerte, el más puro.
Voy hacia él.
Entonces, León entendió.
El monstruo no lo veía a él.
Veía su energía.
Su “calor”.
Su… ¿alma?
Si eso era lo que atraía al monstruo, quizás podía… camuflar.
O mejor, engañarlo.
Pero necesitaba un arma que pudiera tocarlo.
Sus revólveres habían cambiado antes, pero no sabía cómo repetirlo.
Fue en un momento de desesperación total, de negación absoluta a morir.
Necesitaba ese estado otra vez, pero controlado.
O una alternativa.
Miró el bisturí en su mano.
Una herramienta de precisión.
Un objeto simple, sin historia emocional… excepto que ahora era su herramienta.
La había elegido.
La había llevado consigo.
Había cortado su propio cabello con ella.
Había tomado una decisión con ella: cambiar, esconderse, sobrevivir.
Esa decisión, ese vínculo minúsculo, era algo.
Cerró los ojos, ignorando el sonido de los tentáculos desgarrando metal a centímetros de su refugio.
Se concentró no en el miedo, sino en la fría determinación que lo había mantenido vivo hasta ahora.
La misma que usaba para desarmar mentes criminales.
Visualizó esa determinación como un líquido plateado y frío, fluyendo desde su pecho, bajando por su brazo, hacia su mano, hacia el bisturí.
No pasó nada al principio, Solo el sonido de su propio corazón y el aullido lejano del monstruo.
Luego, un hormigueo.
Como electricidad estática, pero surgiendo de dentro de sus huesos.
Un calor frío, una paradoja sensorial.
Lo sintió concentrarse en su palma, donde sostenía el bisturí.
Abrió los ojos.
El bisturí no brillaba.
No cambiaba de color.
Pero… el aire alrededor de él se distorsionaba ligeramente, como el calor que sube del asfalto en verano.
La hoja parecía más nítida, como si el filo existiera en una dimensión adicional.
El monstruo destrozó su refugio de sogas.
León no esquivó esta vez, Saltó hacia adelante, hacia el monstruo, un movimiento suicida que sorprendió incluso al depredador sin mente.
El tentáculo principal se lanzó a su vientre.
Con el movimiento fluido de sus años de entrenamiento, León lo esquivó por un milímetro, giró sobre su propio eje, y con toda la fuerza de su brazo, clavó el bisturí en el costado de la masa oscura, justo debajo de donde terminaba la máscara blanca.
SHIIIIINK.
No fue el sonido de metal rasgando carne.
Fue el sonido de un vidrio enorme quebrándose, de energía liberándose.
Un destello de luz blanca y dolorosa estalló del punto de impacto.
El monstruo chilló.
Un sonido que no era sonido, una vibración que hizo temblar los dientes de León y reventó las bombillas del barco.
El tentáculo que lo atacaba se retrajo como una serpiente quemada.
La masa oscura ondeó violentamente.
Funcionó.
El bisturí, imbuido con… lo que fuera que él había puesto en él, había dañado al monstruo.
Pero no era suficiente.
La herida empezó a cerrarse, la oscuridad volviendo a llenar el espacio desgarrado.
El monstruo, ahora furioso, redobló su ataque, tres tentáculos a la vez.
León retrocedió, esquivando y bloqueando con los brazos.
Un golpe lo alcanzó en el hombro, y sintió un frío que le congeló el músculo.
Otro le rozó la pierna, dejando un surco negro y ardiente en su pantalón.
Análisis: el arma improvisada daña, pero no mata.
La “energía” se gasta.
Siento… debilidad.
Notó que el hormigueo en su brazo había disminuido.
El bisturí ya no distorsionaba el aire.
Tenía que acabar esto.
Rápido.
Recordó el patrón de vacilación cerca del agua.
Y tuvo una idea desesperada.
Corrió, no alejándose del monstruo, sino hacia la borda de la cubierta, hacia el océano negro rugiente abajo.
El monstruo lo siguió, hambriento y enfurecido.
Justo en el borde, León se detuvo, haciendo parecer que estaba acorralado.
El monstruo se alzó frente a él, su máscara sonriente a un metro de distancia, abriendo sus tentáculos para un abrazo final.
En ese instante, León hizo dos cosas: Primero, con su mano libre, arrojó su chaqueta al mar.
La chaqueta, que había llevado puesta durante días, impregnada de su sudor, su olor, su… energía residual.
Segundo, se lanzó a un lado, rodando con la última reserva de su agilidad, no hacia la cubierta, sino hacia un gancho de carga de acero que sobresalía.
El monstruo, su atención fijada en el “calor” más brillante y cercano (León), vio el movimiento, pero su instinto primario lo traicionó.
Por una fracción de segundo, su “visión” se confundió.
El calor de León se dividió en dos: uno que caía al mar (la chaqueta) y otro que se movía rápidamente (él).
En su simplicidad, se lanzó hacia la fuente que huía: la chaqueta.
Sus tentáculos se extendieron sobre la borda, su masa oscura sobresaliendo peligrosamente sobre el vacío del océano.
Era el momento.
León, colgado del gancho, usó el impulso para balancearse.
Con un grito gutural que salió de un lugar más allá del dolor y el miedo, concentró todo lo que le quedaba de esa sensación fría y plateada su rabia, su determinación, su negativa a morir aquí en su brazo derecho, en el bisturí.
No lo lanzó, Se lanzó a sí mismo, como un péndulo humano, directamente hacia la espalda expuesta del monstruo.
El bisturí, ahora envuelto en un tenue halo de energía que solo él podía ver (una luz blanca opaca, como la luna tras las nubes), atravesó la masa oscura, no en un punto cualquiera, sino en lo que su intuición de cazador de patrones le gritaba que era el centro: un núcleo de frío y hambre justo detrás de la máscara.
CRACCCCC.
Esta vez, el sonido fue definitivo.
Como un iceberg partiéndose, La máscara blanca se agrietó de arriba abajo.
La oscuridad del cuerpo se deshizo, no en pedazos, sino en un polvo negro que se disipó en el viento, dejando un olor a ozono y a sal marina podrida.
Algo pequeño y blanco cayó de la niebla negra que se desvanecía y rebotó en la cubierta: un fragmento de la máscara, del tamaño de una moneda, con un borde irregular.
León cayó de rodillas, jadeando, el bisturí todavía clavado en el aire donde había estado el monstruo, antes de caer también, con un clink metálico.
Su cuerpo temblaba.
No solo por el esfuerzo y las heridas.
Sentía… vacío.
Como si hubiera donado sangre, pero de algo más profundo que la sangre.
Y al mismo tiempo, sus sentidos… ardían.
Miró a su alrededor.
Y vio.
No solo con los ojos.
Vio brillos tenues saliendo de los camarotes donde los marineros dormían: pequeños puntos de luz cálida, latiendo suavemente.
Vio destellos en el océano, incontables, débiles: la vida marina.
Y vio, con horror y fascinación, el cuerpo del marinero muerto.
Ya no era solo un cadáver, De él salía un hilo plateado, tenue, que se disolvía lentamente en el aire, como humo.
El alma, partiendo.
Había cruzado otro umbral.
Con manos temblorosas, recogió el fragmento de máscara.
Era frío, más frío que el hielo, y pesado para su tamaño.
Lo guardó.
Luego, recogió el bisturí.
El filo estaba intacto, pero la hoja ahora tenía un ligero tinte grisáceo, como si parte de la oscuridad del monstruo se hubiera fundido con el acero.
Se arrastró hasta su camarote, evitando al resto de la tripulación que empezaba a salir, confundida por los ruidos y los cortes de luz.
Una vez dentro, se desplomó en el catre.
Mientras su cuerpo se apagaba, su mente, incansable, empezaba a analizar los nuevos datos, formulando una hipótesis provisional: existía un estrato de realidad oculto, poblado por entidades que se alimentaban de una esencia vital (almas, energía).
Él podía interactuar con este plano, imbuyendo objetos con una fuerza interna que parecía emanar de su propia voluntad concentrada, una reserva que se agotaba con el uso.
La victoria sobre tales entidades, sin embargo, despertaba temporalmente sus sentidos hacia ese estrato, permitiéndole percibir los rastros de vida y muerte a su alrededor.
El detective que resolvía patrones humanos había muerto en la cubierta del Silent Maru.
Lo que se levantaría en Karakura sería otra cosa, Algo más afilado, Algo que podía ver la oscuridad… y cortarla.
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