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Bleach:detective - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 La Geometría del Espanto
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23: Capítulo 23: La Geometría del Espanto 23: Capítulo 23: La Geometría del Espanto La niebla liliácea no se disipó al amanecer.

Se asentó sobre Karakura como una costra, filtrando la luz del sol hasta convertirla en una claridad sucia y opresiva.

El Hokuto Maru atracó en un muelle de carga oxidado, lejos de los muelles turísticos.

El aire que recibió a León al poner un pie en tierra firme no era un alivio.

Era un asalto.

La Presión así la denominaba ahora en sus notas mentales no era un fenómeno puntual como en el barco, Era una constante, Un peso atmosférico que empapaba cada calle, cada edificio, cada pulgada de aire.

Un zumbido de fondo formado por miles de susurros superpuestos: lamentos, risas agudas, gruñidos de hambre.

Karakura no tenía un velo delgado entre mundos.

Aquí, los mundos se habían derramado uno sobre el otro y se habían podrido juntos.

Su identidad era Jack Monroe, investigador privado especializado en “fenómenos urbanos y desapariciones inexplicables”.

La credencial falsa, obra del encubridor de “El Veredicto”, tenía el sello desgastado y la foto de un León más joven y con gafas que apenas se parecía al hombre demacrado y de mirada gélida que era ahora.

Su inglés con acento neutro y su japonés rudimentario completaban la fachada.

El capsule hotel era un cubículo de plástico que olía a desinfectante y desesperanza.

Perfecto.

Desde su ventana minúscula, en el tercer piso, tenía una vista decente de varios callejones y el tejado de un edificio escolar cercano.

Su primer día fue de reconocimiento, Caminó compró un mapa, tomó café amargo en un kissaten vacío y observó.

Las anomalías eran tan comunes que casi se normalizaban.

Espíritus atrapados en bucles de sus últimas acciones: un hombre de negocios que intentaba entrar una y otra vez a un edificio demolido, una anciana que ofrecía té al aire en un parque.

Y las otras cosas.

Las que emanaban esa Presión agresiva, distorsionando el espacio a su alrededor.

Las vio desde lejos: siluetas con máscaras retorcidas acechando en azoteas, sombras viscosas arrastrándose por las alcantarillas.

Karakura estaba infestada.

Pero no era un caos aleatorio.

Su mente, hambrienta de orden, empezó a trazar mapas.

Las concentraciones más altas de actividad se daban cerca del hospital, del cementerio y, sobre todo, de un distrito industrial al norte.

Cerbero Dynamics, recordó.

El campo de pruebas.

Al anochecer del segundo día, mientras revisaba sus escasas notas en su cubículo, una nueva Presión irrumpió en su radar perceptivo.

Fue como si una estrella negra hubiera nacido a diez manzanas de distancia.

Una masa de puro odio y hambre, tan densa que hizo que se le encogiera el estómago y le latieran las sienes.

Mucho más poderosa que el carroñero del barco.

Un depredador alfa.

Siguió el rastro no por curiosidad, sino por protocolo.

Era un fenómeno nuevo, de una magnitud diferente.

Necesitaba datos.

Desde la azotea de un edificio de oficinas vacío, con unos viejos prismáticos, vio el escenario.

Era un callejón amplio, cerca de una clínica dental.

La cosa era un monstruo.

Más grande que un coche, con un cuerpo cubierto de una caparazón ósea blanca y una máscara que era una calavera sonriente y grotesca.

Su Presión era un vórtice que hacía vibrar los cristales de las ventanas cercanas.

Y estaba atacando a… ¿a una persona?

Había una figura allí, en el suelo, defendiéndose.

No podía distinguir detalles a la distancia, solo una silueta bajo el monstruo.

Y luego, algo cambió.

Una explosión de Presión de un tipo totalmente diferente estalló desde esa figura.

No era el odio corrosivo del monstruo.

Era… cortante.

Como el filo de una navaja hecha de pura voluntad.

Brillante, densa, imposible de ignorar.

León contuvo la respiración, ajustando los prismáticos.

La figura, que resultó ser un adolescente alto con el pelo de un color tan absurdamente naranja que era visible incluso en la penumbra, se levantó.

En sus manos había aparecido… una espada.

Pero no una espada cualquiera.

Era un colosal trozo de metal oscuro, más grande que el propio chico, con el filo envuelto en vendas.

La espada emanaba esa Presión cortante, multiplicada por mil.

Lo que sucedió después fue una lección de violencia pura y eficiente, El chico del pelo naranja no esquivaba; cargaba.

Sus movimientos eran brutales, directos, carentes de toda técnica marcial que León reconociera, pero de una velocidad sobrehumana.

La espada, manejada como si pesara nada, cortaba el aire con estallidos sónicos.

El monstruo, el Hollow (León decidió usar el término que resonaba con su forma hueca, vacía), lanzó un ataque.

El chico lo bloqueó con la espada y, con un grito gutural que atravesó la distancia, la blandió en un arco perfecto.

El corte fue limpio.

La máscara de calavera se partió en dos con un sonido como el de un glaciar rompiéndose.

Un chillío final, agónico, llenó el aire por un segundo antes de extinguirse.

El Hollow se disolvió en partículas de luz negruzca que se evaporaron.

La Presión del monstruo desapareció.

La Presión cortante del chico se desvaneció casi tan rápido como había aparecido, dejando solo un residuo punzante en el aire.

El adolescente miró alrededor un momento, como asegurándose de algo, y luego saltó a un tejado y desapareció de la vista con una agilidad antinatural.

León bajó los prismáticos.

Sus manos no temblaban, pero su mente hervía.

Fenómeno Beta: Entidad depredadora de alta potencia (Hollow Alfa).

Objetivo: desconocido, posiblemente el adolescente.

Fenómeno Gamma: Adolescente humano (aparentemente) con capacidad de generar y manipular una Presión de tipo “cortante” de densidad extrema.

Utiliza un artefacto focal (la espada) que amplifica dicha capacidad.

Interacción: El Fenómeno Gamma es antagonista directo del Fenómeno Beta.

Método de neutralización: destrucción de la máscara facial.

Es la vulnerabilidad central.

No eran dioses.

No eran fantasmas en el sentido tradicional.

Era un ecosistema.

Un conflicto activo en una capa de realidad que la mayoría no veía.

Y ese chico… era un cazador.

Esperó quince minutos, hasta que el eco de las Presiones se hubiera disipado lo suficiente como para no enmascarar otros peligros.

Luego bajó al callejón.

El lugar estaba extrañamente intacto para la violencia desplegada.

No había sangre, ni marcas de garras en las paredes.

Pero había rastros.

En el suelo, donde el Hollow había muerto, había un parche de asfalto levemente carbonizado y quebradizo.

Y un olor, el mismo ozono metálico y dulzón, pero mezclado ahora con algo acre, como chatarra quemada.

De su mochila sacó un kit de muestras básico: guantes, espátulas estériles, viales.

Con la precisión de un forense, raspó parte del residuo carbonizado y lo guardó.

Recogió muestras del aire con un filtro pequeño.

Fotografió el área desde todos los ángulos, anotando mentalmente las distancias, la altura de los edificios, los posibles puntos de entrada y salida del adolescente.

Su ojo se posó en un detalle en la pared, a tres metros del epicentro.

Una marca larga y recta, muy fina, que cortaba el ladrillo como si hubiera sido hecho con un láser.

No era un golpe de la bestia.

Era un corte de la espada.

Un residuo de esa energía “cortante” había dejado una cicatriz permanente en la realidad física.

Acercó la mano, sin tocar.

A centímetros de la marca, sintió un hormigueo agudo, un eco diminuto de esa Presión.

Era como una firma.

El artefacto (la espada) no solo canaliza la energía.

La imbuye en lo que toca.

Deja una firma residual.

¿Cuánto dura?

¿Es rastreable?

Un sonido lo hizo girar.

Un gato callejero lo miraba desde la boca del callejón, sus ojos brillando en la oscuridad.

Luego huyó.

León guardó sus muestras y se fue.

No era seguro quedarse.

Otro Hollow, o quizás el propio cazador, podría regresar.

De vuelta en su cápsula, bajo la tenue luz, comparó la muestra del Hollow de Karakura con la del carroñero del barco.

Bajo la lupa de bolsillo, eran diferentes.

La del carroñero era viscosa, orgánica en su descomposición.

La del Hollow Alfa era cristalina, como ceniza comprimida que aún mantenía una estructura fractal.

Dos especies.

¿O dos estadios evolutivos?

Y luego estaba el cazador.

Un humano, o algo que lo parecía, con poder para enfrentarse a esas cosas.

¿Era único?

¿O había más?

¿Eran una organización?

La espada sugería tradición, fabricación.

¿Shinigami?

La palabra del capitán resonó.

Dioses de la muerte.

No importaba el nombre.

Importaba la función.

Eran los controladores de plagas de este ecosistema envenenado.

Y él, Jack Monroe, investigador privado, acababa de presenciar su trabajo.

No se acercaría al chico naranja.

No todavía.

Era un elemento impredecible y peligrosamente poderoso.

En cambio, se infiltraría en los márgenes.

Usaría su fachada para investigar las “desapariciones inexplicables” que sin duda plagaban los registros policiales de Karakura.

Buscaría patrones que conectaran los ataques de Hollows con lugares, personas, eventos.

Buscaría a otros como él, que pudieran ver pero no entender.

Y observaría, siempre observaría, a los cazadores.

Porque en toda guerra ecosistémica, entender a ambos depredadores era la clave para sobrevivir.

Y León Mercer no había llegado hasta aquí para ser víctima, presa o un mero espectador.

Había llegado para hacer la autopsia de toda una realidad oculta.

Y acababa de encontrar su primer cadáver de alto perfil.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES CAMALEON Su regalo es mi motivación de creación.

Deme más motivación

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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