Bleach:detective - Capítulo 24
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24: capitulo 24: el caso del parque del suspiro 24: capitulo 24: el caso del parque del suspiro La oficina de Jack Monroe, Investigaciones era el segundo piso sobre una lavandería automática en un barrio comercial de clase media-baja de Karakura.
El cartel era discreto, la escalera estrecha y el olor a suavizante de telas casi enmascaraba el persistente regusto metálico de la Presión ambiental.
León había gastado una parte significativa de su efectivo en alquiler y mobiliario espartano: un escritorio, dos sillas, una lámpara de escritorio potente, una pequeña nevera y un cerrojo reforzado en la puerta.
No había ordenador.
Usaba cuadernos de espiral y un teléfono móvil barato y desechable.
Su estrategia era simple: ser lo suficientemente visible para ser creíble, lo suficientemente gris para pasar desapercibido.
Tomó un anuncio pequeño en el periódico local de clasificados y dejó tarjetas de visita en algunas pensiones y cafeterías.
El caso que esperaba no era el de un marido infiel.
Era el patrón oculto detrás de lo que la policía de Karakura, sin duda sobrecargada, archivaba como “desapariciones inexplicables”, “suicidios en cluster” o “accidentes extraños”.
El primer cliente llegó al cuarto día, era una mujer de mediana edad, la Sra.
Tanaka, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas.
Su hijo, Kaito, de diecisiete años, había desaparecido hacía diez días tras una discusión.
La policía había hecho lo usual: registrarlo como fugado, citar problemas adolescentes.
“Él no era así,” insistía la mujer, retorciendo un pañuelo.
“Sí, estaba de mal humor, pero… últimamente decía cosas raras.
Que oía susurros en el viento que venía del parque.
Que a veces veía ‘gente triste’ sentada en los columpios de noche.
La última vez que lo vi, me dijo: ‘Mamá, el parque tiene hambre’.
Y se fue.
No volvió.” León asentía, tomando notas con caligrafía clara y rápida.
Su mente, sin embargo, trazaba conexiones inmediatas.
Parque.
Susurros.
“Gente triste” (espíritus comunes atrapados).
“Tiene hambre”.
Vocabulario idéntico al Fenómeno Beta (Hollow).
Área de alta actividad residual.
Aceptó el caso por una tarifa módica, suficiente para parecer profesional.
La Sra.
Tanaka le dio una foto: un chico delgado, con gafas y una sonrisa tímida.
Kaito Tanaka.
Su investigación comenzó de manera convencional.
Habló con los amigos de Kaito (ninguno sabía nada, pero uno mencionó que Kaito había empezado a “pasear mucho de noche, como buscando algo”).
Revisó el parque del Suspiro, un espacio pequeño y algo descuidado cerca de un canal de aguas grises.
Durante el día, era normal.
Pero León no usaba solo sus ojos.
Caminó por los senderos con sus sentidos expandidos, esa nueva percepión que ahora podía activar con un esfuerzo de concentración.
Y ahí estaba: una mancha de Presión residual, baja pero constante, como una mala herida que no cicatriza.
Se concentraba cerca del viejo roble en el centro del parque y en el columpio oxidado al borde del canal.
Por la noche, regresó.
No para enfrentarse a nada, sino para observar.
Se apostó en el tejado bajo de unos apartamentos cercanos, con sus prismáticos y un pequeño cuaderno de campo.
Las primeras horas fueron tranquilas.
Espíritus comunes deambulaban, indistinguibles de personas vivas para quien no supiera mirar.
Luego, cerca de la 1:17 AM, la Presión cambió.
No fue la erupción violenta del Hollow Alfa que había visto pelear con el chico naranja.
Fue una infiltración.
Una Presión fría, húmeda y pegajosa empezó a filtrarse desde el canal, como si el agua negra estuviera pariendo algo.
Una forma emergió, arrastrándose sobre la hierba.
Era un Hollow, pero pequeño, del tamaño de un perro mediano.
Su máscara era una simple cuenca vacía sobre una boca de gusano circular llena de dientes en espiral.
Su cuerpo era bajo, reptante.
Un carroñero, pero más agresivo que el del barco.
Un limpiador de territorios débiles.
León lo observó.
El Hollow no atacó a los espíritus errantes.
Se dirigió directamente al columpio oxidado y empezó a… olerlo.
Luego, fijó su atención en el roble.
Allí, la Presión residual era más fuerte.
Kaito Tanaka había estado aquí muchas veces.
Y este Hollow, León lo supo de inmediato, estaba rastreando ese rastro.
No es un ataque aleatorio, Es un cazador de almas sensibles.
O de aquellos que, como Kaito, empezaban a percibir el mundo espiritual y dejaban un rastro psíquico más dulce.
Su mente trabajó.
Kaito no fue devorado aquí.
Se lo llevaron.
¿Este Hollow?
¿O uno mayor?
¿Es un recolector para algo más grande?
El Hollow de la boca de gusano pareció encontrar lo que buscaba cerca de las raíces del roble.
Emitió un gorjeo satisfecho y empezó a arrastrarse de vuelta hacia el canal.
León no lo siguió, Demasiado riesgo.
En cambio, al día siguiente, volvió al parque con su kit.
Donde el Hollow había estado, encontró un rastro de baba seca, negruzca y levemente radiactiva a su sentido espiritual.
La recogió.
Luego, buscó alrededor del roble.
Entre las raíces, semi-enterrado, encontró algo: un pequeño cuaderno de dibujo, empapado por la lluvia pero aún legible.
De Kaito.
Las páginas mostraban bocetos torpes pero inquietantes.
No eran monstruos claros.
Eran distorsiones: sombras con demasiados ojos en los árboles, el canal dibujado como una garganta abierta, y una y otra vez, una figura alta y oscura observando desde la distancia, con lo que parecía un sombrero ancho.
Un testigo.
Kaito no solo oía susurros.
Los dibujaba.
Y había visto algo más.
Alguien más.
León guardó el cuaderno.
Era un vínculo tangible, pero también una prueba que no podía mostrar a la madre sin explicar lo inexplicable.
Decidió un enfoque lateral.
Usando su fachada de detective, visitó la comisaría local.
Mostró su credencial falsa, explicó que investigaba la desaparición de Kaito Tanaka por encargo de la familia, y pidió ver si había informes similares recientes en la zona del parque.
El sargento de turno, un hombre cansado y con bigote, lo miró con escepticismo pero accedió a un vistazo rápido al registro.
No había mucho: un par de denuncias por vandalismo, un informe de un “vagabundo agresivo” (descrito como “alto, con ropas extrañas”) que había sido visto cerca del canal la misma semana que Kaito desapareció, y un caso antiguo, de hace cinco años, de una adolescente que había desaparecido en el mismo parque.
Su cuerpo nunca se encontró.
Patrón: Desapariciones en el mismo locus geográfico, separadas por años.
Posiblemente actividad Hollow intermitente.
El “vagabundo”… ¿el cazador naranja?
No, la descripción no encaja.
¿Otro?
Mientras salía de la comisaría, una sensación le recorrió la nuca.
La leve picazón de ser observado, pero no por ojos humanos.
Una Presión suave, neutra, casi imperceptible, lo había rozado.
No era hostil.
Era… curiosa.
Al volverse, solo vio la calle normal: compradores, bicicletas.
Pero en el borde de su visión, en el tejado de un konbini al otro lado de la calle, creyó ver, solo por un instante, la silueta de una persona sentada, con las piernas colgando.
Cuando enfocó, no había nadie.
Alguien o algo, con la capacidad de enmascarar su Presión casi por completo, lo había estado mirando.
No el chico naranja.
Este era diferente.
Más sigiloso.
Más profesional.
León no alteró su ritmo.
Continuó caminando, mezclándose con la multitud.
Por dentro, su mente corría a toda velocidad.
He sido localizado.
¿Por quién?
1.
¿El Assessor o Cerberus han rastreado mi llegada?
Improbable,Mi cobertura es sólida y llegué en barco de carga.
2.
Las autoridades espirituales: ¿El cazador naranja tiene supervisores?
¿La figura del sombrero en el dibujo?
3.
Otro operativo independiente, como yo, pero con más conocimiento.
Cualquiera que fuera la respuesta, significaba que su margen de maniobra se había reducido,Ya no era un fantasma desconocido.
Era un elemento nuevo en el tablero de Karakura, y alguien había hecho la primera jugada de reconocimiento.
De vuelta en su oficina, con la puerta cerrada y el cerrojo echado, abrió el cuaderno de Kaito en la página del “hombre del sombrero”.
Lo estudió.
No era una representación de miedo.
Era de… observación.
La figura no amenazaba, solo miraba.
León Monroe, el detective, tenía un caso: encontrar a un chico que había visto demasiado.
Y León Mercer, el fugitivo, tenía un problema más urgente: había llamado la atención de los habitantes nativos de la noche de Karakura.
Y ahora tenía que averiguar, antes de que fuera demasiado tarde, si eran depredadores, vigilantes… o algo peor..
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